Capítulo IX

1 –

En el Tango Bar, bien se conoce y funciona mejor una desprevenida filosofía pragmática. Saben donde está la clientela y como atraerla. Conocen de personajes realizados en su destino, mas no para ellos mismos, pues, se consideran frustrados en sus itinerarios. Son los amargados y despechados sin punto de reflexión. Sostienen objeciones contra lo nuevo y todo cambio, contra el progreso, cuando éste rompe estructuras deleznables que tocan con sus apetencias sentimentales.

Son quizá esos señores que, dentro de un secreto masoquismo, alimentan cierto pesar del bien ajeno. Que no miden ni cuantifican sus triunfos alcanzados. Que están siempre sentimentales, fisgoneando y envidiando la buena estrella del otro, la superior posición social o burocrática, ajenas. Sufren por lo linda que es la mujer del prógimo. Y, aburridísimos con la propia, a la que le encuentran defectos hasta en los ojos azules. Razonable el concepto de quienes consideran que lo del tango y su prima la milonga es sólo música de soledad. Tremenda música así de pueblos y de hombres solos; música y danza que han encontrado eco permanente en esa sociedad desolada. Los tanguistas mantienen una lucha sorda a favor del arrabal. Para que éste, en forma inútil, resista a las máquinas del progreso, a toda fuerza transformadora, a la industrialización, a los edificios de más de dos plantas. La letrilla quejosa, del tango, dice:

Dónde está mi barrio, mi cuna maleva;

dónde la guarida refugio de ayer;

que borró el asfalto de una manotada

la vieja barriada que me vió nacer.

 2 –

A la gente de tango les sobra tiempo y gusto para dramatizar las derrotas. Tantos insisten en las razones metafísicas tanguistas que enternecen la vida de tantos. Allí están vivos ciertos sentimientos que los atormentan a todos. En el recuento es perentorio sumar el crecimiento violento y tumultuoso del entorno, como todo asomo cierto o imaginario de frustración personal; la nostalgia de la patria que tantos creen estar lejos de ella; el resentimiento de los nativos contra diversas formas fabulosas de invasión; la sensación de fragilidad del propio ser y de inseguridad en el mundo, en ese mundo que vertiginosamente se transforma. Y, todo allí, está resumido y resumado en la sentimentalidad con dolido mensaje que el tango expresa, no sólo en su letra sino en sus cadencias. !Qué horrendo destino, dejar transcurrir el resto de la vida, sólo llorando el pasado! ¡Sólo viendo derrumbarse el mundo! En la impunidad, inyectándose cada quien su esperada sobredosis, para poder exagerar los reparos al presente, para precipitarse por los desfiladeros de fastidiosa y fastidiante congoja. Esta, la clientela misteriosa del Tango Bar del Frufrú de Enrique Buitrago.

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