CAPITULO ONCE. Aquel barranco volador.

CAPITULO ONCE

Aquel barranco volador.- Las casas de lenocinio del pasoanivel.- Sosiego de día y algazara de noche.- La cofradía  monopolista.- Fiestas de fin de agosto.- Maldiciones de la parroquia y de las señoras.- Peligrosas fórmulas de acrobacia aérea.- El barranco volador en acción.- Trágico final del grupo musical Balalaika en casa de la Turca.

1 –

Otra de las historias de la viejilla Varela, amiga de mi madre en la finca de La Badea, y que yo escuché bien, estoy de ello seguro, poniendo más atención que la atención que mi madre dispensaba al asunto, quizás por que ya había oido el cuento. Hace relación con un barranco que voló como medio kilómetro para ir a caer sobre cuatro casitas de lenocinio en las orillas del río. Mi versión de lo relatado por la anciana es como sigue.

 

Pues, de esto hace ya como un siglo, fue a fines del 19. En la margen derecha del río Otún, trescientos metros arriba del Puente Mosquera. Si, al pie del paso a nivel del ferrocarril, se levantaban cuatro lindas, misteriosas y bien cerraditas residencias. Allá lejitos del pueblo, donde todo se acalla y ladea hacia el río.

 

Muy vecinas unas de otras. Sosegadas de día y bien alegres de noche. Todo, sin aspavientos ultramurales, sino rítmico a lo largo y amplio de sus amables estancias y discretos salones.

En común, esas casas, apenas tenían las caballerizas bien administradas y el agua pura que siempre les caía abundante de los cielos.

 

Eran las casas de cita de más fina ambientación de toda la comarca. Su prestigio entre la gente adinerada, era suficiente para sostener su casi refinado sibaritismo y el, sin duda, costoso boato nocturno.

 

Las más bellas mujeres se veían allí y los más finos licores se paladeaban. Asi mismo, la mejor música de acetato se escuchaba, y los más cotizados conjuntos bambuqueros y cachacos que, de tarde en tarde pasaban por sus lindes, en aquellos días, cuando apenas se intuían a distancia muy remota los ecos de las canciones de Gardel, Toña la Negra y Libertad Lamarque.

 

Más tarde vinieron otras “zonas de tolerancia”, así calificadas en los documentos oficiales, como “La Cumbre” iluminada y con terminal de tranvía. Sus amplias pistas de baile, con harta frecuencia invadidas por estudiantes de improvisados pantalones largos. Por burócratas de todas las calañas y algunos turistas con ciertos aires cosmopolitas, procedentes de los cuatro puntos cardinales de la gran Mariposa Verde.

 

2 –

Y era esta la única oportunidad para cada quién, anónimo, sentirse importante, “útil” de alguna manera. No, así, en las casas del paso a nivel, donde unos pocos tenían acceso. Y algunos muy escasos amigos de esa cofradía de cristianos privilegiados.

 

De esa cofradía del más fuerte comprador de café en el Parque, el propietario del almacén de tapicería persa, el veterano anticuario del Zapato de Oro, el poderoso farmaceuta del cruce de la Séptima con diez y siete y, unos cuantos hacendados de Dosquebradas, Nacederos, Los Planes y Combia.

 

Allí, en las cuatro casas, las más bellas y las más hiperactivas muchachas, organizaban espléndidas  fiestas a finales de Agosto. Los contertulios se peleaban la compañía del joven poeta de los bambucos y la del galeno e ilustre humorista de Salamina. Sin ellos, los exigentes y finos gocetas se sentían como huérfanos. Eran noches de farra, de alegría de vivir, de feroz disfrute de la existencia

terrenal.

 

Por los días medianeros de Agosto, el tren del Pacífico con rumbo a los sestiaderos del Ruiz, a las nueve de la noche, frenaba a fogonazo lento frente a las Cuatro Casas. Sigilosamente, de un vagón ornado con estrellitas doradas, se bajaba con premura el más inverosímil y selecto grupo de mujeres de verdad hermosas y frescas. Llegaban a engrosar por una temporada corta, las reservas humanas y alegres de las casas del paso a nivel.

 

Entonces, con más vehemencia los clérigos de la Valvanera, presionados por las intrigas de quejosas señoras importantes, redoblaban sus ataques a los avances de la “prostitución en la ciudad”. Y llovían las maldiciones y las exageraciones, casi o sin casi humorísticas al oído de la poco timorata feligresía, a la cual ya Manizales le había acomodado el sanbenito tan llevado y traido del desnudo colectivo de los bañistas del rio Otún.

 

Y se referían los clérigos al “relajo de las costumbres cristianas” en esa parroquia que cargaba, además, con el lastre incipiente aún pero evidente de la “Cumbre”, la “Cumbrecita” y el “Chochal”. Todo esto según el sonriente historial estadístico del muy joven padre Sánchez y del escépticismo, marcado en la lentitud de las palabras sincopadas, de Monseñor Corrales, cuando atronaba y aterrorizaba sobre el tema, desde las alturas del púlpito dominical.

 

3 –

En las conversaciones maliciosas y privadas se aseguraba, con marcado secreto, que los placeres servidos en las Cuatro Casas, no eran comunes y corrientes, sino muy especiales. De allí por qué unos pocos mantenían con decisión férrea el monopolio y no aflojaban la presa por nada del mundo.

Hacían creer a todos que las muchachas jefes de planta, se sabían de memoria y las propagaban y  practicaban, no pocas teorías próximas al marqués de Sade y a Boccaccio y, llevaban a la culminación plena las más audaces y peligrosas fórmulas de acrobacia aérea, tomadas de heróicos textos eróticos.

 

Pero, la memoria por demonio alguno podía parar allí. No. Cuentan y no como cuento, sino como historia, que en un amanecer de inesperado invierno, una enormidad de tierra voladora sepultó, bajo muchos metros de pesadez las famosas y amables Cuatro Casas del paso a nivel.

 

Hacía apenas algunos minutos que en sus bien enjaezadas cabalgaduras, habían abandonado los lindes del regocijante cobijo y bajo pertinaz garúa, el fuerte comprador de café del Parque principal, el elegante árbitro de los tapices persas, el ya maduro zar del Zapato de Oro, los enérgicos y ricos hacendados de Dosquebradas, Nacederos y Llano Grande en la compañía de los dos poetas.

 

No, así, el grupo de músicos de Balalaika, cuyos sones nostálgicos en la casa de la Turca, se escucharon hasta el último y fatal instante en el cual se silenciaron de repente. Cuando la apresurada cabalgata río abajo en sordo tropel, no se permitía mirar para atrás, hasta no llegar a lugar seguro, después del aterrador estrépito con lluvia saltona de pedruscos y temblor de tierra, incorporado.

 

La versión de la curia, de las señoras y de la viejilla Varela, aseguraba que un inmenso barranco de tierra árida y amarilla, voló algo así como medio kilómetro desde un estribo cordillerano de la “huevería” y, luego, de sobrevolar la parte alta del río, cayó con furia, como un rencoroso aerolito, sobre las indefensas Cuatro Casas del paso a nivel.

 

La gente vecina y sencilla, versión de los Varela, aún horada el suelo y saca aretes y pequeños objetos de oro, y aún señala con el índice pesaroso una hondonada sórdida, sin vegetación alguna en un alto peñasco andino, desde donde se desprendió el fanático barranco volador, que produjo el desastre. Horrendo barranco volador que demostró, hasta la saciedad, la eficacia de las maldiciones. Así, estas se hayan hecho por encargo de las buenas señoras celosas y al simple tenor de pláticas dominicales.

 

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