CAPITULO DOS. Arroyuelos de vida y alegría.

CAPITULO DOS

 

Arroyuelos de vida y alegría.- Dosquebradas el río tutelar.- Aquella otra Mesopotamia.- Tala de árboles y guaduales.- La borrasca de La Víbora y la novilla blanca.- Cuadernos y ropas sobre las piedras y niños al agua.- Placer y velocidad sobre las chuspas de guadua.- Salto con garrocha.- Los caballos el Negro y el Moro.- Pedro Antonio, el muchacho aventurero de Aguadas.- Matrimonio de Pedro Antonio y Rosa María.- Un administrador exacto en sus cuentas.- El arte de poseer una linda finquita.- El buen negocio de ser honrado.- El tío Belisario.- Mi padre como hermano de sus cuñados.

 

 

1 –

Hasta aproximadamente los diez y seis años, mi existir transcurrió en las inmediaciones de las quebradas Frailes y La Víbora. Dos  clarísimos arroyos, generadores de vida y alegría. De vida y alegría, así se podía decir en aquella comarca y por aquellas calentas de expontáneo respeto a la vida y a la naturaleza.

 

Frayles y la Víbora, afluentes del Dosquebradas. Este si, casi un verdadero río y un río tutelar. Dosquebradas, porque en verano se dividía en dos pequeñas corrientes y en invierno en una sola, caudalosa. Frailes, con su colonial historia frailuna; la Víbora, en su nacimiento con sus nidales de ofidios, casi completamente exterminados por la acción valerosa de los primeros colonizadores.

 

Tutelar río, Dosquebradas, porque sin él y sus joviales tributarios, toda esa comarca no hubiera sido lo que fue, el sumun de la abundancia agrícola y de otras productivas actividades humanas, que allí se practicaron, en todo momento con entusiasmo, intensidad y buen suceso.

 

Fértil y agradecida tierra casi con exclusividad, aquella parte siempre verde, enmarcada entre Frailes y La Víbora, hasta su desemboque al Dosquebradas. Extensos potreros de un verdor y frescura poco comunes, bosques apretados e invasores; sementeras millonarias con variedad de sembrados cargados de flores o frutecencia, según el tiempo. De esta manera y con tales reales características, una de las regiones más pródigas del país. Otra Mesopotamia, digamos, con su Tigris y su Eufrates para formar el Schat-el-Arab, que en este caso sería la mansedumbre y fina parquedad del Dosquebradas.

 

Sin embargo, este nombre de Dosquebradas, nada ha tenido que ver con las dos quebraditas. Quebraditas, con justo cariño aquí mencionadas varias veces. Su nombre se explica, como ya lo dijimos, por un simple hecho apenas relacionado con el verano, tiempo durante el cual las aguas suelen discurrir por sus playas, divididas en dos corrientes paralelas, medio encogidas y perezosas en su fuga.

 

En los días de los fuertes y lluviosos inviernos, aparece con imponencia una única y crecida quebrada, un verdadero río que nunca ha hecho ruido, ni se ha dado ínfulas de ser tributario de los grandes caudales de la patria, del Magdalena por ejemplo o del Amazonas.

 

2 –

Rara vez han echado crecientes amenazantes o de especial cuidado, Frailes o La Víbora. Cuando en las partes altas y media empezaron, no se sabe quienes o si sabe, pero nadie los ha denunciado, a talar árboles jóvenes, a despoblar los bosques y guaduales de sus orillas, de inmediato hicieron su presencia en sus vecindades los problemas de la erosión de la tierra y de la precipitud alocada de las aguas lluvias, ya sin el control de arboledas silvestres y guaduales orilleros.

 

Alguna vez La Víbora, echó su primera borrasca por nosotros conocida. Cuando esta pasó lamiendo los guaduales y potreros de Lamapola, vimos que las aguas llevaban en su asaroso y lento tumulto de cosas, una novilla blanca, enrrollada entre troncos y extraños cuerpos. Mi padre con la ayuda de dos buenos trabajadores, Abelito Patiño y del Tungo, la sacaron enlasada con sumo cuidado y la atendieron con prontitud y delicado trato.

 

En menos de un año, esa novilla fue una de las vacas lecheras de la finca con el nombre de la “Chiquita”, por su tamaño reducido frente a las otras reses tradicionales de Lamapola. Esta vaquita nadie la reclamó nunca, a pesar de que todos los vecinos conocieron su historia y su origen divino.

 

3 –

Estas quebraditas, Frailes y La Víbora, por en medio de espesos guaduales, alinderaban con otros territorios de las vecindades, el fundo de Lamapola, la casa-finca de mis abuelos maternos, José Ignacio Marín y Ritamaría Osorio. La quebrada de La Víbora, fue el lindero natural de nuestra propiedad con los extensos y bien desmatonados potreros de Abel Jaramillo, grande amigo y copartidario de mi padre.

 

La heredad Lamapola, contaban algunos vecinos viejos, originaba ese nombre en razón de una abuela copropietaria que poseía el nombre de Pola y la finca se denominó en un principio “La ama Pola”, nombre que con el uso oral sufrió un rápido proceso de abreviación. Otros aseguraban que el nombre inicial de la finca era “La amapola”, en mención de la bella mata de este nombre, que en estas tierras se daba de maravilla y se cultivaba como planta de adorno por sus grandes y hermosas flores rosadas. Pero, que algún pintor de la casa, pintor de brocha ancha, al repintar el nombre que aparecía en el muro del frente, quizá le parecieron redundantes tantas aes y dos seguidas y suprimió una de estas, quedando el nombre en la pared, sincopado y definitivo, “Lamapola”.

 

Las aguas de Frailes, hasta cuando yo fui testigo, eran aguas transparentes y limpias. En sus curvas formaba algunos charcos hondos y ligeramente sombreados, pero todo su cauce con claro fondo tapisado con finas piedras, cascajos y arena gruesa. Cerca de la casa había uno, no muy profundo, donde nos bañábamos desnudos a cualquiera hora del día, en invierno o en verano.

 

Niños y niñas, todos vecinos y mediovecinos, al regreso de la escuela, imposible sin reacciones pasar el puentecillo y alejarnos del embrujo de las aguas saltarinas y correntosas. No. Cuadernos y ropa sobre una piedra grande, seca y limpia. Y al agua a chapaletear y a zambullirnos, sin que a nadie le importara o incomodara la singular grita que armábamos y nuestro jubileo tan espontáneo, que parecía contagiar de igual alborozo al tímido boscaje orillero.

 

Sólo, como a los once años, por nuestra propia iniciativa, en aquel baño improvisado, empezamos a usar algún incómodo trapo a manera de pantaloneta y, así mismo, dejamos de hacer tanto ruido y algazara metidos en el agua o durante los juegos, antes y después del baño en las calladas y acogedoras riberas del Frailes, nuestro vecino medio alcahuetón. Eramos ya, para entonces, más discretos y un poco meditabundos, maliciosos quizá y más detallistas.

 

Aquel sitio de la pendiente desde mi casa hacia el río, fue siempre el muy ideal para deslizarnos en las amplias chuspas carmesíes que protegen la guadua cuando está niñita. Mi habilidad para deslizarme era espectáculo. Veloz, falda abajo como cien metros, sólo me detenía, lentamente, la parte ya plana de la playa. Así mismo, en los cafetales, saltar con garrocha era un deporte feroz, un deporte de hombres.

 

4 –

En realidad, únicamente, Ramiro Valencia el hijo menor de Pedrito y Susana, buen muchacho y de mi edad, me podía superar. Yo saltaba sobre dos árboles de café arábigo. Ramiro, lograba muy fácil volar sobre los tres cafetos. Pero, él sólo saltaba una vez, mientras que yo podía recorrerme un cafetal plano repitiendo la proeza, pero cuando más lograba avanzar, aterrizaba sobre el lomo de un tercer cafeto.

 

En Lamapola había sólo dos caballos. El Moro y el Negro. El Negro era el más joven, fuerte y de tremenda resistencia y capacidad de trabajo. Pero, el caballo Moro era el mejor para montar en pelo. Poco sudoroso y no tan alto. Cuando alguien debía viajar al pueblo, yo siempre me apuntaba para traerlo del potrero de atrás en las orillas de La Víbora. Se dejaba coger muy fácil, tenía una mansedumbre enternecedora. Lo arrimaba a un barranco y me montaba. Unos pocos azotillos en el anca y el caballo arrancaba a correr en dirección a la casa.

 

En alguna tremenda ocasión, el caballo pasó muy cerca a un guayabo gacho y la ramazón del árbol que alcancé a rozar con fuerza, me lanzó al declive de una vaga. El caballo llegó a casa solo. En realidad, parece que se cansó de esperar que yo me levantara y más bien se fue. Cuando me encontraron, yo ya iba en camino un poco zonzo. Creo que estuve así un buen rato en una cañada solitaria.

 

5 –

El abuelo José Ignacio, era oriundo de un bello paraje caldense. Paraje, desde siempre, con el nombre de Paraíso del Guayabo, en Chinchiná, cerca de Manizales. El hombre vino a Pereira muy joven y adquirió tierras fértiles y onduladas. Tierras acariciadas por el agua de varios arroyos. Allá, justamente, entre Frailes y La Víbora en  Santa Rosa de Cabal, entonces.

 

Pocos años después, contrajo matrimonio católico con Ritamaría Osorio un poco mayor que él, hija de Sebastián y de María, quienes vivieron siempre orgullosos de haber asistido, muy jóvenes, a las primeras misas celebradas por los padres Remigio Antonio Cañarte y Pachito Pinilla en los inicios de Pereira.

 

Mi padre, Pedro Antonio, muy a principios de siglo, del siglo veinte, llegó de Aguadas en busca de oficio y de la amistad de sus paisanos, comerciantes residentes en Pereira. Con alguno de ellos, un día festivo, fue a dar a la finca Lamapola, donde conoció a la joven Rosa María, de sólo 16 años, inteligente y entradora como ninguna otra vecinita. A ella, los ojos y la adoración de mi abuelo, también se le iban los ojos detrás de Pedro Antonio. Y, a pocos meses contrajeron matrimonio en la Iglesia de Nuestra Señora de la Pobreza.

 

6 –

Fuí yo uno de los tres hijos menores. Los mayores nos llevaban una ventaja de más de quince años. Mi padre, era hombre meditativo, pese a que en todo momento estaba a la orden del día sobre lo que estuviera ocurriendo en sus alrededores. Sabía ver con gran facilidad y sin aspavientos la conveniencia o la incoveniencia de un negocio o de cualquier tipo de transacción comercial. No tenía un solo peso cuando se casó, pero, era laborioso, imaginativo,  tremendamente calculador y, sobre todo, joven de espíritu.

 

Todas estas calidades humanas y espirituales de mi padre, las descubrió fácilmente y evaluó en todo su significado pragmático su suegro José Ignacio. A poco y en consecuencia, le entregó la administración de la parte más grande y que podía ser más productiva de la finca. Cafetales, sementeras, grandes bosques y potreros. Muy buenas aguas y fácil comunicación con Pereira y Santa Rosa.

 

De inmediato y con el visto bueno y generosa colaboración del abuelo, mi padre pobló los potreros con ganado joven y de buena clase, utilidades en compañía con el abuelo y los paisanos de Aguadas residentes en Pereira que aportaron buena parte de las reses. Ellos, suministraron el ganado vacuno que adquirían en las ya famosas ferias ganaderas de la localidad que se realizaban cada tres meses. Ferias, creadas y planeadas a su manera por el gran viejo y empresario inteligente y visionario, Valeriano Marulanda.

 

Ganado de óptima calidad, que mi padre sabía manejar y administrar con suma destreza, pues, poseía conocimientos en todo lo relación con la buena salud de los animales, con especial énfasis cuando se trataba de vacunos; y entendía muy bien sobre la mayor o menor eficiencia nutricional de los pastos, según se tratara de reses de levante, para ceba o destinadas a producir leche.

 

7 –

La delicadeza en los manejos de valores y la exacta rendición de cuentas de mi padre a mi abuelo José Ignació, le creó ante él un ambiente de gran confianza, que les permitió realizar entre ellos, toda clase de limpios negocios productivos a corto y a largo plazo.

 

A la postre, mi padre le compró a mi abuelo una pequeña pero bien situada finquita con cafetales y potrero. Esto fue suficiente para que, a la muerte de mi abuelo, los hermanos de mamá, que nunca fueron los hombres más trabajadores del mundo, le tuvieran cierta animadversión a mi padre, con excepción del tío Belisario. Este hombre trabajaba fuerte y hacía trabajar a todo el que se le ponía por delante con necesidades. Bélico, como le decían sus amigos, nunca pedía servicios gratis, tampoco regalaba nada, pero si daba trabajo, techo y comida abundante, quizá poco apetecible ésta, pero oportuna para sus trabajadores en las fincas de tierra templada y de tierra fría.

 

Lo cierto es que estos buenos y atenidos tíos, consideraron que mi madre había recibido con anticipación su herencia. Opinaban, en consecuencia, que ese valor que recibió el abuelo por la tierrita vendida a mi padre, no correspondía al valor comercial de esa finca. Empero, el testamento dejado por el abuelo en una Notaría de Santa Rosa, decía otra cosa, muy lejos de toda exclusión o consideraciones de pequeñas historias o antiguos negocios del abuelo.

 

Mi madre, en consecuencia, recibió su herencia en igualdad de condiciones a todos los demás herederos. A ello se agregó, que los hermanos de mamá, casi todos le fueron vendiendo su parte de herencia en tierras a mi padre. Pues ellos no eran muy adictos a las faenas agrícolas.

 

Al correr del tiempo, que no perdona ni da tregua, casi todos mis tíos, fueron a morir a la casa de su cuñado Pedro, quien buscó siempre la mejor forma de atenderlos, con la mayor consideración y delicadeza, como si ellos no fueran sólo hermanos de mamá, sino sus propios hermanos.

 

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