CAPITULO TRES. La casa de Lamapola.

CAPITULO TRES

La casa de Lamapola. Dulce nostalgia de sus corredores y ventanas.- La lluvia de estrellas.- Ventaneaban los vivos y los muertos.- Las hormigas y los rosales pitimí.- La pieza de los aperos.- El cuarto de San Alejo.- Techos de teja como imagen del silencio.- La casa de cuatro aleros.- Historia y drama del sótano.- La guerrilla y el gobierno en busca de hombres jóvenes.- Los caballos a salvo en el monte.- Embrujo y misterio de los naranjos.- El naranjo más viejo.- La tranquera de guadua.- Muchacho encaramado en el naranjo más alto.- Ideas originales en las alturas.

 

 

 

1 –

La casa de Lamapola no era muy grande. Un largo corredor al frente que en determinado sitio recibía el sol mañanero, pero en muy buena parte llegaba el sol de la tarde. Esta, la razón para ser el lugar más apetecido para tertulias al atardecer. Y, otro corredor atrás en forma de escuadra. Frente a este pasadizo estaba la puerta de la cocina, las entradas al salón del comedor y, desde luego, a la parte anterior de la sala. Así mismo, la puerta discreta y apenas entreabierta de la pieza de huéspedes.

 

Sobre el amplio corredor del frente, ese que era como un mirador hacia el ocaso, estaba la puerta principal de la gran sala; digo gran sala por su tamaño, no porque allí hubiera algo especial, algo distinto a muchas sillas de escueta madera labrada. Y la entrada al aposento de mis padres; la puerta de nuestro dormitorio y la de la pieza de los aperos que, como la de los servicios generales, no daba al corredor con piso de largos y anchos rectángulos de madera, sino a un empedrado de muy parejas y repulidas piedras, que se prolongaba por los alrededores de la ya un tanto envejecida edificación familiar, construida por los abuelos.

 

En la parte lateral noroccidental de la sala, había una gran ventana de dos alas y dos maineles en el vano. Esa ventana, al sesgo sobre el horizonte, miraba en dirección a Pereira.

Desde allí, desde aquella ventana-mirador, en fecha ya olvidada de la década de los treinta, pude contemplar uno de los espectáculos celestes más extraordinarios, una lluvia de estrellas a las ocho de la noche. Un chorro de estrellas como precipitándose a tierra a gran velocidad; estrellas de todos los tamaños, formas y brillos, como si se hubiera ladeado el cielo, como si fuera ya el maravilloso principio del fin.

 

2 –

Así mismo, desde esta ventana, por lo menos tres generaciones, pudieron observar el transcurrir del mundo sentimental y comarcano: mis abuelos, mis padres y un poco mis coetáneos. Desde fuera y desde dentro, esta ventana dejaba notar ya una tremenda carga de historia humana y familiar. Historia de ausencias y de llantos. De muy discretas penas de las mujeres en diversas circunstancias y situaciones de edades y tiempo. Y de ansiedades y de esperanzas de todos. Los rastros de las lágrimas, por pesares y alegrías, permanecen allí, muy vivos todavía, en las pátinas de los apoyos y durmientes de la vieja ventana.

 

La misma ventana que parece disimular y retener el discreto y morigerado llanto. La que persiste día y noche, en el silencio de muchas horas, mirando hacia afuera, hacia los tiempos pasados y, quizás, hacia las noches futuras. Y, no sólo ventaneaban los que estaban vivos; quizá, aún siguen ventaneando los que están muertos.

 

3 –

El empedrado a lo largo de su línea de alinderación, separaba las habitaciones y demás localidades del frío de los patios. Los separaba no sólo de los patios sino de los apretados sembradíos de bugambiles, dalias y hortensias, cuyas grandes flores contrastaban en colores y tamaños con la multitud de ramos compactos y bien floridos de los invasores rosales pitiminí, con sus rosados altares muy vivos en todos los rincones pacíficos del patio.

 

Los rosales pitimí cuyas hojas atraían poderosamente a las hormigas arrieras, las que parecía que respetaban las flores, o mejor, no les interesaban los pétalos para cargar, muy posible por su rápida marchitez y poca consistencia.

 

En la pieza de los aperos, medio sombría para todos, pero siempre alegrona y acogedora para los muchachos y adolescentes, era posible descubrir, allí, otros numerosos arreos y objetos. Varios pares de estribos de muy reluciente cobre algunos y, todos, con bien trabajados dibujos en bajo y alto relieve. Además, allí, otras muchas cosas útiles e inútiles como perreros, lazos y sogas; zamarros con sus troneras, polainas, espuelas y hasta viejas escopetas colgados de desportillados andamios o de grandes clavos en las paredes. En un cajón estrecho y hondo, muchos cachivaches, y discretamente oculto hasta un revólver corto, marca Smith.

 

4 –

La pieza de los aperos era como un segundo cuarto de San Alejo. Todo estaba allí arrumado, recostadas unas cosas a otras como con cierta dejación arrepentida. Invasión de objetos fantasmas, una amable pesadilla desde ayer hasta más allá de hoy. En San Alejo, propiamente, se ocultaban aquellos objetos que habían servido mucho y que ya estaban viejos,

pero que todavía podían servir un poco más o, que por algo parecido a la gratitud, no se les mandaba a la basura.

 

Los techos, entejados con roja teja de barro cocido, bien puestecitas, unas detrás de otras en monótonas hileras y perfecta sincronización. Eran esos techos como la imagen del silencio, de la exacta disciplina, de las tablas de multiplicar, del sometimiento a cumplir una condena de un oficio de siglos. Doble tarea, además, distribuir las aguas lluvias y no permitir su presencia inoportuna y repentina, en algún lugar interior de la casa.

 

Y esas paredes blancas, con esa blancura de la cal refinada disuelta en agua sin otro agregado que la sal para fijar y dar brillo. Y esos enchambranados de fuertes macanas con severo colorido carmelita y escasas distancias entre una y otra, para impedirle el paso a los perros, gallinas y patos. Y ese azul grisáceo de las puertas y ventanas, de los pilares y barandas… Y esos amplios aleros acogedores al rededor de la casa de un solo piso, pero holgada para nosotros. Casa, cuya imagen siempre se me ocurría compararla con la de una gallina echada, calentando huevos, silenciosa y atenta a todo ruido, a todo el que pasa, a todo el que llega o se va.

 

5 –

Nuestra casa, pues, lucía día y noche como una ancianita pulcra, pero nada barroca. No era una casa enfermiza, sino que había vivido muchos años. Casa que estaba rodeada de árboles viejos y de historia, de diversas y hasta de dramáticas historias de las luchas y alegrías de la vida, de las esperanzas y ambiciones de tantos seres, dentro de un solidario ámbito familiar de tres generaciones.

 

Tenía un sótano amplísimo, no muy fácil de descubrir, un poco tétrico y oscuro. Sus húmedos muros recubiertos con anchos y ya casi deshechos tablones de cedro. En ese lugar, mi abuelo por los fines de siglo, ocultaba a los hijos grandes y a los trabajadores, cuando se conocía sobre la inminente presencia de visitantes de la guerrilla o del ejército nacional, empeñados en reclutar hombres jóvenes para las milicias de la oposición o para las fuerzas militares del Gobierno, siempre embarcado en cruenta guerra civil.

 

Como no encontraban por parte alguna personal apto, tanto la guerrilla como los del gobierno, cuenta mi madre, se contentaban con llevarse uno o dos toretes gordos o unas terneritas. Vacunos a falta de caballos, que era los ideales en estos tiempos de conflicto.

 

Pero, los caballos, mulas y hasta dos asnos, tenían su gran pesebrera en el monte y en una honda comba del terreno, oculta con sabia estrategia, entre árboles y guaduales, lejos de los caminos acostumbrados por tales gentes de guerra. Y no se permitía, por ejemplo, que las bestias dejaran rastros por ninguna parte, hasta el punto que todos los días, se cumplía la tarea de enterrar, como abono en las sementeras, todos los residuos y heces de estos animales.

 

6 –

Ese sótano era como los ojos subterráneos de la casa. En sus grises muros y humedos suelos, se podía recrear el historial de las angustias y temores familiares. Todo parece decir, “hagan silencio para que no nos maten, para que no nos lleven amarrados y lejos de los padres, del hogar y de las sementeras”. Ese sótano era como el faro apagado, pero sensible de la memoria doliente de la casa y de la familia. Allí, aparecían acarreados tantos objetos antes amados, pero, que ya no eran necesarios al diario pasar ni a la vista y consideración de los moradores.

 

En el sótano se solían guardar cosas grandes que habían servido mucho y que por cierta gratitud, insistimos, no se les botaba como desperdicios. Este sitio era como un osario común, para aquellas cosas domésticas, ya viejas y hemipléjicas, que fueron muy útiles, pero, que han sido reemplazadas por otras más ágiles y modernas.

 

Cerca de la casa de Lamapola, había otra casa pequeña, pero muy nueva, deshabitada. Mi padre la había hecho levantar por el maestro Jesusito Pava, hábil constructor de casas de madera de una sola planta.

 

A veces venía del pueblo alguna de mis hermanas casadas, casadas hacía muchos años y que vivían en Pereira. Tenían hijos e hijas, algunos mayores que yo. Eran muy simpáticas mis hermanas y llegaban muy felices y cargadas de dulces finos y apetecibles para todos. Mi sobrinos, Yolanda y Benjamín, hijos de Esthercita, poseían una inteligencia despierta y un especial afecto por mi padre, su abuelo.

 

Ellas se quedaban un fin de semana en dicha casa nueva. Yo siempre iba a ayudarlas a instalar y a espantar los murciélagos apoderados de la casa sola. Les quemábamos muchas hojas de eucalipto. Los murciélagos salían en precipitado tropel, y abandonaban solo por un tiempo los más discretos y calurosos rincones de las habitaciones.

 

7 –

Entre el patio principal de la casa de Lamapola y el lindero con la sementera, y entre estos y el corral de los terneros más pequeños, imponían su imperio de frescura y de sombra, de azahares y abundantes cosechas, tres corpulentos naranjos traidos y sembrados, según tradición familiar, por el bisabuelo que vivía en Pereira.

 

El más visible y cercano era el naranjo más viejo, justo su sitio en la intersección del patio y el corral. Allí, donde una puerta de trancas, tranquera de guadua, era el andamio más frecuentado por nosotros, los menores, para estar menos cerca del suelo y más próximos a las nubes blancas y azules y a las naranjas maduras.

 

Para mí, esta tranquera de guadua me permitía los primeros pasos hacia arriba. Los primeros escalones para encaramarme al gran naranjo, alto y ancho, visible desde muchos lugares de la vecindad. Arbol querido y apetecido por sus grandes y dulces naranjas, fáciles de coger por los niños en las ramas de abajo; y con abultadas gajas en los robustos brazos de la parte media del árbol y en sus más encumbradas frondas.

 

La puerta de trancas corredizas, estaba construida, así: tres horcones de guadua bien gruesa, sembrados por lo menos un metro bajo tierra y dos y medio afuera. Cada cuarenta centímetros una abertura doble por donde entraban y salían las largas y delgadas trancas. El tercer horcón en compañía del segundo, explican su tarea de sostener las trancas con el fin de que éstas, no se precipitaran ruidosas y esquivas al suelo, al abrir la puerta para el paso de personas o de alguna bestia con carga.

 

Aquellas trancas, en consecuencia, constituían para mí los primeros escalones para encaramarme al gran naranjo, alto y ancho; al naranjo que sembró el bisabuelo, visible desde muchos lugares de la vecindad. Arbol querido y apetecido por sus grandes y dulces naranjas. En la plena cosecha, naranjas fáciles de coger por los niños en las ramas de abajo y, con abultadas gajas, en los robustos brazos de su parte media y en sus encumbradas frondas.

 

Todavía estoy pensando en el misterio de los naranjos. En los interrogantes del naranjo en sí. En el embrujo de sus alrededores, de sus grandes y abiertos brazos, de sus azahares y de sus naranjas verdes, pintonas o maduras.

 

8 –

Pienso todavía en el hechizo que envuelve a los naranjos. En los arcanos muy íntimos de ellos mismos, dentro de los espacios atrincherados entre sus ramas, sus hojas y el gran tallo central. Me detengo aún meditativo, ante el avasallador sortilegio de sus brazos y ramas en todo momento en trance de abrazar. En la ternura silenciosa y perfumada de sus hojas niñas y claras y de sus hojas oscuras y ya adultas.

 

Nunca me permití coger una naranja todavía verde. Me dedicaba con atenta curiosidad a observar los incógnitos croquis sobre sus cortezas. Las tonalidades de su verde, los silencios y los temores que parecían rondar como fantasmas, por todos los entornos de esas vivas y frescas esferas.

 

En una naranja ya madura, su amarillo de tentación, sus extraños visos, el perfume de sus aceites cuando se le frota. Sus caprichosas pequeñas deformidades, como pectorales que se insinúan en los antípodas del pecíolo y su tersura y perfección de línea curva en su parte media y superior.

 

Cuando me encontraba arriba dentro del naranjo, subido allí y como aislado del mundo, siempre esperaba que el naranjo me iba a dirigir la palabra. En todo momento, parecía que, por alguna parte, ya me quería hablar, a reprocharme algo o a indicarme alguna cosa.

 

9 –

Arriba, me acomodaba en algún brazo firme del naranjo y me sentía envuelto en un ambiente cercano a lo mágico, distinto a todos los ambientes, por lo informal, rara calefacción y seguridad frente a los humanos. Y, allí me quedaba un buen rato, hasta que me llamaban, buscaban y me encontraban los de la casa. Pero, yo me resistía en silencio y en espera de algún acontecimiento fuera de lo común. Desde luego, que en aquella compañía tan íntima con el naranjo, nunca me ocurrió nada raro, fuera de yo mismo succionar el jugo meloso de muchas naranjas, de esas ya arrugaditas, pura miel, saldos todavía de la cosecha anterior.

 

Encaramado en la parte más prominente del naranjo, grande y alto naranjo de Lamapola, al pie de la puerta de trancas, me sentía superior a todo ser viviente. Y me reía del perro Lobo y del perro Pinto, que no dejaban de echarme ojo, siempre mirando para arriba como si estuvieran viendo algo raro, atentos a cualquier movimiento mío.

 

El perro Pinto, como perro viejo que era, ponía sus patas delanteras sobre el tallo del árbol, como intentando iniciar una subida. Yo me burlaba de ellos y les mandaba mi chorro de orines para que se alejaran y yo pudiera seguir disfrutando de mis intimidades sin mucho curioso abajo. Esa, la dicha de vivir y de estar precisamente arriba, un poco lejos de las cosas comunes del suelo, de los seres cotidianos que caminan hacia adelante, apenas con paso seguro sobre la tierra firme.

 

Allí en aquellas alturas, se me ocurrían muchas ideas incalificables de buenas y de ingeniosas. Algunas maquinaciones sutiles, orientadas a ganarles con facilidad ciertas paradas y apuestas, a todos los de la escuela sin excluir a la maestra. Y nuevas y desconocidas maneras de actuar en casa para lograr ciertas ventajillas y privilegios a mi favor.

 

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