CAPITULO CUATRO. La sabiduría de mi bosque.

CAPITULO CUATRO   

La sabiduría de mi bosque.- Arboles como multitudes.- El tranquilo discurrir de la arboleda.- Lenguaje de sonidos y señales.- El bosque que arrulla al río.- Viento en fuga y lampos de sol sobre las aguas.- Triunfo de la vida sobre la muerte.- Las incansables hormigas del balso viejo.- Tarea del musgo y las parásitas.- Esa compleja comunidad biológica del bosque.- Unidad positiva entre el bosque y el suelo.- Tala de bosques y aguas enloquecidas.- Transmutación creadora de la hojarasca en el silencio y paz de la montaña.

1 –

Desde el altozano del potrero con subida empinada, en aquella mi niñez medio vagabunda, me quedaba mirando las formas diversas y la soberbia apostura del frondaje secular. La extraña posición de los árboles enfilados como multitudes que se mueven. Vista en conjunto y al desgaire, la luenga arboleda era para mi identificada como una gran cadena de erguidas colinas. De ágiles promontorios matizados de verdes urgidos de vitalidad. Arboles rumorosos a toda hora, día y noche, y alegres y musicales sólo para aquellos invadidos de amor, que saben ver y oir la expresividad de los seres elementales. Bueno, así, todo ello en esta edad mía, clarísimo para mi júbilo y juicio, todo ese alborotado discurrir de los árboles, de las fuentes y de los caminos.

 

Era esa la alegría, la invasora alegría para quienes, que como yo, creíamos haber alcanzado la gracia bendita de entender el idioma de la madre naturaleza. Puro lenguaje de sonidos y señales, siempre nuevo y revelador de sutiles y nuevos conocimientos. De conocimientos encaminados a revelar los secretos de la armonía universal, de la descomplicada y generosa sabiduría de los seres más elementales y quizá más indefensos.

 

El descomplicado idioma y las modulaciones de la alta vegetación viva. Allí, donde los verdes creados lucen soberanos e insinuantes. La fastuosidad de las policromías y sus verdores húmedos. Un viviente universo, atento a la posición del sol, a los lejanos y cercanos pabellones azules. A su fuerza de proyección, de caricias, de luz y de calor que prolongan la vitalidad ilimitada de los seres que viven y crecen unidos a la madre tierra.

 

Ese bosque arrullado y querido por el río, es mi bosque y el de todos. Por el espejo de las aguas lustrosas, la presencia de la dulce vida cantarina que fluye y sueña. Un bosque, amigo lejano y cercano. Fiel testigo, a lo largo del tiempo, de las luchas y penurias de la gente campesina. De todos aquellos que como yo, hemos vivido apegados a la tierra y nos sentimos hijos de la montaña. Los que han sabido amar y sufrir en connivencia con el entorno arbolado. Que, desde luego, han procurado por vocación y, en todo momento, rodear de cuidados y atenciones, con callada y secreta ternura, a los árboles y a las bestezuelas. A las bestezuelas domésticas, que con sus cascos y continuo ajetreo, ablandan la tierra, quizá para mayor presencia fértil de esquejes y semillas.

 

Allí, en mi bosque, en nuestro bosque, los más altos árboles, erguidos y orgullosos, apenas se conmueven al paso de los vientos en fuga, vientos que huyen sin saberse de qué o de quién. Cuando la sombra imprevista se desgonza acogedora sobre el cauce del río, sobre sus aguas. Donde el sol, de pronto, penetra en lampos luminosos por entre las frondas inclinadas y abiertas, dejando ver el paso y movilidad de los peces, su brillo de tornasoles y plata. Lampos de sol, curiosos, iluminando el espacioso fondo de arena limpia, a trechos, tachonado de piedrecillas de colores y tamaños diversos.

 

Insurge, así, todo este panorama, como el triunfo de la vida sobre las ocultas manifestaciones de la muerte. La apoteosis de los reinos de la naturaleza, en sus expresiones más elementales y alentadoras. A lo largo del lecho de los arroyuelos, debajo del gran tejido de ramajes, se revelan los altares de piedra orillera, donde el viento suele oficiar y entrener la nostalgia de la vida montana. Y, es allí cuando en algún secreto lugar, el bosque entrega entre pausa y pausa, el alegre y depurado alfabeto de su vocación impresionista.

 

2 –

Debajo del bosque, de los grandes y pequeños árboles protectores de los ejidos fluviales en la heredad de Lamapola, la hojarasca se aduerme sensual y es como un tesoro la vegetación terminal. Encima de ella y extendida a manera de una gran sábana, la cubierta de las hojas maduras recién desprendidas de las frondas. Y, este viene a ser como un tapete de oro mortecino, de muchos verdes en fuga y de carmelitas apaciguados. Hojas rojinegras y pardas, que acosan el suelo húmedo, despidiendo un olor semental en su proceso vivo de evolución creadora.

 

Debajo, un poco más debajo de ese inmenso manto, dijimos que está el espesor cálido de la hojarasca en lenta descomposición, hojarasca cargada de humedad fecunda; donde la multiplicidad de los insectos y de pequeños invertebrados, de larvas, gusanillos y de ágiles y sensibles ciempieses, conviven con caracoles y babosas, con hormiguillas de todos los matices y condiciones, y se satisfacen todos con la estela aceitosa, que dejan a su paso los pequeños seres en su activo proceso hacia la vida, o en su laborioso quehacer existencial.

 

La hormiga arriera, las arrieras con su madriguera al pie y dentro de un viejo balso en las orillas de la vecina quebrada de Frailes. Por la noche en procesión silenciosa, agua arriba por la orilla, en busca de hojas frescas de cítricos o de rosales en las sementeras vecinas, con predilección por la inagotable huerta de Justico Marín y, luego, de regreso se embarcaban en su propia carga verde como nave acuática, arroyuelo abajo, mecidas por la extensión líquida en tranquilo movimiento. Y sabían las hormigas, exactamente, donde debían bajarse con su cargamento, con destino a su morada en las umbrías y entresijos del ancho balso acogedor, corpulento y cargado de años.

 

El musgo y una gran variedad de plantas parásitas, se les podía descubrir escoriando los viejos y los nuevos tallos y troncos. Era este, en realidad, otro maravilloso universo intestinal que, día y noche, realizaba una incesante digestión de bien adobados y apetitosos vegetales.

 

3 –

En los predios de la finca Lamapola, yo mismo pude descubrir y gozar las lides de los procesos naturales. Desde luego, los mismos procesos bien sabidos por los amigos campesinos de todas las edades y condiciones. Ellos saben y nos enseñan en la práctica que los bosques no se componen con exclusividad de árboles. El bosque, nuestro bosque tropical, es una compleja comunidad biológica de árboles, arbustos, palmas, hierbas y demás formas vegetales menores, armoniosamente relacionadas entre si y, desde luego, con el conjunto del mundo animal.

 

Por medio de sus raíces la gran masa vegetal del bosque, se encuentra íntimamente vinculada al suelo, para formar con éste una estrecha e inseparable unidad creadora. Y, entonces era fácil y peligroso, y todavía más ahora, quebrantar el equilibrio de la comunidad viviente del bosque. En este momento todos podíamos comprender, cuantas armoniosas interrelaciones pueden interrumpir, brutalmente, los atentados contra los bosques, la tala irracional de los árboles. Esos indefensos y escondidos bosques que protegen los asentamientos y la vida de las aguas, los bienes agrícolas, las vías de comunicación, contra las catástrofes naturales y las amenazas de la montaña herida.

 

Cierto, que el influjo regulador del bosque sobre las aguas, genera una inmediata protección contra la erosión del suelo y evita las inundaciones. Cierto, que toda inundación catastrófica que ocurre en el mundo, tiene una explicación próxima o remota. Si. El crímen de la tala de árboles en alguna parte del planeta, la depredación de los bosques protectores de los ríos o de sus afluentes. Pues, que la buena gente campesina, sabe sobre la función providente que cumple el boscaje frente a los manantiales y arroyos durante el verano. Y saben sobre los beneficios de la pausada filtración de las aguas lluvias a través del suelo, que hace posible el abastecimiento durante los períodos secos. Que el suelo del bosque absorbe, filtra, acumula y deja rezumar lentamente el agua proveniente de las lluvias, de las precipitaciones fluviales.

 

4 –

Los musgos y los líquines podían constituir, en mi bosque de las vegas y cañadas, cerca del agua corriente, en los potreros y sementeras de mi fundo de Lamapola, un mundo dentro de otro mundo. Su gran misión, aglutinar las partículas orgánicas primarias, para someterlas al proceso de la formación del suelo por medio de la proliferación de hongos y microorganismos. De esta manera, muchos son los pobladores de este pequeño gran mundo, cuya misión múltiple es de enorme importancia, para la producción del nuevo suelo fértil y conservación del existente.

 

Gracias a esa constante humedad atmosférica y temperatura adecuadas, mi bosque pudo exhibir, todo el tiempo, el maravilloso cuadro policromo y vivo de los troncos y las grandes ramas de los señoriales árboles, con su proliferación asombrosa de infinidad de especies parásitas y, casi siempre, no parásitas de líquines, musgos, helechos, bromelias y, desde luego, de las orquídeas, estas, sin duda, las más inteligentes de las plantas. En fin, todas ellas en su conjunto, dedicadas a crear para regocijo de los seres superiores y sensibles, jardines colgantes de espectacular belleza.

 

Asi mismo, todas las colonias de hormigas de distintas costumbres y características, podían constituir sin interrupción un mundo ecológico de admirables actividad y sabiduría. Complejo y rico mundo, que a la luz del sol o de la luna, y a mi vista en los hojarascales y yarumos, ponía en función su laboriosidad e incansable trabajar al servicio de la evolución de la materia, de su transformación para mantener el equilibrio entre vegetales y animales, entre todas las formas de la vida elemental. Era el gran milagro, visible todos los días, de la maravillosa feracidad del bosque y la fertilidad de la tierra, tanto en las praderas como en los sembradíos.

 

Mi amistad con las hormigas, era evidente, y bien he conocido sus costumbres. Las hormigas están atentas a todo movimiento y ruido. Pero, son tenaces en su tarea trozadora y transportadora. Las hojas, asi mismo, que se descomponen en la humedad sombría de los grandes matorrales, parecen insistir en su solicitud secreta, para que les permitan  transmutarse en el silencio y paz de su medio. Dejarlas deshacerse, ellas mismas, en la lenta y sensual comunidad de todos los pequeños y fraternales seres vivientes. Allí, en los calurosos parajes aluviales y en  el sombrío de los grandes árboles. Que las dejen transformarse en polvo fecundo, unirse y abrazarse a las fuerzas creadoras y a la calidez de la madre tierra. Que les permitan ser tierra de manera natural y progresivamente. Ese es el mayor regalo que podemos y debemos hacer a los seres vivos, a lo largo de sus últimos procesos evolutivos.

 

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