CAPITULO NUEVE. Abel Patiño y sus compañeros de trabajo.

CAPITULO NUEVE

Abel Patiño y sus compañeros de trabajo.- Los regalos de Patiño para sus sobrinos.- El guitarrista y sus canciones.-  El negro Castro y su humor carcelario.- Muerte del caballo Negro.- Historia del “Tungo” cogedor de café.- Su paso del hospital a la cárcel.- Aquel “Tungo” que se sabía de memoria el diccionario.- Mi hermano Nicanor, diccionario en mano frente al “Tungo”.- Juaquinita Jiménez en acción.- Su nieto Carlos.

1 –

Los trabajadores que permanecieron por más tiempo en La Amapola, nunca pasaron de Abelito Patiño, el Negro Castro y el Tungo, un tolimense.

 

Abel Patiño, que siempre le decían Abelito, por su docilidad y absoluta lealtada a todos nosotros, era de Abejorral. Allá tenía los padres y unas hermanas. Muy pobres todos.

 

Abelito, siempre que podía, hacía llegar a sus familiares cosas útiles o dinero. Otras veces, mandaba remesas con el Negro Castro, que también era de por allá y viajaba con frecuencia, según el aseguraba. Pero, por los tiempos de Navidad, si iba, personalmente, para agasajarlos con regalos.

 

Veo, ahora, a Abelito antes de una Navidad, mostrándonos y ensayando en el corredor los juguetes de cuerda, cochecitos ruidosos y no se que más inventos que echaban chispas. Todas estas cosas con destino a unos sobrinos que esperaban todo el año, por allá en una vereda de Abejorral.

 

Carritos metálicos que salían corriendo y no se chocaban. Todo eso nos llenaba de admiración y, pensábamos que debían ser muy semejantes a los que nos traería el Niño Dios acompañando los consabidos grandes atados de ropa, y para reemplazar los juguetes que yo mismo fabricaba de madera, parafina o cera y que tenían gran aceptación entre nuestros amigos. El bueno de Abel, ahorraba todo el año para tan delicado menester.

 

Abelito tocaba guitarra al anochecer. Realmente no sabía sino dos o tres canciones, que siempre las repetía. Mi papá a veces que estaba sin muchas preocupaciones, lo acompañaba con el tiple y le recordaba otras canciones muy populares.

 

Abel se sabía la canción tan en boga, Pálida Azucena, con la cual iniciaba sus “conciertos”:

Pálida azucena de un bello jardín,

si tus besos matan yo quiero morir.

Déjame que beba tu aliento sutil

déjame besarte y después morir…..

 

 

 

2 –

Otra canción que nuestro artista cantaba y tocaba en su guitarra de seis cuerdas, como que se llamaba Campirana:

Campirana, campirana

virgencita mañanera…

 

Así empezaba y, Abel, en todo momento, en el trabajo y en todas partes estaba repitiendo tal estribillo, hasta el punto que mi papá, a veces no le decía Abelito, sino Campirana.

 

Otro trabajador que frecuentaba La Amapola, era el negro Castro, el primer delincuente que yo conocí en mi vida. Cuando se demoraba en venir era que estaba en la cárcel por robo. Ladrón gallinerito. Su lenguaje y humor, eran estrictamente carcelarios. Mi papá lo ocupaba con alguna frecuencia porque sabía que, así, le iba a robar menos. Y, además, pariente de unos buenos amigos suyos, gente honrada y servicial, que vivían en Llanogrande. Pero, yo creo que a nosotros nos robaba muchas cosas, pero no nos dábamos cuenta en medio de tantos cacharros que poseíamos.

Cuando se perdía una novilla o se robaban unas gallinas, él era el primero en armar el escándalo y organizaba grupos para buscarlas en los mercados o en otras fincas. Mi papá, lo mandaba a las ferias a vender una vaca vieja, le decía vale tanto y, seguro, que él la vendía por eso y algo más, pero nunca traía la plata completa, alguna disculpa sacaba.

En cierta ocasión, el negro Castro, contrató con un vecino, tumbarle y sacarle al camino como mil guaduas. El hombre las tumbó y las sacó al camino. Pero, cerca de ese guadual una mañana, apareció muerto el caballo Negro de nuestra finca. La conclusión: que el negro Castro llevó de noche, sin permiso, nuestro caballo para arrastrar precipitadamente la guadua de su contrato. Fue tanta la carga que le hechó al caballito y el esfuerzo que le obligó hacer, hasta que lo “reventó”. Asi dijeron los expertos de la Inspección de Dosquebradas. Desde ese cruel incidente, no volví a ver al negro Castro, el primer delincuente que yo conocí en mi vida.

3 –

Allá, por los días de la cosecha de café, aparecía con cierta frecuencia por los predios de “Lamapola”, un hombre tungo y muy silencioso o por lo menos de pocas palabras. De mirada insegura y pasos vacilantes. Llegaba a pedir trabajo con alojamiento. Aceptaba trabajar al jornal o arrobiando.

 

El Administrador Abel Patiño, Abelito, consultaba a mi padre que bien lo conocía ya. Y lo contrataban de inmediato. Lo contrataban a sabiendas que no le gustaba azadoniar o hacer mandados al pueblo, sino simplemente coger café, meterse al cafetal, pues, parecía que se sentía muy seguro y en su medio natural entre anchos y frescotes cafetos arábigos.

 

Y le rendía sobre manera la tarea. Le rendía, no obstante que sólo le arrancaba a las generosas ramas las bayas bien maduras o pintonas. Nada de basuras, hojas secas o de granos verdes o pasilludos.

Por la mañana le gustaba irse para el corte bien temprano, pero desayunado. Si le daban el desayuno a las cinco y media o seis, a esa hora se iba con su costal y su canasto.

Iniciaba la tarea con un entusiasmo y una como dicha contagiosa. Además con decisión y atenta aplicación, que no daban pie para que los demás cogedores, que siempre llegaban tarde o por lo menos después de él, pudieran decir esta boca es mía.

4 –

El hombre no les hablaba mucho a los compañeros, pero nunca les mostraba actitudes repelentes. Y estos, no se sentían autorizados para hablarle, o por lo menos no le hablaban, porque lo veían muy embebido en su oficio y ni siquiera los miraba. Claro que si lo saludaban, contestaba el saludo con un “ola” o un “quiubo” o un “ola quiubo”, y seguía sin intenciones de comentar nada, ni de contar ni de oír chismecitos nuevos o viejos, en fin, sin ningún interés para iniciar y sostener conversa sobre algún asunto.

 

Este trabajador, gran cogedor de café, tolimense por más señas y de raza pijao, era de regular estatura y moreno como dicen que era el Cacique Calarcá. Pero, su mayor señal particular consistía, nada menos, en que le faltaba una oreja, la del lado izquierdo y, cuando se dirigían a él le decían “Tungo” y no le chocaba. Tampoco le causaba risa ni le parecia mucha gracia, que lo llamaran de esta manera.

 

5 –

Los compañeros del tolimense, particularmente los de origen paisa, lo llamaban “Tungo” a secas y con toda naturalidad. No le ponían a la evidente exactitud de ese remoquete, ninguna malicia, ni intenciones ofensivas.

 

Alguno de esos paisas le conocían al “Tungo” una historia. Esa historia a sotto voche, todos la oían y la creían sin entrar en averiguaciones y precisiones enfadosas.

 

Contaban la manera como le habían tumbado la oreja al señor “Tungo”, pues ocurrió en una pelea a peinilla limpia. Que, como corolario de esta ocurrencia, el contrincante del Tungo había perdido la vida a manos de su adversario ya tungo, sin la oreja izquierda, o con esta pero colgando de un hilito. El hombre la subía con la mano izquierda pero esta volvía y se caía. En los movimientos de la refriega, la oreja fuera de sitio le golpeaba en el cuello y en la nuca, lo que le producía más ferocidad y terror.

 

6 –

En tales precarias condiciones, el “Tungo” pasó del hospital a la cárcel y por unos largos años. Es decir, que perdió la oreja izquierda, la libertad y la tranquilidad de conciencia.

 

Ello, explica hasta la saciedad ese modo de ser, tímido y distante, que caracterizó a este activo y silencioso cogedor de café. Pero, causaba agradable sorpresa, con particularidad a los niños escolares, el singular hecho, nunca lo suficientemente explicado, que el “Tungo” sabía de memoria buena parte del diccionario, de un diccionario pequeño, desde luego.

 

Los paisas consideraban que ese aprendizaje, así, sólo es posible hacerlo y alcanzarlo en la cárcel. El “Tungo”, permitía que le hicieran preguntas sobre temas del diccionario únicamente los niños, los escueliantes que, en realidad, se admiraban y divertían mucho, oyendo las rápidas respuestas del “Tungo”, casi iguales a las que aparecen en el diccionario.

 

Uno de los niños de la casa, mi hermano menor, Nicanor, diccionario en mano, le formulaba preguntas:

Biólogo?

-El que profesa la biología.

Cierre?

-Acción y efecto de cerrar.

Dañar?

-Causar daño.

Debilidad?

-Falta de fuerza física.

Enano?

-Dícese de lo que es pequeño.

Rempujón?

-Empujón.

 

 

Los niños y los allí presentes que miraban las palabras en las páginas del breve diccionario escolar, se maravillaban con las exactas respuestas del “Tungo”, que contestaba de inmediato y en forma lacónica y mecánica.

 

Pero, al “Tungo” lo que realmente le gustaba, era coger café maduro y !cómo le rendía la cogienda!. Por ello, cuando en los tiempos de cosecha, llegaba el “Tungo” a los predios de “Lamapola”, era recibido con alborozo y muy buena voluntad.

 

7 –

Pero el gran personaje, entre quienes estaban vinculados a los quehaceres de nuestra casa, era Joaquina Jiménez, la suegra de Jesusito Galvis.

 

Todos los días llegaba a la casa pasaditas las seis de la mañana, muy sonriente y animosa “a darle una manito a Rosita”, decía ella. Joaquinita, era muy conversadora y nos mantenía informados de todos los acontecimientos de la región. Se metía a la cocina y como mi mamá mantenía escrito todo lo que se debía hacer en los siete días de la semana, Joaquina, ponía manos a la obra.

 

Las arepas y el chocolate aliñado; los desayunos con huevos revueltos o con medio queso o queso entero si estos no eran muy grandes, que servía Joaquina eran de alegre aceptación por toda la clientela. Y nos servía por igual a nosotros y a los trabajadores.

 

Entre los jornaleros de la finca, que no vivían allí, no faltaba un pariente de Joaquinita Jiménez. Carlos, era uno de ellos y nada menos que su nieto.

 

El hombre sabía manejar la cabulla, desde cortar las pencas hasta someterlas a la tarabita y sacar el valioso material de fibra, lavarlo y ponerlo a secar y hacer, después, lazos de tres trenzas para los terneros y de cuatro para las vacas.

 

8 –

Carlos, era el hombre de confianza para conseguir trabajadores en las cosechas grandes de café. Además, sabía aplicar los remedios al ganado para librarlo de nuches y de garrapatas y, con las indicaciones de mi papá, purgaba los animales, sin que se le escapara ni el gato ni las gallinas.

 

Y este trabajador que conocía muy bien la finca era el que mantenía muy limpia la asequia del agua para la casa, los tanques y yo lo acompañaba cuando se paraba el ariete, pues, era seguro que un pez grande le había frenado la válvula, y ese pez, que yo mismo lo rescataba, era para que me lo fritaran de inmediato.

 

Joaquinita, al atardecer se enfrentaba a la elaboración de quesos, eran muchos. Ella cogía uno de buen tamaño y lo envolvía en una hoja y en un descuido lo colocaba sobre un palo de café, justo por donde ella iba a regresar a su casa como a las seis de la tarde o las siete de la noche cuando había luna. Y recogía su queso asordiando el acto con despedidas y cantos.

 

Mi madre y mi padre, estimaban mucho a Joaquinita. Ella, en cierta forma nos había ayudado a criar a nosotros. Y nunca fallaba y estuvo presente en las enfermedades de mi mamá, especialmente cuando le dio la ezcema en las manos. Desde luego que fue allí, cuando aprendimos a hacer muchas cosas en la cocina. Porque a mi papá, nunca recuerdo haberlo visto por los lados de los quehaceres del fogón y la cocina.

 

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