CAPITULO TRECE. Aquellos exámenes de admisión.

CAPITULO TRECE

Aquellos exámenes de admisión. Imagen de don Deogracias. Los profesores del Colegio. Mi primer trabajo de redacción.- Este cambio del campo a la ciudad.- Y como son los pereiranos.- Belleza de la ciudad.- Poesía del Alto del Nudo.

1 –

Exámenes de admisión en el Colegio Oficial. Ciento veinte aspirantes inscritos para dos primeros de cuarenta alumnos cada uno.

¡Pasé…! Con mucha dificultad, pero pasé. Me salvaron las matemáticas de la Escuela Comercial Gregg.

Durante estos exámenes, pude ver por primera vez a cierta distancia a don Deogracias, envuelto en su ruana, ya muy enfermo y viejo. Permanecía sentado frente a una mesa ancha y larga, en compañía de otros profesores. Un poco en penumbra, don Deogracias, escuchaba con delicada atención a sus colaboradores.

En otro gran salón y cumpliendo la tarea de la vigilancia de los exámenes de admisión, estaban: don Pablo Cardona, siempre como pensando en otra cosa. Parecía hacerse el sordo, cuando claramente cundía el rumor de alguien que le preguntaba a alguien por complicados asuntos del exámen.

 

El profesor Pedro Pablo Pérez Mejía, serio y severísimo, amenazando con anulación de exámenes. Antonio Loaiza, un espíritu liberal con un severo semblante, que no obstante, irradiaba humanidad y comprensión.

 

2 –

Zócimo Gómez, era el más joven profesor del Colegio. Sus clases de historia las hacía a base de elocuencia. Convincentes bocetos de la vida y obra de los personajes. Cuentan que cuando era maestro de escuela en Quinchía, un niño alumno suyo que lo escuchaba sin pestañear cuando hacía la alabanza de Cristóbal Colón, el niño exclamó: ¡Que lástima que Cristobal Colón no sea colombiano!

 

El profesor Carlos Valencia. Con el había que aprender Geografía. Empleaba todos los recursos para que los alumnos se encariñaran de esa materia. Nos ponía a hacer mapas en alto relieve con papel molido y engrudo, luego de secos y pintados, con tinta china hacía poner con todo rigor los nombres de los accidentes orográficos y de los ríos.

 

 

Muy preocupado por el futuro y el destino de la juventud. No perdía ocasión para hacer recomendaciones con hondo sentido moral. Si algo bueno he tenido en la conducta ciudadana y familiar, se lo debo, sin duda, a Carlos Valencia.

 

Antonio Loaiza, profesor de Ciencias Naturales y Jefe de mi grupo. Una vocación intelectual que contagiaba a los alumnos. Su amor a los libros superaba cualquiera otra pasión.

 

Francisco Monsalve profesor de Historia Universal, un espíritu de extrema izquierda. Un día, casi me hace echar del Colegio, porque expresé en clase mi inconformidad por la forma exagerada como el hombre defendía el Comunismo Internacional. Yo dije algo, quizás demasiado fuerte. Y me hizo citar a la rectoría. Llegué ante el rector, que era don Pedro Marín, porque don Deo ya había muerto.

 

Monsalve estaba indignado. Yo muy confundido. El Recto disgustado conmigo. En un rincón, silencioso pero espectante, don Antonio Loaiza. En un momento tomó la palabra y me hizo una tranquila defensa ante Marín y Monsalve, como excelente alumno en la clase de Ciencias Naturales, de Botánica. No me expulsaron del Colegio. El Recto dijo, me dijo con cierto aire de lejanía: Vuelva a su salón.

 

3 –

Pedro Pablo Pérez era el profesor de Español. En una ocasión nos llevaron a un paseo de día entero al río Consota. Dias después, don Pedro nos pidió una redacción sobre el paseo. Toda una clase de Castellano la dedicó todo a hacer leer estos trabajos. Cuando yo leí mi relato cargado de humor y de alusiones inesperadas, don Pedro Pablo, paró allí.

 

Al sábado siguiente, que era acto cultural de todo el Colegio, el profesor Pérez Mejía dispuso que yo leyevara nuevamente mi trabajo de redacción. En el, se hacían numerosas comparaciones y se describían inesperadas situaciones en el paseo. Situaciones comparadas con otras situaciones en películas de actualidad, como aquella de El Fantasma de la Opera.

 

Aparecían allí, los profesores, no precisamente con sus nombres, sino con los muy ingeniosos sobrenombres que les teníamos los alumnos. Todo ello, obligaba a que a cada momento me interrumpieran las risas y los aplausos de los estudiantes y de los mismos profesores. Modesto Gómez Alvarez, mi condiscípulo y amigo, sostenía después, que ese era, sin duda, mi primer antecedentes grave como hombre de letras y prosador.

 

5 –

Década de los años cuarenta. La Plaza de Bolívar de Pereira, luce su apacible belleza de entonces. Al fondo, la tranquila severidad estética del templo de Nuestra Señora de la Pobreza, casi del brazo mundano de esa otra armonía arquitectónica, enchapada en maderas preciosas y  olorosas, la antigua sede del Club Rialto.

 

Y la invasión de los árboles frutales. El Manguífera índica, los mangos grandes y dadivosos, antes de hacer su entrada gloriosa, más triunfalalista que nunca, el Bolívar Desnudo del maestro Arenas Betancurt.

 

Arboles memoriosos, ya cargados de años. Con sus ramajes espesos que acarician las techumbres y las blancas paredes de bahareque y calicanto de las casas más principales, firmes con el apoyo de los apellidos colonizadores de todos los moradores de la ciudad.

 

Por las tardes, no ha faltado la buena puntería de los estudiantes. Ellos, muy exactos, de los abundantes y apretados gajos, desprenden una milagrosa lluvia de mangos pintones. Esos muchachos pueden ser los alumnos de don Juan Suárez, de don Juan Soto, de don Juvenal Cano; o los discípulos insurgentes de don Deogracias, de Pablo Cardona o de Pedro Marín. O bien, los párvulos de la Escuela Gregg de Antonio Ospina en el marco de la Plaza, donde tantos aprendimos contabilidad comercial para el buen uso doméstico.

 

6 –

Allá en la octava con veinte, al frente de una bien surtida comercializadora de la Phillips, donde se escucha hora tras hora, la obsesiva melodía en acetato “Noches de Hungría”. Y, a solo quince metros, pared de por medio de la Gregg, en su tribuna, la grande tía Esther Marulanda vestida de raso, que degusta sus gajos de uvas criollas y mira con ternura, subir y bajar por la 20 a su gente pereirana, que ella ama como si todos fueran sus hijos.

 

Aquellos jóvenes bulliciosos de los colegios, que se sienten los dueños de ese generoso bosque citadino y frutal en plena Plaza de Bolívar. Bosque amable plantado por la eficacia y el gran amor de patria chica de los primeros Marulanda. Después, con gran esmero y cariño, cuidados por sus socios y parientes.

 

En el fondo aéreo de la ciudad, no muy lejos del horizonte, el Alto del Nudo. La linda montañita mágica, que ningún habitante de la urbe se muere, sin antes haberla contemplado despacio, con orgullosa y enigmática delectación.

 

Su bella forma de ingenua pirámide caprichosa y su viva presencia tan familiar desde los tiempos de la infancia, guardan una secreta fuerza para la consolación y tranquila emotividad del espíritu.

El Alto del Nudo, que arroja fuegos apaciblemente azules como toda montaña milenaria. Viejo y leal vigía de los Andes, atento al discurrir de nuestras vidas y de la activa existencia de la ciudad que todos amamos. Mudo inquisidor de su expansión y su destino grande. Serenado montículo, razón recóndita de la moderación de la conducta colectiva y de la oculta idolatría de todos, como para Santafé de Bogotá son los cerros sinuosos o para Roma, las siete colinas.

 

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