CAPITULO DIEZ. Los libros que nos alquilaba Lopezcú.

CAPITULO DIEZ

Los libros que nos alquilaba Lopezcú.-  El singular jardín de los Varela.- El extraño hechizo del río Otún.- El embrujo y  belleza del “Charco Alegre”.- La invasión de bañistas desnudos.- Frustraciones juveniles y baño tranquilizante.- El Obispo va a “Charco Alegre”.- Su Eminencia descubre al diablo y lo exorciza.- El diablo huye hacia Ingrumá.- Del río alegre de ayer al mal humorado de hoy.

 

1 –

Por aquellos tiempos de vida simple y desprevenida, mi madre semanalmente me ponía la tarea de traerle libros alquilados de la Biblioteca particular de un señor Lópezcú de Pereira.

En la lista estaban los libros de Javier de Montepín como El Coche numero trece; de Alejandro Dumas como El Conde de Montecristo; El Genio del Cristianismo de Chateabriand; El Martir del Golgota; La Pastora del Guadiela de un novelista español; Risaralda de Arias Trujillo; El Alferez Real de Eustaquio Palacio, etc. etc.

Por aquellos años, con cierta regularidad, mi madre nos llevaba a visitar una finca en el paraje de La Badea, propiedad de los Varela. Allí, en aquella finca, vivía una viejilla contadora de cuentos, cuentos que mi mamá consideraba de interés por la singularidad de los temas medio tabú.

Sin embargo, el mayor atractivo de la finca de los Varela, lo constituía para mi madre no los cuentos, sino el hecho que la casa estaba rodeada de un jardín de más de una manzana.

 

Los Varelas tenían por costumbre viajar mucho por el país, desde luégo en condiciones más bien precarias y, en todas partes, conseguían semillas o “piecitos” de matas raras de jardín. En consecuencia, allí, en aquel jardín, se podían ver flores y matas que no era posible encontrar en parte alguna de Dosquebradas.

 

La viejita contadora de cuentos, le echó a mi mamá este, que yo entendí a mis catorce años y que hoy reconstruyó. Versión a mi manera, como sigue.

 

2 –

La gente, con reiteración la gente joven de Pereira, solía expresar su despecho bañándose, despreocupada y desnuda en las aguas que se adormecían muy tentadoras, en el lecho incitador del “Charco Alegre” del río Otún. Era la tentación simple y desprevenida que producían unas aguas cristalinas y diáfanas. Este sitio de baño y recreación era como un armonioso ecosistema, siempre con más prestigio en los colegios y cuarteles, que el Charco Hondo o el muy sensual Charco de la Perra.

 

Imperaba allí, en Charlo Alegre, una extraña belleza. Un encanto envolvente. No sin la violencia natural de los altos guaduales que, a prudente distancia, cercaban con su cadencia majestuosa el prodigio de sus orillas, del charco y de sus aguas.

 

Por los días de verano, esa tibia y mimosa corriente, se hacía cada vez más tentadora. Desde luego, nada de esto era extraño en aquella comarca todavía adolescente y con invencible vocación hedonística.

 

Al caer de la tarde, allí se iban a paso largo calle 19 abajo, y allí llegaban afanosos como para una competencia deportiva, los pupilos de don Juan María, de don Manuel Salvador, de don Nepo, de don Valeriano, casi todas las dependientes de los almacenes céntricos, algunos militares recién uniformados y, cómo quien cumple una vieja y natural costumbre, sin ningún temor ni rubor se despojaban de todo trapo embarazoso y se sumergían unas y se lanzaban otros, con ansia, en las perezosas y acariciantes aguas del río.

 

Cuando un muchacho, o una empleada de mostrador, o los policiales imberbes, sufrían frustraciones eróticas o enfrentamientos con los mandos del hogar o del trabajo, los cuitados en silencio les daba el arranque por irse como almas que lleva el diablo a “tranquilizarse” decían, en las aguas lustrosas y sedantes del “Charco Alegre” de aquellos incontaminados tiempos y ríos.

 

Desde luego, que ya corría la maliciosa especie oral de un tal endriago maligno que, en las orillas más discretas de aquel charco, se le veía de tarde en tarde, apostado sobre una reluciente piedra de jade, malicioso el semblante, mostrándose el mismo unas como angelicales alas desplegadas.

 

Otras veces, se oía intermitente y al anochecer, la algazara de un como dichoso diablo alegrón en trance de carnaval. Lo raro en cierta manera, que a tal “enemigo malo” nunca, en forma alguna, lo veían los bañistas desnudos, número de éstos que, además, crecía cada semana que pasaba para asombro y preocupación de autoridades civiles, eclesiásticas y militares. A aquel ángel caído, lo podían observar los bañistas con ropa y los desprevenidos paseantes solitarios.

 

3 –

Un día domingo, el señor Obispo que permanecía en la metrópoli practicando confirmaciones, resolvió asomarse a “Charco Alegre” y como a eso de la oracioncita.

 

Se dirigió su Eminencia con unos cuantos religiosos más, entre ellos el párroco y, numerosa concurrencia de la feligresía, los dómines de la cofradía de San Luis Gonzaga y un grupo uniformado de adoratrices vesperales.

 

El jerarca, desde luego, revestido y bajo palio. Así, todos descendían lentos y solemnes a las márgenes pacíficas del río y, cómo en procesión de desagravio, avanzaban rezando unos y cantando otros.

 

Su Eminencia, imperturbable, con una idea fija: exorcizar el lugar y desterrar de una vez por todas el espíritu luciferino que persistía induciendo a la población a la más desacostumbrada desnudez.

 

4 –

Este tremendo desaguizado lo había denunciado y condenado ya el Padre Conde, en muy dramática plática dominical y en comunicaciones escritas de ruego a la Diócesis de Manizales.

 

Y dicho y hecho. A los diez minutos de expectación y agua bendita, oraciones en latín y perentorias órdenes de su Eminencia, salió del lecho fluvial, del centro del Charco Alegre, una gigantesca bola de fuego.

Esta bola de fuego, rodando veloz subió derecho y pasó por el paraje de la Badea, dejando como rastro colérico una estrecha avenida chamuscada y humeante, una recta aterradora, que se pudo observar por mucho tiempo a lo largo de varios kilómetros. La bola de fuego fue a perderse en las crestas del alto del Chaquiro y, más adelante, detenerse y sosegarse definitivamente en el Ingrumá de la Cordillera Occidental.

 

Desde entonces, por tales sorprendidos y antes timoratos contornos andinos de Hispania, hoy Riosucio, empezó a notarse en la gente el surgimiento envolvente de una muy epicúrea filosofía de la embriaguez existencial. Un bullicioso sentido de la dicha de vivir. En conclusión, que el ya famoso diablo del Carnaval, el Diablo de Riosucio, es pereirano pero los curas lo echaron un día del Charco Alegre del río Otún.

 

Desde luego, el “Charco Alegre” se tornó desde entonces en un lugar tristón y marchito, con una vegetación marginal desmayada y tiznada y, por todas partes, un discriminante olor medio nuclear y medio azufrado.

 

Vean ustedes. Esta circunstancia ambiental sólo la pudieron percibir aquellos que allí se bañaban desnudos, nunca los otros, los que se echaban al agua con el cilicio de incómodos calzones de antes. Estos pocos, seguían viendo en su sitio y en su misma y tradicional forma el charco aludido. Como un bañadero rutinario, común y corriente, inconcebible para ellos sin la presencia del jabón de tierra y la piedra pómez. Nunca le pudieron descubrir algo sorprendente o ligeramente chévere.

 

5 –

Quedó frustrada, así, comentaron después los de la Oficina de Fomento, una espectacular motivación turística. Una original colonia nudista flotante en tierra firme, cuya publicidad, sin ningún costo, la iba a hacer el general escándalo que se armaría. Esto, desde luego, si el padre Conde como cura párroco, con prudencia y sigilo, no le da mate rapidito al asunto y a poco de nacer. Y, como dicen allá, “les mató el pollo en la mano”.

 

Aquello, todo en sus inicios, sólo pudo ser así por la aquiescencia y embrujo de las lustrosas aguas del Otún. Y antes de los plásticos no biodegradables y de la horrenda contaminación de fin del siglo veinte.

 

Paisaje letal, hoy, que aún se contempla vía Marsella, por ejemplo, con gallinazos enormes, meditabundos y malhumorados, posados sobre las piedras mugrientas, como tétricos símbolos de la muerte.

Pero, entendámonos bien. Antes los pereiranos y hasta los hueveros, se bañaba jubilosos en el río para disfrutar de las limpias y transparentes aguas. Otra cosa era lo que la viejita Varela en su cuento a manera de chismecito, sostenía, y con ella miles de personas más, que en el Charco Alegre del río Otún se había posesionado el diablo y estaba induciendo a a la gente joven a la más descarada desnudez.

 

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