DE SANTILLANA A RAFAEL ALBERTI

           L E T R A S  C O N T E M P O R A N E A S

Héctor Ocampo Marín

La gran Poesía española de todos los tiempos.

La expresión poética particularmente del mundo subjetivo, conforma un género literario universal, tan antiguo como la poesía misma: la lírica.
La lírica española peninsular, rica y profunda, trascendente en sus manifestaciones diversas, es un fresco e impetuoso milagro de perennidad espiritual, siempre en trance de generosa y fecunda renovación, tanto en sus formas tan hondamente sugerentes como en sus esencias intangibles.
La más alta figura y primera en el tiempo que da prestigio a la lírica española es sin duda la del marqués de Santillana, lírico que brilló en la primera mitad del siglo XV.

Retrato de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana.

Su poesía respira gracia y está llena de sencillez y donaire como se puede concluir de la lectura de sus serranillas, de las cuales la más conocida, “La Vaquera de la Finojosa”. En algunos de sus apartes, dice:
Faciendo la vía/ del Calatreveño
a sancta María,/ vencido del sueño,
por tierra fragosa/ perdí la carrera
do vi la vaquera/ de la Finojosa.
En un verde prado/ de rosas e flores
guardando ganado/ con otros pastores,
la vi tan graciosa,/ que apenas creyera

que fuese vaquera/ de la Finojosa…

Jorge Manrique floreció en la segunda mitad del siglo XV. Autor inmortal de las coplas por la muerte de su padre el maestre Don Rodrigo. Estas coplas elegiácas son consideradas como una de las obras literarias más elevadas del ingenio lírico castellano, por su belleza formal, su filosofía y su hondo sentimiento humano. Ejemplo de ellas pueden ser las siguientes:
Recuerde el alma dormida,/ avive el seso y despierte,/ contemplando,/ como se pasa la vida/ como se viene la muerte/ tan callando. Cuan presto se va el placer,/ como después de acordado,/ da dolor/ como a nuestro parecer/ cualquier tiempo pasado/ fue mejor.

La influencia ejercida por la copla anterior fue notable. En un bello poema, dice José Selgas (siglo XIX):
Por un misterio profundo/ que vedado al hombre está,/ en la sucesión del mundo/ uno viene y otro va.
Los que van, los que vinieron/ sienten la misma aflixión/          los muertos por lo que fueron/ los vivos por lo que son.

Gustavo Adolfo Becquer, pese a su originalidad, no está libre de las influencias de Manrique. En una de sus rimas cimeras, dice:

Al brillar un relámpago nacemos;/ y aún dura su esplendor cuando morimos/ tan corto es el vivir,/
la gloria y el amor tras que corremos/ sombras de un sueño son que perseguimos./ Despertar es morir.

Y Rubén Darío, en su Canción de Otoño en Primavera:

Juventud! divino tesoro/ ya te vas para no volver,/
cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer.

Y escribe nuestro José Eusebio Caro, también bajo la influencia

de Manrique y en uno de sus más bellos poemas:

Cuando tenemos, despreciamos/ sentimos después de perder, entonces aquel bien lloramos/ que se fue para no volver.

Continuando con Jorge Manrique, otra copla suya, famosa  se

inicia así:

Que se fizo el rey don Juan,/ los infantes de Aragón
que se ficieron/ que fue de tanto galán
que fué de tanta invención…

Y esta otra citada en las oraciones fúnebres:
Qué amigo de sus amigos./ Qué señor para sus criados y parientes qué enemigo de enemigos/ qué maestro de esforzados e valientes.

En los grandes romances de fines del siglo XV, recogidos a principios del siglo XVI de autores anónimos, se encuentran varios de singular belleza. Los llamados Romancaes Viejos sobre temas históricos, recuerdan por ejemplo la caída de Granada y la expulsión de los moros del territorio ibérico.
El romance de Abenámaar, empieza así:
Abenámara, Abenámar,/ moro de la morería,/
el día en que tú naciste/ grandes señales había,/
estaba la mar en calma/ la luna estaba crecida,/
moro que en tal signo nace,/ no debe decir mentira.

Y otro romance se inicia:
Paseábase el rey moro/ por la ciudad de Granada
desde la puerta Elvira/ hasta la de Vivarramba
!Ay de mi Alhama!…

SIGLO XVI. EL RENACIMIENTO
Tiene figuras literarias tan insignes como Gutierre de Cetina, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Baltasar del Alcázar, San Juan de la Cruz, etc.
Gutierre de Cetina es el poeta del amor. Influenciado por las formas italianas musicales y delicadas, alcanza  su plenitud en su famoso madrigal “A unos ojos”:
Ojos claros, serenos, / si de un dulce mirar sois alabados,/
por qué si me miráis, miráis airados?/ si cuando más piadosos/
más bellos parecéis a aquel que os mira,/ no me miréis con ira, porque no parezcáis menos hermosos,/ Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,/ ya que así me miráis, miradme al menos.

A Fray Luis de León se le considera el primer lírico español, hombre de gran cultura; sus versos son el triunfo del equilibrio y de la majestuosa delicadeza para expresar pensamientos profundos; uno de sus más famosos poemas en liras, se inicia así:
Qué descansada vida,/ la del que huye del mundanal ruido/
y sigue escondida/ senda por donde han ido/

Estatua de Fray Luís de León . Universidad de Salamanca .

los pocos sabios que en el mundo han sido.

Baltasar del Alcázar es el autor del bello y gracioso poema La Cena, en el cual describe el proceso de una cena, desde el vino hasta la sobremesa. Agil manejo del instrumento idiomático:
En Jaén, donde resido,/ vive don Lope de Sosa.
Y diréte Inés, la cosa/ más brava que de él has oído.
Tenía este caballero/ un criado portugués…
Pero cenemos, Inés,/ si te parece primero.
La mesa tenemos puesta,/ lo que se ha de cenar junto,
las tazas de vino a punto,/ faltaa comenzar la fiesta.
Comienza el vinillo nuevo,/ y échole la bendición/
yo tengo por devoción/ de santiguar lo que bebo.
Franco fue, Inés, este toque;/ pero arrojame la bota,
vale un florín cada gota/ de aqueste vinillo aloque.
De qué taberna se trajo?/ mas ya… de la del Castillo;
diez y seis vale el cuartillo:/ no tiene vino más bajo.
Por nuestro señor que es mina/ la taberna del Alcocer;
grande consuelo es tener/ la taberna por vecina, etc.

De esta misma época es Rodrigo de Caro, autor del preciosista poema de las Ruinas de Itálica, notable antecedente parnasiano. Su majestuoso terceto inicial, dice:
“Estos, Fabio !ay dolor! que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa”

En este mismo siglo, se conoció en forma anónima un soneto que es un verdadaero tesoro de la mística y de la lírica de la lengua castellana, dice así:
No me mueve mi Dios para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en esa cruz, y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiero,
pues aunque lo que espero no esperara
lo mismo que te quiero te quisiera.

SIGLO XVII. EL BARROCO

Miguel de Cervantes escribió numerosos sonetos, Lope de Vega fue muy fecundo; Luis de Góngora innovador e imaginativo; don Francisco de Quevedo y Villegas, polifacético; Pedro Calderón de la Barca, espiritual y artista de la palabra etc.
El barroquismo es una expresión tumultuosa y desorbitada contra las formas rigurosas plasmadas sobre los modelos grecolatinos.
Luis de Góngora y Argote en una de sus famosas cuartillas, dice:
La más bella niña/ de nuestro lugar,/ hoy viuda y sola y ayer por casar/ viendo que sus ojos/ a la guerra van,/ a su madre dice,/ que escucha su mal/ dejadme llorar/ orillas del mar.
Pues me disteis, madre,/ en tan tierna edad/ tan corto el placer, tan largo el penar,/ y me cautivasteis/ de quien hoy se va/
y lleva las llaves/ de mi libertad,/ déjame llorar/
orillas del mar.

Lope de Vega, de quien se dice con muy probable exactitud que, colocando sus poemas uno detrás de otro, se podía dar la vuelta a España, inicia así uno de sus inmortales poemas místicos:
Qué tengo yo que mi amistad procuras
qué interés se te sigue Jesús mío
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno, oscuras

Pedro Calderón de la Barca es el autor del inmortal soneto a las rosas:
Estas que fueron pompa y alegría
despertando al albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana

Calderón de la Barca

durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana:
!Tánto se emprende en término de un día!

Al florecer las rosas madrugaron,
y para envejecerse florecieron
cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron
en un día nacieron y expiraron;
que, pasados los siglos, horas fueron.

SIGLO XVIII. EL NEOCLASICISMO
Dice Sainz de Robles que “al Neoclasicismo lo caracteriza esa falta de entusiasmo, ese miedo a tenerse que lanzar en ideas o a tenerse que disparar en ideales”. El Neoclasicismo busca su equilibrio exclusivamente entre la razón y la verdad y desdeña en absoluto la imaginación y el sentimiento, lo que deriva fatalmente en sequedad expresiva.
Encontramos en esta etapa de la poesía española a Nicolás de Moratín, considerado uno de los más grandes y populares poetas de su siglo. Su largo poema Fiesta de Toros en Madrid, escrito en sextillas, siempre se recuerda con regocijo por su jubiloso manejo del idioma. Se inicia así:
Madrid, castillo famoso,/ que al rey moro, alivia el miedo,
arde en fiesta de su coso,/ por ser el natal dichoso/
de Alimenón de Toledo.
Su bravo alcalde Aliatar,/ de la hermosa Zaida amante,
las ordena celebrar/ por si le puede hablandar/ el corazón de diamante.

Otros poetas importantes de este período, son los fabulistas Iriarte y Samaniego, etc.

SIGLO XIX. EL ROMANTICISMO
José de Espronceda, vivo ejemplo del poeta romántico, llenó su existencia de grandezas y caídas, de aventuras y amoríos.
El autor del apasionado poema “Canto a Teresa” escrito en octavas reales. Pero, la joya literaria de Espronceda más conocida por eruditos y público es su Himno a la Inmortalidad. Se inicia y concluye, así:

!Salve, llama creadora del mundo,
lengua ardiente de eterno saber,
puro germen, principio fecundo
que encadenas la muerte a tus pies!

Tú la inerte materia espoleas,
tú la ordenas juntarse y vivir,
tú su lodo modelas, y creas
miles seres de formas sin fin….

Hombre débil, levanta la frente,
pon tu labio en su eterno raudal;
tú serás como el sol en óriente,
tú serás, como el mundo, inmortal

Poeta importante de esta época es José Zorrilla, autor de “Cantos del Trovador”, a “Buen Juez mejor Testigo”, etc.
Otro poeta ilustre del romanticismo español: Pablo Piferrer, autor de la Canción de la Primavera. Se inicia, así:
Ya vuelve la primavera:/ suene la gaita,/ ruede la danza,
tiende sobre la pradera/ el verde manto/ de la esperanza.
Sopla caliente la brisa:/ suene la gaita/ ruede la danza,
las nubes pasan a prisa/ y el azul muestran/ de la esperanza.

Uno de los grandes románticos de la lira hispana es José Selgas, autor de un poema cumbre en octavas reales, “El Estío” que aparece en todas las más serias antologías españolas: Así empieza:
Mayo recoge el virginal tesoro;
desciñe Flora su gentil guirnalda,
la sombra busca el manantial sonoro
del alto monte en la risueña falda;
campos son ya de púrpura y de oro
los que fueron de rosa y esmeralda;
y apenas riza su corriente el río
a los primeros soplos del estío.

El soto ameno y la enramada umbrosa,
el valle alegre y la feraz ribera
con voz desalentada y cariñosa
despiden a la dulce primavera;
muere en su tallo la inocente rosa;
desfallece la altiva enredadera;
y en desigual y tenue movimiento
gime en el bosque fatigado el viento.

Por la alta cumbre del collado asoma
la blanca aurora su rosada frente,
reparte perlas y recoge aromas;
se abre la flor que su mirada siente;
repite los arrullos la paloma
bajo las ramas del laurel naciente;
y allá por los tendidos olivares
se escuchan melancólicos cantares.

Ramón de Campoamor es un poeta a todos familiar, muchos de sus poemas alcanzaron gran popularidad en España y América; quien no recuerda aquel poema:
Escríbeme una carta señor Cura,/ -ya sé para quien es,/ sabéis quién es porque una noche oscura/ nos visteis juntos… Pues…
Y aquel famoso: “El Tren Expreso”:
“Habiéndome robado el albedrío/ un amor tan infausto como el mío, ya recobrada la quietud y el seso/ volvía de París en tren expreso”.

Todavía en la época del romanticismo, nos encontramos con Gaspar Núñez de Arce, poeta-filósofo que vivió hasta principios del siglo veinte. Pero, citemos aquí al poeta romántico español por antonomasia, de quien no hay persona culta en el mundo de habla hispana, que no recuerde de memoria algunas de sus rimas, es Gustavo Adolfo Bécquer, el poeta sevillano de:
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar
aquellas que aprendieron nuestros nombres
esas, no volverán…..

Y, esta otra rima, inmortal:

Del salón en el ángulo oscuro,/ de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo/ veíase el arpa.
Cuánta nota dormía en sus cuerdas,/ como el pájaro duerme en las ramas/ esperando la mano de nieve/ que sabe arrancarlas.
Ay pensé! cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma, y una voz como Lázaro, espera/ que le diga: “Levántate y anda!”

Sin embargo el poema de Bécquer que ha estremecido la sensibilidad romántica de todas las épocas, se inicia, así:

Gustavo Adolfo Bécquer (detalle de un retrato
realizado por su hermano Valeriano, c. 1862

Cerraron sus ojos/ que aún tenía abiertos/ taparon su cara con un blanco lienzo.
Y unos sollozando/ y otros en silencio/ de la triste alcoba todos se salieron.
De la casa en hombros/ lleváronla al templo,/ y en una capilla dejaron el féretro/ allí rodearon/ sus pálidos restos/ de amarillas velas/ y de paños negros.
De un reloj se oía/ compasado el péndulo,/ y de algunos sirios el chisporroteo/ tan medroso y triste/ tan oscuro y yerto/ todo se encontraba…/ que pensé un momento:
!Dios mío, qué solos/ se quedan los muertos!

Para concluir el ciclo romántico citemos a Federico Balart, insigne hombre de Estado, quien en realidad, solo escribió un poema significativo: “Restitución” en memoria de su esposa muerta. Dicho poema, el alguna parte, dice :
Desde que abandonaste nuestra morada
de la mortal escoria purificada,
transformado está el fondo del alma mía,
y voces oigo en ellas que antes no oía.
Todo cuanto en la tierra y el mar y el viento,
tiene matiz, aroma, forma o acento,
de mi ánimo abatido turba la calma
y en canción se convierte dentro del alma.

SIGLO XX EL MODERNISMO
Entramos al Modernismo con los Machado, auténticas sensibilidades de poetas, cuya influencia ha sido notable en la poesía castellana de este siglo. Su entonación es como esta de un poema de Antonio:
En el corazón tenía / la espina de una pasión,/ logré arráncarmela un día:/ ya no siento el corazón…
La tarde más se oscurece,/ aguda espina dorada, !quien te pudiera sentir/ en el corazón clavada!

Antonio Machado es autor de versos tan famosos, que todo el mundo los cita, omitiendo el nombre del autor:
Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar.

Su hermano Manuel Machado, es el autor de este famoso retrato de

Felipe IV, dice:

El poeta Manuel Machado Ruiz

Nadie más cortesano ni pulido/ que nuestro Rey

Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez.

Felipe, que Dios guarde,/ siempre de negro hasta los pies vestido.
Es pálida su tez, como la tarde./ Cansado el oro de su pelo undoso/ y de sus ojos, el azul, cobarde.
Sobre su augusto pecho generoso/ ni joyeles perturban, ni cadenas/ el negro terciopelo silencioso.
Y en vez de cetro real, sostiene apenas,/ con desmayo galán, un guante de ante/ la

blanca mano de azuladas venas.

Juan Ramón Jiménez a cuya influencia se debe el nacimiento en Colombia del Piedracielismo, comandado por Carranza y Jorge Rojas. Uno de sus poemas dice:
Nacía gris la luna y Beethoven lloraba,
bajo la mano blanca, en el piano de ella
en la estancia sin luz, ella mientras tocaba,
morena de la luna, era tres veces bella.

Teníamos los dos desangradas las flores
del corazón y acaso llorábamos sin vernos…
cada nota encendía una herida de amores…
-el dulce piano intentaba comprendernos-

Por el balcón abierto a brumas estrelladas,
venía un viento triste de mundos invisibles…
Ella me preguntaba de cosas ignoradas
y yo le respondía de cosas imposibles…

Para finalizar esta breve cabalgata por los inmensos predios de la lírica española, llegamos a los campos poéticos de hoy, en el lomo de los istmos con Rafael Alberti, denso, vario, inimitable; Federico García Lorca, genial personalísimo, poesía de gran colorido, emotividad y dramatismo; Pedro Salinas, discípulo de Juan Ramón Jiménez, poeta puro, coloquial e intimista; y, además Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Leopoldo Panero, Miguel Hernández y José María Vlaverde, este nacido en 1926, etc.
Parte de un romance de Federico García Lorca, el poeta sacrificado en Granada:
Verde que te quiero verde/ Verde viento, verdes ramas
el barco sobre la mar/ y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura,/ ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,/ bajo la luna gitana.

Rafael Alberti concluye uno de sus bellos sonetos:

Llena de suavidades y carmines,
fanal de ensueño, vaga y voladora,
voló hacia los más altos miradores,
miradla querubín de querubines
del vergel de los aires pulsadora

Fotografía tomada del libro “Rafael Alberti: Sólo la Mar”.

pensativa de Alberti entre las flores.

Quien no recuerda de Miguel Hernández, aquel desolado terceto:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas
compañero del alma, tan temprano.

Finalmente, José María Valverde, que vive aún, algo de su Oración
por nosotros los poetas:

Señor, qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aún nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste.

Santafé de Bogotá, Junio de 1995

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *