JUAN ZULETA FERRER

(Medellín 1908-Medellín 1984)

Abogado, parlamentario y periodista. Por varios años director del diario “El Colombiano”. Sus editoriales fueron de tal influencia que gobiernos nacionales y departamentales no tomaban determinaciones importantes, sin antes saber la opinión editorial de “El Colombiano”. Zuleta Ferrer es autor del libro: “La Historia contra la pared” 1978, con extenso prólogo del presidente Carlos Lleras Restrepo, quien en un aparte vertebral, afirma: “Hace años, en 1970, nos habló en un discurso de sus cuarenta años de periodismo, de su iniciación bajo las sabias orientaciones de Fernando Gómez Martínez y en compañía de gentes a quien yo también conocí y admiré:  Gilberto Alzate, José Mejía, Tulio González. Su palabra adquiere un dejo de nostalgia cuando reconstruye aquellas horas febriles de un periodismo combativo, que reflejaba la propia lucha individual en la política;  pero no mira con desvío la inevitable evolución, el trato con otros que llegaban:  Jaime Sanín Echeverri, Belisario Betancur, Juan Roca Lemus, Otto Morales Benítez, Luis Parra Bolívar, nombres todos que nos son familiares.  Frente a “El Colombiano” estaban los viejos órganos del liberalismo, y cuántos recuerdos han despertado en mí las palabras cordiales con que se refiere Zuleta a algunos de los periodistas de mi partido en Antioquia a quienes quise y admiré:  ese hombre apostólico que fue Jesús Tobón Quintero;  Emilio Jaramillo, cuya figura traza Zuleta con cuatro rasgos precisos.  Y otros que no menciona pero que sin duda él está recordando con el mismo afecto que yo:  Eduardo Uribe Escobar entre los muertos, Livardo Ospina, cronista infatigable del progreso antioqueño, tantos otros.  La evolución técnica, la demanda de una opinión que quiere recibir amplias informaciones, nuestra propia, personal evolución alteran día a día no sólo la presentación material y el contenido de los periódicos sino el estilo con que tenemos que dirigirnos al público.  Zuleta, bien consciente de su propio esfuerzo y a la vez deseoso de que se lo supere, brindó en aquella ocasión por los que tendrán que venir a poner el pie “más allá de su última huella”, con un anhelo indeclinable de ver a la prensa colombiana, por cuyo avance tanto ha luchado, seguir adelante, sin perder su espíritu, su brava independencia, su dignidad.  Zuleta no entiende el periodismo de otra forma y debe sentirse herido en su propia carne cuando surge cualquier cosa que parezca contradecir esa concepción nobilísima.” [9]

En relación con el liderazgo de Antioquia, Zuleta Ferrer, en su libro, hace estas afirmaciones: “Antioquia fue colonizadora.

Cuando a las familias se les agotaba la pequeña tierra que poseían, salían a colonizar.  Y así recorrieron zonas del Viejo Caldas, del Quindío, de Risaralda, del Sur del Tolima, creando haciendas, formando riquezas, integrando municipios, fundando ciudades.  Tenía que ser líder la raza que forjaba esas hazañas.

Qué pasa hoy con las familias de campesinos, con las familias pobres que no tienen en sus fincas capacidad suficiente para sostener a sus hijos? No van a colonizar.  Se pierden en los cinturones de miseria de las ciudades.  Se agrupan en tugurios.  Las hijas no conservan la dignidad de las viejas familias antioqueñas.  Los hijos se vuelven gamines.  Y los mayores entran muchas veces por los caminos de la delincuencia, impotentes y frustrados.  Es la gente abrumada por los problemas de la vida que se hunde y se entrega.  Allí puede que esté una de las razones de que hayamos perdido el liderazgo de Antioquia.

“Pero existió ese liderazgo?  La historia lo está demostrando con actos de grandeza extraordinaria.  Recordemos al doctor Pedro Justo Berrío, con su ejército equipado con armas modernas en la frontera de su estado soberano, desafiando la dictadura de Mosquera.  Antioquia fabricaba entonces su propio destino.  Su líder era respetado en el país. Principió entonces la época de las grandes construcciones, de las reformas de la educación, de la expedición de leyes, que le dieron al pueblo una fisonomía propia y que garantizaron su progreso.

“Antioquia ejercía un liderazgo en la época de Carlos E. Restrepo, de Marco Fidel Suárez, de Pedro Nel Ospina.  Tres presidentes que en pocos años representaron el poder y el criterio de Antioquia en el primer cargo de la nación.  Entonces sí se podía decir, como lo repitió más tarde Alfonso López Pumarejo, que el meridiano de la política nacional pasaba por Medellín.  Aquí se veía al general Ospina caminando por la mitad de las calles, por esas calles empedradas de la vieja ciudad.  Solo, erguido, con sus mostachos resonantes, lleno de dignidad, de vigor, de empuje, de conciencia de sus valores morales.  Marco Fidel Suárez producía sus obras extraordinarias, que lo clasificaron como el primer humanista de América Latina.  Y Carlos E. Restrepo ágil, vivo, brillante con su gran espíritu republicano.  Los tres coincidían en Medellín.  Y pensaban para Colombia. Existía el liderazgo de Antioquia”.[10]

Sobre el sentido de la ética periodística, Zuleta Ferrer, se pregunta y responde: “¿Cual es la síntesis de nuestra actividad en tantos años? ¿Cuál es el fruto de esa larga y tensa labor?  Tal vez hemos contribuido a formar una conciencia profesional, a darle al periodismo una nueva dimensión, a establecer normas morales que se practiquen y respeten.  Pero todavía subsisten nuevos peligros.  Hay una azarosa infiltración en la prensa de elementos incapacitados para tan ardua labor.  Hay otros que obsesionados por el afán sensacionalista distorsionan la noticia, alteran su sentido, deforman su valor y juegan ligeramente con altos intereses de la patria y del pueblo.  Otros están dominados por un afán insaciable de lucro y de privilegios y menosprecian la labor serena, honesta, incansable, que es un apostolado desprovisto de subsidios y de gajes.  Los periodistas para ser dignos de este nombre deben observar una ética, defender su independencia, conservar su dignidad, tener el valor de enfrentarse a cualquier forma de presión o de coacción, aunque a la hora del viaje final lleguen “ligeros de equipaje”, según el bello verso de Antonio Machado”.[11]

 

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