LUIS CANO

(Envigado 1885-Bogotá 1950)

Ilustre periodista, polifacético, director de El Espectador” en etapas gloriosas de la vida de este periódico. Publicó el libro “Semblanzas y Editoriales”.

Sobre el estilo periodístico de Luis Cano, se expresa así Juan Lozano y Lozano: “El hábito innato de un auto-análisis llevado hasta los límites de la locura; la angustia por buscar, en medio de los eventos de la diaria existencia, una razón ulterior al mundo y a las cosas; la evidencia de una desproporción a la vez dramática y grotesca entre el mundo interior y el mundo externo, entre la excelsitud del ideal y la flaqueza de la carne, deben constituir elementos inseparables del espíritu eslavo, cuando los máximos escritores rusos, del romántico Pushkin al bolchevique Esenine, en treinta lustros de gloria literaria, nos lo presentan así de genial, de conturbado y doloroso, en peregrinaje por la estepa desnuda, en busca de su dios desconocido.

“Tal, así mismo, la personalidad de don Luis Cano, condenado por herencia indeclinable al periodismo, y cuyas íntimas aficiones de “god-seeker” lo habrían capacitado más bien para intervenir decorosamente en aquellas disputas medioevales relativas al sexo de los ángeles.  Su mentalidad hecha de nieblas teológicas, de supersticiones inverosímiles, de restricciones mentales, de pasiones selváticas y de raptos divinos, mal se aviene a la vida periodística, la cual, como todo apostolado, se nutre de banalidades categóricas y de afirmaciones sin respaldo.  De aquí ha nacido el estilo peculiarísimo de don Luis Cano que hace inconfundibles sus editoriales entre los mil editoriales cotidianos de nuestra prensa periódica.  Tejidos sutiles de argucias, de distinciones, de aclaraciones y de rectificaciones, en los que cada palabra constituye un comentario a lo anterior, y de los cuales lo único que se saca en limpio es lo que está escrito entre líneas, porque las cosas que se sugieren son las solas que no admiten retractaciones posteriores.  Pero todo ello dentro de una prosa fluyente y delicada, y bajo el nimbo de una especie  de iluminación de la verdad moral, es decir, del acuerdo entre lo dicho y lo sentido.” [3]

 

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