CAPITULO DIEZ Y SIETE. Música en la noche.

CAPITULO DIEZ Y SIETE

Música en la noche.- Retreta sabatina en el Lago.- El paseo de la gente joven en torno del agua luminosa.- La búsqueda del amor.- Concurso de grupos orquestales.- “Dame un besito coto piquito”.- Y la marcha del hambre.- El imperio de la abundancia.- La policía en defensa del orden, los especieros en defensa de sus negocios.- Tremenda balacera con artículos alimenticios.- La abundancia pone en fuga a los revolucionarios.-

 

1 –

Pero, avancemos por el tunel del tiempo. Estamos en este momento en el Lago Uribe Uribe, sábado a las ocho de la noche. Hay retreta. Luces y gente en torno de las aguas danzarinas del Lago. Son como lumbreras de bengala, envolventes. Un buen regalo del jardín comunitario.

 

Al anochecer llegamos los muy jóvenes de entonces. Los estudiantes en busca, ya, de impresiones agradables, de  deslumbramientos, de vivos efectos sensoriales.

 

Los melancólicos a caza de sorpresas emotivas. En busca de los amores pertinaces, apenas soñados en el silencio de los ostracismos nocturnos. En busca de ilusiones bellas. Es la segunda semana de asuetos de fin de año. La dicha de vivir y de soñar. Y de amarlo todo, cuando se es joven y nadie nos puede convencer que vamos a ser viejos algún día.

 

!Cierto! Impactan por los lados del tremendista corazón los resplandores. Los fogonazos del agua luminosa, la mucha gente cargada de ansiedades. Su risa intermitente, su parla gozosa sin muy sustantivas razones. Todo lo que allí ocurre, siempre un estimulante eficaz para los sentidos.

 

Estamos en plena retreta. Luces, resplandores, amigos, muchachas hermosas. Música, tambores, cornetines, saxofones, golpes repercutientes de la batería que se van muy hondo, a las profundidades del alma.

 

!Ah los cobres sonorosos y relucientes!  ¡Ah la tuba dorada y políglota! ¡Ah el gran tambor de piel tensa!  ¡Y la batuta de Payán Arboleda, como el arco de un violín aéreo, flotando rítmica y pausada por los espacios del infinito!

 

2 –

El Parque del Lago, hierve como un avispero. Se desdobla su territorio y se entrega gozoso en esta noche sabatina. Todas las farolas encendidas con más intensidad que de costumbre. Y el agua en tiempo de vals, brillante y rizada, sube en llamaradas, desde el centro del gran estanque, chorros audaces y luminosos.

 

Con alegría sorpresiva, bajo el ambiente cálido y electrizado, los jóvenes y las jóvenes se pasean alrededor del círculo lacustre, iluminado y transparente. Las bellas muchachas, ya mujeres insinuantes, caminan en un sentido. Y los hombres, en otro. Todos en busca del amor. De la dicha de vivir. De las amables sorpresas de la vida.

 

Los impacientes grupos de muchachos marchan como en zig-zag, charlan, conversan entre si con desbordada animación. Observan con atención y detalles los abigarrados grupos de lindas paseantes, que van en sentido contrario.

 

Los grupos, todos, bajo el cobijo de las inmensas ramazones de las veraneras de flores encarnadas y el hechizo de las copas de oro. Algunos con algunas, algunas con algunos, se miran y sonríen, sin detenerse, sin cruzar palabra.

 

Pero, allá en el fondo del acelerado corazón, de la secreta intimidad, gozosos y alegres, sin duda ingenuamente como triunfadores. La dicha de estar vivos. La felicidad regocijante y elemental, sorpresiva y pasajera.

En la simple y tangible realidad de nuestros años, sabíamos ya paladear perfectamente esos raudos y amables instantes de la existencia. En amplios grupos lo sabía yo, muy poco personalmente.

 

De esa existencia, siempre con un mínimo de melancolía misteriosa al caer de la tarde, al llegar de la noche. Si, era la juventud jocunda y la danza jubilosa de las horas fugaces. Del tiempo que pasa irremediable, que nadie  puede detener, cuando se es elementalmente dichoso. El torbellino arrollador de las alegrías juveniles.

 

Esta noche, en lugar de la actuación acostumbrada de la Banda Municipal en su retreta semanal de compromiso, hay concurso de “grupos orquestales”. Las bandas de música de tres municipios importantes van a medir su fuerza romántica. Su inventiva y capacidad de creación artística. El arco iris armonioso de su propia alma. Quieren definir su liderazgo.

Así lo insinúa el programa elaborado por el Alcalde Néstor Gaviria Jaramillo y su segundo, Luciano García; funcionario éste último de “negro hasta los pies vestido”.

3 –

Cada director de cada una de las bandas de músicos de las tres ciudades más populosas y vecinas, Manizales, Pereira y Armenia, van a presentar al público, cada uno con su conjunto orquestal, dos obras de música autóctona y original.

 

El viejo maestro Anacleto Gallego de Armenia, que está enamorado y es sentimental, va a concursar esta vez con dos pasillos lentos. Rulfo Marín, bien puesto como siempre, impecables los esquineros de su frac, ofrece esta noche en la singular competencia, un pasillo fiestero y un bambuco en homenaje a su tierra y a la ciudad que representa, Manizales.

El maestro Agustín Payán Arboleda, nuestro maestro director de Pereira, dos aires bambuqueros que buscan interpretar, el uno, el alma simple del campo y de los labrantíos; el otro, el puro amor campesino.

 

Estamos con el poeta Jaime Estrada, aguadeño de poblada barba.  Miguel Alvarez de los Ríos, con su paso de albatros y su feliz memoria enciclopédica. Modesto Gómez Alvarez, que observa atento y cordial y que todos lo quieren y le temen, porque a la postre se queda con la más linda.

 

Julio César Uribe Acosta, que vive como en otro mundo y que en su atemperada conversa, insiste en la primacía de las mónadas de Leibniz y en las categorías de Aristóteles.

 

Las bandas han iniciado el programa. La gente bulliciosa marcha acompasada con los ritmos del pasillo fiestero de la Banda que dirige Rulfo Marín. Jaime Estrada es un poeta soñador, el ambiente de noche dulce, música y muchachas, le llenan plenamente el alma.

 

Para Miguel, todo realmente es interesante desde los puntos de vista sociológico y literario. Pero, la debilidad del poeta pidracielista que hay en Miguel son los perfumes. Los perfumes que afloran invasores donde hay mujeres bellas.

 

Tiene Miguel un olfato de alegre y joven lebrel. Distingue las fragancias a muchos metros de lejanía, sabe exactamente de que lugar del cuerpo femenino viene la esencia volátil.

Los pasillos lentos de Gallego y su banda, ponen una nota dulce y sentimental al ambiente de muchedumbre. Ahora, la espiritualidad romántica mitad de siglo, se le brota torrencial a la gente y la disfruta al aire libre. La disfrutamos, sin una muy clara conciencia del origen de sus sorpresivas energías sensuales.

 

La Banda de Payán Arboleda ha ganado el evento artístico esta noche con una tierna melodía de amor: “Dáme un besito coto piquito”. La están repitiendo. Suena y resuena. Invade los aires y llena de alegrías elementales todo el contorno, los corazones todos, a la gente joven y a los viejos.

 

Al final del programa y de la noche sabática, las tres bandas ejecutan al unísono y para despedirse, el pasillo “El Pereirano”. Luego, el parque del Lago, queda como bajo el imperio del silencio y de la noche. Sólo se escuchan los gritos de la negra Olga, Guspelao, que va rumbo al río con sus niños desarrapados en busca de algún techo acogedor.

 

 

4 –

Por estos mismos días ocurrió en la villa un inesperado acontecimiento. Eran los tiempos de la abundancia, cuando en la plazoleta frente al hospital San Jorge, quizás por lo sosegado y recoleto del sitio, el camarada Paneso, su amigo el maestro “Toronjo” y el joven Diego Montaña, organizaron y concretaron en día de mercado y en mitad de jornada, una manifestación popular que bautizaron con el bélico nombre de “Marcha del Hambre”.

 

Gentes procedentes de todos los lugares y recodos considerados más pobres del poblado, acudieron allí con curiosidad unos, e interés los más de participar en el certamen “cívico reivindicatorio”, como con sutil estrategia lo calificara el joven Montaña en la propaganda que activó durante la semana.

 

Muchas pancartas con leyendas tocantes con el asunto: “Pedimos más comida para el pueblo”, “El huevo a peso jamás”, “Tenemos hambre”, etc. todo ello, bien dispuesto en realidad, como si los ya aguerridos líderes sociales, hubiesen recibido lecciones ultramontanas de adiestramiento para el manejo de tales embrollos, agitación de las clases proletarias y, a fin de despertar nuevas inquietudes políticas.

 

La procesión  se inició varias cuadras atrás de la plaza de mercado. La gente trató de desfilar con cierto orden de formación, pero la creciente grita, no permitía mantener aguzados los sentidos, para guardar las distancias marciales que, la tambora atronante de Paneso pretendía imponer con insolencia militar.

 

Las gentes no participantes llenaban con enfermiza curiosidad y en silencio, las ventanas y los balcones a lo largo de la ruta céntrica que pudo seguir la multitud recaudada y puesta en marcha por los jóvenes agitadores Paneso y Montaña.

 

5 –

Seis policiales del pueblo apostados en esquinas estratégicas y con sus bolillos listos, parecían mostrara inmodificable decisión de conservar el orden. De reprimir a bolillo limpio cualquier conato de irrespeto a la autoridad. Se les veía a los buenos polizontes como mascando freno, bajo el cobijo de los anchos kepis que les enviara por año nuevo el comandante general.

 

Al llegar a la plaza de mercado, la gritería subió de punto. Esto, cuando la manifestación que desembocaba al gran espacio público, empezó a recibir menuda y despiadada lluvia de extraña carga bélica. Huesos descarnados, extremidades de res y otros desperdicios orgánicos, de los cuales la vanguardia de la plaza, los carniceros más jóvenes, quisieron deshacerse enfadados por la tardanza de la clientela fija y con menos recursos, para comprar a precio de quema los últimos restos.

 

6 –

La confusión subió de punto entre los sorprendidos manifestantes, cuando entró en actividad la emotiva retaguardia de vivanderas y verduleras. Todas ellas se dieron a vaciar sobre las enmarañadas cabezas de las gentes revolucionarias, formidable carga de frutas descompuestas que, adobadas con palabrotas, caían sin compasión sobre los desconcertados protestantes.

 

Toda esta despiadada azotaina colectiva tenía ocurrencia a medida que la gente se ponía a golpe de ojo frente a las vegetales trincheras. Y todos recibían por demás los porrazos inclementes de papas y tomates corrompidos, de tubérculos y de raíces, plátanos pasmados, repollos y otras legumbres y frutales ordinarios que, al atardecer, ya eran considerados por los vivanderos como mercancía quedada y obsoleta.

 

Otros exaltados negociantes de delantal, irrupcionaron por el flanco izquierdo con esferoides acerados y añejos de chocolate cartagÜeño, lo que equivalía a la ferocidad de una pedrea. Increible desperdicio de comida, pese a que en plena cosecha de café, todo el mundo tiene plata para comprar de todo, a toda hora y con toda clase de rebajas.

 

Así, la “Marcha del Hambre” se vió obligada a recular para abrirse y esfumarse por las cuatro esquinas de la plaza, calles arriba y carreras abajo. Y con más premura, cuando entró en fiera ofensiva la falange extremista de la batería de la panela quebrada y de los huevos sospechosos, que dejaban cardenales y vergüenza apestosa, sobre las heroicas espaldas de los últimos y más obstinados manifestantes y de los tres jefes, todavía en tiempo de muy oportuna fuga.

 

La abundancia agraria y la fecundidad de la tierra dieron, así la batalla definitiva contra el idealismo marxista en su primera malograda aparición sobre los Andes. Los vivanderos, especieros y verduleras, aquella tarde, defendieron su plaza fuerte y la libertad de vender sus mercaderías al precio que siempre les viene en gana, según las circunstacias y el precio que impone la ley de la oferta y la demanda.

Así, de la idealista organización política de Paneso, “Toronjo” y Montaña, desde aquella fecha aciaga, nunca más se volvió a tener noticias en el pueblo. Y, desde entonces, ya han transcurrido muchos años.

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