LA MAGIA

CAPITULO I

-¡Si… yo soy Januario Gómez!. Hijo y nieto de colonizadores, hombre práctico, poco hablador pero decidido y creyente. Soy así, nada más, como me pintan los amigos y conocidos. Y estoy acostumbrado a conversar y actuar con naturalidad y franqueza, razón por la cual la gente no se equivoca cuando me  retrata.

Soy hiperactivo, eso si, parsimoniosamente acelerado como en realidad casi siempre lo han sido mis paisanos del gran Caldas. Pienso a veces que con este modo de ser mío, demuestro hasta la saciedad que nunca he sido para mis parientes y allegados un “muerto en vida”. De esos muerticos que andan por allí, sin mortaja, pero siempre lentos y estorbando.

Además, tengo la inevitable tendencia de salirme de casillas cuando tengo que ver y me enfrento a gente demasiado pasiva, de esa que a veces nos rodea en el diario quehacer y acontecer de la vida ordinaria. Esos intolerables seres medio zonzos, que dejan transcurrir el tiempo sin hacer algo calificable de útil; que no sienten ni muestran arranques de preocupación alguna; que están allí como lelos apenas observando con algún asombro al que se mueve y vive. Impasibles, así el mundo se esté derrumbando y se les venga encima.

-Seres humanos, continúa Januario, que se limitan con inexplicable indiferencia, a ver como se les va acabando la existencia en la infructuosidad más humillante; sin que les importe un pepino la fuga estéril de los días, de los meses, de los años que, irremediablemente, se van y nunca se vuelven a repetir dentro de unas mismas circunastancias y oportunidades. Por lo demás, creo que trabajo y me muevo en cantidades. Y, para el peregrino regocijo de muchos y para que no lo duden, hago trabajar lo que Dios manda, a todos los que viven bajo mi autoridad y mando.

Soy abogado litigante. Y latifundista, si así me quieren calificar. Obsesivo, pueden decírmelo en la cara, obsesivo por la adjudicación de terrenos baldíos, por los títulos de propiedades rurales, sin una sola duda en relación con los detalles de mojones y linderos, en fin, escrituras registradas y protocolizadas en regla con todas sus firmas y con todos sus sellos. Escrituras en regla, particularmente las de mi esposa, hija única del general Mendietta y heredera de inmensas propiedades rurales, propiedades que no la preocupan. Así, el lotecito terráqueo se inicia en las vecindades de la población de San Juan de la Vega, sigue al alto de Butulú y por el Dintel desciende a las lindes de Sasaima hasta volver a las goteras de San Juan de la Vega.

De todo esto no me da pena contar nada, pues, las tierras de los otros y mías están ahí, fértiles y dispuestas a merecer y, sus propietarios tradicionales, más interesados en salir de ellas, venderlas a menos precio o a cambalacharlas, más que en trabajarlas y cultivarlas con cariño y perseverancia. No. Estos están muy lejos de preocuparse por hacerlas productivas y rentables, como debe ser el imperativo de todos los tiempos  presentes y futuros.

Nací en el campo a principios del siglo XX. Tengo la piel endurecida y medio curtida por el sol y por ese aire agresivo que se arremolina en mi entorno, empujado por los apuros de la ventisca montañera. Viril mi nariz vasca como la del abuelo; igual el color de la pupila, que recoge los cromos apacibles de las borrajas en flor, que el sol calentano enfoca y sofoca.

Aquí, voy con un buen compañero, amigo de confianza, colaborador eficiente, coetáneo y leal cundiboyacense, Rafael Cánter. Vamos hoy como ayer fuimos a contemplar las montañas que enmarcan al río Gualivá. A conversar con la gente que encontremos por los caminos reales o por esas trochas y atajos, que hacen ronda tímida a las empinadas cumbres cundinamarquesas. Y nos detenemos con voluptuosidad a calcularle el diámetro a los troncos de los árboles, a los robles y cedros corpulentos, que parece que salen a nuestro encuentro y que se ponen a nuestra vista y a nuestras órdenes. Y nos demoramos ante un vegetal raro, un robusto árbol maderable, ante un quino u otra planta medicinal y con leyenda augusta. Pasamos a cierta distancia prudente de un pedrohernández, que Cánter distingue desde lejos por su atmósfera enervada, cuando es tiempo de florescencia. Pero no tenemos prisa, ante esos inmensos ramilletes de flores amarillas por los junios, los chicalás, erguidos y solitarios en mitad del bosque.

En fin, a mirar fontanas y arroyos en sus nacimientos y a echarles pluma a los metros cúbicos de agua pura, que puedan sumarse a lo largo de su recorrido durante la estación media veraniega. Vamos  a probar aguas dulces, a defender como cosa propia los bosquecillos; aquellos, los que protegen y sombrean la mansa y limpia frescura del río; los que cuidan y arropan día y noche el muy vulnerable cristal de las indefensas fuentes campesinas. Por lo demás, montamos briosas, pero, hoy y a esta hora, un poco cansadas y sudorosas mulas, como de mil pesitos cada una, las que se pueden comprar o permutar por otras bestias de carga o de rienda en las ferias trimestrales de Faca.-

*  *  *

Más que avasallar códigos de derecho con toda la pesadumbre de secretas contradicciones y frecuentes reformas, el joven abogado Januario Gómez, es un apasionado de la acción pura, del trabajo material y de sus frutos tangibles en los escenarios de las grandes sementeras y surtidas dehesas. Del duro trabajo, largo y sostenido, pero con resultados a la vista.

Como disciplina cotidiana, prefiere afirmarse cada día ante las dificultades de la vida activa. Infatigable, cuando se enfrenta a los desafíos de la existencia y de las resistencias, que él mismo se ha creado entre grupos humanos elementales y tardíos. Prójimos más contemplativos que dueños de imaginación. Sí. La existencia campesina que él ama y disfruta, cuando está inmerso en sus grandes y pequeños problemas. Perseverante y tenaz el hombre en la tarea de vencer dificultades conocidas y desconocidas. En el diario avance por su autopista vital de trochas y montañas. Con sostenido aire deportivo en la marcha por los caminos fangosos, los bosques cerrados, las duras pendientes rebeldes. El mismo gran señor de competencias, que no lo acobardan los inviernos largos ni los veranos obstinados. Impasible frente al reto de los precipicios y de las estribaciones intimidantes de los más abruptos lugares. El, en todo momento confiando en sí mismo. En la experiencia de sus fieles acompañantes. En el temple y en la firmeza de su cabalgadura de herrados sostenidos cascos.

Nuestro personaje es distinto a todos los demás personajes del rimero humano. Nada lo hace vacilar. Ello explica sus sorprendentes aciertos y la rotundidad de sus éxitos, que la saga popular de la región, ya cuenta y recuenta con júbilo y enumera en sus memorias.

Aciertos y éxitos en el trabajo y en el quehacer de la vida cotidiana, donde el común de la gente nunca pudo prever algo positivo. Vencedor sin alardes en aquellas faenas, donde la gran mayoría se queda a mitad del camino; donde los más esforzados renuncian ante los primeros fracasos y no están dispuestos a enfrentar retos, cuando no columbran la evidencia del triunfo inmediato. Que a Januario Gómez se le suele encontrar por los cerrados parajes abundantes de vegetación y de sorpresas. Tierras cargadas de energía, fértiles y promisorias cuando se les violenta y trabaja. Espesas ruralías invadidas de imponente silencio, de inquietantes premoniciones en la oscurana prelunar. Aquellos nocturnos, que los buhos amenizan con su pesadumbre y los mochuelos agoreros con sus premoniciones en las noches desveladas. Signos y señales de fatalidad, que angustian y llenan de temores a la gente simple, frenada por las fantasías y las creencias sin soporte.

Apremia su alma el ansia firme de dominar territorios escarpados y selváticos. Esas tierras inocentes e invioladas, que no se les ha exigido nunca la urgente tarea de producir frutos útiles para el alimento de la población y de todos los seres vivos.

Tierras que sólo han sentido sobre sus lomos, la gravitación de bosques tupidos e insólitos. De monumentales árboles selváticos, que al fin se desploman sobre el suelo impasible. Inmensos vegetales, a la postre, vencidos por el peso de las bromelias y de las parásitas gigantes. Viejos árboles, doblegados por la carga de los años largos y las espesas colchas de musgo; musgo como mortaja cosida con recóndita ansiedad a las sinuosidades de la piel estoica de los troncos centenarios.

A éste hombre lo sorprenden los anocheceres, cuando se embriaga con sólo al contemplar un espacioso escenario agreste. Gozoso con los resplandores del verano o, con el perfil misterioso de las montañas de configuración hosca y arcana. Vírgenes en espera a plena luz del día. Cuando se deleita con sólo pensar en todo lo que hay por hacer. En la idea milagrosa de poder cambiar bosques, cuando estos no tienen ninguna misión protectora a favor del hombre o de la naturaleza. Cambiarlos por la grata realidad de extensas y eficientes sementeras productivas. Sus frutos y cosechas, útiles y gratos a nombre del bienestar humano.

Avizor y agradablemente inquieto, cuando sin limitaciones se hincha de placentero júbilo, cuando siente el paso agresivo del viento cargado de desconocidas esencias y cuyo origen es necesario descubrir. Optimista y sensual, cuando encuentra y percibe el olor de la tierra labrantía y cálida, bajo el rigor de las temperaturas estivales, que a la media jornada y sin ningún obstáculo, invaden todos los sitios y ambientes durante los largos días veraniegos. Hombre feliz, cuando logra inculcar en sus amigos y colaboradores una real complacencia en relación con la tierra, la labranza y sus frutos. La cierta complacencia de vivir y permanecer alegres, única razón de la vida, de la dicha de sembrar y cultivar.

La satisfacción final de cosechar y disfrutar los resultados del trabajo, del trabajo al aire libre como manda Dios desde los siglos de los siglos, con plena libertad de acción para realizar tareas gratas y además fecundas.

 

 

CAPITULO II

Ahora, Januario Gómez y su nuevo y leal amigo y administrador el cundiboyacense Rafael Cánter, cabalgan por el fangoso y aterido camino del Dintel. Avanzan ya a la altura de las aguas medianeras del enigmático río Gualivá. Pasan revista a las abiertas y angulosas tierras agrestes de la vereda de San Antonio, buena parte de esta, su nueva y espaciosa propiedad con el nombre de la “Hacienda de la Colina”, en las vecindades sobre todo de las municipalidades de  San Juan de la Vega y de Sasaima.

El Gualivá es un río misterioso que no perdona. y guarda intrincados rencores, sin que vecino alguno se haya percatado de esas peligrosas y secretas cóleras. Un río con tanta historia, como la pudieran tener los moradores de la región, si estos se permitieran vivir tantos años como los que vive un río. Secretos del Gualivá que han permanecido allí por siglos, con la apariencia de musicales sones o de silencios apenas gemebundos. Desconocimiento de la intricada alma de su río, que permite a los ribereños de las dos bandas trarlo con cierta equivocada confianza.

Para poder hacer deducciones, no se han dado cuenta, que cuando alguien en las noches sombrías, ebrio o soñador de antiguas querencias, cruza a lo largo de alguno de sus puentes de madera, así sea con barandilla firme, el río como que lo hipnotiza y lo lleva a sus recodos y torbellinos. Así, ebrio o ensimismado, a ese paseante anónimo y sin duelos, las aguas fluviales lo atraen con su hechicera fuerza para recluirlo en su mortal lecho de piedra repulida por el tiempo. El viajante o romero, sin sospechar la presencia de la muerte, allí se desploma vencido y allí muere aprisionado en los brazos de esas aguas de aparente cháchara inofensiva, cuando en realidad son aguas urgidas por pasiones y turbulencias de muerte.

Pues, van los amigos por los territorios, todavía despoblados, de la bella y fecunda vereda de San Antonio. Abren senderos y buscan las laderas menos cerradas, para ascender a los fríos altiplanos o bajar a las vegas cálidas y feraces. Para Januario, estas nuevas tierras y gentes, están distantes de toda memoria o recuerdos personales gratos o ingratos que deben seguir durmiendo en el pasado.

Y cada uno de los viajeros, a su modo, descubre que los árboles parecen más altos y sus troncos más corpulentos, a medida que se hunden en la entraña selvática y en los desconocidos parajes espesos y umbríos. Parajes con fugaces fragancias de escondidas orquídeas y discretas bromelias en plena floración.

Abajo, han quedado los soleados cafetales y sementeras. Los cañaduzales alegres y saludadores. Los huertos de frutales, los cítricos aromosos, los pacíficos e invasores bejucos de los ahuyamales, en fin, los erguidos guanábanos y chirimoyos.

Arriba está la niebla. Una niebla tarda y mortecina que se demora en las paredes oblicuas de los altos taludes. Que apenas sobrevuela los guaduales y el boscaje cerrado. Y se achica sobre la fronda del bosque anciano, limitando la perspectiva del paisaje, haciendo más estrecho y tortuoso el camino. Más monótona y menos segura la marcha.

Este angosto camino que ahora llevan, cuando éste existe en la realidad, parece jadear y retorcerse cuando las bestias con ritmo e insistencia tascan sus barrizales orilleros. Y hace pensar que se pone adolorido, cuando se acerca a las erguidas  estribaciones, al inevitable rodeo de la forzada curvatura que bordea y acaricia las intimidades del abismo.

Un silencio sobrecogedor parece enmudecer el alma de las grandes laderas. Y esos sorpresivos declives del monte, paralizan el alma de los viajeros. Otras veces el viento, en forma inusitada, pasa haciendo chasquear el ramaje de los árboles viejos en las frondas más bajas y amarillentas, espantando de improviso a las ensimismadas cabalgaduras.

Esas rachas heladas son, apenas, avances de las afligidas  ventiscas de los páramos distantes. Después de la algarabía con las ramazones rebeldes y el roquedal desnudo; vientos en tránsito, que dejan atrás la desolada sinfonía de los silencios. Esa música de cámara, peregrina y medrosa, que mantiene su interminable ronda por las umbrías enmudecidas de los atajos y del pie de monte.

Al fin las yertas ráfagas en fuga, se ocultan detrás de las venerables montañas de piedra que acorralan los valles. Luego, se escurren gemebundas, por pasadizos secretos hacia las hondonadas. Espacios de inmensidad nunca medida, que el río Gualivá subyuga en el juego cómplice de la sorda oquedad del cresterío montano y los desfiladeros andinos.

Januario Gómez, hoy, es un joven profesional del Derecho, maestro en el arte y ciencia de la conciliación, que con  especiales consideraciones, atiende su clientela todos los miércoles y los jueves en su frío bufete capitalino. Allí, con especial diligencia, estudia y trata de resolver problemas de posibles alcances judiciales. Y, negocios diversos de su bien seleccionada clientela. Así, con frecuencia, logra para sus poderdantes soluciones rápidas, despejando dudas y conciliando intereses, a fin de resolver y aclarar diferencias, dentro de un sostenido esfuerzo para que los asuntos no vayan a estrados. Esto, así, buscándole respuestas racionales y satisfactorias que, además, puedan ahorrar tiempo y dinero a sus muy ocupados clientes.

En los otros días de la semana, que realmente son los más, Januario Gómez está siempre al pie de los surcos como en su infancia. Quizás, su verdadera vocación, su íntima vocación sea la de un decidido trabajador empresarial en el amplio escenario de la vida campesina.

Procede de esta manera, pese a sus títulos universitarios de los cuales nunca habla. Mas,  saborea con frecuencia  las palabras cuando discurre sobre el tema de la tierra y sus cultivos, del ingenio de sus administradores y colaboradoras, de la frescura de sus hatos y sementeras.

Durante la mayor parte de la semana, Januario viste áspera ropa de dril y calza tremendas botas ferradas, propias para caminos pétreos o fangosos. Y deja ver en su erguida cabeza, un sombrerote aguadeño de ariscas alas medio enroscadas, con sugestiva inclinación sobre su amplio frontispicio. Y, así viaja y permanece sin falta en el campo. La mente muy despierta y activa en la travesía semanal en distintas direcciones, por buena parte de sus extensas tierras y dominios. Y atiende con morigerada inmediatez los imperiosos impulsos que lo dominan: el impulso del trabajo prolongado y productivo; el muy natural de las urgencias del amor y de la amistad. Y, ese otro impulso feliz, la obsesiva idea de cambiarle la imagen al paisaje bravío.

Crear una buena y nueva imagen de su más próximo panorama agreste para que exprese en la viveza de sus policromos, la vital y activa presencia del hombre. Del hombre, su trabajo y su imaginación. Un paisaje que Januario sueña menos abrupto y más acogedor; con caminos amables y orillas desprevenidas y seguras; fecunda la tierra, abundantes las cosechas, jubilosas todas las criaturas que se asientan dentro de sus lindes. Un mundo campesino invadido por la armonía de la gente que trabaja alegre, de los animales domésticos que denuncian con naturalidad sus ansias y satisfacciones, cuando son bien tenidos y administrados con buenas maneras y generosidad de conocimientos.

En realidad, la bien conocida capacidad de inventiva de Januario Gómez y su voluntad de acción pronta, otra cosa no le permiten ni ha pensado enfrentar otra alternativa. Un hombre deliberadamente inquieto, pero distante de ansiedades irracionales y de todo vértigo de angustia. Inquietud inteligente la suya que le permite pasar de proceso en proceso, de objeto en objeto, de acción a otra acción con coherencia ascendente y positiva. Es la misión de hacer cosas y tareas en beneficio del mayor número.

Un hombre del común que a todo trance quiere ser siempre positivo. Afanoso, como el que más, para que a su alrededor todos los seres humanos, en forma individual y colectiva, se puedan sentir importantes, prósperos y útiles unos a otros.

A la sazón, primeras décadas de la vigésima centuria, el país y el mundo viven un período realmente dinámico. Período urgido por todas partes de convicciones fuertes y de activo quehacer material y espiritual. Sobre todo del trabajo material y de su presencia amable y fecunda frente al universo de las labores del agro. Noble quehacer, considerado por la gente más al día, como empresa realmente lucrativa y digna en sus diversas manifestaciones. Para entonces, entre el grueso público se habla aún de los mandamientos del campesino, “Amar la tierra por sobre todas las cosas…  Honrarla siempre, mejorando la producción nacional para no depender del extranjero…”  Además, como ejemplo y paradigma se cuenta y repite en diarios y revistas que el famoso millonario norteamericano, John Rockefeller, se había iniciado como agricultor, como agricultor próspero desde luego, antes de llegar a su definitivo e inmenso poder económico. Y que solía alimentar sus pavos, sólo con productos de su propia granja. Así mismo, se evoca la historia del presidente Calvin Coolidge, paisano y coetáneo del anterior, cuando aparecía en las fotos de la prensa mundial vistiendo la ropa propia del hacendado, como un decidido hombre del agro, que enfrenta con fe y entusiasmo las faenas del campo en sus aprovechados fundos.

El trabajo que demanda la tierra, la agricultura como amable y generosa actividad productiva, hacen parte de la mentalidad de moda. Y, es esa mentalidad la que en definitiva, refuerza las firmes convicciones personales de Januario Gómez, respecto a la bondad y utilidad de las tareas agropecuarias.

Todo esto y sus firmes y propias querencias son las que lo inducen, la mayor parte del tiempo, a permanecer optimista y feliz a la intemperie, como un satélite que gira sin afanes en torno de algo importante y seguro. Que va y viene, en todo momento, con mirada atenta y cuidadosa. Alegre el hombre por trochas, cortes de desyerbe en verano y atareadas cogiendas en los períodos de cosecha.

En tales escenarios de trabajo elemental, pasa la mayor parte del tiempo. Los días soleados y los días invernales. Todo a lo largo de los períodos más activos de su vida, hombro a hombro con el quehacer de la gente sencilla. En la grata compañía de hombres y mujeres, que por necesidad o por amor a la tierra, viven atados a ella, ocupados en los variados de la agricultura, la ganadería, los cercados y los aserraderos. Trabajadores de muy diversa condición e índole. Todos ellos, siempre los más eficaces y los más fieles colaboradores del hombre de acción en equipo, sin urgencias de jolgorios, sin afán de vacaciones prontas, sin ningún programa próximo de viajes de recreo o de turismo.

Januario, nunca hace manifestación de esa tan llevada y traída necesidad de irse a descansar a otra parte. Y esto permite que el buen ejemplo cunda. Todos quieren hacer lo mismo. En realidad les resulta más económico y con menos sobresaltos el transcurrir de la existencia. Así, de esta manera elemental sin atropellos imaginativos. Tal como Januario Gómez disfruta en grado sumo de lo que le place, dentro del goce de la cabal salud mental y física, dentro del siempre sorprendente y renovador ambiente de la vida rural.

Cuando Januario Gómez construye una nueva y espaciosa casa para una finca, cuya extensión territorial no puede ser menor a 25 hectáreas, dentro de sus ya extensos fundos con diversos climas; allí, con frecuencia y aunque no es regla sin excepción, organiza de inmediato un administrador con su familia para manejar y dirigir los trabajos programados al aire libre. Al mismo tiempo, establece allí mismo y con bien definidos poderes, una buena mujer de las vecindades con uno o dos hijos y la promesa de la escritura del lote de la casa con no menos de una fanegada. Esa mujer joven y excepcional va a manejar el dinero para los gastos de dicha finca. Ella, va a acompañar y atender a Januario cuando pernocta allí, cuando demora en esos contornos planeando y acuciando la marcha de nuevas programaciones de desarrollo estructural, de siembras y de producción.

Otras mujeres de absoluta confianza, que han sido vinculadas a la empresa en las condiciones anteriores y en nuevos dinámicos vivideros que abre, son mujeres que proceden de familias de esta extensa comarca rural, donde es apenas axiomática la influencia y buena fama del empresario, don Januario Gómez. Y estas bien escogidas mujeres ejecutivas para la empresa campesina, sin complicaciones ni alharacas, pasan simplemente de la pobreza y privaciones a la solvencia y a la vida de trabajo productivo. Ello, así, al amparo seguro de Januario, el hombre en todo momento de inagotables ideas e iniciativas prácticas. Las familias de donde proceden estas mujeres, ven esto con gran naturalidad, a veces como un golpe de buena suerte, como una bendición de Dios.

Los hijos de tales mujeres, mujeres que allí llegan con tanto poder y que actúan con tan singular naturalidad, quizá no son hijos de Januario. Todo mundo dice que esos pequeños tan inquietos y de ojos tan claros, “se parecen mucho al patrón.” Pero, no avanza más allá de esos tímidos comentarios y conjeturas al vuelo de la conversa vecinal. Januario es hombre parco en palabras y sus protegidas lo primero que le aprenden es eso, la sobriedad y la discreción en el decir y la efectividad en el obrar desde las muy tempranas horas de todos los santos días.

Sus tareas, los quehaceres cotidianos de ellas, están muy cerca de unas fructíferas relaciones humanas, de mantener muy clara y positiva la imagen del patrón ante la opinión de los vecinos y de todas las familias directa e indirectamente vinculadas a la empresa agrícola. Ellas saben, que deben avivar ante propios y extraños, una imagen vigorosa de protector y de empresario afortunado del patrón. Un hombre que, en verdad, quiere el progreso de la gente en todo sentido y que todos se lucren, honestamente, de la prosperidad campesina que, él, se empeña día y noche en hacer una realidad alentadora para todos.

En realidad, estas buenas e inteligentes mujeres, y quien mejor que ellas, cumplen la muy ponderosa tarea de crear y mantener viva en el más amplio círculo, una firme y clara idea de Januario Gómez como hombre servicial, pronto a resolverle problemas a las personas que, en una u otra forma, tengan que ver con él o con la empresa agropecuaria, con sus administradores o con la gran masa de trabajadores suyos.

 

 

CAPITULO III

 

Januario permanece por ratos y algunas horas largas del día por los lados de Faca o por el umbrío y exclusivo cobijo de los cerros de Santafé de Bogotá. El resto del tiempo, sobre todolas noches, sin falta bien acompañado en sus discretos y alejados casones montaraces. Sencillas pero amables moradas. Entretejidas con maderas frescas de cedro, robles y guadua, en medio de los inmensos boscajes o, en sus bien planeados campamentos, no pocas veces en la muy espaciosa y definitiva sede de la Hacienda de la Colina, desde donde se escucha el rumor del río Gualivá.

Gran caserón construido con maderas finas y fragantes de árboles sazonados y corpulentos de los bosques viejos: nogales, cedros, robles. Gruesas tablas para los pisos de los anchos corredores y los doce salones, seis de ellos 5×4 metros y tres de alto. Tablas delgadas y artísticas por sus dibujos naturales y con destino a los cielos rasos y al enchapado de muros interiores.

Techos y aleros cubiertos con pequeñas tejas de barro fabricadas en cantidades industriales cerca de Santa Inés, tejas colocadas con esmerada simetría; enchambranado de macanas de bien pulidas siluetas y reluciente color natural; puertas de una sola ala, fuertes y de contundente acabado. Todo elaborado allí bajo la dirección de los ingeniosos Saulo Konhejo y Gustavo Chompa, excepción hecha del fino bisagrado y cerraduras para puertas y ventanas, escogidas y compradas en Bogotá y al por mayor, por el propio Januario.

El caserón de la Hacienda de la Colina, dispone de un espacio amurallado próximo a las dos manzanas, sumados sus amplios y bien barridos patios empedrados y motiladas praderas. Allí, hay campo suficiente para el edificio de la casa con larguísimos y anchos balcones techados. La variedad floral de los jardines y los lagos poblados de patos playeros. Y todos los demás servicios propios de una empresa de tales condiciones.

Este enorme complejo de vivienda y administración central, está encerrado por un cercado de piedra maciza con una altura no menor a los dos metros y un espesor de sesenta centímetros por todos sus costados. La casa, que ocupa media manzana, es de dos pisos, de tres si contamos el inmenso sótano para un depósito con entradas de luz natural y ventilación adecuada. Esta construcción en su mayoría es de ferroconcreto, particularmente su base. Todas las paredes principales y medianeras, cuidadosamente enchapadas con maderas nativas, tatuadas y aromosas.

Rafael Cánter y su mujer Adelina, son ellos los administradores, un poco parsimoniosos, de la casa campamento central de todo el complejo agropecuario. Desde este lugar se alargan o se encogen las riendas de la multivaria y dinámica organización rural, a donde llega y desde donde parte la magia de las góndolas de un singular cable aéreo.

Aquí en esta casa-campamento, por patios y corredores laten día y noche los perros de Januario. “Mateo”, labrador viejo y paciente, leal y disciplinado, que impone su autoridad con tranquilo dejo canino. Katiuska, de color negro brillante como Mateo, no tan grande ni de porte tan imponente, pero respetada por todos los de su casta y por toda persona que conoce las condiciones muy particulares de los dóverman.

La imprevisible perra Pastora, de una lealtad a toda prueba, que no sabe tolerar la demora en sus comidas. Cuando allí duerme Julian, esta perra, pastor alemán, se ingenia para amanecer al pie de la puerta del aposento ocupado por el patrón y nadie puede pasar por allí.

Finalmente, Gala, grande y de poca edad, una labradora de color dorado, con todas las características nobles de los perros de esta raza. Y, Amigo, el más joven labrador de la casa, hijo de Mateo y heredero tranquilo de numerosos poderes y afectos. Es  hermano de Dunga, la cual sólo va al Campamento muy de mes en mes, como a ver que está pasando por allá. Con frecuencia, Januario recuerda la vida y milagros de su primer perro, Caramelo, un pincher miniatura, la mascota de su infancia:

-Cuando Caramelo no quiso vivir más, o simplemente la ya prolongada edad y el agobio de los años viejos, le empezaron a apagar definitivamente los últimos circuitos de su red vital, ese día no se quiso mover de su segura y calurosa guarida, no obstante el brillo de un esquivo sol de Mayo a lo largo de esa su última jornada, sin angustioso conteo de horas. Por la tarde, la lluvia se vino a torrentes y se desplomó sobre el patio y el jardín, con agorera y pertinaz insistencia. Pero, nuestra sorpresa fue grande cuando, desde un balcón interior, descubrimos a “Caramelo” en el extremo del patio caminando despacito y en círculos concéntricos, bajo una lluvia muy copiosa, para él posiblemente inexplicable. Giraba el pobre como un autómata ensopado, haciendo pensar a quienes lo observaban, que había perdido el sentido de la orientación. Que no lograba ubicar la dirección de su querido escondite-dormitorio, al cual cada vez estaba más apegado, a medida que avanzaba la pelambre blanca por el croquis de su hocico y sobre la mansedumbre vegetal de su cabeza, muy semejante a una  pera bien conformada. Hablo en plural por mi, por “Caramelo” mismo y por la multitud de flores que contemplaron en los últimos meses la extraña, pero mesurada conducta de ese, ya a la postre, como tan lejano y un poco tristón, acompañante que, disfrutaba, ahora, el raro don de saber saborear la muerte.

-El pincher Caramelo, cuenta Januario, había perdido uno a uno, casi todos los dientes, detalle que se esmeraba lo más que podía por disimular y por no ser descubierto muy fácilmente por los habladores. Quizá por ello ya había dejado el acostumbrado amago de agresión, cuando parecía estar de malas pulgas, que era las menos de las veces, y era entonces cuando emitía sonidos de guerra mostrado la fila perfecta de sus incisivos, caninos y molares. Eso ocurría por allá en su ya lejana y ansiosa juventud.

-Como a los doce años que equivalen a ochenta en un hombre, “Caramelo” empezó a perder la vista y el oído y al cabo de pocos meses ya no le quedaba intacto, sino el sentido del olfato. Ya se tropezaba con las cosas, lo que para él era muy penoso y humillante. Para llegar al patio hay dos puertas, una occidental y otra al sur. Con frecuencia husmeaba por debajo de una de estas puertas cuando sentía alguna persona que se acercaba. Y si estaba en la puerta del sur y el cristiano ese se acercaba por la puerta de occidente, “Caramelo” redoblaba casi ruidosamente su husmeo en la puerta del sur. Y uno se podía entrar por la puerta de occidente y él seguía husmeando cada vez con más insistencia a ras de suelo en la rendija baja de la puerta del sur, sin darse cuenta ni percibir por el oído y la vista que el visitante ya se había entrado al patio. Sólo que sentía su olor en crescendo sin acatar en qué dirección.

-Mi pequeñín perro Caramelo, desde sus primeros meses, acostumbraba entrar a la sala a saludar cuando llegaban visitas, parientes o gente muy amiga como el profesor Balmes, o alguien de la casa que hacía horas o días que se había ausentado, como cuando yo mismo regresaba de la finca. Para ese momento, armaba un verdadero escándalo en el patio sino le abrían la puerta de inmediato para ir a expresar sus saludos. Y qué saludos tan efusivos con el muñón del rabillo, los ojos, orejas y manos y hasta con beso.

-Cuando la persona era de extrema confianza como el profesor Balmes y luego que esta tomaba asiento en la sala o frente al televisor, Caramelo se le encaramaba hasta la altura de las rodillas; cuando no, y el recién llegado era de la casa, se satisfacía con echarse sobre los zapatos, se contentaba con el calor y olor de los pies de sus amigos. No era, ni mucho menos, muy exigente. Pero, con ciertas personas como la patrona de Motta, mantenía una tensa amistad, porque a veces no comprendía algunas frases que le decían con tono aparentemente desdeñoso. De todas maneras, los escuchaba con atención y, cuando consideraba del caso, en silencio y con cierta parsimonia, se regresaba a su escondite como con un tris de preocupación.

-Cuando en la cocina empezaban a freír algo, armaba tal algazara que era necesario abrirle la puerta para que entrara, pues, consideraba que siempre que estaban aderezando carne, esa era para él y, se estaba allí echando ojo y sumamente atento a los movimientos de la operaria u operario, hasta que se le invitaba a su comedor en el patio. Cuando alguien lo miraba muy atento y seguido, el se ponía en guardia un momento o se refugiaba en su escondite, porque creía que algo malo se estaba tramando contra él, un baño a deshoras por ejemplo, o cualquiera otra patanada. Cuando Caramelo estaba joven y alguien tomaba su correa-cabezal, se ponía en un grado extremo de tensión y de jubilosa dicha, porque eso era señal de paseo, de una vuelta por la vecindad o al rededor de la manzana del colegio.

-No había lugar de la casa que no conociera. Ni objeto cambiado de sitio o artefacto nuevo que no marcara. Era su obligación, así lo consideraba, y en esto, era de un cumplimiento y exactitud impresionantes. Nadie, nunca pudo reclamarle descuido en estos asuntos de identificación local y de geografía doméstica. Las veces que lo llevamos a la finca alcanzó altos grados de nerviosismo en el viaje y de suma alegría al salir y al llegar y encontrarse allá con colegas de la prestancia, tamaño y fama de los muy jóvenes, entonces, Mateo y Katiusca. Cuando regresaba a casa se tendía rendido de tanto trajín y expectativas en la finca y de tanta tarea de marcar mojones y linderos como quien debía quedarse encargado de todo.

-Cuando estaba joven y en cierta ocasión, Caramelo, mordió un poquitín a la señora del lado, la patrona de Motta, perrilla también de tamaño breve. La mordió abajito del tobillo derecho. El, un poco amoscado y triste, se estuvo como dos días recoletado, como apenado por el acto culposo o, quizá por el tremendo regaño que le dieron delante de la señora, cuando ella todavía se pasaba la mano por la parte levemente mordida.  -Volviendo al principio de esta historia canina, principio que es el fin, contábamos que Caramelo esa tarde de su vecina muerte, giraba en círculos en el extremo del patio y bajo intensa lluvia. Cuando abrí la puerta su olfato lo orientó y se vino a donde yo estaba, pasó trastabillando para el patio del lavadero y se dejó caer sobre una ropa mugrosa depositada en una cesta de altura reducida. Yo, que en este momento me encontraba solo en dicho sector de la casa, me di cuenta que la respiración de Caramelo, era la respiración de un moribundo. Tomé de inmediato una acogedora canasta de mimbre y, traje de allá de su escondite, sus cobijas y las coloqué en forma adecuada en dicho recipiente. Con prontitud recogí a Caramelo con delicadeza y lo coloqué en la canasta sobre esos cobijos, procurando que quedara cómodo y abrigado. Lo llevé en ella como cama hospitalaria a su escondite. Eran como las seis y media del atardecer, y llovía y el invierno arreció en forma angustiosa e intensa toda la noche. Y como a las tantas horas de la madrugada, alcé el techo de su casita y lo vi tal como lo había acomodado y dejado.

-Allí, esa noche murió Caramelo, sin rabia y sin resentimientos con nadie. Al otro día el profesor Balmes, grande amigo suyo, cavó en el jardín una pequeña sepultura, y colocó allí dentro su cuerpo tal como lo encontró todo estatua, pero con gesto tranquilo y sereno como si estuviera dormido, con su pelaje limpio y seco y con las orejillas un poco echadas para adelante como cuando en su vida juguetona, se ponía a observar sobre el piso algún insecto u hormiguilla que se le acercaba.

-El profesor, haciendo que conversaba con él y, admirado de su definitivo y tranquilo talante después del último trance, lo colocó con suma parsimonia en su blando sepulcro de tierra, sin dejar de musitarle algunas palabras, como canturreándole y como solía hacerlo con él en vida, hablándole sobre algún asunto: sobre la amistad, el quehacer de la existencia perruna, la armonía entre todos los seres de la Creación, el equilibrio maravilloso entre la vida y la muerte, temas sobre los cuales con frecuencia, Caramelo y el profe, estuvieron definitivamente de acuerdo.-

CAPITULO V

A poco llega Chucho, en el hombro derecho la carga de un palo con tres o cuatro yucas grandes. -Buenos días los señores- dice un poco conturbado cuando reconoce a Cánter y a Januario, el dueño de todas estas tierras a muchas leguas a la redonda, – En qué les puedo servir…-

-¿Cómo le ha ido Chucho?,- pregunta Januario con real interés.

-Aquí permanecemos en la lucha, en la dura lucha pero contentos, don Januario- responde el campesino con cierto aire discreto pero mostrando sencillez y amistad. -Por qué no se entran y toman algo.- Agrega.

-Pues yo me le tomo un aromado de esos que hay por allí- dice Cánter con espontaneidad y sin ningún aspaviento, ya que está seguro de la existencia oportuna del aguardientico montañero, cuyas olorosas esencias desatadas por todas partes, le dan confianza para sólo exigir lo inexistente.

-Yo también me tomo otro- dice Januario, cuando observa la gran botella reluciente que la señora trae para servir el trago solicitado por Cánter. -No vaya a creer Chucho que vengo a reclamarle nada raro. Sólo quiero conversar con usted y ponerle un sueldo fijo para que me maneje unos programas de siembra de café y de caña. Usted y su mujer y su hija, pueden seguir viviendo en su casa y tierra sin ningún problema y como lo han hecho siempre, cuidando y mejorando lo que ya tienen cultivado.-

-Pues, muchas gracias don Januario y don Cánter, que mi Dios les pague, y… cuándo quieren que empecemos?-

-Es que vamos a empezar ya, anota de inmediato Januario, aquí le traemos con que hacer semilleros de café y las mulas le van a cargar desde mañana mismo colinos de caña para sembrar en las pendientes y terrenos que se muestren menos fértiles.-

Entre tanto Rosana María y su hija Aurora, empiezan a servir un abundante almuerzo. Plátano jecho y robustas yucas sudadas en la manteca de la gallina, todo bien amarillo con el complemento, además, del amarillo tradicional de la semilla del achiote. En hondos platos el caldo bien caliente, el caldo donde fue cocida toda la carne y apenas espesado por la papa criolla deshecha y los huevecillos de la gallina en su punto preciso de cocción, ni duros ni muy blandos.

Antes de empezar a almorzar, Chucho se va a picarles caña y a darles de beber a las bestias de los visitantes.

Durante el almuerzo, Januario y Cánter hacen chistes y celebran la buena sazón del sancocho, disfrutan del limpio aire libre en el abierto corredor y del descanso en los amplios y recios asientos de madera y, sobre todo, del suculento almuerzo, rico y saludable “como para convalecientes”, según alguno de ellos. Ya han observado la múltiple utilización que hacen de la guadua.

*  *  *

Concluido el almuerzo y después de minuciosas preguntas de Januario sobre aguas de la región y manera de conseguir trabajadores rasos, los viajeros se despiden con el alborozo y cariño de compadres y, Cánter le hace entrega a la señora que hizo y sirvió el almuerzo un número de billetes en tal cantidad como para pagar un almuerzo en un exclusivo restaurante de Bogotá. Esto, tal como son las indicaciones previas de Januario.

-Adiós todos- dice Januario Gómez despidiéndose rápidamente de cada uno incluso de Aurorita. Los dos amigos pican espuelas, espolean con insistencia sus cabalgaduras, para quitarles cualquier rastro de pereza o rebeldía, y seguir, así, la marcha de ascenso al mismo ritmo de dos horas antes y el giro hacia San Juan para las primeras horas de la noche. Januario Gómez, con sostenida decisión realiza la para él y muchos de sus amigos y vecinos, apasionante aventura de poner en marcha y en rápida y variada producción, la finca más extensa y la más trabajada. La misma que a lo largo ya como de cuatro años, los habitantes de la región han podido ver como surge y se explaya comprometiendo en sus recias y variadas tareas a muchas personas de las más diversas condiciones. Fundo que cada día que pasa se parece menos a los anónimos territorios de ayer y de antier. Y allí está y allí se queda en la complejidad de su simpleza, esa organización agrícola y pecuaria, que ya es una bien reconocida empresa rentable. Cada vez más floreciente para ejemplo de más de uno. Que es admirada y visitada en su principal centro de actividades por hacendados e investigadores particulares y oficiales del desarrollo de la vida campesina, incluyendo los ideólogos comunitarios tan en boga por entonces.

Tiene una extensión que, en números de fanegadas, apenas está para sumar tomando datos de las escrituras de tierras adquiridas por compra a numerosos vecinos ansiosos por irse a vivir en la capital, convencidos por la propaganda oficial, que induce al abandono del campo para ir a engrosar electorados capitalinos.

Extensa propiedad a sólo medio día de Bogotá, si el viaje se hace sin parar y a lomo de mula.

Januario, ama las amplias extensiones. No por un enfermizo afán latifundista, sino por un complicadísimo sentido de la libertad y de esa alegre soledad en movimiento que él concibe y, que ha soñado e indagado con empeño tenaz desde sus más tempranos años.

Extensiones de tierra cultivable, que ha buscado y encontrado al fin. Para disfrutar de su amplitud sin fronteras cercanas. Disfrutarlas, tanto él como sus solícitos colaboradores en los más rudos y largos trabajos. Unica manera conocida de poder crear y montar un latifundio productivo. Extensos cultivos  de distintos climas, en forma muy peculiar pastos de las más diversas especies, caña de azúcar, decenas de fanegadas pobladas de cafetos arábigos; de plátano hartón, banano y plátano guineo. Papa, cebolla y ajos; yuca, arracacha y toda clase de verduras.

Y, sobre todo, para saciar una ambición muy personal: tener numerosos trabajadores, poder dar ocupación a mucha gente, poner a trabajar a cada uno en lo que sabe y en aquellos oficios en los cuales tengan los vecinos alguna experiencia. En fin, poder dedicar un día semanal para pagar a sus trabajadores, él mismo en persona o simplemente presenciar los detalles y reacciones individuales y colectivas, dentro del grato acaecer de esta tarea.

Januario ama el boscaje y las arboledas productivas. Y quiere y admira a la gente laboriosa. Su espíritu parece consustanciarse con la existencia y destino de los árboles, de los bosques, de las montañas, del campesino que envejece de manera armoniosa inclinado sobre la tibieza y ternura de los surcos.

Para Januario Gómez, el árbol es un ser en todo equilibrado, inquieto y móvil. Lo ha observado con frecuencia: sus ramas oscilan clamorosas e insinuantes con el viento que pasa; sus hojas y sus flores con giros muy delicados, siguen con leal exactitud el camino del sol.  El follaje del árbol, de los árboles, parece ladearse suavemente al paso de las nubes. Algunas veces se recoge sobre si mismo, cuando la oscuridad de la noche llega e invade sus contornos.

En su intimidad, el árbol como el hombre, vive una vida intensa. La savia circula con excepcional fuerza por los vasos del cuerpo vegetal en las horas más calurosas del día. Y sus raíces superficiales o profundas, buscan con oculta voracidad y sostenida energía los jugos nutricios. En las sequías y ardientes veranos, cuando es indispensable, los árboles se esfuerzan lo estrictamente necesario, se ingenian para no morir, no padecer hambre ni sed. Marchitan las hojas y desgonzan los brazos para mostrar la angustia de sus carencias. Así mismo, proceden los seres elementales del linaje humano. Su cerebro, sus músculos, su talento mucho o poco, en plena actividad para el logro de un objetivo: vivir bien, no padecer dolores físicos.

Valioso y enriquecedor que el árbol que da frutos. Es este el sentido pragmático del pensar campesino. Las frutas, constituyen y serán siempre la más exquisita comida, los maravillosos bocados para la sana nutrición de los seres orgánicos. Y hay un especial interés del hombre, del hombre con real vocación campesina, por todos los vegetales superiores. Por aquellos que entregan la delicia de sus frutos maduros, como por los otros, que ofrecen sus troncos sazonados para los fines de comodidad humana o animal. Para edificar, construir naves y juguetes, fabricar muebles. Para la calefacción en los climas fríos y para preparar alimentos; para prodigar el frescor de su sombra en los veranos.

Esto, que con insistencia busca a todo trance el ser humano, puede significar una magra forma de egoísmo. Pero, bien sabe el hombre que el árbol es su compañero mudo, el que nunca expresa sandeces ni palabras inoportunas. El que bien sirve y está presto en silencio. El gran amigo magnánimo. El siempre obsequioso. El que se engalana cuidadosamente para complacer y deleitar a quienes pasan o moran a su alrededor.

Es, pues, el vecino desinteresado, que adorna y enriquece en toda oportunidad el paisaje con tantos dueños, antes que empobrecerlo o lastimarlo. Januario siente a profundidad su pasión por el bosque, por el campo, por los labrantíos; por el río y las pequeñas fuentes cristalinas que fertilizan sus vegas, por la gente campesina, franca y atenta. Por todos los animales domésticos. Le emocionan, sin saberlo quizá, los diversos aspectos y fluidas formas del cielo visible sobre el monte. De ese gran plafón de arriba, que parece imitar en su movilidad rotativa, los volúmenes acariciantes de las espesas frondas del bosque y las arboledas de abajo. Es el hombre que realmente goza de la tierra y de la vida campestre. Que siente y vive la correlación misteriosa entre la mañana y la tarde; entre la fuga y vaivén de los verdes follajes y la inestabilidad y fluidez de las nubes en el firmamento. Vive y disfruta la variedad de cuerpos y de escorzos de los sembrados. Y se regocija con el rumorar del viento sobre las hojas muertas tendidas en el suelo. El suave susurro de las hojas vivas del follaje y su secreta consonancia con la espontánea cantata de los pájaros enamorados del perfume de las frutas maduras. Dentro de todas estas circunstancias amables, el hombre del campo como Januario, el que realmente ama la vida rural, es capaz de emocionarse a lo largo de todas las horas, cuando se coloca frente al paisaje verde y es dueño por un inolvidable momento de toda la música de su lenguaje. Y cuando hay voluntad para difundir en el boscaje natural o cultivado, parte del propio espíritu, otorgándole alma y vida. El hombre como el árbol semejan microcosmos asombrados ante el macrocosmos maravilloso de los bosques y las montañas.

A Januario Gómez, no se le olvida y lo cuenta siempre el milagro de la cosecha de café de 1940. En aquella feliz ocasión, tuvo la suerte de poder presenciar en su gran finca exclusivamente cafetera de Tierras Nuevas, uno de los más hermoso espectáculos de la naturaleza. Lo constituyó la gran florescencia pareja y total, durante dos o tres días seguidos en innumerables fanegadas de cafetales. Januario y sus amigos, pudieron contemplar desde una alta colina, cuando un día a las diez de la mañana, se vieron rodeados y se encontraron en medio de un universo blanco, como si hubiera caído nieve sobre la inmensidad de la tierra. En realidad, para donde miraban, no se veía sino una gran extensión blanca y perfumada de millares de cafetos arábigos florecidos, que invadían con su fragancia de azahares tiernos todo un extenso territorio. Son estas las primigenias gratitudes de los cafetos para con los hombres que con amor y fe los cultivan.

*  *  *

El día de pago en la Hacienda de la Colina, para los 18 administradores, para los contratistas y trabajadores rasos, por iniciativa de Januario, desde el principio está señalado exclusivamente para el día lunes. El martes iniciación de labores semanales y ese día con pago doble a los peones de corte, cuando trabajaban cinco días seguidos.

Esto con el objeto y claro fin de ver toda su gente iniciando semana al mismo tiempo y con un mismo optimismo y salud. De tal suerte que el trabajador debe dedicar el lunes a ir por el dinero de su liquidación semanal. El martes, eso sí, a trabajar sin falta por la evidente circunstancia que ese día trabajado y sin fallar, retribuye paga doble.

Januario evita de esta manera que sus equipos de trabajo, se le puedan desperdigar o entretener en costosos y peligrosos programas de chicha o aguardiente rastrojero. O de ser sonsacados sus jornaleros por amigos o por administradores y propietarios de otras fincas o pequeñas empresas agrícolas. El patrón suele deslumbrar con sus planes y muy propias iniciativas. Iniciativas puestas en tranquila ejecución en los lugares y sitios habitados de sus dominios.

Las madres y esposas de los trabajadores ven con suma simpatía estas medidas, únicas y originales de Januario. Medidas que están orientadas a la disciplina de los trabajadores y a salvaguardar sus ingresos en beneficio no sólo de sus familias, sino de la personal salud mental y física del trabajador.

Cuando Januario Gómez, llegó por primera vez a la vereda de San Antonio, llamaron mucho la atención los cinco colaboradores más cercanos, muy decididos, bien equipados y montados en, sin duda, las mejores y bien escogidas cabalgaduras. Sin embargo, sobre toda alhaja, llamaba la atención el tamaño, no muy grande y el color bermejo con una estrella blanca perfecta en la frente de la mula incansable, impaciente y nerviosa que montaba el patrón.

En aquella oportunidad, algunos de sus futuros trabajadores, casi niños por estos años nuevos, le escucharon a Januario una frase, que no comprendieron muy bien, pero que los dejó pensando: “Vamos a cambiarle la cara al paisaje.”

Esa frase de Januario, pocos años más tarde, fue entendida en toda su revolucionaria significación. En la purita realidad primaria de sus expectativas y de su dinámica laboral de producción. Januario tenía hacía tiempo en su cabeza y en sus títulos, claramente delimitadas y bien dibujadas en su mente las características físicas de su imperio agrícola. Características que podían responder perfectamente a los planes de gran calado y a los oficios comunes de necesario desarrollo inmediato.

Ahora mismo, desde lejos se escucha el rumor acompasado del ajetreo en la sede central de la Hacienda de la Colina. Incesante el movimiento de operaciones, gente que habla recio, su vocerío se escucha entre la batería rítmica del motor del trapiche y el bramido del ganado en los corrales.

Estamos en la vereda de San Antonio, orillas del río Gualivá. Un río que arrastra un buen caudal, a veces tormentoso a su manera. Río que solo es posible vadear a caballo en las partes de su cauce donde se explaya perezosamente; caudalosas sus aguas, limpias y alegres, porque todavía no han sido contaminadas. Río de tarda adolescencia, que se hincha y malgenia en ciertos días.

En medio de toda esta melodía de actividad rural, conversan los colaboradores y hombres de confianza de Januario Gómez. Imitan inconscientemente las pausas, las palabras fuertes, los tics del jefe, del orientador y del amigo.

Allí, en aquel corro, están los más jóvenes, apenas saliendo de la última infancia, los que han escuchado por primera vez a don Januario en las jornadas de pago o de grandes despachos de productos de la hacienda. Son ellos, casi todos con los mismos nombres de los padres: Silvino Barbosa, Chucho Rojas, Gilberto Cánter, Gustavo Chompa, Saulo Konhejo, Pablo Espinosa, Capitolino Celis, Alfonso Chompa, Pedro Acosta, Juan Arias y otros más.

Los padres de estos, son algunos de los chalanes que se turnan, ahora, acompañando a Januario por todas partes. Estos, los primeros que llegaron con él a San Antonio, y buscaron el sitio más indicado para las instalaciones cuartelarias de la Hacienda.

Un bello sitio éste, escogido por razones de estrategias y de circunstancias diversas, abundancia de aguas, facilidad de comunicación, clima agradable, apropiado para largas jornadas de trabajo. Aquí, los amplios depósitos para café mojado o ya seco; para maíz, fríjol y panela; pesebreras y buenos potreros y cañaduzales para atender las bien seleccionadas 52 mulas de arriería. Gran terminal, además, del cable aéreo que se propone Januario Gómez, que será su más visible enseña a todos los vientos y puntos cardinales, que dice lo bastante ya y lo dirá más de su imaginación y de su poder.

La gran sorpresa, pues, para administradores, comensales y trabajadores de la Hacienda de la Colina y para todo el entorno, lo constituyó la llegada, precisamente un lunes de pago, de dos extraños pero muy distinguidos visitantes. Esto ocurre con algunos días de anticipación al anuncio hecho por el patrón, meses atrás. Se trata de dos señorones de sombreros hongos; de ingenieros antioqueños, egresados de la Escuela de Minas y expertos en la instalación de cables aéreos.

Desde la más encumbrada eminencia en tierra fría, estos antioqueños experimentados por el estudio de las características del túnel de la Quiebra y  del Cable de Mariquita, a los veinte días ya estaban desprendiendo y extendiendo una poderosa amarra metálica. Gran actividad concentrada en la más prominente cumbre en dirección al campamento de la Hacienda de la Colina en las vecindades del río Gualivá.

En menos de un año estuvo listo el cable aéreo. La “taravita o maroma” que supo decir con cierta sorna Luciano Pulgar, refiriéndose a otras realizaciones nacionales, parecidas pero no iguales. Taravita en grande son sin duda los cables aéreos, aplicados a soportar cargamentos que se deslizan por ellos entre estaciones más o menos distantes, rigiendo el impulso y el movimiento por vigorosos ingenios mecánicos. Y no sobra contar que ante la escasez de acero se hicieron las torres en madera muy seleccionada, cedro, comino y laurel. Madera en grado sumo bien manejada y elaborada en aserraderos manuales y, luego, minuciosamente inmunizada.

Así, por primera vez, los que tenían ojos para ver, y oídos para escuchar, pudieron percatarse de las tareas de prueba, las góndolas aéreas en agitado movimiento. Un desfile casi interminable de troncos de árboles chilingueándose en el espacio vacío, lanzados desde un roquedo andino en el más alto estribo cordillerano y en dirección acelerada hacia abajo. Con bien programada precipitud, rumbo a la hondonada del Gualivá, hacia la gran pista de aterrizaje en territorios de la Hacienda de la Colina. Este, en realidad, un procedimiento de transporte que pondría fin dentro de la empresa, a la diaria fatiga de la arriería por los casi intransitables trochas con barrizales durante los inviernos. Esta iniciativa establecía en la Hacienda una inmediata complementación e integración de la producción alimentaria de los climas fríos con la abundancia agrícola de las tierras cálidas. La estación más alta, la de la “Cuchilla” y abajo en el “Dintel”  arrancaba otro cable, quizá más grueso y rápido. Desde  lejos, todos veían el brillo de las poleas y el zangoloteo de los pesados objetos que subían o bajaban.

*  *  *

Januario Gómez da órdenes, sin mucho énfasis, pero las hace cumplir él mismo o través de administradores, escogidos precisamente entre quienes han demostrado capacidad para poner en practica en sus actividades, una natural vocación de ejecutivos recios y prudentes. Son personas con un espontáneo sentido para el mando, trabajadores de reconocida y sostenida disciplina en todas las circunstancias.

-En las márgenes del río Gualivá no se puede tocar un solo árbol, si queremos evitar que el río se enloquezca. Y en las partes altas, advierte Januario hablando con su gente, vamos a sembrar un pasto nuevo de crecimiento rápido y más nutritivo que los pastos tradicionales. Pero, esto tiene que ser para empezar mañana mismo. La semilla está en el campamento; y las dos mil reses ya negociadas y listas para entrega inmediata: mil terneras orejinegras y doscientos toretes para ceba, están listos en los mangones del Puente del Común y en Sogamoso.-

-Podemos traer ya buena parte de ese ganado, dice Cánter, porque por los lados del Dintel y en las zonas de buen clima medio vecinas del Alto de San Vicente, hay pasto natural y pasto indio pero fresco y tierno, el que le gusta al ganado, los alimenta y pone de buena presentación. Solamente los potreros de Santa Inés, están bien surtidos con ganado lechero.-

-Entonces, concluye Janauario, Silvino Barbosa y Chucho Rojas con cinco arrieros más, los más veteranos como Novoa y Pablo Emilio Castro, y los que puedan conseguir y necesiten en Sogamoso y en Chía, se van mañana mismo para que en menos de quince meses tengamos aquí leche y carne suficiente para el gasto y para atender compromisos ya adquiridos y otras seguras demandas.-

Mirándolos de frente, Januario agrega: -Cánter y Toño Bernal con quince hombres, los que han socolado monte en estos ocho días, y como ya está empezando a llover, se ponen a sembrar maíz y caña. Alistar todo para hacer lo mismo en tierra firme con las cien mil matas de café arábigo que están listas en los almácigos de Tierras Nuevas. Y por supuesto, les recomiendo, mucho sombrío. Y árboles de nacederos gigantes en las esquinas de las cercas y en los sitios resecos; y guadua en las orillas de las quebradas como la Aurora y Quebrada Honda y de los ríos Hila, río Azul y el Gualivá; y al pie de las partes húmedas y de todos los nacimientos de agua.-

-Usted me necesita aquí, casi sin falta, revira con fingida humildad el cojo Chucho Rojas, mande mejor para esa tarea en Chia y  Sogamoso a Lorenzo Torres y a Santiago Novoa que están jóvenes y saben de manejo de ganao como un bendito, les gusta andareguiar y tienen todavía con que hacerlo.-

-Hable usted con ellos, y pídale plata a Bertha Matiz en Santa Inés, pero que la cosa se haga para ya.- Termina, así, Januario respondiendo la inquietud de Chucho Rojas, a quien conoce muy bien como experimentado y buen administrador, pero de quien se espera siempre este tipo de contra razones.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VI

Una de tantas originalidades de Januario Gómez y a la vista de todos, es la manera de administrar los recursos. Los recursos humanos y los naturales y propios del medio. Hábil en la utilización selectiva de los conocimientos tradicionales de la gente de la región que, en alguna forma, aparece vinculada al campo. Esto mismo en lo relacionado con los recursos económicos con los cuales puede contar una empresa como esta, activa y con metas bien definidas, donde lo que saben hacer los lugareños tiene su hora, su momento efectivo de utilización práctica. Los hombres están destinados a los largos caminos, al manejo del ganado en manadas; vigilantes y bien armados junto a las aguas y los bosques; protección erguida de los nacederos y corrientes del río y sus quebradas tributarias, para defender la naturaleza y hacer respetar disposiciones legales destinadas a la protección de los ecosistemas. Los hombres responden, además, por las construcciones de toda índole, de casas de madera y de guadua con las indicaciones rotundas de Januario: salones amplios y dormitorios ventilados y bien seguros. Todo simple, dentro de precisos lineamientos de indudable utilidad.

A las mujeres, a las fieles mujeres amigas, Januario Gómez les entrega las casas, los sembrados vecinos y la administración del dinero para gastos. Y mucho poder. Poder de cuya utilización deben dar exacta cuenta sin engaños ni torpezas. En consecuencia a cualesquiera de esos acogedores lugares, el hombre llega como a su propia casa. Y a estas mujeres jefes las trata sin gazmoñerías, con espontánea consideración. A ellas les confía determinados caudales para que los administren y hagan rendir en las compras comunes y urgentes, las que exige el correcto manejo de una vivienda humana con bien dispuestos alrededores e interiores gratos. Y, el pronto pago de algunas planillas de trabajadores que no dan espera.

Confía en ellas en todo momento. Tienen sus votos sin reticencias, son tan responsables para él como las cajeras de un banco. Y lo cierto es que, las mujeres mucho mejor que los hombres, le han respondido a Januario con exactitud de cuentas. Ellas, en oportunidades anteriores, han demostrado la nitidez y autenticidad de los soportes de pagos en forma muy transparente y el rigor del contenido de las planillas quincenales. Y en ninguna oportunidad Januario con esa malicia abogadil que se manda, ha descubierto un nombre ficticio o una firma sin respaldo humano.   A la hora de dormir, Januario sin exigirlo, es acompañado por la dama de esa casa. Oportunas y de buena ley las atenciones para el varón de alta prez, en el día como en la noche. Grato cariño para el patrón que es todo generosidad y no pide nada en particular. Así, todo lo que puede dar una buena mujer le es entregado al hombre fuerte y feliz, que actúa sin mezquindades ni zalamerías, sin exigencias ni condiciones de última hora.

La mujer que sirve, respeta y ama, está disponible para aceptar las caricias y ternuras de un hombre sexualmente disciplinado, que antes de llegar al acto sexual pleno, hace percibir delicadezas y  hondo sentido de entrega grata a su hembra bien amada de esa noche. De tal suerte, que estas horas de amor serán inolvidables para ambos. Un suceso que afianzará y enriquecerá de manera perdurable las demás relaciones del empresario y la mujer fiel, activa y leal colaboradora.

-Lo quiero porque me quiere,- piensa y lo dice a viva voz Bertha, la mandamás de Santa Inés.- Mujer con una bella casa allí, frescos jardines a todos los niveles y en particular de quiches, que Bertha cultiva con verdadera pasión botánica. Januario para Bertha, significa el amor de verdad, ese amor que nadie nunca le ha dado de manera tan amplia y tan espontánea.

-El es la persona, dice, que ha descubierto mis capacidades y es capaz de reconocer en cualquier circunstancia mis valores, mis calidades de mujer. Junto a él me siento segura. Su sola palabra es para mi el brillo de la verdad a mi alrededor y en toda circunstancia. Nunca me ha fallado en lo que me promete. Aquí, en este lugar del mundo, soy reina y así me lo hacen sentir mis amistades en razón de mi fidelidad a Januario. Todo lo que hago con él y por él es verdadero, es hondo y sincero. Nada se hace aquí por cumplir o porque lo vean los demás o como halago para obtener favores. Todo tiene el valor de la reciprocidad y de lo sólo mío y de lo sólo suyo.-

Es el fundo de Santa Inés, un maravilloso continente de cuatro milagrosas fanegadas. Allí, Bertha Matiz, acoge y refugia parte cordialísima de la flora del planeta. Formas diversas del reino vegetal, colores y matices con ansias invasoras de vivir. Allí vemos a Bertha, la “Dama de las Bromelias”, como le dice Januario. Mujer campesina que con mano amorosa y sabia, cuida de ese universo verde y de esa tropilla de cardos montaraces. Al instante uno piensa que natura ha escogido este sitio, este rango y esta dama tan de los afectos de Januario, los ha escogido natura, digo, en su huída de los depredadores y de las incomprensiones humanas. El Maestro Maeterlinck, un belga universal, afirma en su escrito “La inteligencia de las flores”, que ellas buscan con sus ingeniosos mecanismos de propagación, el objetivo final de que un ejército de plantas, ocupe todos los espacios del planeta utilizando, además, al hombre mismo para su tenaz empresa invasora.

Estamos en el lugar y día clásico de las Bromelias. Muy unida familia del pueblo-pueblo en el mundo social de las flores. Bromelias que saben convivir con espontaneidad y armonía con las demás especies botánicas. Con las Orquídeas de tan severa elegancia, de tan elevado tono, de tanto prestigio en el exclusivo estadio de las flores surrealistas.

Las Orquídeas y las Bromelias en este mundo creado por Bertha, van de la mano por el puente levadizo de la estética. La dama les da idéntico trato e igual educación. Las Bromelias lucen allí muy a su gusto, trepadas en los altos árboles nativos, erguidas hacia el cielo sus florescencias de una misteriosa sencillez. La dama, “la dama de la Bromelias”, les repite todos los días con honda convicción que “son lindas.”  Esos quiches o matapalos, ciertamente, no muestran ningún signo de remordimiento o de complejos. Se les ha mantenido en un muy claro y seguro cobijo.

En el mismo sitio aéreo de las Bromelias y, como en solemne parada militar, podemos contemplar una Catleya Trianae con los colores de la bandera al desgaire. Pero, las Bromelias, parecen conscientes de su propia y descomplicada belleza. A la diestra de ellas el horizonte único de las reiteradas Orquídeas que se mecen en racimos imperiales, convencidas de su euritmia y protagonismo.

Bertha, camina con seguridad por los inclinados territorios de los patios de Santa Inés. Habla con sencilla propiedad sobre la vida y milagros de todas estas criaturas vegetales. Su conversación es un himno al color y a las formas botánicas, un testimonio de fervoroso amor panteísta. Y las Orquídeas escuchan sin ningún celo las espontáneas palabras de elogio que hace Bertha a sus bromelias, a ese “collage” viviente de los quiches.

Ahora, vamos destejiendo una fría tarde invernal. En el vergel de Santa Inés, no hay millares de flores para contemplar. La fiesta del color es propia de la estación veraniega. Sin embargo, en sitios estratégicos del jardín, aparecen colocados unos imponentes racimos amarillo-áureo, como lámparas de encendido cristal murano que glosan las timideces del sol invernal. Son las flores de la Acineta Manizalensi. Es ésta una orquídea aristocrática, una de las pocas plantas que enseñan el esplendor de sus corolas en los grises días de la escasez floral. Y nada de timideces en medio de ese universo de bromelias que el ama Bertha defiende. Y, ella en su familiar estilo campechano, al pasar junto a un quiche vecino de la espléndida Acineta caldense, florecido como ésta, y con carga floral a guisa de candelabro hebreo, nos explica: -Esta planta cogida en el monte a orillas del Gualivá parece que no tiene nombre, pero como es bellísima y tiene forma como de candelabro, yo la he bautizado: Candelabro. Muy semejante la flor al candelabro doble que Januario tiene en el nochero de la cama.- Concluye, así, Bertha.

Por otra parte, Januario Gómez sabe muy bien que Aurorita Rojas, a más de sus numerosas cualidades y calidades como mujer, es capaz de esperar a Januario, sin nunca impacientarse pese a su juventud, así tarde semanas y hasta meses por llegar a su casa. Que Aminta González, no obstante ser mujer muy sola y muy bella, es de una invencible fidelidad. Que, además, recuerda en todos sus detalles como es y como debe ser según las circunstancias, la alimentación de Januario, la que le gusta y la que le cae bien. Cómo debe ser la dulzura de sus palabras frente a las palabras con frecuencia impetuosas del hombre y del empresario.

Así mismo, Graciela Espinosa y Marujita Cánter, en sus respectivas casas distantes en el campo, donde cada una sabe y es capaz de crear y mantener un ambiente claro y agradable en el aposento de Januario. Y son mujeres suaves y prácticas que conocen cual es la mejor manera de arreglarle y cuidarle la ropa al patrón. Guardarla en tal forma que no se percuda y se conserve fresca y con el olor natural de la buena ropa. Que han observado y conocen todos los detalles, que detienen la atención del hombre respecto a todos los lugares de la casa y de ellas mismas. Esa sabiduría femenina, que se adquiere y se conserva en su autenticidad sólo cuando se ama de verdad. En fin, cada una de estas mujeres tiene sus excepcionales condiciones, que Januario reconoce siempre, aplaude y ama con espontaneidad, sin vacilaciones pudorosas.

*  *  *

Los inmensos terrenos abiertos dentro de las espesas selvas de las regiones cálidas, medias y frías, muestran una nueva juventud, un proceso evidente de cambio de su aspecto y de su imagen tradicionales. Los bosques bajos de las orillas de los ríos y quebradas, despacio se han ido poblando con apretados guaduales verde-amarillos; y al lado van dejando ver el sombrío apacible de enormes higuerones y písamos que permiten la persistencia de los bejucos colgantes como naturales columpios de los congolos. Y otros amigables tallos trepadores, como aquellas curiosas enredadera y batatillas que rinden periódicas cosechas de flores con formas de campánulas y de pajaritas a manera de paralizados colibríes.

Los seres humanos evolucionan con el paisaje e inconscientemente superan la sordidez de ayer, para vivir en común el alegre y nuevo colorido del entorno, rico y acogedor. El amplio tendido feraz de las superficies húmedas y humanizadas con más vivacidad de cromatismos y rumores. Más gente, más perros, más aves, gallinas que cacarean al pie de los nidos, gansos que graznan bulliciosos y vigilantes, terneros que berrean al amanecer y vacas que responden con bramidos ansiosos. Y más madrazos de los arrieros en la orquestación de los caminos reales, por las trochas de antes, al medio día y al atardecer de los veranos. Y más trabajo y movimiento en las cocinas de las casotas en las orillas de los caminos. Más bebidas embriagantes, más mujeres con poder y más niños alegres y bien nutridos, de ojos azules y de fácil manera de expresar sin reticencias lo que quieren.

Al cabo de cinco años vemos sembrados y en producción trescientos mil árboles de café, lo suficiente para atender la demanda de pergamino excelso por parte de los exportadores de Girardot. Así mismo, casi igual cantidad de cítricos; ciento ochenta hectáreas de caña de azúcar, para corresponder de inmediato a las exigencias de panela cuadrada y redonda de los mayoristas con cede en Facatativá. En fin, millares de matas de plátano, cientos de fanegadas de maíz, suficiente producción para responder los llamados de comerciantes capitalinos, poderosos y buenas pagas.

En las tierras frías, papa como para surtir a Bogotá. Y en las regiones bajas, la yuca y la arracacha en cantidades, que en todas las casas de los administradores, los lotes necesarios, por toneladas, cada quince días para el cuido de los centenares de cerdos guatequeños, largos y monos, cuya carne ha podido cubrir en su totalidad los surtidos del comercio capitalino y pueblos circunvecinos, años medianeros de los Cuarenta.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VII

Ahora mismo, la góndola del cable se chilinguea como vacilante. Parece cosa de otro mundo. Pero cada vez se acerca o se aleja más. Uno piensa que alguna noticia nueva trae, algún mensaje capaz de cambiar el paso del calmoso monorritmo cotidiano. Gran espectáculo el cable y su góndola visibles desde muchos lugares. Es éste un artilugio muy activo en el espacio, capaz de generar estímulos a la imaginación más elemental y despreocupada.

El cable está en movimiento todo el día y parte de la noche. Para la vida interior de los habitantes de la Hacienda de la Colina, ese cuerpo aéreo que vacila como temeroso, pendiente de un delgado cable, a veces invisible, es ya en cierto modo como un punto de referencia de la gente campesina en relación con sus propios aconteceres y con el acontecer de la comarca.

“Se está chilinguiando como la góndola”, pero no se cae. Un tópico dentro de la charla común de los habladores, cuando alguien no parece estar muy seguro en la planilla de trabajadores, o en alguna trabajada faena de amor.

El cable baja madera aserrada, tablas y tablones. La panela llega en mulas o por el cable por toneladas al campamento central de la hacienda. Sube el cable carne de cerdo y baja carne de res. Del cable del Dintel desciende mucha panela, plátano, maíz y fríjol por centenares de bultos; con frecuencia carbón de origen vegetal y muebles de madera fina y fragante, no muy estilizados muebles pero aguantadores y cómodos. Todo el día jueves se destina el cable y las muladas, solamente para transportar café, centenares de bultos de cinco arrobas con destino a los clientes exportadores de Girardot.

Sesenta mulas trabajan sacando productos para llevar a Facatativá, panela, maíz, fríjol, plátano, naranjas y madera. Para Honda y Girardot, sobre todo café. Las muladas de Januario Gómez, ruedan por los caminos a cualquier hora del día o de la noche, como las góndolas del cable aéreo.

En las posadas y pesebreras de tierra caliente, Girardot y Honda, o en aquellas de las comarcas frías, Faca o en las vecindades de Bogotá, los arrieros y la mulada de Januario son bien conocidos y tienen atención especial. El patrón, todo esto lo ha previsto con tacto e imaginación.  Sus arrieros tienen la orden expresa de pagar mejor que otros los servicios de comida y posada.

Ciertamente que en manos de Januario y de su equipo humano, la tierra produce y produce bien y en abundancia. La gente joven y sin resabios aprende a trabajar y a ganar dinero por su trabajo honrado. Los niños, hijos de los administradores y administradoras de las diez y ocho casas de los diez y ocho grandes fundos limítrofes entre sí, en los cuales se encuentra dividido este imperio agrícola, todos esos jóvenes, desde muy temprana edad, ganan dinero. Nadie aquí trabaja gratis, Januario no lo permite, no lo ha tolerado en ninguna circunstancia.

*  *  *

La gran pachanga de fin de año, para todas las persona mayores vinculadas a las tierras de Januario Gómez, tiene cumplimiento esta noche en la casa grande. Todo está previsto en sus elementales detalles, dentro de los espacios de dos salones principales y los corredores de la hacienda la Colina.

Los muros y puertas exteriores ya aparecen engalanados con cargas de cadenetas de papel de colores vivos y formas curiosas y llenas de gracia elemental. Hay allí un claro y notorio ambiente de fiesta, que inspira confianza a la gente campesina. Con todo lo allí dispuesto a la vista pública, se ha querido y se ha logrado inspirar confianza a la gente campesina. Desde temprano y sin ser precisamente la fiesta de la Patrona, los de San Vicente, Tierras Nuevas, la Florida, Bulucaima y Alto de Santa Inés, pueden ver y oír a distancia el ruido alegrón de la pólvora y el ascenso jubiloso de los cohetes.

Aunque Januario se encuentra ausente, ha delegado en Saúl Konhejo todos los detalles de la organización del descomplicado evento social. La fama de espontánea generosidad y de siempre hacer las cosas sin tacañerías, señalan sin lugar a equívocos a Saúl Konhejo para este tipo de responsabilidades. Para planear día y horas de los actos y darles un orden de prioridades. Insumos y consumos adecuados y en cantidades apropiadas. Una gran merienda y en la noche una abundante cena informal al pie de las ollas, donde la gallina y los más sazonados platos del folclor campesino cundiboyacense deben afianzar su prestigio.

Para el baile, alentadísimo conjunto orquestal traído de Ibagué. El grupo musical ha sido conducido en tren y luego en una larga procesión de cabalgaduras que, al atardecer, pudo arribar sin enfadosos contratiempos a los predios de la Hacienda de la Colina, dentro de muy ruidosa y alegre cabalgata que parecía no tener fin.

Mucha cerveza más que aguardiente y guarapo. Todo hombre que va llegando a la fiesta, tiene que dejar en un salón especial y seguro, sobre un espacioso mesón, las armas defensivas y ofensivas, ante la vista inquisidora del señor Konhejo; bien guardaditas las peinillas y los macheticos. Toda esa utilería filuda sobre una gran mesa con los nombres de cada dueño sobre la superficie plana de las cachas.

En estas condiciones, a los señores les tocaba bailar luciendo sus ponchos y las cubiertas nuevecitas pero viuditas, con abundantes ramales, eso sí, que se pueden agitar y lucir en las vueltas y revueltas de las parejas en acción. A las mujeres no les disgusta, que esos ramales a lo largo de una pieza bien bailada, les azote las piernas de vez en cuando y sin que nadie se percate o, aunque se percate. Los paisas, que no son pocos allí, acarician, además, y en desmedrado coqueteo varonil con sus abultados carrieles peludos, cargados de amuletos y de billetes y con lo necesario para cualquiera emergencia, desde luego, sin las barberas oportunamente recogidas y guardadas por Konhejo.

A las ocho de la noche, después de la gran comilona, pudo arrancar el baile. La orquesta típica, el conjunto “Tolima Grande” se destapó con bien movidos aires, joropos con zapateo y pasillos veloces; bambucos montañeros y bien golpeados, torbellinos agitados y de remolino, “Del otro lado del río” y en algún momento, hasta bien versiaos:

Que yo te digo que sí!

Que yo te digo que no!

Usté que v’hacer con mí?

Eso le importa es a yo!

Relucientes la trompeta, la gigantesca tuba y el clarinete; el son de la tambora de redoble repercute por todos los ámbitos. Y las flautas y las guitarras y los tiples.

Todos en la pista como una enorme ola, como cuarenta parejas en los dos salones y corredores frontales. La gente campesina lleva la danza en la sangre. Eso no fue sino el gran conjunto musical arrancar animoso, para que la concurrencia venciera de inmediato cualquier brote inoportuno de timidez, máxime cuando Januario no se encuentra por allí observando y tomando nota. Y ¿Cuánto tiempo duró el baile? Pues, que lo responda Konhejo. Lo cierto es que el río Gualivá estuvo dos días con sus noches en sordo silencio. Nadie lo podía oír.

Aquí el bosque es manso, tupido y serenamente hermoso. Arriba de la espesura y vistas a distancia, emergen las formas fálicas de la soberbia apostura del frondaje secular. Semejan una gran cadena de empinados torreones matizados de verdes diversos. Al paso del viento que viene y va, perennes las horas musicales y alegres para los que quieren y saben ver y escuchar. Para aquellos que han logrado la gracia misericordiosa de entender el idioma universal de la madre naturaleza, siempre nueva en su sabiduría. Es el idioma de la madera viva, de los árboles jóvenes y viejos.

Todos los verdes están allí. Sus policromías y sus esmeraldas atentas a los lejanos términos azules, a la posición del sol, a su fuerza de proyecciones y de luz. Bosque arrullado y querido por el río, acariciado por la dulce vida rumorosa que fluye y sueña. El bosque, amigo lejano y cercano, testigo a lo largo del tiempo de las luchas y penurias de la gente del campo, de los genuinos hijos de la montaña. De aquellos que aman y saben sufrir con el entorno, que también ama y sufre.

Allí, los más altos árboles, erguidos y orgullosos, apenas se conmueven al paso de los vientos, que huyen veloces sin dar a entender de qué terribles espantos huyen. La sombra cae perezosa y acogedora sobre el cauce y las aguas. De pronto, el sol penetra en lampos luminosos por entre las frondas ladeadas y deja ver el paso y movilidad de los peces, su brillo de tornasoles y plata. Lampos de sol que curiosean y revelan el espacioso fondo de arenas lustrosas, a trechos tachonado de piedrecillas de múltiples formas y colores.

Es este como el triunfo de la vida. La apoteosis de los reinos de  Natura en sus expresiones más elementales y sencillas. A lo largo del río, debajo del gran tejido de ramajes rendidos, los imponentes altares de piedra, donde el viento oficia y entretiene la vida montañera.

Debajo del bosque, de los grandes y pequeños árboles, está la hojarasca. Encima de ella y extendida como una gran sábana, la cubierta de las hojas maduras recién desprendidas de las tupidas frondas. Tapete de oro mortecino con ribetes color carmelita o verde en fuga. Invasión de hojas húmedas, rojinegras y pardas, que colman el suelo despidiendo un olor semental en su lento proceso de pudrición creadora.

Más hondo, un poco más debajo de ese inmenso manto vegetal, está el espesor cálido de la hojarasca en lenta descomposición, cargada de humedad fecunda; donde la multiplicidad de los insectos y de pequeños invertebrados, de larvas, gusanillos y de ágiles y sensibles ciempieses, conviven con caracoles y babosas, con hormiguillas de todos los matices y condiciones, y se satisfacen todos con la marca dulce y aceitosa, que dejan a su paso los pequeñísimos seres en su activo proceso hacia la vida.

La hormiga arriera, las arrieras tienen su madriguera al pie y dentro del viejo balso. Por la noche, salen en procesión silenciosa, río arriba por la orilla, en busca de hojas frescas de cítricos o de rosales en las sementeras vecinas con predilección por la inagotable huerta de Gustavo Chompa y, luego, de regreso se embarcan en su propia carga verde como nave acuática, río abajo, mecidas por el agua en su tranquilo movimiento, y saben exactamente donde deben bajarse con su cargamento vegetal, con destino a su morada en las umbrías y entresijos del viejo balso corpulento.

El musgo y una gran variedad de plantas parásitas trabajan escoriando los añosos y los nuevos tallos y troncos. Los sabios, los expertos en las lides de los procesos naturales, y desde luego los campesinos viejos, repiten que el bosque, los bosques no se componen con exclusividad de árboles. Nuestro bosque tropical es una compleja comunidad biológica de árboles, arbustos, palmas, hierbas y demás formas vegetales menores, ecológicamente relacionadas entre sí y, desde luego, con las reconditeces del micromundo animal. Por medio de sus raíces la gran masa vegetal del bosque, íntimamente se vincula al suelo y forma con este una estrecha e inseparable unidad creadora. Todo esto un infatigable y maravilloso universo intestinal, que día y noche realiza una incesante digestión de vegetales.

Y es fácil, pero, desde todo punto de vista peligroso, quebrantar el equilibrio de la comunidad viviente del bosque. Y no es difícil comprender, cuantas interrelaciones armoniosas puede interrumpir brutalmente la tala sin previsión de los árboles. Y ha de llegar el día, en que nadie en el planeta ignore que los bosques protegen los bienes agrícolas, las vías de comunicación, los asentamientos y, paradógicamente, se constituyen en un poderoso obstáculo contra las posibles amenazas de la montaña. Y es bien sabido, que el influjo regulador del bosque sobre las aguas, genera una inmediata protección contra la erosión del suelo y evita inundaciones fatales. Toda inundación catastrófica que ocurre en el mundo, tiene una explicación próxima o remota. Particularmente cuando en alguna parte vecina o distante, se han arruinado los bosques protectores, han talado los árboles indiscriminadamente, se han aniquilado los guaduales. Y la gente campesina, sabe sobre la obligación de preservar los manantiales y arroyos durante el verano. Sobre los beneficios y bondades de la filtración de las aguas lluvias a través del suelo del bosque, que hace posible el abastecimiento de agua durante los períodos secos. El suelo del bosque absorbe, filtra, acumula y deja rezumar lentamente el agua proveniente de las lluvias, de todas las precipitaciones fluviales.

Los musgos y los líquines constituyen un mundo dentro de otro mundo. Su gran misión: aglutinar las partículas orgánicas primarias para someterlas al proceso de la formación del suelo por medio de la proliferación de hongos y microorganismos. Realmente, muchos son los pobladores de este pequeño gran complejo, cuya misión múltiple es enorme para la producción del nuevo suelo y conservación del existente. Así mismo, la regulación de los caudales, la absorción de las aguas lluvias, la conservación de la humedad, el control de la erosión.

Gracias a la constante humedad atmosférica y la adecuada temperatura, los bosques pueden exhibir todo el año, el maravilloso cuadro policromo de las grandes ramas de los señoriales árboles agrestes. Viejos árboles que alojan y guardan la asombrosa proliferación de las especies parásitas y no parásitas de líquines, musgos, helechos, bromelias y, desde luego, de las orquídeas, estas las más inteligentes de las plantas para apropiarse la buena y segura vida. Todas ellas, apenas dedicadas a crear cromos para regocijo de los seres superiores y sensibles. Aquellos jardines colgantes y pérgolas de espectacular belleza, que los Humbolt y los Triana pudieron contemplar en sus viajes por América.

Las colonias de hormigas de distintas costumbres y características, un armonioso mundo de admirables laboriosidad y sabiduría. Complejo y rico mundo, que a la luz del sol o de la luna, pone en función su incansable actividad al servicio de la evolución de la materia, de su transformación. Esta una elemental contribución al equilibrio entre vegetales y animales y entre las distintas formas de la vida elemental. El milagro a la postre de la fertilidad de la tierra y la feracidad del boscaje. Hormigas atentas a todo movimiento y ruido. Pero, tenaces en su tarea trozadora y transportadora.

Las hojas que se descomponen en la humedad sombría de los grandes matorrales, parecen insistir en su solicitud de que las dejen transformarse, así, en el silencio y la paz de su medio. Que las dejen deshacerse ellas mismas en la lenta y sensual compañía y comunidad de todos los pequeños y fraternales seres vivientes en los calurosos parajes aluviales, bajo el sombrío de los grandes árboles. Que las dejen transformarse en polvo fecundo, unirse y abrazarse a las fuerzas creadoras y a la tibieza fecunda de la madre tierra. Que las dejen ser tierra de manera natural y progresiva. Este es, sin duda, el mayor regalo que podemos  hacer a los mínimos e incansables seres vivos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VIII

Estamos en los primeros años de la década de los cuarenta. En plena vigencia las leyes agrarias de 1936. Este imperio de la Hacienda de la Colina, ha sido ya calificado por las autoridades de la gran ciudad, no como una empresa productiva y generadora de trabajo, sino como un latifundio a medias cultivado. En consecuencia, el mundo agrario de Januario Gómez, así, en desgracia con el alto poder, ha empezado a derrumbarse. Por estas calendas ya nos encontramos con un empresario en apuros y en paro total. Hombre desengañado por la incomprensión generalizada de las gentes influyentes del Estado y de sus amigos respecto a su tenaz y civilizada faena en el campo. Mientras permanecía en sus dominios, Ganuario Gómez, ha sido acorralado por las argucias gubernamentales y las presiones manejadas con notable eficacia, por funcionarios empeñados en halagar a influyentes leguleyos vinculados al poder ejecutivo. Ellos, tan acusiosos, han obligado al propietario y creador del gran emporio de riqueza agrícola, a frenar casi abruptamente la dinámica de esa empresa de positiva y genuina orientación campesina. Su gente aconsejada por líderes políticos, casi todos los que han trabajado bajo la orientación de Januario Gómez, ahora, no sólo quieren tierra gratuita sino marcharse a vivir en la capital, atraídos por los anuncios y las promesas del gobierno central, que ofrece trabajo con numerosas prerrogativas sociales en empresas del Estado o en las fábricas del sector privado para, así, engrosar y tener sufragios a la mano en las grandes concentraciones. De esta manera y tenazmente aconsejados por ideólogos pertinaces, los administradores y administradoras de Hacienda de la Colina, aquellas en menor número, han empezado a sentirse colonos y codueños de los terrenos donde viven y laboran. Todos entablan demandas. Rompen potreros y bosques y siembran sementeras. “La tierra es de quien la trabaja”, repiten con frecuencia en sus conversaciones amistosas o poco amistosas, según el interlocutor.

La nueva ley de tierras, la Ley 200 de 1936, en realidad los favorece, máxime cuando tales disposiciones son manejadas por oscuros funcionarios públicos, jueces de tierra,  prevenidos y bien pagos por las coimas recibidas debajo de la mesa. En conclusión, la mayoría de sus administradores están exigiendo y están recibiendo ya papeles oficiales, que señalan parcelas bien conocidas, adjudicables por los poderes gubernamentales empeñados en afirmar créditos de opinión y amplio prestigio popular. Los activos funcionarios de la república, no pueden tolerar que ciudadanos muy visibles y sin influencia política, puedan  figurar como propietarios de territorios tan inmensos en las propias goteras de Bogotá. Esto no lo tolera el gobierno, apenas desvelado en acrecentar el número de simpatizantes y de asegurar mayoría de votos a su favor en momentos de dudoso prestigio.

Las tierras, esas tierras siguen produciendo. Pero, muy lejos del volumen comercial de los grandes días de Januario Gómez, cuando era un hecho el esplendor y auge de la Hacienda de la Colina. Y no por que se pudiera tratar de un latifundio agresivo por su tamaño y que algo tenía que producir. El secreto está cifrado en esa tenacidad de organización e ingenio de Januario, que a todas horas estaba en actividad y tenía presentes numerosos detalles para soluciones inmediatas y, en forma adecuada entregar respuesta para problemas típicos de administración agraria. Por ejemplo, cómo se logra producir mucho sin mayores costos para el beneficio de todos; dónde es indispensable mejorar la calidad de la tierra para superiores cosechas; dónde se impone una urgente necesidad de cambio en el tratamiento al personal; dónde nuevas prácticas y políticas de administración; y sabía dónde los pastos tienen más capacidad nutriente. Dónde las dehesas producen más y dónde menos. Cual dehesa es más eficaz para la producción de leche y cual para la producción de carne. Con excepcional conocimiento de causa, Januario y sus amigos, podían asegurar que la mejor carne era la de los ganados de Quebradahonda y la Florida; que por los lados de La Palma y Bulocaima la carne de res parecía venir ya con sal; que los animales llevaban al organismo en el alimento del pastaje el cloruro de sodio, que adoba y da rico sabor. Y la mejor leche, la de más calidad, la más espesa sin duda la de las dehesas de Santa Inés, San Francisco y San Juan.

Tiempos después, disposiciones legales, desde luego bien intencionadas, prohiben en forma drástica el trabajo de los menores de edad. Pero, los nietos de los trabajadores de Januario Gómez, aún recuerdan que en el imperio agrícola de la Hacienda de la Colina, desde los ocho años de edad, los niños que querían hacer algún trabajo como coger café, encerrar terneros, llevar sal a los saladeros etc. eran aceptados con indudable buena paga en moneda contante y sonante y las tareas se podían cumplir sin el rigor de los horarios.

Además, recuerdan ellos, los que aún eran muy jóvenes que “don Januario pagaba bien todos los mandados”.  Esos, mandados, precisamente, que pueden hacer los menores de edad, sin perjuicio de su desarrollo o de su salud. Tareas sin peligro, sino antes bien, ayudándoles a crearse una personalidad más fuerte y unos objetivos más definidos y pragmáticos para enfrentar como varones las vicisitudes de la vida.

Viejos de ochenta años, los primeros administradores de la Hacienda de la Colina,  recuerdan agradecidos a “don Januario”.  Consideran, que él les enseñó a trabajar, que les creó la idea de que trabajando con honradez es como se gana ese dinero que rinde. Un dinero capaz de generar amables satisfacciones personales y familiares.

*  *  *

Ahora bien, otra historia como consecuencia de lo anterior. Villa Ronelia, es el nombre con ingenua intención de reminiscencias burguesas, que distingue un retazo de tierruca arrinconado y silvestre, mínima parte de la gran empresa agropecuaria cuyas grandeza y miseria hemos relatado. En realidad,  Villa Ronelia hizo parte de la enorme pertenencia territorial de Januario Gómez. Se trata de una pequeña parte de ese imperio campesino cuya razón de ser hemos leido, a la postre, con larga agonía y muerte inevitable cuando el mando de la ley está de por medio. Y todavía se ve y se siente desmoronarse en las manos múltiples y vacilantes de los oportunistas, de colonos y de sus herederos.

Nos referimos, ahora, a un cuadrilátero terrenal adquirido por la urgencias de Ronelia Bodrio, parienta de cierto parcial de la Hacienda de la Colina convertido en tenaz colono. Una escasa fanegada de tierra, treinta metros de ancho por doscientos de largo y extremo selvático sobre el río Gualivá. Terreno poblado de pedrones lampiños y por árboles asimétricos que, apenas, estabilizan la firmeza de la tierra. Arboles que mueven sus frondajes despeinados al ritmo de los remezones del viento en fuga presurosa y tropel hacia las márgenes angustiadas del cañón del río. Este lote campestre, una de las últimas minifincas creadas en San Antonio como consecuencia de la ley de tierras de los años treinta, la querencia de Ronelia Bodrio, bosques seculares y en las márgenes medio ocultas del río, profundas cuevas y troneras, trabajadas por guaqueros de antaño y afiebrados buscadores de oro y metales preciosos. Ronelia, parienta dijimos de colonos de última hora, ha levantado en su minifundo un embrujado y caprichoso rancho campestre. Los aleros de las techumbres, parece que quisieran volar; los pasadizos sueñan memorias abismales de túneles y negros huecos cosmogónicos. Los patios de la casa, poblados de banquetas con arrodilladeros, oratorios al aire libre, que invitan más a la parálisis física e intelectual que a las tareas creadoras.

Busca la señora Ronelia Bodrio establecer allí, con afanes cercanos a la desesperación, una casa de reposo. Un a manera de hospital de salud mental para enfermos del alma. Para víctimas de la drogadicción, cada día en más crecido número en su propio linaje y dentro del círculo de sus relacionados. Andando rápido, la gran tragedia, la tragedia de Ronelia es la furiosa adicción a la marihuana y al bazuco de su hijo, de su único hijo apenas estudiante de secundaria, el joven Ronelio Bodrio.

No fácilmente medibles los sufrimientos de Ronelia con las reacciones violentas de su hijo, bajo los efectos de los estupefacientes. Los psicoactivos lo llevan con frecuencia a atentar contra su propia vida y contra las cosas de su casa en Bogotá. En detrimento de la integridad de muebles, vajillas y contra esos cuadros colgados en las paredes, con especial e ingrata predilección por los óleos y acuarelas primitivistas que representan pueblos y paisajes tropicales, pintados por el artista boyacense Layón Rodríguez, el amigo íntimo de la juventud de Ronelia, cuando precisamente se produjo el inesperado y tantas veces evitado embarazo.

El pegujal de la dama, lleva el nombre de “Villa Ronelia”, en recordación de ella misma, una mujer desesperada por cuanto ve su memoria futura amenazada por la invencible adicción a la droga y a los estupefacientes de su único hijo. Circunstancia brutal que, según ella misma, puede hacer de su heredero una lamentable frustración humana, un pobre deshecho de la sociedad, condenado irremediablemente a los hacinamientos de la calle del Cartucho.

Ronelia y su último amigo Salónico, con alguna frecuencia en vacaciones de fin o de medio año, se reúnen en  “Villa Ronelia” con el hijo enfermo y los amigos adictos a la droga. Durante las horas del día se les ve como fantasmas ambulantes y depresivos. Cruzan por todas partes, aparecen y desaparecen mudos y ansiosos sin saber que hacer con las manos, paralizados mentalmente por su adicción frenada por la posible indiscreción de la luz del día, frenazo que según ellos los favorece un poco, por cuanto los encubre y libra de ser comidilla del blablá vecinal. Y es aquí cuando Ronelia, Salónico, el joven Ronelio y sus amigos, se sienten ya lejos de la quemante luz del sol y, abren las compuertas para reinagurar las prácticas viciosas con altas dosis, pues, creen que nadie de fuera puede observarlos y criticarlos. Están seguros que muy pocos comprenden, amistosamente, el feroz drama humano de cada uno de ellos.

Ronelia se manda su dosis a las seis de la tarde. Busca fuerzas, así, para enfrentar por la noche su tragedia familiar. El doloroso despecho por su único vástago, atado sin remedio de pies y manos por los delirios y terribles efectos de la droga. El bueno de Salónico, hace lo propio, porque no quiere ser distinto y, a todo trance, sentirse un poco menos medroso y cobarde ante el genio arrasador de Ronelia. Por su parte, el joven Ronelio procede de conformidad. Hace lo mismo como es obvio, máxime cuando ya la costumbre obliga y la tremenda adicción nocturna no da espera ni tolera restricciones.

Las más bravas sesiones de drogadicción en Villa Ronelia, se cumplen con cierta precisión en horarios nocturnos, al principio de las noches de luna y, en apariencia, como inspiradas y orquestadas por la casquivana música del río. El embrujo de una fría Selene muda y luminosa, penetra hondo en el alma de los residentes habituales de la Villa. Y transforma y anima a los visitantes. Visitantes y amigos rigurosamente seleccionados por los dueños de casa. Selección que se hace dentro de las pautas sutiles de afinidades por costumbres y apetencias personales. Son ellos, los partícipes consuetudinarios en las singulares y bulliciosas ceremonias noctámbulas. Ajetreos, que los vecinos con ingenuidad y ligereza, califican como reuniones espiritistas de gente sin oficio conocido.

En un quiosco a manera de pagoda y un poco aparte de la casa, inician la tremenda bazuquiada. El soñado viaje a las esferas de lo desconocido pero no temido, ritualmente se inicia mirando en dirección al río, sobre cuyas aguas el satélite deja caer en ciertas noches, su ternura evanescente y su misteriosa luminosidad. El río, el río Gualivá, en cuyo cauce y cuerpo líquido los muchachos viciosos y ansiosos, orientados por la patrona, han personificado ferozmente a su peor enemigo, señalándolo como la causa infernal de sus mayores desdichas.

De día, cuando sube la temperatura, la madre de Ronelio airea todos los territorios de la soberbia apostura de sus senos flácidos; airea con un gigantesco abanico que ella ha tejido con las páginas amarillentas del evangelio de San Lucas. La madre de Ronelio, además, dice tener un inmenso corazón y sueña con amamantar, ella solita, a todos los niños que salen de la escuela pública al atardecer, hambreados y macilentos. Ronelia nunca piensa en su muerte. Pero, sí en la inminente muerte de todos los que la rodean. Ella, no está segura de nada, pero, descubre enemigos en los tres  reinos de la Naturaleza, tan indiferentes con Ronelia y su corte. Imperdonable indiferencia. ¡Cómo si no existieran!. En el día poco quiere salir al patio, porque le parece ver que se le viene encima, amenazante y violento, un violín Stradivarius gigante, el otrora pequeño violín de su tercer hombre, que era pintor y músico de los buenos en su tierra natal. Por otra parte, la madre de Ronelio se siente realmente encartada con la herencia de la abuela, de la abuela de Ronelio, y que consiste en un vestido nupcial cargado de encajes sofisticados y de una larga y como viva cola húmeda, extrañamente perfumada y con ribetes de oro puro. Pero, la prenda no se puede vender siquiera ni cambiar, menos. Es el ajuar de la abuela y de la madre de Ronelia, y que esta heredó pero nunca lució en ceremonial matrimonial alguna. Además, otra cosa, todos han visto pero sin decir palabra, que la progenitora de Ronelio, suele entrar a la casa por la ventana. No penetra por la puerta, a causa de una penitencia impuesta, hace años, en la iglesia de la Casa sobre la Roca. La madre de Ronelio tantas cosas hace… y tantas padece…

Un acompañante de Ronelio Bodrio, le dice muy claro al oído:

-No está bien lo que vamos a hacer.

-Todavía no hemos pensado siquiera en los procedimientos, y ya usted ¿haciendo calificaciones y metiendo dudas?

-Pero tengo un pálpito, tremendo pálpito.

-Sí, yo, usted y todos los primos tenemos siempre enormidad de pálpitos, y ahí seguimos en las mismas.

-Y las primas ¿Que pitos tocan en todo este enredo?.

-Obvio, lo obvio, son las mismas primas que llevamos a la cama por primera vez…. las que aprendieron a escribir en pizarras en la escuela del Madroño.

-Ya…. Las que nos llevaron a la cama…

-No se haga el olvidadizo. Bien podemos repetir la película esta tarde, esta noche. Y no esperar que nos lleven, sino que las vamos a llevar que es lo que a ellas les place.

-Me imagino todo lo que puede pasar, lo que les puede pasar ya, finada la adolescencia.

-Imagínese más. Ese es problema de ellas. Lo valiente si, de la imagen a los hechos, no?

-Voy a conseguir… para todos…

-No consiga nada que ya tenemos buenas dosis de bareto, en la faena me han acompañado felices y alborotadas todas estas pintas. El hachís, la esencia de la marihuana… y el bendito papa verde.

-A veces pienso que no hay ninguna razón para yo estar aquí. Al fin de cuentas solo tengo mi muy bacana dosis personal de bareta. Usted sí, con su poderoso morral y variedad de papeletas a la espalda.

-Pero, no olvide que la repartición será proporcional al trabajo, al entusiasmo que demuestren en el corte. No? A la hora de la verdad, sí.

-Todos sabemos de viajes superbiónicos y de trabajos chéveres con pepas, bazuco y hasta con hongos para empezar la faena, no como premio, pa empezar… Todos hemos probado ácidos y aminoácidos, cascaritas de manzana pizpireta, los psicoactivos de la adormidera, de la inocente corteza del maracuyá, la aguita de hojas tiernas de coca hervidas tan buena para curar el estrés de todos los órganos, de los sexuales sobre todo, y hasta la envoltura del banano, pero que no se vayan a empachar…

-Y todos saben donde y a que horas se consigue el producto..

-No todos, y ya recuerdo al amigo y compañero del colegio, tan hábil en la tarea, cuando salió corriendo por el parque, pero la autoridad estaba alerta detrás de los árboles, malditos árboles de la calle al frente del Instituto. Al pobre lo apercollaron contra un barranco.

-Es una simple requisa, – le dijo el tombo.

-¿Por qué?…Vengo de trabajar, de estudiar.

-Cállate, que vos estás pepo –

-Cuál pepo, hermano! Déjeme ir, olvídese de todo. Yo se de un man que tiene…. El balazo no le permitió terminar la frase de denuncia y dejó de resoplar. A veces, me dan ganas de llorar cuando lo recuerdo. ¡Yo estaba tan cerca!

 

 

 

 

 

CAPITULO IX

Es el imperio de la insensible realidad. Las primeras consecuencias de los fuertes alcaloides y sicoactivos, ya lanzan a los muchachos de Villa Ronelia a la pendiente boscosa y pedregosa. Al declive sinuoso, que con precipitud conduce a las para ellos misteriosas márgenes del río.

Ronelio aprisionado en su vieja chaqueta de cuero y bajo el efecto de la más alta dosis, furiosa traba, anuncia y enumera en un dramático remedo de locuaz locutor, los nombres de los animales que ya ve salir del inofensivo bosque.

-Una serpiente enorme esta huyendo del río y por entre los árboles empieza a subir culebreando en dirección a la casa. ¡En dirección a nosotros, a ustedes!- grita Ronelio en medio del alboroto de sus alucinaciones. No, una sola serpiente nooo, son tres, ¡tres inmensas culebras!, amarilla una…, otra verde, cerdosa como un gusano gigante… la de atrás.-

Y Julián Nepente, compañero de colegio de Ronelio, cuyas dosis son fuera de serie, grita como atragantado:

-Lo que el bosque está vomitando no son culebritas, son cocodrilos como gigantescos armadillos, que quieren tragarnos como si fuéramos lombrices.-

Anita la prima, asegura que del bosque ve salir, es otra cosa.

-Estoy viendo musculosos bañistas negros, que nos están llamando como si estuvieran muy urgidos y necesitados… Tumbemos, por Dios, ese bosque para que tía Ronelia construya un balneario, un balneario chévere para hospedar a esos corronchitos…-

-Qué bañistas ni que corronchos del diablo a esta hora! Son tamaños cocodrilos. ¡Mucho cuidado! Es una procesión de cocodrilos en agresiva manifestación,- asegura el joven Richard, prisionero inerme de los efectos sorpresivos de la dosis que le ha correspondido.

-No, los cocodrilos están aquí, en el alto. Los bañistas somos nosotros y estamos allá,- revira con lloriqueo blandengue el otro primo de Ronelio, que es para él como un hermano, el duro y rico para conseguir, no bazuco democrático, sino el chiflón de la heroína pura.-

-Bajemos al río, grita la prima Anita, los peces están cansados de estar en el agua y quieren dar un paseo, vamos, vamos todos a jugar con los delfines,…-

Y, como canta de bien Anita, la de la voz única y pie volador desde aquellos días del final de la feroz adolescencia.

-Nadie se va por allá sin llevar armas, machetes o peinillas-  ordena alarmada Ronelia, que grita más que con la garganta, con los sonidos nasales de su nariz deformada y mal corregida, luego, en una apresurada operación de cornetes.

-Herramientas, prosigue afanosa Ronelia con la voz ya quebrada, para hacer tumbada del siglo…  y descubrir, esos monstruos que nos amenazan y se esconden en el río… Para tumbar los malditos arbolocos donde se ocultan nuestros peores enemigos.¡Todos a la derriba, pero todos! Es la única solución-

-Vamos a derribar árboles, agrega Ronelia, es la única solución. A mostrar fuerza, energía y machera. A destruir la guarida de esas alimañas monstruosas… Los atléticos Alonso, Marco y Rafico, nos van a ayudar porque se les va a pagar bien.¡Hay que tumbar toda esa maldita maleza gigante!

-Y terminar esta misma noche de luna, agrega el compañero de cama de Ronelia, y trabajar con verraquera dos días seguidos con sus noches, y terminar de una vez por todas con el escondrijo de todos los enemigos nuestros y del vecindario.-

Y, la dama, poniendo los ojos en blanco, hace que mira hacia arriba, enérgica, pero desencajado el semblante, Ronelia, grita, una vez más, diciendo:

-Hay que demostrar que somos jóvenes todavía. Que no nos dejamos tragar por la selva, ni asustar por los espantos, ni comer por las fieras en esta maldita selva junto al río.-

*  *  *

Y empieza la derriba. La derriba anunciada por los moradores  del ya azaroso fundo de Villa Ronelia. Desmonte contra todo lo vegetal viviente y montesino. Y se inicia la devastación en uno de los sitios cuya integridad Januario Gómez, amó y defendió como cosa sagrada en las orillas del río Gualivá. Derriba feroz dirigida y ejecutada por un grupo de gente citadina fuera de lo común. Dóciles esclavos jóvenes, encadenados al consumo de sustancias alucinógenas y a sus crueles impulsos contra toda lógica, contra todo lo normal y razonable. Distantes del equilibrio elemental y de la más cumplida sindéresis comunitaria.

Ahora, cuando la luna llena envía sus claridades con la pacífica fuerza de su plenilunio, entran en acción clandestina los machetes relampagueantes y el hacha arboricida. Trozan y abaten con brutal energía corpulentas maderas vivas y hasta lianas vírgenes y tímidas bromelias impasibles. Y caen como un huracán en las pendientes los imponentes vegetales, inmensos árboles hasta hace horas erguidos allí desde décadas y hasta desde siglos. Y en todo tiempo, objeto de la contemplación espontánea del vecindario tradicional, de la veneración ancestral de los viejos y de los jóvenes.

Son atropellados y vencidos, ahora, sin la menor consideración los grandes y pequeños prodigios de la naturaleza, los árboles silvestres que hacen más bien que mal. Y por contera, arrasada la franja protectora de las aguas frescas y antiguas. Es el fin de un paisaje orillero del río, respetado por el hombre campesino a través de la sucesión de los años. Defendido con hondas convicciones por Januario Gómez. Contemplado, apenas, de cerca y de lejos con natural cariño por todo el conglomerado montañez.

Ya sube de la hondonada y se escucha por los altozanos y laderas, un sordo y cruel rumor de muerte, de golpes y rudos desgarramientos. Se derrumban como los bohíos y casas en un sismo de siete grados, las monumentales frondas de la espesura. Frondas que han permanecido allí, toda una vida, fieles al aire y a la protección del río.

Cuando es ya muy profunda la hendidura practicada por el hacha en la base del tallo, las fibras intactas todavía, crujen y se arrancan de si mismas, rotas al no poder soportar el peso del cuerpo del árbol que se dobla herido de muerte. Arbol, que agitando penosamente el aire que lo acompaña y asiste, se abate huracanado sobre el suelo. Se desploma sobre sus propias ramazones y sus brazos rotos. Y del bosque mutilado, empieza a desprenderse una áspera fragancia, que va creando por los alrededores una dolorosa sensación de muerte, muerte violenta y de abundantes jugos derramados sobre los despojos del bosque .

El hacha no tiene piedad. El hombre y los machetes no muestran una mínima consideración con árbol alguno. Cunde el estruendo de baterías y feroces resplandores de metales encubiertos en la noche, que caen sobre la arboleda indefensa. Un estrépito diabólico y asolador sobre la floresta inerme y arrodillada ante la fatalidad de su sacrificio. Un arboricidio colectivo, que dura el tiempo justo de dos noches con luna y un día de largas horas tenebrosas. Allí, a la vista de todos, las carnes blancas, amarillas o rosadas de los pomarrosos y yarumos; su corporeidad tronchada y desbrozada. Así mismo, el aspecto presencial de los perfumados laureles, de los muches y de los guayabos. De tantos otros humildes, pero eficaces vigías y desplegadas sombrillas del río. Por siglos y generaciones, árboles fieles a su misión protectora. Ahora, dejan sentir en el ambiente y como expresión última de su bondad, el denso aroma de sus bálsamos derramados. Sangre inocente esparcida por el solar de un sorpresivo matadero.

El árbol más grande, un yarumo viejo, alza como suplicantes al cielo sus dos inmensos brazos, con fuerza y angustiada devoción. Erguido aún se estremece epiléptico, cuando el hacha empieza su cruel tarea trozadora. Tarea inclemente, horadando a ras de tierra el tronco de escueta abarcadura. Las hormiguillas negras, las que siempre le han hecho acariciante compañía, bajan y suben sin itinerario fijo a lo largo del  tallo vacilante y, al fin, se precipitan al vacío, aturdidas por la violencia de los ruidos exteriores y las desconocidas vibraciones en todo el cuerpo del árbol. El viejo yarumo, se estremece y da como gemidos nunca antes escuchados en el recinto del bosque. Deja oír su estertor final, cuando ceden y se rompen las últimas ligaduras y fibras de su tronco herido en lo más sensible de su base.

Otro gigante, un pomarroso de inmensa copa espesa y en plena cosecha de pomas, pomas dulces y amarillas o rosadas, como las guayabas maduras de los guayabales en los potreros vecinos, exquisito banquete como de manzanitas que, en las mañanas y en las tardes, los pájaros y murciélagos paladean y tragan con ansia y en apretados bocados. Si. Cuando el hacha inicia su doloroso corte, se hace un raro silencio en el boscaje. Aquellos pajarillos, habitantes cotidianos de sus ramas acogedoras y amigos de sus gajos de frutos maduros, ellos, no lo desamparan, pese al estruendo amenazante. No huyen de sus acostumbrados sitios de descanso, ni abandonan sus nidos con huevecillos pecosos.

Pero, los azulejos y los toches, los pajarillos rojos y negros de pico blanco, aún sin comprender los estremecimientos del corpulento árbol, albergue y comedor de muchos años, inician ahora un vuelo circular y sin itinerarios. Y observan aterrorizados, de rato en rato y desde un árbol vecino, el desplome y caída de los edificios vegetales. Los asombrados ojos de las avecillas están fijos en las altas copas. Los erguidos follajes, ya sin base firme, inician lenta y luego urgida inclinación angustiosa y, con un blanco y agónico parpadeo de las frondas, se desploman con gran estruendo sobre la tierra triste. Un pájaro pardo apostado en un árbol vecino, con sostenida atención, mira y parece escuchar con inquietud el ruido pertinaz de la sorpresiva pesadilla. Hombres y mujeres ebrios, un pavoroso cónclave de profanadores y violadores, gritan y dan golpes a diestra y siniestra. Los machetes relampagueantes derriban los árboles jóvenes y cortan los brazos bajos de los árboles viejos. Y el hacha aterradora, tantas veces asesina de los grandes señores del bosque, hace ahora una verdadera masacre con las manos violentas y la feroz pericia de Marco y Rafael Chompa, asalariados de Ronelia Bodrio.

El pájaro pardo, un sinsonte, observa y siente acongojado cómo se estremece, cómo gime agonizante su ya un poco viejo, pero todavía vital e imponente pomarroso. El gran árbol se inclina sobre la pendiente y en dirección al cuerpo transparente del río. El pomarroso herido a golpes, cruje y traquetea, se desploma sobre el pequeño guadual y rueda dando tumbos hasta caer al lecho del río. Allí se aquieta y desaparece.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO X

El pájaro pardo desde un escondite a prudente distancia, sigue observando inquieto y sobresaltado. Y canta un dolido canto funerario. Sus tonalidades lúgubres estremecen el alma pura de la selva. La avecilla llora en dirección del río amigo y familiar; emite silbos altos seguidos de chillidos lastimeros de alarma. Expresa su estupor y su angustia por todo lo que ha sucedido y está sucediendo. El pájaro, describe en la plañidera melodía de su balada, el inusitado cambio de posición del corpulento y antiguo pomarroso.

El canto otra vez suena a la distancia. Intermitente y lastimero, ya como un miserere, como un adiós musical de congojas. El árbol donde estuvo el nido que lo sintió nacer y piar por primera vez. Donde, ahora, estaba primorosamente tejido y se alojaba entre fuertes ramas y hasta hace unos instantes, el nido suyo y de su prole, nido trabajado con amor y ocupado con sus tres pichones de sólo tres días de nacidos y ansiosos picos triangulares. El viejo y meritorio pomarroso, el árbol que se ha ladeado con un último y tremante gemido salido de sus entrañas, de sus ligaduras y de sus fibras corporales rotas y bañadas en savia, palpitante sangre vegetal. Y es apenas comprensible que aquel pájaro pardo, llore ante la hecatombe feroz que ha contemplado, la asolación de su bosque. Llanto de pena por el fin de la ternura de los nidos. La muerte criminal que ha hecho de su pomarroso, un inútil cadáver tendido sobre el lecho del río.

El estruendo de la socola y la tala de la infernal derriba en la comunidad de los árboles campesinos y de los hombres, no tiene defensores convencidos asentados en las ciudades. Quien se puede imaginar terrible congoja por el asesinato de unos pequeñines todavía en lanita. Los renuevos de las inofensivas especies volátiles que tanto alegran el bosque, los cultivos de las sementeras en las vecindades de las casas, los vergeles cosecheros, los extensos sembradíos.

En la alta noche la agresividad última de los destructores del monte, bajo la fría lumbre de la luna plena, se ha ensañado con toda su furia contra el guadualito que parecía temerosamente escondido en un rincón discreto. Allí, no muy lejos de la corriente del río, medio oculto tras los cuerpos y frondas de los grandes árboles. Guadual pequeño, unas veinte guaduas maduras y las demás muy tiernas, todavía envueltas en sus capachos protectores, una manera vegetal esta de ombligueros y pañales. Los taladores venidos de la ciudad se mueven coléricos por la picazón dolorosa de la pelusa de la guadua biche. Entonces arrecian sus golpes con inusitada torpeza y no pocos se ven en peligro de sufrir graves heridas por la forma como machetean las guaduas que, inclinadas y heridas encima del lomo inclinado, levantan la parte desgarrada y rozan peligrosamente la región abdominal del cuerpo de sus agresores. De aquel guadualito no quedó sino el tendido sobre la pendiente. No se escaparon ni los brotes encapuchados de la guadua niña. Los lindos retoños apenas salidos del lecho de la tierra, infantilmente aherrojados en sus chuspas carmesíes, repletas de pelucillas pungentes, inútilmente pungentes en esta noche y con semejantes fieras en acción.

La gente del campo ama sus guaduales. El campesino no olvida, no puede olvidar, que con los troncos de la guadua, fabrican la cruz campesina y la barbacoa para llevar el muerto. Construyen la armazón de la tapia del fogón, las canoas que conducen a la casa el agua desde las acequias y, así mismo, el sencillo y aguantador menaje, las camas para procrear y los instrumentos musicales para alegrar la vida en el silencio de las noches. Empero, pese a estas razones cotidianas a favor del guadual adulto, ni los más temerosos y tiernos brotes encapuchados tuvieron escapatoria. Todo el guadual, a pesar de su hiriente ramaje defensivo, y no obstante su talante misterioso que se parece al miedo y sus extraños gemidos de monte abismal, fue humillado y reducido a basura para ir a caer al cauce del río, atorando sobre manera y obstruyendo el tranquilo paso de las aguas.

Aquella tarde y noche el vergel y las avecillas montaraces, vieron y escucharon el cruel y ruidoso asesinato de casi medio centenar de árboles corpulentos, que en sus frondas acogedoras alojaban una inmensa red de nidos, como es de presumir en tiempo de cosecha de pomas. Así mismo, de numerosas y pequeñas plantas conocidas, que sólo ellas por sus características podían crecer sin sufrir heladas a orillas del río, adaptadas a un medio con la vecindad de torrentosas aguas e imprevisible temperatura.

Pocos días después, desde no muy lejos, se podía observar el suelo desollado. La tierra arrasada y desprotegida. La tupia de ramazones y troncos muertos en proceso ya de pudrición, arrumados contra los costados del río o apelmazados dentro del cauce de las aguas ya en desasosiego. Las autoridades locales dejaron una clara constancia del daño. Pero esto fue desmentido por la corrupta burocracia de la capital, para librar de multa y de castigo a los locos comandados por Ronelia Borio.

Mas, la furia vengativa del río Gualivá, no se ha dejado esperar por mucho tiempo. Con la connivencia de la tupia vegetal en el recodo del lecho, el agua acosada fue penetrando con fluidez y cólera por los entresijos del terreno. Turbulentos caudales por fuerza del declive, borrascosos volúmenes líquidos obedientes a las leyes de la gravitación y de los vasos comunicantes, al no encontrar la barrera de la protección de las raíces vivas, sino un pobre bosque talado y muerto, irrumpen por todas partes y penetran por todos los resquicios. Desbordan los óbices débiles, que se doblegan a la primera presión del agua conturbada.

Nadie se dió cuenta que el río, todos los días y todas las noches, penetraba más y más hondo en sentido horizontal y vertical en el cuerpo profundo debajo de la colina. Y el agua nunca topó poderosos obstáculos naturales que le impidieran su extraño avance y su lenta gestación desoladora. Más bien fueron poderosas ayudas para el avance subterráneo de la borrasca, las oquedades trabajadas por antiguos guaqueros y mineros. Circunstancias inesperadas que se convierten en troneras que permiten la circulación y penetración de la corriente, que se precipita con furia por los vacíos profundos de la tierra y por entre inmensas moles pétreas y sedimentos diluviales.

El agua ha horadado con persistencia secreta el gran promontorio, escurriéndose múltiple por entre oscuras arcillas deleznables. Arcillas sin ninguna consistencia ni capacidad para detener la precipitud del airado líquido vengativo. El agua del río en el tenebroso  silencio de los abismos, ha trabajado con persistencia. El poderoso torrente fluvial, por evidentes circunstancias, ha sido obligado a abandonar su cauce tradicional para buscar oscuras salidas subterráneas.

Un día, todos los habitantes de las colinas de San Antonio para abajo, fueron despertados al amanecer por un temblor de tierra largo aunque poco perceptible. Los que miraron hacia los potreros cercanos pudieron contemplar y escuchar el mugir de la indefensión y el terror del ganado vacuno arrodillado. Que a partir de la media noche había llovido en forma copiosa sobre toda la comarca. Y vieron cómo las aguas enturbiadas del río que surgía de la tierra, enloquecido, atropellaba por todas partes. Los torrenciales aguaceros más intensos al amanecer, saturaron la tierra y ablandaron las capas superiores de la alta colina y sus alrededores. Así, el Potrerillo y Gratamira, empezaron a hundirse indefensos.

Pequeños y grandes torrentes de agua parda aparecían de manera inusitada por las raíces de los árboles y pastizales. Numerosos turbiones brotaban a flor de tierra y en forma sorpresiva. Era el río vindicativo, no otro, que avanzaba medio invisible con desusado ímpetu y estrépito. Se derramaba por su clandestino cauce subterráneo y hacía esfuerzos de gigante acorralado, urgido por salir al exterior, a la superficie indefensa e impreparada, donde están las casas y sus habitantes, los sembrados y los animales domésticos. Donde crecen las sementeras, los huertos y los potreros. Donde pacen la mansedumbre de las vacas lecheras y de sus ternerillos, decididos a mamar la primera leche del día.

Cada vez, cada instante las oscuras coladas afloran y hacen presencia amenazante. Brotan densas olas de lodo ante los ojos y la impotencia del hombre y de las bestias. Esta masa con sus líquidos, avanza hacia las casas de El Vergel y Villa Ronelia. Aguas fuera de si y fuera de su cauce. Se hinchan, intimidantes, movidas por ímpetus ciegos. Es este el fin, sin buenos ni malos precios de los cafetales. De los imponentes platanales, de los yucales ya listos para dar la cosecha, de los fértiles lotes con pasto de corte, de los maizales con penachos promeseros, donde ya llegan los zarcillos de los bien enredados bejucos de las frijoleras. Desaparecen como borrados del mapa los potreros y guayabales vecinos a las primeras casas; todos van cayendo al abismo en azarosa sucesión a medida que pasan las horas.

Las torrentosas e inesperadas aguas, avanzan hacia la casa principal, que parecía para las vecindades la más segura  morada de la extensa región. Ensordecen sus rugidos y sus desconocidos ímpetus, aguas turbias e hinchadas, poseídas de una fuerza ciega, de un imperioso afán de correr y destruir. Los nuevos y viejos sembrados son tragados por el limo negruzco del torrente carretera abajo, urgida y desbordada su azarosa cargazón de vegetales. Por otros sitios la tierra vacila con angustia ante la feroz corriente con más fuerza que las bestias y los hombres juntos. Ahora, las cercas y los árboles de la casa vieja se bambolean fatigados de resistir. Y se rinden aniquilados por el impulso vencedor de la avenida impetuosa; por la orquestada y obstinada lluvia que chicotea los rostros de los sobrevivientes, impidiéndoles ver en su magnitud el espectáculo de la furia de los elementos. Están como ciegos y nada pueden medir. Física y mentalmente imposibilitados para indagar alguna respuesta a su propia ansia natural de sobrevivir.

Asoladora la presencia del río fugado de su viejo cauce, de su propio hábitat. El río Gualivá, que brota de la tierra con atoramientos de asfixia y avanza sin rumbo cierto, tragándose las chacras cultivadas o no de sus vecindades. Y ha formado frente a la casa grande un talud aterrador de varios metros de altura. Todas las sogas de amarre de la colina parecen vacilar rotas por los cuatro costados. El agua turbulenta y ávida rueda libremente por todas las pendientes. Es el fin de la colina. El derrumbe de la comarca por obra de las fuerzas desatadas y sin control, de los elementos conturbados.

Margarita Pujos, la administradora de Villa Ronelia, quiso llorar esta mañana cuando escuchó un extraño y persistente ruido subterráneo. Ruido con características desconocidas para ella. Y, como en una pesadilla ha podido ver  a través del cortinaje de la densa niebla, por el frente de la casa, la rueda gigante y frenética de una inmensa borrasca de lodo con dirección imprevisible. Una invasora avalancha, que brota de la tierra y derriba y envuelve entre su masa, árboles y animales, amenazando las rancherías de los demás vecinos.

En un momento a Margarita Pujos le ha sido necesario retroceder. Las aguas avanzan e invaden sin óbice alguno, como en una suerte de oleada impetuosa, y arrastran un gran lote del patio de la casa y las alambradas, los tejidos metálicos de maya, los bancos del oratorio al aire libre y la pagoda “espiritista”, ahora mismo derrumbada y en posición horizontal, navegando y moviéndose torpemente sobre el espeso turbión como una embarcación lúgubre. Ahora, el terror ha crecido inusitadamente cuando una enormidad de tierra cede hacia abajo, viéndose Margarita Pujos a mucha altura, frente al torrente central, torrente que arrastra a su paso y a la vista de los que pueden ver la vida animal y vegetal, una vaca ya patas arriba y al viejo Gustavo Chompa abrazado desesperadamente al cuerpo enjuto de la nuera.

Todo un inmenso tropel, una borrasca ya en dirección hacia los predios de Chaves y de Alfonsín. Una gigantesca aleación de los elementos en carrera desaforada, atropellando todo lo que a su paso encuentra. Es el río fuera de cauce, que se hincha y crece, que roe con empuje infatigable las entrañas laterales de su improvisado lecho. De la tierra herida, que se derrumba mansamente sobre sus aguas, desapareciendo por momentos y agrandando su carga de seres y de cosas. De cosas ya inanimadas y muertas unas, y angustiadas y desesperadas otras, dentro del furor de la tupia sin rumbo cierto.

Los horrorizados sobrevivientes, miran cómo las aguas devoran por los cuatro costados las vecindades de la casa vieja. La pared delantera cede y se inclina hacia las turbulencias. La borrasca sigue batiendo con insistencia el lugar, cuando la armazón de la construcción antigua se contorsiona y sin perder su unidad, se doblega vencida sobre los turbiones, sumergiéndose a medias en el torrente. Así, al derrumbarse el suelo firme donde antes estaba la casa, los árboles frutales que crecieron tras ella, al carecer de tierra estable para sustentar sus raíces, vacilan y tiemblan, chocan unos con otros como si quisieran abrazarse y defenderse, pero, derrotados al fin, se doblegan pesadamente sobre la turbia y afanosa borrasca. Al oscurecerse y entrar la noche, los sobrevivientes están  conscientes de que la más erguida loma de la Colina, la chacra  rica y la vieja casona , ya no se encuentra en su lugar.

-No llores y ayúdame a sacar a la carretera, lo que más podamos- demanda Antonio a su mujer Margarita, en un momento de serenidad y lucidez por parte del hombre. Empero, cuando menos lo pensaron el río fuera de sí, en uno de sus tantos desvíos trágicos, muchos pudieron ver como en segundos se desdibujaba buena parte del potrero vecino a Villa Ronelia y todo lo de Villa Ronelia, a la sazón como solitaria, porque la gente viciosa dormía como privada y sólo vigilaban tres perros misántropos y timoratos.

La borrasca con renovada e inusitada furia y al acorde de sordos rugidos, hunde en sus viscosas entrañas la extensión de la carretera que pudo amanecer pero no anochecer. Incansable el río fuera de madre, carcome la tierra honda de las sementeras y labra casi en forma vertical un terrible y encumbrado barranco. Un doble talud de imponente corte, frente a la casa grande. El río se ha hecho calle terrorífica de honor. Los habitantes aún vivos camino abajo han podido atestiguar cómo los lotes grandes y pequeños de tierra con cultivos, al fin cayeron vencidos al inmenso abismo de lodo en movimiento. Ahora, es una espesa borrasca acelerada y sin rumbo fijo. Una azarosa asonada de cosas de la naturaleza en turbulenta manifestación en distintas direcciones. Por todas partes, fuerzas desatadas y sin ningún control. Colada efervescente, en una inmensa paila deforme y mariadora que hierve a borbotones.

De pronto, emerge amenazante el inmenso tronco del gran árbol donde antes florecían pacíficamente las orquídeas. Un árbol hasta ayer imponente y, ahora, tendido y muerto con una corona de flores tricolores sobre el pecho como en el velorio de un gigante solitario, extrañamente rodeado de un quiosco flotante, del tejado integral de la casa de Villa Ronelia y de los perros todavía encadenados, suplicantes, tratando de nadar en el picado y absorbente fangal. Este caos de cosas, después de girar en un inmenso recodo, choca con otras cosas y hace incomprensibles vueltas y revueltas, formando un monstruoso embudo capaz de apiña todo lo que a su paso encuentre. La borrasca de lodo invade y azota. Pasa casi veloz, sobre buena parte del jardín y de la huerta con mandarinos, chirimoyos, palmas de coco y guaduales ornamentales de El Vergel y de La Querencia. El río disfrazado con su pasamontaña y movido por espíritus vengativos, sigue creciendo y royendo grandes masas hasta ayer inconmovibles y firmes. Y la tierra vencida se sigue derrumbando sobre los deformes lodazales en tumultuoso movimiento. Las aguas rugen una vez más y viran intempestivamente, cuando se liberan de un firme recodo amurallado en piedra.

Los lomos más visibles de la inmensa masa, parece que chocan, se atropellan y se mezclan entre sí. Rugen al formar inmensas cascadas al tomar el declive de 40 grados. Y, en una especie de forzado embudo caen pesadamente sobre los terrenos bajos de la hacienda de San Agustín, la heredad de Lorenzo el Joven. El monstruo de aguas turbias, piedras, toneladas de tierra y grandes árboles arrancados de cuajo a su paso, se ha tragado la tranquila ranchería y rica huerta de Alfonso el Viejo. Y, ahora mismo, deslíe buena parte de los predios de San Agustín. La carretera hacia el Dintel, en un largo trayecto con declive, ha anochecido pero no ha amanecido. Todas las pequeñas ruralías que se encontraban al descender y situadas a la derecha de la pendiente, han caído como desmayadas en los posibles patios fronteros de la casa de Lorenzo el Joven. El hirviente lodazal en movimiento y de más de cien metros de frente los ha llevado hasta allí, fingiendo como una inmensa sábana sobre los hombros de la tragedia forestal. En estas circunstancias, el río que siempre ha ido de sur a norte, ahora avanza ululante de occidente a oriente con toneladas de tierra y de seres muertos.

Los barrancales y altos taludes de lo que queda de Villa Ronelia y de la finca del viejo Alfonso Chompa, son de tal altura, que los que permanecen clamorosos arriba, no logran ver ni escuchar nada de lo que pasa abajo. Taludes que producen desvanecimientos con solo contemplarlos y, apenas, comparables con los desapasibles barrancotes del alto de Cánter y de Holea. Los vecinos predios de Hato Nare y San Agustín, lo que han ganado en aparente altura, lo pierden ahora con el ancho río roncador, que corre urgido por el patio de las casas, de las casas y viviendas que, hasta ese momento, milagrosamente han quedado en pie.

La poderosa e inquieta borrasca con su pesantez gigantesca de piedras y rocas, de grandes árboles y animales y, al centro, la monumental ola de cresta danzarina en el propio ojo del huracán a flote, deja ver por un solo instante los cuerpos enlazados de la tropa taladora, sorprendida esta mañana durmiendo la pesadilla de su último sueño y de las dosis excesivas. En estas circunstancias finales, la avalancha se precipita con lentitud fatídica sobre el gran cañón de la Aurora. Y, como última proeza construye una imponente catarata de espesa noche oscura, antes de enrumbarse apresurada hacia Bulucaima. Allí, exactamente allí, el río se libera de su tenebroso disfraz y abandona la enormidad de su carga, para acogerse y sosegarse como un niño satisfecho, al encontrar de nuevo su viejo y amoroso cauce de hace siglos.

 

F   I   N

 

 

 

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