REQUIEM POR UNA SERPIENTE

Pasaba las horas en el apacible cafeto esquinero
contemplando a los paseantes del camino.
Se movía a un mismo nivel de la fronda
a medida que la gente iba y venía.

Jugueteando con su lengüeta, sin parpadear,
cambiaba de dirección su cabeza de sardina.
En realidad, era muy tierna y joven
la sierpecilla sabanera del vergel.

Sus diversas posiciones frente al sol
daban a su piel tonalidades mágicas:
en el lomo verde oscuro a verde biche,
debajo amarillo polluelo hasta oro maduro.

Cuando abandonaba su vulnerable atalaya
había que verla huir rápida y ágil,
corría “culebreando” como pez en el agua
veloz relámpago de luces y verdores.

Cuando la gente iba en su dirección
se hundía entre los matorrales de sepia,
prudente, cuando los caminantes pisaban
o cruzaban cerca hablando y manoteando.

Un día la encontramos muerta y rígida.
La cabecita quebrantada a golpes,
su cuerpo débil, violentado por la esquizofrenia
de un hombre con sensibilidad maricona,
que le dió tratamiento de enemigo mortal.
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