Capítulo IV

1 –

Y el alma de la gente y de la villa. A las doce en punto del día se escucha la poderosa sirena de los bomberos voluntarios. Una señal de rito cotidiano que impone una medida de disciplina del tiempo y de los quehaceres de los habitantes, tan felices y asombrados de sus propias subordinaciones. La muchedumbre que se agita y circula por calles y plazas, suele poseer un claro concepto del valor del espacio físico y del tiempo, de la razón de los ciclos vitales, del trabajo productivo y del amor en sus mas elementales expresiones.

Un muchacho que tiene novia, una niña que tiene pretendiente, hacen de esta circunstancia un gran acontecimiento positivo y muy estimulante para cada uno y para muchos a su alrededor. No poseer estas relaciones y afectos, ciertos o ilusorios, se constituye en todo un drama íntimo, una carencia dolorosa, algo muy triste que no permite dibujar con espontaneidad y frecuencia, la sonrisa de la plenitud en los labios y en los ojos de los jóvenes. Algo capaz de afligir en secreto y en silencio a los moradores del entorno.

El agua y la promoción personal, obligan la afluencia de la gente a las piscinas como la del Club Campestre en la vega de Frayles, más con el fin de lucir el cuerpo, que por el detalle de refrescarlo; la presencia del pueblo a lo largo de los aún muy limpios y caudalosos ríos al norte y al sur del territorio municipal, son desde luego signos identificatorios de incurable vocación panteista. Se demuestra así el gran destino social y gentil de todo un conglomerado humano, realmente amigo del agua, del aire y de la distinción personal.

2 –

Por las tardes, la gente laboriosa que a todos los niveles ha trabajado obsesiva en el comercio y en los talleres y fábricas, ya a la entrada de la noche invade los bares, los teatros y los lugares públicos; los clubes y las casas de juego y de placer.

Hay una fuerza amorosa, intacta y viva, que lucha en silencio por liberarse. Aquí se ama a la mujer y hay más de un suicida semanal por razón de amores irrenunciables.

La charla bambuquera y el baile, tienen un espacio de exigencia vital. La gente, además, lleva el diablillo de la danza muy metido en los caudales de la sangre. Las energías para el regocijo están en crescendo y, es posible en algunas horas de la noche, fabricar o idealizar otros mundos, o por lo menos, otras maneras de ver y de sentir la existencia. Son estas gentes, los descendientes de colonizadores. De esos gigantes creadores de la feraz e invasora riqueza agropecuaria. Son los que amaron mucho sobre la ruana de cuatro puntas que cantó el poeta. Que nunca se dieron por vencidos en la tarea de desviar el caudal de los ríos y de transformar la superficie de las montañas hostiles, para crear inmensas y productivas dehesas y sementeras.

Los hijos de estos, son los poderosos de la ciudad. Los ejecutivos de las empresas grandes y pequeñas. Saben buscar y defender sus horas de ocio y sus justos ratos de solaz que, en un amplio conglomerado social tan dinámico y diverso, no es de ningún modo tarea difícil, si se posee entusiasmo y, sobre toda expectativa, invencible y despierta juventud del corazón.

Estirpe de enamorados y valientes. Así, los fundadores y toda su descendencia. Tienen una filosofía y saben vivir el amor, las mujeres y la vida. Una sabiduría, que con gran decisión enseña en sus bambucos el poeta de la tierra, Luis Carlos González. Y pueden contarse los episodios más tumultuosos, cuando el amor alcanza su clímax y sus más altas temperaturas.

3 –

Las manifestaciones más hondas de sincero sentimentalismo suelen anteceder o preceder a las grandes escenas pasionales. Hombres y mujeres que, necesariamente proyectan el futuro y todos los capítulos de la vida, dentro de los presupuestos del quehacer amoroso. Cada edad, cada etapa de la existencia, tiene una única explicación y justificación: el amor en alguna de sus mil formas. El amor como fuerza vital incontrastable. Es la pasión secreta o de todos conocida, que en realidad funciona. Y hace funcionar a todo el mundo para cumplir la aventura de los más recios itinerarios vitales.

Las diversas formas del amor están programadas para cubrir los más contradictorios instantes. O los más simples. A veces pueden tener la violencia de las tempestades:

Tentación hecha mujer

labios donde el beso pena…

En otras ocasiones la pasión amorosa hace su cruce con la vida en las fronteras del día y la noche. El romance del poeta que nos asiste, expresa con discreción la queja:

Llegaste tarde, muy tarde,

a la cita de mi anhelo…

como tarde llega el sol

por derroteros de invierno.”

Aquí, el triunfo del amor caballeresco de los romances pastoriles: Amar con delirio, no poseer otra pasión que el amor. No tener otro afán que el de complacer a la amada y protegerla contra todo peligro. Ver en ella todas las perfecciones y practicar sólo su voluntad.

4 –

En esta década de nuestra historia, la década de los cuarenta, André Maurois abruma las inteligencias con su plenitud y alegría espirituales: Toda una sociedad ha vivido, así. Quieren acometerse grandes empresas, pero todas ellas “por la zagala”, por la mujer querida. “Sal vencedor de un combate que tiene a Jimena como premio… Los más grandes, los más discretos tienden a convertir el amor en un deber. La pasión, dice Pascal, para ser hermosa debe ser ilimitada. Sólo se ama bastante cuando se ama demasiado.”

No por demás esta ciudad dichosa, es la gran ciudad del amor. Y todo esto explica su idiosincrasia inconfundible. Sus bien definidos perfiles espirituales y sentimentales. Mucho puede explicar el hecho citadino y rural de un suicidio semanal por amor. Los frecuentes matrimonios impositivos entre adolescentes estudiantes de los colegios. Y el hombre elemental multiplicado por todas partes que, en las cantinas populares, se emborracha con licor bravo y al ritmo doloroso de la música sentimental de la “pianola”. Hombre desolado que llora a plena luz pública, por una mujer. Agustín, el pensador y sabio, sale al paso con una conclusión conciliadora: La medida del amor es el amor sin medida.

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