Capítulo X

1 –

Y Josefina se aproxima a su mundo.

-Aquí estoy ya feliz de encontrarme en Colombia y un poco más cerca de ti, papá,- escribe Josefina a su padre adoptivo Enrique Buitrago, a poco de llegar al país, dentro de la organización educativa de las agustinas recoletas. -Estoy muy contenta de mis nuevas profesoras y compañeras de curso.-

La joven Josefina, va a continuar sus estudios, a iniciar el Tercero de Secundaria en el internado del Colegio de las Agustinas de la Provincia del Norte del Valle. Cuenta con sólo diez y seis años de edad, un espíritu despejado, un corazón sin secretos, una gran debilidad por el color azul, por los pañuelos con figuras azules tejidas a mano y por la ropa de seda. Sentimientos y pensamientos de fácil recepción, respecto al entorno inmediato y al mundo exterior.

En la primera carta a su padre, seguramente con un poco de corrección de estilo de alguna de las monjas, la prefecta de disciplina o la profesora de castellano, la joven Josefina, cuenta:

-El pueblito es bello y tranquilo. Se escucha muy poco ruido y hay horas del día y siempre en la noche, que parece no existir gente en el caserío . El clima es un poquitín fresco, el poblado está sobre una temerosa y ancha colina. El número de los habitantes, según el último censo, no creo que hoy pase de diez mil. Como todas las pequeñas villas nuestras, igual que las españolas, lo que más se destaca en el paisaje aldeano es la torre del templo. Aquí la torre es blanca, larga y cuadrada, termina en una cruz metálica, medio inclinada hacia la derecha, quizás por efecto de algún temblor, pues, dicen que el pueblo está asentado en las cercanías de una prolongación de la falla del Pacífico.-

Josefina, en realidad, es ya una joven que se adapta con facilidad a todas las situaciones. Nunca se siente acorralada por las circunstancias, ni le extraña nada de las cosas que hacen los demás de su edad, ni aún de los mayores.

-El dormitorio en una segunda planta, continúa el relato Josefina, es amplio y bien ventilado. Después del rezo de las siete, vamos a dormir. Unas mamparitas de madera, muy lindas, separan las camas y dan un poco de privacidad a las personas. Pero, después del ajetreo del día, las siete internas caemos como piedras. Allá, al frente está el dormitorio de las hermanas, cada una en su celda con ventanita alta hacia un inmenso prado con guadual y arboleda al fondo.

El desayuno lo sirven a las siete en punto de la mañana. Esta vez en lugar del pan de trigo, nos sirven pan de maíz, agradables panes como grandes hostias doradas, medio chamuscados por los bordes, pero de un buen sabor para acompañar el café en leche, la mantequilla y el huevo revuelto y con pocos aliños.

La capilla del Colegio es recogida y el ambiente no tan frío como en la mayoría de los templos. El altar es pobre, pero bonito. Los tendidos del ara blanquísimos y con lindos tejidos en los bordes. De día lo iluminan dos ventanitas con cristales romboidales que dan al oriente. Por la mañana el sol entra a torrentes a través de esos vidrios. A los lados del tabernáculo hay grandes candelabros dorados, cada uno para varias espermas, pero solo le prenden una a cada candelabro, la del medio o la que aparece más cerca del altar.

A la izquierda, en una hornacina dorada, la estatuilla de un hermoso viejito de barba no muy tupida, puede ser San Agustín, Obispo, porque luce mitra, un libro en una mano y en la otra algo así como un báculo. A la derecha, en un espacio dentro del muro, una imagen de bulto de la Virgen de Lourdes o de la Inmaculada Concepción. Al pie de cada imagen y en grandes vasos de loza dorados, gruesos ramos de flores siempr frescas.- Concluye, así, su relato epistolar la joven Josefina.

2 –

Sus padres, los padres adoptivos de Josefina, la han mantenido casi de un todo interna y a cargo del bien conocido y tradicional colegio regentado por religiosas españolas y francesas. Su educación, lejos de toda duda, esmerada, reflexiva y católica.

Todo esto dentro de los lineamientos de lo exigido por su madre en Chartres, cuando se encontraba al final de la vida, víctima de un carcinoma. De ello hace más de ocho años y en el momento justo de entregarla en adopción a una pareja de cristianos colombianos, ricos y jóvenes y por intermedio de las autoridades del burgo.

Pareja matrimonial dentro de la cual, quien va a hacer el papel de madre adoptiva, ha recibido severa formación conservadora y, el padre, un hombre de trabajo, de acción y de extracción campesina, perteneciente a familias liberales de centro, santista y caldense. Una pareja de colombianos de temperamento tranquilo, pero tenaces frente a los deberes y compromisos. Además, adinerados por sucesión de generaciones en el caso de los Amaya.

Descomplicados, receptivos y llenos de vida, los dos.

El itinerario vital cumplido hasta ahora por Josefina, se puede sintetizar. Un año con sus nuevos padre en París y seis en Madrid en un muy exclusivo colegio de la Comunidad religiosa de educadores y educadoras, fundada por Agustín, Obispo de Hipona. En Colombia, la joven, sólo lleva unos pocos meses a partir de la iniciación de su tercer año de secundaria. Durante lo corrido de este tiempo, ha sido espacio suficiente para crear en la estudiante un fuerte afecto y un sostenido respeto por estas monjitas y su comunidad religiosa; además, de creciente cariño por este ambiente de paz, cerca de sus compañeritas de aula y de internado, en fin, amorosa confianza por su Colegio, en la práctica, su verdadero hogar y familia.

Por su parte y disimulándolo un poco, las agustinas ven en ella una muchacha inteligente, que atiende con rigor poco común sus deberes. Además, sus padres, particularmente Enrique, muy exactos y cumplidos, agregando a ello, notable generosidad en todo lo atinente con sus obligaciones pecuniarias con el Colegio y en todo lo tocante con los demás programas y disposiciones de las religiosas en relación con el bienestar y educación de la niña. Por parte del padre, mucha correspondencia, permanente comunicación con Josefina y con las religiosas y educadoras que regentan el Colegio.

3 –

La joven, como si tuviera la corazonada de un destino singularísimo, es tenaz y urgida en el estudio. La primera de la clase, posición cuya conquista conserva sin muy ingratos esfuerzos. El camino para ella, gracias a su alegre dedicación al estudio, permanece expedito y abierto; no surgen rencillas, ni emulaciones que aparejen desonfianza. De esta manera, su posición nadie la discute, ni hay interés en ello.

Josefina, lo que no entiende lo pregunta con un dulce tono muy natural, casi con humildad. O lo investiga por su propia iniciativa en la casi bien actualizada biblioteca del plantel.

Ella sabe cual compañera ha captado mejor cada uno de los puntos de un tema tratado en clase, y si tiene dudas sobre alguno, se dirige con gesto muy espontáneo a esa compañera en busca de la explicación que necesita, que oriente su inquietud de mayor claridad sobre el asunto.

Antes de clase y después de ella, Josefina, a su vez, es interrogada con cierta frecuencia por parte de algunas de sus compañeras. Y ella se va al tablero y con tiza en mano, con explicaciones gráficas o numéricas va detallando algún esquivo aspecto temático hasta que la compañera que no le entendió bien al profesor, logre de ella comprensión sobre el punto con esquivas dificultades. Esto así es ya una costumbre en su comportamiento como amiga y condiscípula.

Tales actitud y aptitudes de la alumna Buitrago, nada común en el historial del alumnado, hacen que con secretas pero evidentes razones, las agustinas tengan en ella puestos los ojos, para enrolarla en el futuro inmediato en tareas pedagógicas y educativas a nivel de la enseñanza primaria y secundaria, que la congregación imparte en sus colegios.

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