CAPITULO OCHO. Finquero frustrado por los libros.

CAPITULO OCHO 

Finquero frustrado por los libros.- Cómo pensaba mi padre.- Mi ayuda en el manejo de los vacunos.- El cafetal que yo sembré.- Las vacas que yo cuidaba y los ordeñadores de las cuatro de la mañana.- Mi dinero, fruto del “trabajo independiente” que decía papá.- Los cuarenta pesos de la ternera sarda.- Mis zapatos nuevos y la Feria del Libro.- La pintora Adelita de Fajardo.- Gente pobre vergonzante.- La familia de Pascual Hoyos y el escándalo por las aguas negras.- Los complejos de la familia Hoyos.- La novilla que rodó por el talud.- El duro y amargo oficio de ocultar la pobreza.

 

 

 

1 –

Mi padre creía con cierta razón, que a mi me hacía falta trabajo. No obstante, que él mismo en más de una vez, había opinado que yo era intolerablemente hiperactivo. El viejo no creía mucho en el deporte, consideraba que el mejor deporte y el más sano y productivo para los seres humanos era el trabajo material.

 

Es lo cierto, que un día me prometió regalarme una ternera, pero, si le ayudaba a cuidar las vacas de la casa de la carretera, que no disponían de pasto abundante y necesitaban de un complemento de alimentación. A quienes les correspondía esta tarea, parecía que no les alcanzaba el tiempo y, yo en más de una oportunidad había demostrado no sólo interés, sino habilidad en el manejo de las vaquitas de leche.

 

En Lamapola, en una crisis de personal trabajador, llegué a ordeñar siete, con la ayuda de mi padre en la lidia física de los animales, enlace, muda, remuda y maneo. A cada vaca le sacaba la leche que podía. Ello explicaba, por qué los terneros de Lamapola, tuvieron días de ser calificados como los más lozanos y rollizos de toda la comarca.

 

El viejo, que era pedagogo y tenía capacidad de convicción, me señaló cierto día domingo, un lote de cafetal lisiado de años y de café pasilludo, que él consideraba que yo era capaz de resembrar y obtener de allí, algún dinero en las cosechas.

Yo de inmediato asumí con decisión las tareas del plan propuesto por mi padre. Me rebusqué por todos los cafetales, colinos bien alentados de cincuenta centímetros o un poco más, y yo mismo con la ayuda de Abelito Patiño, un trabajador antioqueño permanente en la finca, hicimos los hoyos para transplantar y los llenamos con bastante abono orgánico ya bien seco y sembramos como un centenar de matas.

 

 

2 –

Aquellos cafetos viejos con la sabiduría de Patiño, los zoqueamos cuidadosamente y les acercamos un poco de gallinácea y de pulpa de café bien seca.

 

Después, yo no me volví a recordar mucho de las tales maticas de café, pues, todo esto ocurrió en Lamapola y ya viviamos en la casa nueva de la carretera, donde más bien dediqué mi tiempo libre a cuidar las vacas de leche, picándoles por la tarde hojas de plátano y todos los racimos del platanar caido antes de estar jechos, y a todo ello agregaba caña, guayabas, naranjas partidas a la mitad y hasta cidras y ahuyamas, todo adobado con sal mineral y mucha aguamiel en los veranos.

 

Las vacas de la casa de la carretera, que eran tres, daban mucha leche. Pero, alguna vez, descubrí que un mal vecino, madrugaba a sacarles leche, pues eran muy mancitas. Me puse a la espectativa del asunto. Yo, ya iba a cumplir los quince años. Me armé de un pequeño revolver que había encontrado hacía días muy guardado en la pieza de los cachivaches en Lamapola. Y cuando el ladrón, ya con la leche encanecada, iba por el potrero como a las cuatro y media de la mañana, le hice varios disparos desde el cafetal.

En aquella ocasión, como en todas las otras, parece que no hice blanco con un solo tiro, pero, sí se le regó parte de la leche al ladrón en la veloz carrera, según descubrieron otros vecinos, que fueron muy temprano a observar el sitio, alarmados por la balacera.

 

 

3 –

Al cabo de un tiempo el administrador de La Amapola, me llamó y me entregó una plata. Dijo que era producto de la venta del café de la primera cosecha producida por el lote que yo había sembrado, y que mi papá había dicho que eso era mío.

 

Mi padre empleaba todos los recursos inteligentes para que le tomáramos cariño a la vida del campo, al trabajo independiente, al disfrute de ese mundo de los cultivos, las cosechas y los animales productivos.

 

En alguna ocasión que las autoridades municipales organizaron una Feria del Libro en la plaza principal de Pereira, le pedí a mi papá algún dinero para comprar libros en la feria, pues decían que estaban muy baratos.

 

Mi padre me dijo: Pregúntele a mamá Rosa, cuanto cree ella que puede valer la ternera sarda que es la suya, y me la vende a mi. De inmediato me fuí y le pregunté a mamá, que estaba muy ocupada. Pero, ella pensó un momento y luego afirmó: -Yo creo que esa ternera vale por lo menos Cuarenta pesos.-

 

Me volví para donde mi papá y le comuniqué el monto del valor de la novilla sarda, según la apreciación de mi madre.

 

El viejo inmediatamente me dijo: -Mañana se va con Abelito para que lleve donde el compadre Nicanor, una carga de café pergamino y la vendan. Y Que le entregue a usted los cuarenta pesos para sus libros en la feria, pero antes compra un par de zapatos.- Fórmula salomónica.

 

Asi lo hice. Al día siguiente por la tarde llegué a casa con mis zapatos nuevos, y con una carga de libros viejos comprados en la Feria. Un volumen de Fábulas de Rafael Pombo, una biografía de Bolívar de Emilio Ludwig, y trece libros más de la Nueva Biblioteca Filosófica TOR, y que yo le había visto siempre al joven profesor Antonio Loaiza.

 

Entre los títulos, El Criterio de Balmes, El Visitador del Preso de Arenal, El Cínico de Luciano de Samosata, Normas mentales de Emerson, El Genio de Bovio, La Idea del Tiempo de Guyau, La Ciudad del Sol de Campanella, etc. libros que aún conservo en su pasta original y de los cuales sólo pude entender su contenido mucho tiempo después de haberlos comprado.

 

4 –

Nuestra casa de la carretera quedaba casi al frente de la casa-quinta de Domingo Fajardo y Adelita Jiménez, ya un poco viejo el señor y finas y distinguidas las maneras de la señora. Buenas maneras, que daban perennidad de belleza a su excepcional y distinguido porte y tipo humano.

 

Ellos nunca tuvieron hijos. Eran felices y se contentaban con el cuidado de varios espléndidos pavos reales. Fastuosas aves, que desplegaban las colas para desfilar solemnes por los pasadizos del amplio jardín y huerto de árboles frutales, una fanegada por lo menos, que Domingo y Adelita, poseían en los alrededores de su casa-quinta.

 

En verano, cuando Domingo Fajardo se iba para Pereira, donde manejaba una firma exportadora de café, Adelita se quedaba armada de tres caballetes, colocados en distintos sitios estratégicos. Buen surtido de colores y de pinceles. La artista se concentraba. Unas veces frente al modelo, otras frente al lienzo, muy severa la línea de sus labios, recta la nariz griega como de accidente, sereno el fulgor de los ojos atentos, digno el semblante, muy propio, de quien posee sensibilidad e inteligencia creadora.

 

Era uan pintora figurativa, gran amor por la naturaleza. Se esforzaba por mejorar el modelo. Pretendía que la belleza del cuadro superara la belleza de la naturaleza. Pintaba aves, con gran dedicación y maestría las colas de los pavos reales con sus esplendidos visos verdes, azules y dorados. Un majestuoso pavo, por ejemplo, haciéndole la corte a una pava joven y despistadita.

 

Pintaba árboles, arbustos y plantas grandes y pequeñas del jardín. Esbozaba y daba término al cuadro de un mandarino con mandarinas. Un guadual con guauditas todavía envueltas en pañales. En fin, una enredadera bien florida, un rosal pitiminí con su enorme carga de pequeñas flores rosadas. La artista, solía llevar sus óleos a enmarcar y luego al Club Rialto, donde hacía exposiciones y ventas. Se esforzaba con decisión por acomodar bien los cuadros como cuando vendía pavos reales pequeños, “que quedaran en buenas manos”, decía y era su preocupación más sincera.

 

Los cuadros de los pavos reales con la cola abierta eran los primeros, los que se vendían sin ningún esfuerzo. Decían los que se consideraban expertos, que ningún pintor en Colombia, podía pintar jamás colas de pavos reales con la maestría de Adelita Jiménez de Fajardo.

5 –

Allí, muy cerca de nuestra casa, la residencia de la familia Hoyos. Pascual Hoyos, un viejo y experimentado sastre sin clientela que le doblaba en edad a su mujer.

 

Muchos hijos e hijas, hermosas las niñas y muy poco laboriosos los muchachos. El hijo mayor, sin embargo, y por cuanto no pudo seguir la Odontología por razones económicas, hacía que trabajaba o por lo menos cuidaba un indigente depósito de materiales odontológicos en Pereira.

 

Una familia pobre vergonzante. A la madre no se le veía nunca. Vivía metida en la casa arreglándolo todo, para no dar la sensación de miseria e ingeniándose la manera de tener algo para dar de comer a las niñas y niños al regreso de las escuelas.

 

Cuando el pozo séptico concluyó su tiempo útil de servicio, el viejo Pascual Hoyos en lugar de hacer construir uno nuevo, programó un desague de aguas negras hacia la quebrada de La Víbora, que pasaba relativamente cerca de su casa.Cuando el Inspector de Policía supo semejante atentado contra las aguas vecinales, casi mete a la cárcel al viejo Pascual. El Inspector le armó gran escándalo, pues, no solo tenía plena conciencia del daño ecológico que se estaba haciendo, sino que la quebradita afectada, bañaba buena parte de los potreros y sementeras de la suegra del Inspector, la señora María López de Jiménez.

 

La familia Hoyos, después de la escandola que se le vino encima por el contraindicado desague de aguas negras, se tornó todavía más excéntrica y alejada de la vecindad. Algunos de los miembros de esa familia, madrugaban más cuando tenían que ir al pueblo, como para no encontrarse de frente con los vecinos en el viaje por la carretera.

 

Ya, ni siquiera le ponían volumen al radio. Ni salían a tender ropa en los barandales del corredor del frente de la casa, como para que nadie los mirara, como temiendo que les gritaran palabras o frases parecidas a insultos.

 

6 –

Un día al amanecer una novilla nuestra, próxima a criar, se precipitó por un alto talud y rodó hasta la carrilera del tren. Quizás el animalito estaba buscando ya en donde anidar.

 

Mi padre dispuso que esa res que estaba muy alentaba y de excelente calidad la carne, había que beneficiarla. Al efecto puso un trabajador hábil a realizar esta tarea. La mejor carne, creo que la mejor supongo yo, la destinaron a nuestra despensa. Máxime, cuando el día siquiente, sábado, era día de mercado. En consecuencia se le podía entregar buenas raciones a los parientes que eran muchos y, muy seguro, vendrían del pueblo a pasar fin de semana. El resto de la carne se dispuso repartirla gratuitamente entre los vecinos. Apenas se supo que don Pedro y doña Rosa estaban regalando carne, se presentaron al lugar del benefico un buen número de personas con niños y con perros.

 

Por ejemplo, Quico Gutiérrez y Helenita Sánchez su mujer, bastante pobres, pero muy trabajadores, tanto él, como ella y los hijos que ya estaban adolescentes y habían estudiado poco, pero estaban alertas por ver quien les podía dar trabajo o hacer algún favor digno. Ellos, fueron los primeros en llegar y en colaborar con el trabajador que estaba cortando y organizando la carne de la vaca. Los dos muchachos, Gilberto y Oscar, cantaban tangos a toda hora, se les oía desde bien lejos; y Quico, el papá, manejaba una carretilla de bestias, una linda carretilla pintada de rojo encendido. El caballo, aunque muy viejo, era muy eficaz, lo llamaban Pegaso.

 

Pero, los que seguramente más necesitaban de esa carne, no se presentaron, la familia Hoyos que vivía allí muy cerca. Sin embargo, cuenta un trabajador que, por la noche, muy tarde, cuando ya muy poca gente se podía percatar, se presentó tímidamente al lugar el señor Hoyos con uno de los muchachos y el abuelo Federico. Ya no pudieron coger sino un calambombo, dos patas y unos huesos largos todavía carnuditosque era lo que quedaba disponible. Y se los llevaron rapidito y con evidente interés.

 

7 –

Allá van los Hoyos. Bordean el monte buscando ocultarse en las sombras de la noche. Badean una fangosa laguna y, al fin, llegan hasta un potrero muy vecino de la casa. Allí, tienen guardados unos costalitos viejos y, en ellos, buscan ocultar estos posiblemente nutritivos restos. De esta forma, los vecinos del lado no se darán cuenta del contenido de la carga y de la misión cumplida por ellos, al amparo de la noche lluviosa y de su horrible pobreza vergonzante.

 

¿Quien puede decir que estuvieron mendigando algo? Nadie. ¿Quién puede pensar que les hace falta comida? Nadie. El trabajador de limpieza que les entregó los despojos, es posible que no los conozca. Ese trabajador pudo creer, lo que se le quiso hacer creer. Que esas sobras tenían como destinatario el perro cuidandero de la casa.

 

Los Hoyos no quieren, por ningún motivo, que los vecinos sepan de su pobreza, de su hambre y necesidades. Allí, en esa casa, hay niños, jóvenes y gente de edad, padeciendo sin contarlo a nadie, durísimas inclemencias por razón de graves circunstancias económicas y, sobre todo, por que se empeñan en su peregrino papel de pobres vergonzantes.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *