POETAS Y PINTORES

 

Discurso de presentación.

“Poetas y Pintores” es el nombre del octavo libro de la Colección 30 Años de la Universidad Central. La obra se empeña en la apoteosis de las manifestaciones del arte superior, la poesía. En lengua castellana la poesía como máxima expresión de la inteligencia a través de las palabras. Y esto mismo pretendo con su gemela la pintura, que en su misteriosa orquestación cromática, alcanza milagros estéticos muy semejantes a los del universo de la gran poética universal.

La primera parte del libro se relaciona con la lírica española desde Santillana hasta Rafael Alberti. A grandes pasos a lo largo de varios siglos, evocamos los más regocijantes momentos de los grandes poetas. Aquellos poemas que cada generación veneró y recordó a su manera, desde la Vaquera de la Finojosa: “Mosa tan fermosa/ non vi en la frontera” del siglo XV, hasta los últimos sonetos de Rafael Alberti a finales de esta centuria.

La Segunda parte la constituye el viaje por la honda y memorable poesía lírica colombiana, desde Joaquín González Camargo hasta Rogelio Echavarría. González Camargo de finales del siglo pasado, el joven médico que solo vivió 21 años, el de aquellos versos:

Empieza el sueño a acariciar mis sienes,/ vapor de adormideras en mi estancia,…

Hasta Rogelio Echavarría, digo, el del incansable Transeúnte, que dice en alguna parte:

Cuando en la noche caen las altas torres/

y trabajan sonámbulos los lejanos correos…

Así, estos dos primeros capítulos del libro, ponen muy de manifiesto la perfecta unidad espiritual y estética en todas las latitudes de la poesía en idioma español.

La tercera y cuarta parte del libro, constituyen un sincero esfuerzo por redescubrir, no grandes personajes de las letras, evidentes; sino inmensas obras poéticas acreedoras a un prestigio superior . La gran obra poética de los colombianos David Mejía Velilla, Néstor Madrid Malo, Oscar Echeverri Mejía, Luis Carlos González, Juan Restrepo, Guillermo Payán Archer, Eduardo Santa, Carmelina Soto, Cristina Maya, Noel Estrada Roldán, Baudilio Montoya, Hernán Guillermo Acosta, Hugo Chaparro Valderrama, Alfredo Ocampo Zamorano, Jorge Marel, el más grande poeta del mar en nuestro tiempo, etc. Y de latinoamericanos, como el boliviano Guillermo Riveros Tejada, el de las originales cantáforas; y de Julio Barrenechea, el gran chileno amador de Colombia, él de:

Las colegialas han venido / a ver mi roto bergantín,

turban hablando mi sentido / como un efluvio de jazmín.

Y de otro chileno un poco olvidado allá, pero inmenso en su arte, Oscar Castro, el maestro de escuela de breve paso por el mundo, cuya poesía fue más conocida en Colombia que en Chile, gracias a la primera publicación de varios de sus poemas en la Revista AMERICA que dirigían en Bogotá a mediados de siglo, Germán Arciniegas y Roberto García-Peña. Un verdadero acontecimiento literario, lo constituyó la primera lectura de dos poemas de Oscar Castro: “Aquí mataron a un hombre” y “Bueyes Bajo la luna”.

Y el recuerdo de otro gran chileno, Guillermo Blest-Gana, el de:

“… es mi mayor pesar, es mi quebranto

no haber amado más, yo que creía:

¡yo que pensaba haber amado tanto!”

Y, finalmente, mi grata faena por denunciar la poesía perdurable en la obra plástica de los pintores más próximos a mi sensibilidad. En la obra del maestro Alejandro Obregón, el de la apoteosis de los cóndores; en la del pintor samario Hernando del Villar y sus delirios caribeños; la luminosidad marinera del universo de Héctor Rojas Herazo; las abstracciones líricas de Olga de Botero; la magia vigorosa del caldense David Manzur; y la pintura en otros espacios y en otras dimensiones del bogotano Manuel Hernández; y la profundidad en los mitos del pintor argentino Pedro Molina; y el genio perdurable de Darío Morales; y las desoladas imágenes urbanas de Luis Fernando Echeverry, y las todavía no superadas aguas y nubes del maestro antioqueño Jesús Cardona; y la magia del pincel de Juan Bernal en el valle de Cocora y, en las postreras páginas del libro, la armonía de las muy poéticas crónicas de Ximénez con los desolados cromos de Carlos Rojas. Ximénez, hace dolorosamente bello el espacio de la calle de los menesterosos y de los sin trabajo, los fríos pabellones de los hospitales y de los ancianatos, así, como el maestro Rafael Rojas, nos conmueve con sus collages que pintan la indefensa ternura de la dolida covacha en los cordones de miseria, la casita hecha de cartón y vidrios rotos, sostenida en pié, quizás por la finura de una bella puerta vieja regalada por un rico urbanizador de la ciudad.

Así, amigos míos, la marcha y los itinerarios de este mi libro, publicado gracias a la tenacidad a favor de la cultura nacional de ese hombre de Estado que se llama Otto Morales Benítez y, en virtud, de la decidida voluntad en la realización de tareas de pura docencia extramural de la Universidad Central, hoy bajo la recta dirección de un gran colombiano, que piensa en el porvenir de la patria, Rubén Amaya Reyes. Muchas Gracias.

HECTOR OCAMPO MARIN

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