Capítulo VI

1 –

-A los cinco años de estar viviendo en Francia, cuenta Enrique, adoptamos una niña de seis años nacida en la localidad de Chartres como a cien kilómetros de París, por los días en que se iniciaba la Segunda Guerra Mundial. La niña traía ya el nombre de Josefina y el apellido Lefevre, pero nosotros le dimos nuestro apellido Buitrago. Su padre había muerto en la defensa de París y su madre que padecía de cáncer, estaba muriendo en un hospital rural en las vecindades de Chartres.

Cuando mi hijo William tenía 16 años, el que habla 31 y la niña Josefina 13, Helena y yo nos separamos. La separación de bienes no tuvo ningún problema, ya que los dos estábamos muy conscientes que la gran fortuna de Helena se originaba en las herencias recibidas, pero doblada por mis consejos en los negocios y mi actividad económica a su favor, pese a los gastos que demandaba el hecho de vivir en Europa. Ella se quedó con William, previa la expresa voluntad de éste y mía, pues el muchacho, “vivo retrato del papá” según expresión de Helena, se preparaba para ingresar a la Universidad con la idea de estudiar medicina y soñaba con llegar a ser investigador en el Instituto Pasteur. Josefina, por espontánea decisión suya, se quedó conmigo, pero estudiando interna en un Colegio de las monjas Agustinas en Madrid. Yo regresé al país y la niña a poco viajó a Colombia bajo la dirección y tutela de las mismas religiosas agustinas, a las cuales cumplidamente yo les giraba las mensualidades y dineros extras para gastos de Josefina que, de un todo, vivía en su Colegio.-

2 –

-No soy igual a mis compañeras de internado, aceptaba a viva voz la niña Josefina. Soy huérfana de padre y madre, pero la suerte me ha deparado nuevos padres inmensos de bondad y generosidad. Particularmente mi padre Enrique, quien me escribe con tanto cariño y está siempre atento a todo lo que me exige el Colegio.

Mi padre, que aunque no me visita, me escribe dos o tres cartas en el mes. Sin embargo, muchas de mis compañeras no reciben con tanta frecuencia cartas, y muchas veces están atrasadas en los pagos y pasan dificultades para la adquisición de materiales y libros que el profesorado exige. Yo, no pocas veces, he podido colaborarles a ellas para la solución de pequeños problemas económicos. A mi no me cuesta mayor esfuerzo la faena del estudio como a muchas de mis compañeras.

En realidad, nada me trasnocha y nunca estoy en las carreras y afanes de cientos de alumnas de distintos cursos, con frecuencia angustiadas por tareas que no han hecho, por temas que no han comprendido, por bajas notas y la inminencia de otras más bajas; y por sentirse un buen número de ellas, relegadas y nunca presentes en los primeros puestos de las distintas asignaturas del grupo a que pertenecen o del Colegio en general.

Me veo como distinta a la gran mayoría de mis compañeras de curso y del personal general de alumnas del plantel. Y esto me da más aliento y me hace sentir con más fuerza para enfrentar cualquiera situación que se me presente como estudiante. Todo ello me permite un más tranquilo entusiasmo para ayudar a mis compañeras y colaborar con el Colegio.

Rezo por mis padres muertos. Recuerdo con frecuencia a Enrique y Helena, mis padres adoptivos y a mi silencioso hermano William, estudiante muy tenaz allá en París, que a mi no me escribe pero sabe amar como es debido a la madre buena que es la nuestra.-

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