CAPITULO DIEZ Y SEIS La dicha del tranvía y el embrujo del tren que pasa.

CAPITULO DIEZ Y SEIS

La dicha del tranvía y el embrujo del tren que pasa.- El tranvía, alma ya envejecida de la primera ciudad.- Su carga de deseos proletarios.- El tren y su penacho de humo.- El rumor de su paso y la sensación de que nos dejó el tren.- Otros colegios vecinos.- El encanto de la plaza principal.- Los mangos en cosecha y la buena puntería de los estudiantes.- El eterno embrujo del Alto del Nudo.

1 –

Bueno. Ya en mi Colegio, distante del genio de Manuel Zapata, el grande amigo y de la parábola vital de Wolgang Escalante, me asaltaban ya, no los temores y olores, sino los rumores lejanos. Se escuchaba intermitente el rumor y traqueteo del tranvía, que se desplazaba a todas horas por la carrera octava de la gran ciudad. Podía venir de Libaré para dirigirse hacia las fronteras de Nacederos, pasando por San Camilo y Vidriocol.

Los tranvías eran grandes naves terrestres de color escarlata con largas líneas amarillas o blancas en las partes superiores. El tranvía era ya como el alma visible y envejecida de la ciudad de aquellos años cuarenta y tantos. Se deslizaba a lo largo de las carreras céntricas como una tortuga gigante con antenas e itinerarios bien definidos. “Con el fusil al hombro, escribió Borges, los tranvías patrullan las avenidas.”

 

Tomado de: http://www.tramz.com/co/bg/t/ts.html

El tranvía parecía cargado de deseos proletarios. Durante más de doce horas asistía y arrullaba las ilusiones mías y las del conglomerado. Rueda hasta más de la media noche durante el mes de agosto y en los días de carnaval. Y como era de bueno tomar el tranvía por la tarde en la octava y que lo llevaba a uno hasta el puente Mosquera, me dejaba casi a medio camino de mi casa.

 

El tranvía, su rumor acompasado por las sucesivas uniones de los rieles, como que aduerme el alma. Como que nos dice algo profundo y adolorido.

 

El medio misterioso tranvía, siempre cargado de deseos proletarios. Con placidez y sin ningún temor, sentados en sus amplias sillas de madera, podíamos ir desde la apasionante fábrica de artículos de vidrio, “Vidriocol”, hasta la planta eléctrica de Libaré.

 

2-

Esta presente el horrendo recuerdo. Por sobre los grandes tubos por donde llegaba el agua a la planta, yo en compañía del amigo y condiscípulo Elpidio Ramírez, nos cruzamos alguna vez de talud a talud la carrilera del tren, sobre una altura de cincuenta metros abrazados al gran tubo del agua de la planta de Libare, el terminal del tranvía. Su sólo recuerdo es una pesadilla

 

Durante algo más de doce horas, el tranvía asiste y arrulla las ilusiones colectivas. Rueda hasta más de media noche durante el mes de Agosto y en los días de carnaval, el tranvía, dando oportunidades a jóvenes y viejos de llegar o estar cerca a alguna ilusion sexual, cuando el tranvía se deslizaba por el barrio de tolerancia, La Cumbre, iluminada y bulliciosa.

 

Desde el colegio de don Juan Crisóstomo, se oía, así mismo, el resoplar del tren y se veía su penacho de humo por sobre los techos de las casas, cuando se despereza, se alarga y anuncia su salida o su llegada con gritos profundos. De Oriente a Occidente, parecía partir en dos el territorio suavemente ondulado de la ciudad.

 

Un día fuimos a ver la gente del tren. El maquinista, los fogoneros, los freneros, todos uniformados de azul; el maquinista luciendo elegante terno de paño y severo kepis militar. El tren de la mañana con imponente locomotora nueva, varios vagones de carga  y repulidos coches para pasajeros, avanza con su tableteo acompasado y su lento penacho de humo inclinado hacia atrás, como una gran cola de ardilla.

 

3 –

El rumor del paso del tren, nos reconcilia con los afanes de la vida en común. “El silbato del tren, es el tren mismo, escribió hace tiempos el poeta de José Trigo, y es todo lo que lleva el tren. Quien no ha oído el silbato de un tren? Y quien que lo haya oído, no se ha ido un poco con él.”

El tren se despereza, se alarga y anuncia su salida con tres gritos. De Oriente a Occidente partía en dos el territorio suavemente ondulado de la urbe. La sede de la estación del Ferrocarril en el gran parque, se encontraba en un edificio hermoso por su arquitectura rococó francesa y hegemónica. Amplias y bien ventiladas salas de espera y de seguridad para los usuarios.

 

Al frente del Parque y en la confluencia de la calle 19, en una espaciosa oquedad amurallada, el rumor del Colegio de los Hermanos de La Salle. Todos los estudiantes con chacó azul y blanco y, en la vecindad de la Veintiuna, el Instituto Técnico Industrial, los alumnos con severísimos gorros granate-oscuros, se mueven tras la inmediatez de la idoneidad laboral y técnica, para ir luego al taller y a las fábricas.

 

4 –

Recordemos finalmente el raro encanto del parque central, la plaza de Bolívar. Para sus visitantes y paseantes de siempre era un parque común y corriente. Al fondo, la tranquila severidad estética del templo de Nuestra Señora de la Pobreza, casi del brazo mundano de esa otra armonía arquitectónica de entonces, enchapada en bellas maderas olorosas, el Club Rialto.

 

Pero, era en realidad muy singular la invasión allí de nobles arbustos frutales, memoriosos árboles cargados de años, con sus ramajes espesos acariciaban las techumbres y las blancas paredes de bahareque y calicanto de las casas más principales.

 

Por las tardes, ¡Qué maravillosas tardes!, nunca fallaba la buena puntería de los estudiantes desprevenidos y alegres, que desprendíamos de los abundantes y apretados gajos, una milagrosa lluvia de mangos pintones.

 

Esos muchachos podían ser los alumnos de don Juan Suárez, de don Juan Soto, de don Juvenal Cano; o los discípulos insurgentes de don Deogracias o de don Pablo Cardona, o bien, los párvulos de la Escuela Gregg de Antonio Ospina en el marco de la Plaza, al frente de una comercializadora de la Phillips, donde se escuchaba, hora tras hora, la obsesiva melodía en acetato “Noches de Hungría”. Y, a solo quince metros, pared de por medio de la Gregg, la grande tía Esther en su tarea de bañarse o ya en su tribuna, vestida de rojo raso, devorando docenas de racimos de uvas de su finca del Valle y, sin rubor alguno, arrojando las cáscaras a la calzada de la Veinte.

 

Aquellos jóvenes de entonces, éramos ya bulliciosos y atrevidos. A veces nos sentíamos los dueños de ese generoso bosque citadino y frutal. Bosque amable plantado por la eficacia y el gran amor de patria chica de los primeros Marulanda. Cuidados después, con esmero y cariño, por sus socios y amigos coetáneos y del mañana inmediato.

 

5 –

En el fondo aéreo de la ciudad, no muy lejos del horizonte, el Alto del Nudo, que antes de los rascacielos, mantenía lelos a los pereiranos de todas partes y sobre todo a los tranquilos pereiranos sentados en las banquetas del parque. La linda montañita mágica, el Alto del Nudo, que ningún pereirano se muere sin antes haberla contemplado con orgullosa delectación, con inexplicable pero tranquila emotividad.

 

Es el Alto del Nudo, que arroja fuegos apaciblemente azules como toda montaña milenaria. Viejo y leal vigía de los Andes, atento al discurrir de la ciudad amada. Inquisidor mudo de su expansión y su destino grande. Serenado montículo, razón recóndita de la moderación de la conducta colectiva y de la oculta idolatría de todos, como para Santafé los cerros o para Roma las siete colinas.

 

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