Capítulo VII

1 –

Como viento audaz por frondas jóvenes, en medio de las expectativas de un público riguroso y calificador, avanza el complejo empresarial de Enrique Buitrago. Paso a paso, genera diversiones para la edad adulta y habladurías a granel para todas las edades y los desocupados de fuera. Nadie se queda marginado. Pocos están incluidos pero todos están invitados. Y las murmuraciones pertinaces antes y después de los eventos, pese a circo Atayde, constituyen un formidable medio de publicidad y de propaganda gratuitas. A la gente le gusta hablar de lo que no sabe y de aquello que conoce a medias.

Todo mundo funciona con una buen dosis de curiosidad morbosa. Y nunca dejará de mantener vigencia para el rimero desenfadado, la atracción de lo que está vedado. Máxime en este caso, y cuando esta novísima actividad se desenvuelve en un ambiente en definitiva todavía pastoril, donde las vacas de los Marulanda y de los Jaramillo, todos los días se les puede ver avanzar a paso tardo desde los verdes potreros y dehesas en los territorios que hoy acogen los barrios Mejía Robledo y Providencia y sus vecindades, y atravesando las calles centrales y la plaza principal, entran por los portones de las grandes casonas, lentas y patiabiertas para el ordeño en los espaciosos y tranquilos patios familiares.

2 –

Pues que el Frufrú incluye, ahora, en sus instalaciones el Tango-Bar. A un poco más de medio lustro de la muerte Gardel, razones de homenaje y de escándalo, cuando su sólo enunciado, Frufrú, se constituye ya en motivo de maliciosas conjeturas entre la gente; entre la gente que se atalaya en grupos amistosos de homogénea condición al abrigo y sombra de los árboles del parque; todos los días los citadinos platuditos contando chistes flojos en el café “Blanco y Negro” y los campesinos, sábados y domingos en el “Gallo de Oro” con música de pianola al fondo, risotadas y conversa a voces. Todo esto normal, mientras sobre el Frufrú, cunden día y noche y por todas partes, las más divertidas digas y no digas, un mucho en público y mundos en los ámbitos privados.

Que a éste lado peligroso de la vida aldeana florece de maravilla la ilusión bien tejida y hecha realidad de las experiencias vividas por un trotamundos inteligente y audaz, de esas inteligencias incómodas que, a veces, se las encuentra por allí sueltas, capaces de desnivelar las costumbres y el ritmo existencial de su muy poco imaginativo entorno. Aquí, la apoteosis del mundillo del baile como espectáculo. Y los placeres del amor y el suspenso del juego. Y sobre toda ciencia, la observación sostenida y el conocimiento concreto al rededor de estos maleables talleres lúdicos, para muchos azarosos asuntos, no para Enrique Buitrago, que los ha estudiado y desmenuzado en detalle a lo largo de su vida investigadora y trasnochadora.

Cuando niño impuso en su vereda el juego del “tejo” para jóvenes y viejos. El “tejo” bien explicado a Enrique en forma práctica por un boyacense cultivador de papa y, a la sazón recolector de café en la región. Y, en la escuela de la señorita Débora, con increíble constancia, Enrique se daba a la tarea peregrina pero original, de organizar equipos en los distintos juegos, para obligar a los más tímidos a divertirse con los más y medianamente avispados que hacían un gozaderal de todo esto.

* * *

Es el Frufrú, lugar de “perdición”, según las discretas señoras. Invento para la verdadera y merecida dicha mundana, según el pensamiento secreto de los señores. Sin competencia a muchas leguas a la redonda en su modalidad integral de diversiones para gente mayor, que está jarta haciendo siempre lo mismo. De diversiones eróticas y musicales, de actividades mágicas sobre la mesa y, a veces, debajo de la mesa. En el peladero terrenal, dichas y desdichas éstas, quizás tontas e inofensivas para los cerebrales habitantes del próximo milenio. Sin embargo, la gente sencilla de ahora, se imagina mil cosas un tanto grotescas e inverosímiles en torno a la vida y actividades del Frufrú.

Historias ingenuamente injuriosas y lujuriosas, que los cuchicheos del pueblo, ponen en circulación. Historietas en relación con esa empresa y su empresario. Corren y saltan de boca en boca, cumplidísimas falacias de todo género. A sotto voce entre las señoras, leyendas corregidas y aumentadas entre quiénes, desde luego, jamás han visitado, ni siquiera a tímida distancia, algunas de las dependencias del Frufrú. Que se atienen al contenido de la primera bola de nieve o de fuego, según el caso, que echan a rodar los desocupados del parque de la Libertad y las damas, sin afanes y sin tema para murmurar después de misa mayor, en el atrio de la Valvanera o al amparo del acogedor techo de bahareque de las muy inteligentes Hinestrosas, justo al lado noreste del templo de la parroquia que rectora monseñor Corrales.

3 –

Las noventa y nueve divas en almendrita, no eran sino nueve, presentes en el espacio de un gran escenario. Como reinas impolutas desfilan por una pasarela cortesana de corte caribeño; muchas de ellas conocidísimas en el pueblo. “¡Que escándalo, señor, la Primavera/ se quitó el camisón en las gradillas!”

Listas, pues, para la escogencia por parte de otros tantos señores ricos. Y la pelea angustiosa de los tres robertos de Calarcá por Katina Segunda, la de “la mochila roja”. Y la monumental algazara que arman los “más machos” en la feria, por la sola repartición y por el consumo. Pero, las lenguas mejor escalafonadas del pueblo, mencionan nombres con sus respectivas cualidades familiares y sociales. Don Fulanito padre tan tierno de las fulanitas; don Zutano, esposo amantísimo de doña Zutana; don Mengano tío de las menganitas. Las grandes fortunas que en una sola noche se hunden allí; “se hunden” y después !vánse a buscar entierros violando guacas sagradas, hasta ayer intocadas y vírgenes! Y, de como arruinaron a Equis, a Ye y a don Zeta.

Además, de los manjares afrodisíacos que en esa “casa de perdición” se consumen sin compasión a base de carne de serpiente dorada del Amazonas; de las tiernas lombrices de tierra, cristalinas y grandes como culebras, procedentes de las fértiles sementeras del Quindío, !Por cargas!. En fin, de una docena más de chismes que tantos relatan, por allí y por allá, con delectación, bostezos y eructos. Una cadena de invenciones no tan ingenuas, para toda la perramenta morirse de la risa.

No obstante, no será fácil encontrar en siglos venideros y, ya con la gente muy computarizada, algo parecido a lo que han encontrado los sorprendidos visitantes y clientes en el Frufrú de Buitrago de la primera mitad del siglo Veinte. Si, de Buitrago “el brujo”, el trotamundos, el charlista, el que tiene el secreto para inducir, cuando él no habla, a que la gente hable, converse, cuente sus pecados, sus gracias, sus habilidades. Enrique nunca pregunta qué religión tiene éste o aquel, a qué partido político pertenecen o de qué equipo futbolero son hinchas, sino que con cierta malicia y curiosidad, indaga sobre, “qué sabe hacer cada cual”, es decir, trabajar bien y sin mucho oso de por medio. Qué sabe hacer cada quien, dentro de tantos campos posibles para entretener a la gente. Para obligar a tantos a olvidar las penas. En suma, alegrar a los tristes, a los que tienen jartera.

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