Capitulo I

1 –

Los Buitrago de Enrique son originarios del Corregimiento de Altagracia, tranquilo vecindario que la estratificada geografía política regional ha sumado desde años atrás a los extensos territorios de la municipalidad de Pereira. Una apacible y poco conocida Altagracia, sólo con caballos ágiles que tragan distancias por potreros, atajos y carreteras.

El caserón y una buena parte del pegujal de los Buitrago Arenas, son muy fáciles de distinguir allá sobre el más destacado montículo, no lejos de la población. Montículo situado entre los cauces del Consota y el Barbas, riachuelos de aguas incontaminadas y frescas, que han respondido por la fertilidad y la generosa vegetación y agricultura de la agreste comarca.

Figuran como los miembros más importantes de la parentela de Enrique Buitrago, dos tíos y unos primos. Un joven estudiante anónimo, alumno del Seminario Menor de Santa Rosa; el telegrafista de Altagracia y el viejo peluquero de Sanclemente en Guática, Robertico Buitrago. Otro tío, el exclérigo Arenas que, entre un ciento de ingeniosas proezas, vendió la laguna de Tota a unos gringos poco despabilados, baratísima pero paga de contado y en dólares para obtener dinero inmediato a fin de atender deudas grandes contraídas en el Hotel Tequendama de Bogotá: dos meses como pasajero en una habitación del piso presidencial, y un mundo de finas atenciones a su asombrada y dócil clientela, procedente de otros países.

El tío peluquero de Sanclemente, Roberto Buitrago, el más viejo de sus parientes como con 78 años y buena salud, acostumbraba hacer más de una vez al día la pantomima pública de estar descabelladamente enamorado de doña Araminta Peláez, la anciana propietaria del único restaurante del pueblo. Pues, que las dos felices antigüedades, solían sentarse al anochecer en el quicio de la puerta del hotelucho para llorar de despecho, como dos adolescentes sexualmente inhibidos. Los dos, obviamente, oriundos de las vecindades de Altagracia y acristianados en la pila bautismal de Nuestra Señora de la Pobreza.

2 –

-Ustedes que son tan curiosos, dice Enrique Buitrago a sus amigos y contertulios, sin duda quieren conocer todo el rollo de mi curriculum vitae. Pues, que yo hice estudios completos en la Escuela Urbana de Altagracia, que entonces dirigía la señorita Débora Giraldo. Ella, aparentaba estatura normal con el uso de tacones bien altos, pero, !qué enciclopedia! Profesora que, en más de una ocasión, me distinguió por mi buena memoria. Yo, en realidad no tenía tal buena memoria, sino largo cuello, pelo corto y buenos ojos para encontrar en ciertos lugares de mis manos y cuadernos, exactamente dónde estaba escrita la respuesta de lo que me preguntaban en los exámenes públicos y privados. Y no sobra recordar, que esa mi querida escuela pública se llamó después Escuela “Padre Duque Naranjo”, en recuerdo y honra justísimos de un párroco de allí, jefe camilista de miedo. Cuando algún godo agresivo osaba subirse a una tarima en la plaza en día de mercado y víspera de elecciones e iniciaba gran perorata contra el presidente López, este padrecito Duque Naranjo, iba y bajaba a rejo limpio de la improvisada tribuna al atrevido orador.

-Nunca fui buen trabajador en la finca de mis padres, continúa Enrique. Y lo confieso, así, con un poco de rubor y de remordimiento. Pero, sí un soñador contumaz. Siempre le tuve cierto temor a las madrugadas en verano o en invierno, porque sentía una repentina angustia de muerte, una ansiedad profunda en los entresijos, ansiedad que sólo la pueden sentir los seres que tienen alma. Las bestias nunca podrían soportar semejante suplicio sin morirse ahí mismo. Ello, explica por qué en vacaciones abandonaba el lecho tarde. Claro, que con la edad se me acabó la melancolía, lo mismo que los pelados en la cabeza y la fatal decidia de tenerme que levantar al mismo tiempo que el lujurioso gallo y sus felices gallas del corral doméstico.

Mis hermanos, ellos sí fueron buenos trabajadores. Soñaban con acumular dinero, mucha plata, para poseer innumerables cosas, entre ellas lindos autos, en una comarca en la cual los que poseían coche particular se podían contar en los dedos de una sola mano y sobraban dedos. Yo también soñaba con muchas cosas, pero no propiamente con tener plata, porque me parecía lo más fácil de conseguir en la vida. Lo trabajoso era llegar a poseer otras cosas, quizás no muy concretas como no preocuparme por nada. Yo observaba, cómo esos amigos de mi padre poseedores de fincas tan extensas y bien cultivadas o que manejaban en el pueblo esos almacenes tan grandes y surtidos y de su propiedad, vivían esclavos de todo esto en la forma más miserable. Ni una hora de tranquilidad, de verdadera paz. Espantando ladrones allá, pagando cuentas aquí y guardando billete en las registradoras “National” muy de moda, a las cuales registradoras no se podía acercar sino el dueño, porque las tales maquinitas a los extraños les armaban un buen escándalo de ruidos y alarmas cuando pasaban cerca.-

3 –

Desde luego, que la fama de Enrique Buitrago a todo lo ancho de la comarca, no podía ser la mejor del mundo. Sobre él, las buenas señoras y todo el elenco de los dicharacheros de la gris cotidianidad, solían tejer para entretenerse, innumerables historias, historias capaces de destruir la honra a quien careciera de la espontaneidad y don de gentes de Buitrago. A él y a sus medio sospechosos proyectos, su proyecto que ya era una realidad, el de la prestación de servicios alegres a la gente rica pero aburridísima. Esta sóla iniciativa por la cual la adjudicaban al Frufrú la culpa de los temblores de tierra con caída de la torre central de la iglesia. Además, las más graves calamidades sociales, tales como los matrimonios deshechos a muchas leguas a la redonda; las sequías y los crudos inviernos; el abandono de la casa de los muchachos y muchachas y la fuga de los maridos aburridos, jartísimos de siempre hacer lo mismo; en fin, de mil desaguisados como el mal tiempo y las malas cosechas.

Pero, el hombre invariablemente estaba en lo que estaba. Su cordialidad y carácter, desde luego parejos e inmodificables. Su método laboral de tales características en si, que nunca nadie pudo aseverar que, Enrique, se permitiera hacer alardes de exceso de trabajo o de poco qué hacer; de deudas imposibles de pagar, de compromisos numerosos o de estar ganando poquita plata. Eso sí, que en toda oportunidad habla de su proyecto de crear una fábrica de servicios para alegrar la vida de los hombres casados y ricos, peo que viven haciendo mala cara.

En su tertulia de la tarde, Enrique conversa con sus amigos en un mismo tono. Y suele guardar largos silencios escuchando a los demás con una sola condición, que en la misma forma, se le escuche a él. En este mínimo detalle, es posible explicar la razón de sus eficaces y variados conocimientos. El triunfo del autodidacta, sin mucho deberle a la dureza tradicional de los preceptos y normas, ni al trabajo dirigido, ni mucho menos al maestro dictador. Pero, dejemos a Buitrago continuar su desprevenido relato:

-Siempre que hago memorias y reminiscencias de mi pueblo y de mi gente pueblerina, debo recordar algunas historias. Historias relacionadas en cierta forma con la santa Iglesia y sus pastores: Sea la primera: Un día, como a las diez de la mañana un ladrón se entró al templo, sacó la única custodia que allí había y que era o es bellísima, la acomodó en un bolso de mimbre que permanecía en la sacristía colgado de un puntillón detrás de la puerta principal y, salió como volando con ella, para alcansar el autobús que estaba estacionado en la plaza y a punto de partir.

Cuando ya el audaz pillo sacrílego, se aprestaba a abordar el gran colectivo, llegó un señor joven y de tez blanca-pálida, pero carilampiño e intentó detener al ladrón y recuperar el bolso con la sagrada prenda. El caco, de inmediato sacó como de sus propias entrañas un revólver para dispararle al carilampiño. Esté, levantó con rapidez la mano derecha como quien quiere hacer un saludo militar o detener en el aire un corcho volador y, !algo increíble! increíble para los que no presenciaron el hecho: el bus partió veloz y el ladrón quedó en el anden paralizado, en actitud de feroz oratoria, como una escultura de chatarra. En la mano izquierda el bolso con el valioso objeto de oro y piedras preciosas y en la derecha en alto, el revólver Smith, listo para ser accionado. Y, llegó la policía que, inusualmente al enterarse del asunto actuo muy presto y, fue una verdadera faena para la poli abrirle las manos al ladrón así frenado, para recuperar el sagrado objeto y decomisarle el arma de fuego. El hombre quedó allí inmovilizado como una estatua comunera. A la una de la tarde cayó un inesperado y torrencial aguacero y, el pobre tipo se chupó todo el baño sin parpadear, tieso y seriote, en la misma actitud que tenía cuando iba a disparar contra el personaje carilampiño. Como a las cinco y media de la tarde de ese día, y cuando cientos de curiosos mirábamos de lejitos el fenómeno, apareció en la esquina norte el señor ese, el joven carilampiño, clavó los ojos en la desmirriada estatua de carne, hueso y ropas ensopadas, estiró una mano en dirección a la frente del frustrado robador de custodias, y el pobre pícaro envuelto en sus trapos aguachinados por el terrible chaparrón tropical de la tarde, de inmediato y como si despertara de una pesadilla, salió veloz como alma que persigue el diablo y, mirando con ojos espantados para todas partes.

Y, el señor Carilampiño, llamémosle así ya y con mayúscula además, -continúa Buitrago,- desapareció a la vuelta de la esquina, tranquilamente y como esfumado en el aire, sin que nadie con osadía lo interrumpiera, lo detuviera, lo interrogara, le pidiera un autógrafo.-

Aquí, el amigo Julio Largo, indaga medio escéptico dentro de sus inmensas lagunas, pues no había oído en su larga vida y amplio medio familiar algo parecido a esta ocurrencia, a no ser el relato del “Espanto de la Calle del Miadero”, pregunta:

-Bueno. ¿Ese hombre carilampiño no era un muchacho conocido del pueblo o del campo o visto antes en alguna parte?

-No, jamás, aclara Enrique, aunque el hombre en realidad no tenía empaque raro ni personalidad extraña, y advierto que para entonces, yo era un niño de escasos trece años que no sufría de alucinaciones ni era mitómano.-

4 –

-La otra historia, continúa Enrique, que hace días quiero contarles tiene por escenario en parte a Altagracia y, es esta:

Cuando el cura de mi pueblo se ausentaba por algún tiempo o se iba a disfrutar vacaciones ordenadas por su médico, los campesinos que necesitaban servicios religiosos como la confesión de un moribundo, debían acudir a la parroquia grande, a la de Nuestra Señora de la Pobreza. Allá estaba listo el padre Vilá, un claretiano español que tenía asignada la responsabilidad de los barrios bajos y del sector campesino. Era un ancianito delgadísimo y alto, famoso como confesor. Todos y todas querían confesarse con él. Tal vez no haga falta advertir que Vilá era bastante sordo, pero creo que esa circunstancia poco tenía que ver con su prestigio de cura sabio y con inmensa clientela. Lo cierto es que en vísperas de Semana Santa, veíamos a todos los demás sacerdotes incluso al muy joven padre Julio Palacio, esperando sentaditos en sus confesionarios, solitarios y como olvidados. La apretada fila india de los pecadores hacia el confesionario del padre Vilá, daba la vuelta a lo largo y ancho de las naves laterales del templo parroquial, apretujados los penitentes en una gran cola que se retorcía al frente de los confesionarios de los demás padres, montones de feligreses dándole la espalda a los otros confesores y simulando mirar muy atentos para el altar mayor, donde estaba expuesto el Santísimo. Los sacerdotes allí sentados de balde, hasta podían dormir en la espera infructuosa de la arrodillada de algún creyente contrito y arrepentido, mandado por Dios. El párroco, padre Punset, llevaba hasta un tercio de papeles parroquiales para leer en las largas y tediosas esperas, firmarlos y ponerlos en orden. Pero, este no es mi asunto, aclara Buitrago, es el siguiente: Joaquinita Jiménez una anciana campesina de noventa años, vivía en mi vereda cerca al poblado y estaba enferma hacía varios meses. Un día pidió el cura para confesarse porque creía que, al fin, se iba a morir. Uno de los hijos, el menor de nombre Hildebrando, se fue en busca del padre Vilá, allá en la casa cural de Nuestra Señora. El reverendo anciano casi no le contesta al urgido campesino. Estaba semiencerrado sentado en una sillita de mimbre al pie de la cama en su estrecha celda, porque se sentía muy enfermo y se encontraba como inconsciente. Al fin, pudo escuchar el llamado suplicante del agricultor y, como respuesta, le dijo:

-Vuélvase tranquilito a casa que dentro de un momentico que me sienta con más alientos, !porque me estoy muriendo!, voy y confieso a su madrecita. No se preocupe por más nada. ¡Váyase para casita…!

-Padre, si quiere le dejo la plata para el bus de ida y vuelta,- manifestó en voz alta el preocupado parroquiano.

-No es necesario, Hildebrando, regrese ligerito a su casa.- Concluyó así el sacerdote, con muy debilitado acento de su voz.

-El campesino se despidió y se fue gozoso y admirado de que el Padre Vilá, supiera su nombre así de memoria y lo dijera de corrido.-

-El humilde hombre, aclara Buitrago, se regresó de inmediato, pero, un poco preocupado por tener que presentarse ante la familia sin el cura confesor. El hombre se marchó veloz y cuando llegó a la casa, le dijeron que el Padre Vilá ya había estado allí, había confesado a mamá Joaquinita, le había dado la Comunión y aplicado con mucha ternura bien rezada los Santos Oleos. Poco después, se supo que el Padre Vilá a la hora en que estuvo en mi vereda confesando a Joaquinita, hacía ya un buen rato que había muerto “tranquilito” como el decía, sentado en su silla de mimbre y en su pequeña celda de la parroquia de Nuestra Señora, lugar de donde no había podido moverse hacía como quince días.-

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