CAPITULO QUINCE Historia de mis amigos.

CAPITULO QUINCE

Historia de mis amigos.- Manuel Zapata, su carácter, su genio, su muerte.- Wolgang Escalante, sumiso a sus instintos.- El arte de vencer obstáculos con argucias.- El facilismo hacia el éxito.- Wolgang, hedonista arrepentido.-    El abuelo bondadoso de mi amigo Ramiro.- Viaje en ómnibus a la Romelia.- El sentido autocrítico de Ramiro.- La casa del abuelo Atilano.- Toro bravo en la sastrería.- La obesidad como expresión de belleza.

1 –

Después de la muerte de mi amigo Manuel Zapata, el caserón donde vívía permaneció solo por muchos días. La familia se había marchado lejos. Allá al campo veraniego, en busca de sosiego y descanso.  Los vecinos, sin embargo, al anochecer seguían mirando el ir y venir por los chirriantes corredores la sombra estirada de la silueta de Manuel, el estudiante, allá prendiendo luces, allí abriendo ventanas.

 

Un muchacho activo y talentoso  o como se le conoció siempre, paseándose y hablando con muchos a lo largo de los amplios pasadizos, como lo hacía todas las tardes. El cuerpo y la sombra del amigo muerto, parecían proyectarse sobre las blancas paredes y sobre el patio húmedo, tatuado por las enredaderas que se extiendían de pilar en pilar por los entornos de esa vieja casona de madera crugiente en el lacerado barrio del Dosquebradas alto.

 

Manuel, hablaba en forma obsesiva y tono reiterativo. Su voz era clara y arrogante como fue su estilo, desde cuando todos lo conocimos. Dilucidaba sobre sus proyectos universitarios, como estudiante entonces de último año de bachillerato. Se matricularía en la Facultad de Ingeniería, pero no quería ser un alumno cualquiera, sino alguien sobresaliente para poder concursar, dentro de los objetivos académicos, para una beca en el exterior.

 

Esto lo sabía todo el mundo, pues, Manuel Zapata en el vecindario se distinguía, no sólo por lo simpático y saludador, sino por lo sin secretos y muy comunicativo.

2 –

Manuel había enfermado de osteomielitis. El primer síntoma de la enfermedad fue un simple dolor en la rodilla derecha, que el amigo identificó como secuela del intenso ejercicio deportivo de la tarde anterior. Las medicinas caseras se hicieron presentes pero la molestia persistió. Repetidas veces su padre lo llevó al médico general. Las medicinas formuladas en nada aminoraron el creciente malestar que, sin otra alternativa, obligó a Manuel a guardar cama, pese a su conocida condición de hiperactivo.

 

Al cabo de un mes y después de varios exámenes de especialistas, un cirujano de la Clínica Central, procedió a amputarle la pierna derecha a la altura de la mitad del fémur.

 

Después de todo, Andrés, reducido a silla de ruedas, redobló con más énfasis los esquemas de sus proyectos futuros. Como ya no podría practicar el fútbol, su deporte favorito, ese tiempo lo dedicaría en su totalidad al estudio y a la investigación. Así pensaba. Y manejaría con destreza la prótesis pedida al exterior y “seguro”, decía él, podría practicar otros deportes.

 

Como en el colegio siempre organizaba grupos de estudio, haría participar a muchos de sus condiscípulos en planes y programas relacionados con la ingeniería, con las ciencias exactas, en fin, con esta profesión tan dinámica en el mundo moderno con la cual Manuel siempre soñaba.

 

Así, como en las aulas colegiales, también sería en todo instante el centro motor de tantas actividades estudiantiles, por su agilidad mental, por su amor al deporte, por su cooperación con sus compañeros y decisión de ser siempre el primero de la clase y el primero en asumir reiteradas  actitudes de contagioso optimismo.

3 –

Días después que a Manuel le amputaran la otra pierna, la izquierda, se le veía sin embargo sentado y rodando en su silla de ruedas, explicando a su pertinaz audiencia, todo lo que había leído en relación con el manejo de las prótesis en los miembros inferiores. Su importancia y sus ventajas. Y todo lo que un hombre así, un profesional de la ingeniería en estas condiciones, podía hacer para un mayor rendimiento.

 

Como a él ya le tocaría poco visitar obras, aunque nunca dejaría de hacerlo, pondría mucho énfasis en el estudio de factibilidades y correcta aplicación de tecnologías, copiadas algunas del Japón.

 

Los vecinos, empero, segían oyendo a Manuel hablar con mucha propiedad sobre asuntos que a su edad nadie acusa con tan singular dominio. Insistía cómo la ingeniería puede transformar un país, colocarlo en las pistas del desarrollo. Y exponía estupendas ideas y numerosos proyectos.

Durante aquellas largas noches de su enfermedad, Andrés, solicitaba con insistencia a su padre que no dejara de hablarle. Que no dejara de interrogarlo cuando ya él no pudiera hablar o estuviera como rendido de sueño. Todo, porque quería que nunca lo venciera la pertinaz somnolencia que lo asediaba, que para él significaba algo muy parecido a la muerte.

 

Sin embargo, una noche pidió a todos que se fueran a dormir, que él se quedaría solo. Así sucedió, y el muy joven y mutilado estudiante, el grande amigo, al otro día amaneció tranquilamente muerto.

 

Esto, había ocurrido quince días atrás y era diciembre. La familia ahora permanecía en el campo. Triste, pero buscando el descanso de tan largas e intensas noches de desvelo.

Los vecinos, empero, en las horas límites entre la tarde y la noche, seguían viendo dibujarse y moverse la inquietante sombra del estudiante Manuel Zapata. Y siguen aún escuchando, asi mismo, su voz por las estancias de aquella casona sombría. Todo un drama en acción a lo largo de los corredores enlutados, al otro lado de los muros, donde gemía pertinaz por entonces el viento decembrino.

 

4 –                                                            Por su parte, mi otro amigo, Wolgang Escalante, nieto de colonizadores, era muy sumiso a sus inclinaciones instintivas. A lo largo y ancho de la calle veintiuna, muy joven, dejaba transcurrir su existencia de manera placentera y fugaz.

 

Su vida se deslizaba a la sombra amable de sus diez y siete años y de las satisfacciones puramente sensuales, en el tranquilo y seguro trajín de todo aquello que simplemente se encuentra y se toma. Sin esfuerzos ni contrariedades.

 

Ahora, cuando nuestra tierra está en invierno y en las calles y caminos no hay seguridad, ni garantías para nadie, así, sintiéndose muy fuerte y muy rico, Wolfgang Escalante se ha querido ir del país. No en un viaje apresurado e incómodo como un exiliado cualquiera, sino en un viaje de conocimiento, de placer y de larga estancia en una ciudad meridional de Europa, donde vive parte de su familia.

 

Para alcanzar algo fuera de lo que siempre discurre como costumbre, Wolfgang solo necesitaba pensar y hablar. Y todo le llegaba a pedir de boca, dentro de cauces de apacible desidia y de ese gozoso proceso de harturas dentro de sus simples apetencias primarias.

 

En realidad, nada de lo que en un momento dado deseaba Wolfgang, podía estar fuera de su mundo de hijo único y de joven bello y rico, dichoso y pudiente. Y tenía inteligencia para detectar de inmediato los posibles inconvenientes futuros dentro de su rol febril de goces para saborear y actos vitales para realizar con plenitud en su desaforada cabalgata de ser humano, que no había sufrido nunca, que no conocía de carencias, ni tenía claras nociones sobre angustias y pesares.

 

Sabía, Wolgand, y podía con simples argucias sensuales, esquivar y vencer cualquier obstáculo o dificultad. Ayer, nada más, su amor a primera vista por la colegiala recién llegada a vacaciones, Vilma Woolf, ha sido un rápido episodio romántico de tarde de verano. Unas horas de aventura amorosa, no fácil a su edad, pues, para otros de sus amigos y compañeros, significaría toda una larga temporada de idas y venidas, de diálogos y monólogos, de promesas y de cumplimientos, de ausencias y dubitaciones y hasta de lágrimas.

 

Y aquella otra experiencia amorosa con la prima Marisol. Una bella niña recién venida de provincia. Wolgand, organizó un simple juego de alcoba de obsequios ingenuos,  sonrisas de encantamiento,  rendidas palabras e inocentes apremios.

 

Así, la vida transcurría para Wolfgang Escalante, dentro de un consorcio maravilloso y único de locuras amables, complacencias instintivas y consentidas acciones. Sin embargo, para él nada aparecía fuera de lo común, tal vez lo extraordinario y raro no le satisfaría mucho. Lo que le acontece a mañana, tarde y noche, se lo merece exacto con toda esa exuberancia. Así, lo soñaba siempre. Así lo había intuído y programado. Era su destino y lo que apetecía, por sólo desearlo, por sentirse sortilegio y juguete de su propia primera juventud.

 

5 –

La vida de estudio le llegaba, ahora, sin remedio por imposición de sus padres. Pero, para Wolgand, todo estaba lleno de hitos agradables para alcanzar, de vellocinos para rendir. Lo único que debía entregar con algún recelo era el valor subjetivo de los instantes, de la voluntad de ser, el cuerpo y volumen  de ese tiempo apenas justo para degustar con pasión; el despilfarro de las horas que se diluyen en trofeos, no intelectuales, sino sociales, de elemental cumplimiento, de sorpresas  más bien  desapacibles para los demás, pero lujuriantes y satisfactorias para él.

 

El facilismo hacia el éxito era lo que él llamaba triunfos; el éxito de las conquistas sin desvelos, de los buenos cómputos de la suerte, de todas esas cosas que a Wolfgang Escalante le vienen a granel, mientras ama al desgaire y se ríe de todo.

 

Y vivía, así, feliz bajo el influjo de sus genes más próximos, la simple fórmula epicúrea de existir y de gozar que llevaba escondida en las venas. Hasta ahora, a su edad, la existencia le ha sido tremendamente complaciente y sensual.

Pero, Wolfgang  fuera del país, lejos de todo dolor y de todo temor, siempre con aire acondicionado, dentro de esa cadena de la felicidad, de sucesos sensoriales gratos, de continuo sucederse de episodios placenteros, de profusos ritos en el altar de los sentidos; a su temprana juventud insaciable y a sus caprichos de niño afortunado y privilegiado, después de cada acto de placer, de rendido tributo  a las fuerzas sensoriales, después de apurar la copa llena de todos las complacencias, después de esto, Wolgand, solía sentir un ligero sabor de ceniza.

 

Se atoraba con alguna frecuencia en su espíritu,  una medio lejana sensación de vacío. A veces, en algunos segundos de su vida placentera y para muchos simplista, hace balance. Lejos, desde luego, de toda cuantificación económica. En realidad, los saldos positivos le son en alguna forma adversos y pobres. Pero, de nada se arrepiente. Ningún suceso que signifique dicha material, lo considera ajeno a su destino.  Repetirlo y volver sobre los vapores de su sensualidad, le es mil veces grato y posible.

 

6 –

-De hoy en adelante y para toda mi existencia, haré lo que menos me guste. Voy a apurar esa rara sensación. Quiero llevarme con energía muy firme, la contraria. No más hacer lo que me mandan las fuerzas de mis sentidos. Odio las cinco antenas de mis sentidos, me huelen a mala hierba, a mala herencia. No quiero ser esclavo de nadie, ni de mi mismo.-

Así pensó, casi gritándolo, Wolfgang Escalante, una tarde y en una revolución inusitada de trescientos sesenta grados. Se tornó entonces introvertido y distante, apenas reflexivo.

 

Fue esta una determinación cruel. En cierta forma caprichosa y alejada de lo normal humano. Aquel hombre joven, casi un niño, que iniciaba apenas una carrera seria de estudio, se enfrentaba decidido a los mandatos e impulsos de su propia condición. Desafiaba lo real imperante en el medio social en que había vivido. Desoía y, así, desobedecía los imperativos de la herencia,  de una sostenida y secreta tradición hedonista.

 

-Hoy que quiero ir a donde siempre he ido, me iré para los fríos recodos de mi sitio de estudio o para alguna parte donde nunca haya querido ir.-

Pensaba, así, decía y obraba de ese modo, Wolfgang Escalante. Procedía en consecuencia. Sentía un gran placer en esta tarea de llevarse la contraria. Hacía esto de tan inesperada manera, porque estba seguro que oponía el alma, su propia alma a los torrentes caprichosos de la sangre.

 

Las contrariedades le eran más gratas que las complacencias para sí. Una forma de la locura repentina, quizá. Wolgandg Escalante ha descubierto otra arista del placer, la de hacer siempre lo que antes reuía. Un nuevo intenso vivir: llevarse la contraria a si mismo, con violencia y decisión espartanas. Nadie sabe, ni él mismo, a donde va su corazón. Pero, sí a donde se orientan los pasos y los repliegues de su alma. Era una forma tremendista de peregrinar, de tentarse a sí mismo y sentirse, de domesticar la fiera interior. Lo abandonaba todo, gracias a un heroísmo sin objetivos próximos, pero, se encaminaba a los predios de una heredad, asaz segura y soberbia.

 

 

7 –

En el bien confortable ómnibus intermunicipal rumbo a la Romelia y Boquerón, alguna vez ocupamos sitio dos jóvenes: Ramiro Valencia y yo. En general dos buenos muchachos, que mirábamoss con alguna sospecha el futuro. Ramiro, iba de visita donde el abuelo y yo como acompañante e invitado.

 

El gran colectivo inició con ordenado afán la marcha. Ambos parecíamos personas de pocas palabras. Pero, indagábamos y luchábamos con furia por la vida y su disfrute. Ramiro con semblante de muchos amigos, escuchaba las diversas voces de los pasajeros y sus distintos temas e inquietudes. Amaba a la gente y le parecía lindo todo aquello que al vulgo le hace objeto de sus metas y ambiciones.

 

Pese a sus reveses y fracasos, Ramiro no encuentra lógico culpar de ello a los demás, mucho menos a los suyos, más bien tenía la severa tendencia de culparse a sí mismo. Poseía un casi lacerante sentido autocrítico y, con frecuencia, los reveses pretendía convertirlos en acicate de nuevas acciones, en senderos para orientarse a otros campos de éxitos o, por lo menos en transmutar las derrotas en positivas experiencias vitales y espirituales. Ramiro sabía buscar a la gente. Yo, en cambio, pretendía que ésta me buscara a mí.

 

El óbnibus por San Germán ya iba saliendo de las calles de la ciudad. En el alto, frente a la “Taberna de Enrique” recogió los últimos pasajeros, empezó el descenso con un poco menos de velocidad.

 

Luego, el colectivo inició el ascenso hacia la Popa. Por todos los lados quedaban atrás muchas casitas, casi envueltas en el feraz  frondaje vegetal. Unas acosadas hasta el patio por los sembrados saludadores, los maizales, los yucales y los naranjos que casi se entraban a los corredores. Otras, abrumadas por las veraneras, los tangos y las bellísimas. Luego, pastales, y a la derecha antes de culminar la cima, podíamos contemplar los fecundos e inmensos guaduales de la ruralía de Jesusito Varela, que asaltaban los predios reservados al ferrocarril.

 

Del alto para allá, el óbnibus aumentó la velocidad. La quinta de los aguacates de la abuela Celia de Angel, al frente la fonda “Tres Esquinas” de Tomás Ramírez. Y, en sucesión casi interminable, largos trechos de pasto imperial, alto y fresco, lecherías con amplios potreros en los inmensos planes, refrescados por Frayles y la Víbora, por las aguas de Molinos y Dosquebradas.

 

Y más guaduales y guaduales que parecían hacer calle de honor a los pequeños y grandes arroyos permanentes. El guadual más apretado era el que se alza frente al Club. Diagonal a la derecha la inmensa casona de Adela Jiménez López, una manzana de jardines babilónicos, muy bien encerrados y protegidos, y con simétricos trazados de callecitas por donde se veían desfilar bajo el sol imperial los pavos reales con sus inmensas colas que parecían iluminar más el bosquecillo de copas de oro, colmado y vencido de flores. Allí, cerca, se pasea Domingo Fajardo, de guantes, bastón y borzalino, y siempre en función de orante de Adelita, la bella, la artista y pintora de rara nariz griega, y, además, la rica heredera de las inmensidades esmeraldinas de su madre María López, la irritable doña Bárbara de la comarca, inmensidades donde a veces aterrizaban aviones, se organizaban hipódromos o se veían flamear las banderas de un improvisado circo de toros en las celebraciones veredales.

 

Más adelante a la izquierda, la tienda “El último esfuerzo” y en el balcón de la casa, inmarcesible, Julietica Ramírez. Y otros y más guaduales, y el galpón en varias plazas de los Jaramillo de Salento, y más casaquintas envueltas en el recato de jardines polvorientos; y “Balalika” la fonda caminera donde, con frecuencia los domingos se enfrentan los peliadores y peinilleros más cotizados de toda la llanura. Y la fábrica de paños y la de galletas y los supermercados, y la iglesia y el terminal de buses y busetas al frente de un impresionante estribo andino y del “Boquerón” legendario, donde no queda plano sino la heredad de la viudita Carmen Restrepo.

 

8 –

Terminaba allí el viaje. Ya estábamos en la Romelia, a doscientos metros de la casona del abuelo de Ramiro Valencia, don Atilano, sastre cortador en uso de buen retiro.

 

Se entraba a la casa por un largo pasadizo con suelos de bien gastados adoquines e hileras melancólicas de piedras lisas. El viejo Atilano estaba solo en el corredor. Allá en su silla mecedora rumiando nostalgias. La casa antigua era grande, silenciosa y ventilada. Anchos corredores con barandales de macanas bien pulidas que la cercaban por tres costados con más horizontes. Para seguir adentro era necesario salvar puertas de un solo cuerpo. Tres inmensos salones casi despoblados de moblaje. Cuando observé la completa ausencia de cortinas, recordé vagamente lo que alguien escribió alguna vez: “Donde no hay cortinas es que Dios ha pasado ya”.

 

Todos los alrededores de la ya envejecida edificación, se veían superpoblados de dalias reventonas de savia, geranios saludadores, rosales criollos abrumados por las graves cargas de menudas flores.

 

Ramiro y yo fuimos derecho al extremo donde dormitaba el abuelo, al pié de una ventana y frente a un inmenso espacio celeste, traspasado por las reflexiones del sol mañanero. Ramiro y yo saludamos de beso el viejo, quién apenas nos sonrió. Pero, en sus modales daba evidencias de agradable sorpresa, y parecía deshacerse en ternura.

 

De la cocina salió una mujer como de cuarenta años, Clarita Patiño, la sobrina. Estaba embrujada en un chal con flecos grises y llevaba puesta una falda negra como de entierro. Ella, acompañaba al viejo y le hacía las comidas. Yo la saludé con una venia. Ramiro, se acerca a ella, pero siguió para la huerta. Yo sentado frente al abuelo le observé los pies cubiertos con pulcritud, medias nuevas y lindas pantuflas de lana.

-Y que quieres estudiar cuando mayor- me preguntó el abuelo con aire cariñoso, -Supongo que también leyes como dice que quiere estudiar mi nieto.-

-No, respondí yo con timidez, quiero estudiar letras y bellas artes. Soy vecino y compañero de colegio de Ramiro.-

 

9 –

En estas llegó la sobrina con dos tintos y un café con leche. Recibimos con expresivo agrado el café y el tinto y, Clara regresó en busca de Ramiro, que seguía por los flancos de los viejos naranjos, que tan gratos recuerdos suscitaban en su memoria, cuando aún muy pequeño, no perdía oportunidad para escaparse a la casa de los abuelos.

 

Don Atilano, poniéndose difícilmente de pie, me tomó del brazo y me invitó  para ir a la huerta y estar acompañando a Ramiro. En mi mente se crecia el viejo don Atilano, porque en todo lo que decía encontraba siempre aspectos superiores y excepcionales en las personas.

 

Los dos, el venerable anciano y yo, cruzamos despacio los salones para pasar al patio interior. Había una gran sala con una larga mesa como único mueble. Al extremo del patio donde se iniciaba la pequeña sementera, estaba Ramiro, muy entretenido, haciendo hoyos con un regatón y sembrando y abonando unos pequeños papayos que descubrió, muy apeñuscados, en algún lugar del huerto. El abuelo sonreía complacido por lo que estaba haciendo el nieto, pero no hacía ningún comentario.

 

-Los árboles parecen mostrar mucha gratitud, cuando se les hacen beneficios, cuando se les ayuda a vivir,- comenté yo, sin duda con más conocimientos teóricos que prácticos.

 

Don Atilano, no comentó nada pero me miró con aire de agradable sorpresa. Era notorio, pues, que los jóvenes visitantes nos mostráramos de verdad contentos y, el abuelo Atilano, complacido y reconocido con sus acompañantes.

 

Todo en aquella propiedad semi-rural parecía, ciertamente, confluir a la vivienda y al agrado de sus habitantes y visitantes. Estimulante la frescura y frondosidad de los árboles y de todas las plantas. La abundancia de cítricos y de otros frutos gratos al hombre. Era todavía de mañana y el bramido de la vaca lechera por allí cerca, se escuchaba en todo el pueblo, con el mismo rumor quejumbroso de las campanas.

 

10 –

Ahora, Ramiro y yo nos encontramos en la plaza central de la Romelia. Mi amigo recuerda aún con todos sus detalles el toro bravo que un día de fiesta en corraleja, destruyó las incipientes instalaciones de sastrería de su abuelo, y lo llevó, como por milagro, al merecido descanso de su granja.

 

En aquella ocasión un toro negro, una fiera, como un huracán entró a la sastrería y en segundos derrumbó cuanto encontró a su paso. El toro agredió el burro y la máquina de coser y derribó los percheros, haciendo trizas la pequeña vitrina de exhibición. La fiera, cuando no ha dejado nada en pie en el salón grande de la sastrería, se avalanzó contra el espejo de cristal de roca, reduciéndolo a mil astillas.

 

Pero, allí en el parque principal de la aldea amable, los dos amigos, parecía que nos reconciliábamos definitivamente con el mundo. Las casas, muchas de ellas con arquitectura original de la colonización, mostraban en sus balcones aireados y florecidos, el abierto espíritu de sus moradores y el alma sin afanes y muy tranquila de la mujer y de la familia aldeanas.

 

Las gentes de la Romelia, sólo han tenido en su historia dos rasgos de originalidad, según contaba el abuelo. El primero, por las década de los treinta, cuando hombres y mujeres, jóvenes y viejos, consideraban que la obesidad era la peor muestra de mala educación que se podía exhibir en la calle o en las reuniones sociales.

 

Entonces, en todos los huertos caseros se levantaba airosa una mata de coca con su verde claro al aire como una bandera de la virgen. La gente sólo acostumbraba una comida diaria y, lo elegante era mascar hojitas tiernas de coca y tomar aguitas esmeraldinas. A la sazón, no existía en el pueblo sino una tienda grande para mercar.

 

Despues, década de los cuarenta, ya existían como cuatro supermercados, cuando estuvo en su furor y en pleno consenso el segundo rasgo de originalidad de los moradores raizales de la Romelia: la robustez. Esa, la rosagante gordura, la que en forma alguna, nunca produce desconfianza o sospechas de enfermedades peligrosas.

Regresamos a nuestros domicilios. Yo, dispuesto a enfrentar todas las sorpresas. Por su parte Ramiro, en sus charlas y confidencias con el abuelo, pudo encontrar solución a algunos graves problemas económicos que venía padeciendo, tanto él como su familia.

 

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