CAPITULO DIEZ Y OCHO. El alma profunda de la ciudad.

CAPITULO DIEZ Y OCHO

El alma profunda de la ciudad.- Aquella sirena de las doce.- El valor del tiempo, el significado de los amores juveniles.- El buen gusto en el vestir.- El agua y la promoción personal.- El poder de la radio.- Periodismo y publicidad.- Aquí, la dicha de vivir.- Estirpe de enamorados y valientes.- El amor y el poeta de la tierra.- Y el magisterio de Maurois.- Esta es la ciudad del amor.

1 –

Ahora, a plena luz del sol, estamos de nuevo en la Plaza de Bolívar. Es lunes a las doce en punto del día. Se escucha la sirena de los bomberos que parte en dos la jornada.

 

Una señal de rito cotidiano que impone una medida de disciplina del tiempo y de los quehaceres de los habitantes de la urbe. La muchedumbre que se agita y circula por calles y plazas, suele tener un claro concepto de los valores del tiempo y del espacio, de la razón de los ciclos vitales, del trabajo productivo y del amor placentero.

 

Un muchacho que tiene novia, una niña que tiene pretendiente, hacen en su vida de esta circunstancia, un gran acontecimiento positivo y muy estimulante para cada uno  y para todos a su alrededor.

 

No poseer estos afectos, ciertos o ilusorios, se constituye en todo un drama íntimo, una carencia dolorosa. Algo realmente triste que no permite dibujar con espontaneidad y frecuencia la  sonrisa de la plenitud de la existencia en los labios y en los ojos de los jóvenes. Es la vida y la filosofía de la década de los cuarenta en la ciudad que amamos sobre todas las cosas materiales.

 

2 –

La gente viste con elegancia y sin exageraciones. Particularmente las damas de todas las condiciones y edades. Es innata en ellas la distinción, el buen gusto en la escogencia de materiales y del corte y de la moda, de los tonos y de los adornos. No es sino presenciar una procesión de Jueves o de Viernes Santo, un baile de gala en el Club o un matrimonio en el templo de San José de los carmelitas.

 

Los salamineños como Sixto Mejía y José Domingo Escobar, imponen cierto arbitraje en la severidad del vestir y del trato social. El sombrero coco de Camilo y el menos coco de Castor; los alones de Ochoa Gutiérrez y de Toño Cardona, dan pautas infalibles.

 

Federico y Carlos Drews, Alvaro Campo Posada, el médico Iginio Mercuri, el ilustre boyacense Jorge Roa Martínez, los Ilian, muestran en señaladas oportunidades, una muy fina  distinción cosmopolita. No sólo en el nudo de la corbata, sino en los compases de la marcha callejera.

 

Fabio Vásquez Botero, en el claro medio día de su juventud, sufre deliberadamente los refinamientos del dandy. El mismo ha aseverado ser de aquellos, “que traen frac por dentro y por fuera…”

 

3 –

Ser elegante, es pasar desapercibido, aconsejaba con su propio ejemplo un inglés decimonónico, George Brummel, el “Arbiter elegantiarum” de su tiempo.

 

Rígido Arango, que es nativo, dispone en su ropero de por lo menos veinte vestidos blancos y nuevos, sobre medidas, no usa zapatos talladores ni de los otros, pero sí, el bien sincronizado corbatín olayista en su cuello enjuto y encarnado.

 

La afluencia de la gente a las piscinas como la del Club Campestre en la vega de Frayles, más con el fin refinado de lucir el cuerpo, que con el de refrescarse; la presencia del pueblo a lo largo de los aún muy limpios y caudalosos ríos al norte y al sur del territorio municipal, son desde luego signos identificatorios de cierta bella vocación panteista.

 

Gestos, además, que denuncian el gran destino social y gentil

de todo un conglomerado humano, realmente amigo del agua y del aire libre, de la distinción personal y de su promoción.

 

4 –

Por las tardes, la multitud que a todos los niveles ha trabajado obsesiva en el comercio y en los talleres y fábricas, ya a la entrada de la noche, invade los bares, los teatros y los lugares públicos; los clubes y las casas de juego y de placer.

 

Hay una fuerza amorosa, intacta y viva, que lucha en silencio por liberarse. Aquí se ama de verdad y con intensidad a la mujer. Por entonces, hay más de un suicida semanal por ella.

 

La charla bambuquera y el baile, tienen un espacio de exigencia vital. La gente, además, lleva el diablillo de la danza muy metido en los caudales de la sangre. Las energías para el regocijo están siempre en crescendo y, es posible en algunas horas de la noche, fabricar o idealizar otros mundos, o por lo menos, otras maneras de ver y de sentir la existencia.  Son todos ellos, estas gentes, descendientes de los colonizadores bravos de la Antioquia grande. De esos gigantes creadores de riqueza agropecuaria, que llegaron al valle de los ríos Otún y Consota, cuando ya los caucanos habían hecho el limpio.

 

5 –

Los que amaron mucho sobre la ruana de cuatro puntas que cantó el poeta. Que no se cansaron nunca de quitar una montaña hostil y poner una sementera productiva.

 

Estirpe de enamorados y de valientes. Así fueron los fundadores, nuestros abuelos y quizá toda su descendencia. Tienen una filosofía vitalista y saben vivir el amor, las mujeres y la vida. Una sabiduría que viene desde las páginas de la Biblia. ¡Manes del rey David y de su hijo Salomón el del Cantar de los Cantares!

 

Es la dulce sapiencia que trata de enseñar en sus bambucos el poeta de la tierra, Luis Carlos González Mejía. Pueden tener ocurrencia los episodios más tumultuosos, cuando el amor alcanza su clímax y sus más altas temperaturas. Las manifestaciones más hondas de sincero sentimentalismo pueden anteceder o preceder a las grandes escenas pasionales.

 

Hombres y mujeres, que necesariamente proyectan el futuro y todos los capítulos de la vida, dentro de los presupuestos del quehacer amoroso. Cada edad, cada etapa de la existencia, tiene una única explicación y justificación: el amor en sus bellas formas creadoras.

 

6 –

El amor como gran fuerza vital. Es la pasión secreta o de todos conocida, que en realidad hace funcionar a la gente. A todo el mundo, para cumplir la maravillosa aventura de los itinerarios vitales.

 

Todos están programados para cubrir los más contradictorios instantes. O los más simples. A veces pueden tener la violencia de las tempestades, las que el poeta Luis Carlos González intuye en estas dos líneas bambuqueras:

Tentación hecha mujer

labios donde el beso pena…

 

Y una elemental canción, Amor Montañero, apremiaba la estación amorosa. Es la hora señalada para los júbilos del joven labriego panteista:

 

Si me llegas a querer

así como yo te quiero,

te sabrá mi amor tan dulce

como todo lo que siembro.

 

 

 

Siempre, aquí, el triunfo del amor caballeresco. Están vivas sus leyes. Las que Honoré de Urfé incluía en su novela pastoril: “Amar con delirio. No tener otra pasión que el amor. Querer tan solo a una. No tener otro afán que el de complacer a la amada. Protegerla contra todo peligro. Ver en ella todas las perfecciones. No tener otra voluntad que la suya.”

 

7 –

En esta década de nuestra historia, los años cuarenta, André Maurois abrumaba con su plenitud y alegría espirituales:  “Toda una sociedad ha vivido así. Quieren acometerse grandes empresas, pero todas ellas “por la zagala”, por la mujer querida. “Sal vencedor de un combate que tiene a Jimena como premio… Los más grandes, los más discretos tienden a convertir el amor en un deber. “La pasión, dice Pascal, para ser hermosa debe ser ilimitada. Sólo se ama bastante cuando se ama demasiado”.

 

No por demás esta ciudad dichosa, es la gran ciudad del amor. Y todo esto explica su idiosincrasia inconfundible. Sus bien definidos perfiles espirituales y sentimentales. Mucho puede explicar el hecho citadino y rural de un suicidio semanal por amor. Los frecuentes matrimonios impositivos que se sucedían entre adolescentes estudiantes de los colegios.

 

Y el hombre elemental multiplicado por todas partes que, en las cantinas populares, se emborrachaba con licor bravo y con música sentimental de la “pianola”; hombre que  lloraba desolado a plena luz pública, por una mujer. Agustín, el pensador y sabio, puede salirnos al paso con una conclusión reveladora: “La medida del amor es el amor sin medida.”

 

8 –

La radio local difunde dramatizados de impacto, programas musicales, donde se dan a conocer notables grupos de músicos y de cantantes de la comarca, que suelen ser premiados con inolvidables fotografías tomadas ante los micrófonos.

Edilia Patiño, una joven morena, delgada y de gran simpatía, se consagraba como cantante de boleros y se convirtió en ídolo popular.

 

La transmisión de la misa mayor de la Valvanera por la Voz Amiga, con comentarios de Oscar Giraldo Arango; el radioperiódico redactado y leído como cantando por Fabio Vásquez y Ricardo Ilián Botero; la “Hora Sabrosa” del antioqueño Raúl Echeverri “Jorgito” en las primeras horas de la noche los sábados, constituían valiosos trabajos radiales de indudable impacto en la ciudadanía y a muchas leguas a la redonda.

 

Entonces el gran furor del periodico escrito, donde los industriales y comerciantes locales y no pocos de fuera, anunciaban todo lo que producían y querían vender. Los muebles que fabricaba Luis Felipe Niño; los relojes que importaba y reparaba Girón; paños, gaseosas, galletas; los tapices de Juan Antonio; las novedades únicas de Jacinto Ilián como los acordeones “Honner”.

 

Además, las tejas y ladrillos de Abel Jaramillo y los de Tiberio Isaza TIC que competían en calidad; las bicicletas “Hércules” de Castaño y Arenas. Y las camisas del hombre feliz, Felx Carrillo; las pomadas de Manuel J. Londoño, el que siempre ha enseñado como los Echavarría de Medellín, los milagros en ventas que hace la publicidad sistemática. Y los fármacos de Félix García Buenaesperanza “bendecidos por el Papa” y, tantos otros laboriosos señores, verdaderos hombres de empresa muchos de ellos, activísimos, como Vicente Jiménez y los hermanos Valencia Arboleda.

 

El antioqueño de Yarumal, Octavio Echeverri ya estaba instalado con sus telas bien olorosas a nuevo en una esquina de la Plaza de Bolívar. Y por entonces ya estaba listo en pleno centro, el local para las fantasías “Cocoro” de Francisco Navarro; “Algira” de Alfonso Giraldo Arango, levantaba su imponente factoría industrial por los lados del ferrocarril, en fin, Bavaria, Vidriocol, todos a una, para avanzar con el entorno. Para ir muy lejos con el muy seguro crecer de la más poderosa ciudad del Eje Cafetero.

 

10 –

Estos ya los poderosos de la ciudad, los ejecutivos de las empresas grandes y pequeñas, que sabían buscar y defender sus horas de ocio y sus justos ratos de solaz que, en un amplio conglomerado social tan dinámico y diverso, no era de ninguna manera tarea difícil, cuando se posee entusiasmo y dinero y, sobre toda expectativa, muy despierta e invencible juventud del corazón. Que, en realidad, si la tenían en grado sumo.

 

Estirpe de incansables, enamorados y valientes. Así fueron los fundadores y toda su descendencia. Tienen hoy una clara filosofía y saben vivir el amor, las mujeres y la vida. Una sabiduría, que con gran decisión enseñaba ya, en sus primeros bambucos, el poeta de la tierra, Luis Carlos González Mejía.

 

Y pueden contarse los episodios más tumultuosos, cuando el amor alcanza su clímax y sus más altas temperaturas. Las manifestaciones más hondas de sincero sentimentalismo suelen anteceder o preceder a las grandes escenas pasionales. Hombres y mujeres que necesariamente están proyectando el futuro y todos los episodios de la vida, dentro de los presupuestos del quehacer amoroso.

 

11 –

Evidente que cada edad, cada etapa de la existencia, tiene una única explicación y justificación: el amor en sus mil formas. El amor como fuerza vital incontrastable. Es la pasión secreta o de todos conocida, que en realidad funciona. Y hacía funcionar en aquel tiempo y, a la vista de todo el mundo, la gran aventura de los itinerarios vitales.

 

Y las más diversas formas del amor, todas estaban programadas para cubrir los más contradictorios instantes. O los más simples. A veces podían tener la violencia de las tempestades, las que el poeta de la tierra, intuía en estas dos líneas bambuqueras:

Tentación hecha mujer
labios donde el beso pena...

En otras ocasiones la pasión amorosa podía hacer su cruce con la vida en la hora crepuscular. El romance del poeta que nos asiste, expresaba con discreción la queja crepuscular:

Llegaste tarde, muy tarde,
a la cita de mi anhelo...
Como tarde llega el sol
por derroteros de invierno.

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