EL PATHOS POETICO Y LITERARIO DE LOS CALARQUEÑOS

Por Héctor Ocampo Marín

Lectura en el Acto Académico cumplido
 en el Club Quindío y dispuesto por la
 Universidad del Quindío y la Alcaldía
                            de Calarcá.

 

Parte Primera

P R O E M I O

Esta amable tertulia, es apenas natural que se pueda cumplir en Calarcá, tierra de letrados. Y el señor Rector de la Universidad del Quindío, Henry Valencia Naranjo y el Alcalde de Calarcá, doctor Sabogal Vallejo, bien comprenden y hacen honor a esta convicción para prestarle un perfil académico y literario a este acto en el cual se hace presentación de un libro de cuentos y, se entrega otro libro, sobre temas nacionales y se hace póstumo homenaje a la memoria de una de las inteligencias más apabullantes que ha tenido el país político: Iván López Botero.

1.-LETRADOS FUNDADORES DE CALARCA

Se me ocurre pensar, que no es meramente anecdótico sino imperativamente histórico, el hecho que los principales fundadores de Calarcá fueron hombres de letras. Don Román María Valencia, en los primeros años de la fundación, enviaba al gobierno central en Bogotá extensos y bien redactados memoriales en solicitud de servicios para la Calarcá naciente. Roman Maria ValenciaEn un escrito suyo de carácter periodístico publicado en Pereira y en Medellín, don Román María invitaba a medio mundo de los fines del siglo pasado a venir a Calarcá y se expresaba así: “Antioqueños: A las hachas, los que vivís sin patrimonio y a voluntad de un rico feudal. Aquí, donde podéis dejar a vuestros hijos el fruto de vuestro trabajo y terreno en propiedad; aquí, donde las selvas seculares con sus robustos y corpulentos árboles, desafían vuestras fuerzas titánicas; aquí, a gozar el placer del antioqueño en descuajar las montañas vírgenes y convertirlas en campos cultivados y hermosas sementeras y poblaciones.

“Ambiciosos del oro, continuaba don Román María Valencia en su perorata periodística, venid aquí, donde hay inmensos veneros de oro y donde el jefe Calarcá y sus súbditos, lo dejaron por quintales sepultado en las entrañas de la tierra.”

En estas espléndidas parrafadas de don Román María, fundador de Calarcá y que era un escritor y naturalista, descubrimos los gérmenes de la teoría y la praxis que han caracterizado siempre el espíritu y la personalidad del calarqueño auténtico. Indudable afecto al trabajo, al trabajo amable y fecundo, respetable noción de la propiedad privada, distanciamiento del tono feudal, de todo lo que signifique monopolio latifundista. Decidido amor por la tierra, por el solar doméstico.

Don Román María Valencia dedicaba los ratos de ocio a engrosar su colección de aves de múltiples colores, de mariposas y de raros coleópteros y lepidópteros. Hacía esto don Román María, mientras al otro lado del río Quindío mi pariente el “Tigreros” que era un genio y en absoluto no un hombre de letras, se entretenía los domingos y fiestas de guardar, cogiendo fieras y despellejando tigres para ejercitar sus músculos.

Catarino CardonaA uno de los prohombres de los primeros años de Calarcá, don Catarino Cardona, no faltó quien, con un buen número de razones lo llamara: “El hombre de las leyes”, tal era su versación y sus conocimientos. Y los primeros cronistas comarcanos al referirse a la casa de don Segundo Henao, otro cofundador de Calarcá, hablan de su “poética mansión en Versalles”.

Alguien ya muy sutil de este lado nuestro del río Quindío, cuentan, que sugirió a Tigreros y a los fundadores del pujante poblado, hoy brillante capital de nuestro departamento del Quindío, les sugirió que le colocaran a su fundación como nombre Armenia, para solucionar de una vez por todas en el futuro los problemas de rima y asonancia en los sonetos laudatorios que a los versificadores callejeros se les iba a presentar con el nombre de la compañera  del fundador y gran dama colonizadora, doña Arsenia.

 

 

2.-EN LAS TIENDAS SE HABLABA DE FILOSOFIA

Decimos, pues, que el pathos poético orienta el espíritu de los calarqueños. Pero, no el de rimas y asonancias, sino el profundo, el de esencias del espíritu. Ello, es evidente sobre todo en su vida, en sus actividades y en su capacidad para ver y descubrir los aspectos espirituales escondidos en las entrañas de los seres y de las cosas. En el concepto alegre y vital de la vida que tiene la mujer calarqueña; en el no se qué elegíaco y evocador de las terrazas y balcones de las casas solariegas que plasmó la arquitectura colonizadora. Incluyendo a todos los protagonistas de la fundación hasta nuestros días, es indudable que el calarqueño ha tenido siempre un sentido estético, espiritual y poético de la existencia, de la lucha y de la acción.

En las tiendas de don Jesús Arango Chica y de don Agustín Villegas, éste un teólogo y letrado, allá por principios de este siglo, por ejemplo, a la luz de una vela de cebo, se hablaba de política aristotélica y de filosofía tomista y hasta de la positivista, especialmente por los lados del mostrador fondero de  Arango Chica padre de la investigadora y naturalista, Teresa Arango Bueno y del famoso catedrático de izquierda Renato Arango. En la talabartería de don José María Espinosa, se discutía de libros, con énfasis de los autores franceses y en las droguerías como en la de don Eduardo Norris, sobre el mostrador y mientras la clientela se retardaba y apenas interrumpía la tranquilidad aldeana, se escribieron hermosos sonetos y bellas páginas literarias, como aquella de don Eduardo “Una tempestad en el Quindío” que ha sido pieza antológica en libros de lectura para estudiantes. Y qué decir de los cafetines, aquellos de los años veinte y treinta, por ejemplo que en una etapa lúcida, animó un abogado hermano del gran vate santandereano Aurelio Martínez Mutis y otros buenos conversadores de la época, y que analizaban con inteligencia y ponderación los problemas del mundo.

 

3.-TEOSOFIA, ARTE, CANCIONES

Doña Pastorita Jaramillo, levantaba su cátedra doméstica y vecinal sobre teosofía y espiritismo y disertaba en las veladas con gran propiedad sobre Camilo Flammarion y sus libros. Pedro Fayad, era un joven brillante que hacía teatro y declamaba con singular dominio retórico en los intermedios de las funciones histriónicas. Con el grupo de danzas infantiles “Frutos de mi tierra” Agripina Restrepo ya se había apoderado de los escenarios de Colombia y Venezuela. Famosa la velada cívica en el Teatro Municipal en la cual Gilma Ortega cantó las “Medias finas de seda” causando  una sorpresiva ola de histeria entre la concurrencia joven de entonces. Nadie desconocía ya el prodigio de finura de la voz del joven cantante Fabio Echeverri, ni las exclusivas tonalidades de “El Mago” Restrepo; del muy joven dueto de “Delfín y Julián” Ortiz y las tan solicitadas serenatas con la voz prodigiosa de Alfonso Arbeláez. Ya Ovidio Hurtado Leal tenía entre ceja y ceja la Academia Jerónimo Velasco y Oscar Aristizábal, empezaba a hacer sentir su su voz con arpegios baritonales después de media noche.

Por otro lado y saliéndonos un poco del vivificante ritmo de la gente normal con su farándula normal, unas décadas antes el historiador antioqueño Roberto Botero Saldarriaga hacía charlas y tertulias en Calarcá sobre temas relacionados con los próceres. Y por 1929, ese mismo Botero Saldarriaga, senador por Antioquia y como presidente de la Dirección Nacional Liberal, había enviado telegrama urgente al doctor Enrique Olaya Herrera en Washington y a la sazón embajador de Colombia y de la odiada hegemonía conservadora, ante la nación norteamericana, para que aceptara, por amor de Dios, la candidatura presidencial.

Por otra parte, finales de la primera mitad del siglo,  se hablaba mucho en Calarcá no sólo de música sino de pintura y Abelito Ortega Jaramillo en sus retratos y maravillosos lienzos al óleo, exteriorizaba con gran maestría la fuerza abscóndita del alma de sus paisanos y “el terror y temblor” del paisaje nativo. Noé Torres, ya había pintado su famoso “Arbol de Café”, donde el cafeto parecía posar mirando de frente y con las hojas todas, las flores y los frutos totalmente de frente, nada de perfil, un trabajo que pisaba misteriosos terrenos cubistas, antes de Picasso ser conocido por estos ejidos. Ya el joven Gabriel González Molina, exponía muy trabajadas acuarelas delicadamente panteistas. Finalmente, Rosa Lía Campuzano, impone con singular dulcedumbre, ortodoxas premisas de plástica en su Escuela de Pintura.

 

 

4.-LITERATURA Y POESIA BAUDILIANA

Atalíbar Patiño escribía ya sonoros sonetos a la naturaleza y Teresa Arango Bueno tenía listo su famoso libro “Precolombia” donde sale mal librado el cacique Calarcá rey de los Pijaos. Y, para entonces, Baudilio Montoya ya había producido su romance a la “Niña de Puerto Espejo”. Este romance pudo ser el principio de una especie de realismo mágico en la poesía romántica del país. Muchas romerías se cumplirían por entonces, al calor de los buenos aguardiente, para ir a conocer la niña de Puerto Espejo, tan parecida a la niña de Guatemala “a la que se murió de amor” según José Martí. Pero, lo cierto es que nadie distinto a Baudilio, pudo ver jamás en aquella fonda de arrieros lujuriosos a esta especie de Dulcinea del Toboso, creada por el autor de “Murales del Recuerdo”, la niña de Puerto Espejo, por la cual tantos pelearon tanto “como Antonio Gil y Luis Cuervo”.

El drama humano en maravillosa simbiosis con los ríos y las selvas, particularmente la personalidad y el dolor del indio, aparecieron en la literatura colombiana a través de la vigorosa narrativa del calarqueño Jaime Buitrago. Esto es un hecho literario reconocido por notables críticos nacionales como el padre Félix Restrepo.

Luis Vidales Jaramillo, nacido aquí arriba en la Finca Rio Azul, y el único calarqueño que aparece en el diccionario Larousse y en la enciclopedia soviética, ya había ocasionado el gran escándalo de “Suenan Timbres ” por finales de la década de los veinte. Este libro  uno de los grandes hitos renovadores de la poesía colombiana. Algo, así, el mediano lío armado por Luis, muy semejante a la representación un siglo atrás en París del Hernani de Víctor Hugo, que puso a pelear a mano limpia en las calles y en las márgenes del Sena a neo-clásicos con los agresivos románticos, ya en decadencia. Cuentan, pues, que el poemario de Vidales escandalizó y exacerbó tanto los ánimos de nuestra república literaria muy remolona, que  puso casi al borde de infarto del miocardio a Ñito Restrepo lleno de iracundia contra Luis Vidales; lo mismo que al maestro Valencia en Popayán que, poéticamente gobernaba al país, y cada rato los amigos de Luis y los piedracielistas le pedían la renuncia y el siempre se negaba a renunciar.

 

 

 

5.-OTROS GRANDES LETRADOS. LA VOZ DE CALARCA

Veinte años después, “Antócar”, Antonio Cardona Jaramillo, calarqueño ciento por ciento, un prodigio de vitalidad espiritual y humana ya había  concebido varios de los cuentos de “Cordillera”. Muchos lo recuerdan caminando de su casa en la Calle de las Palomas a la plaza principal de Calarcá, trayecto en el cual se gastaba varias horas saludando con voz sonora y estimulante y abrazando hasta la asfixia a todos los coterráneos y señoras que se encontraba a su paso. Mientras tanto, en el café de Marquitos en la plaza de Bolívar, con impaciente angustia, esperaban a “Antocar”, Camilo Restrepo, Alfonso Peña, Carlos López García, Humberto Jaramillo Angel, Emilio García y el joven cronista de “La Patria”, Héctor Rojas Castro.

Para enriquecer su haber espiritual y su inspiración mirando hacia Peñas Blancas, venían a Calarcá con frecuencia muy temprano o al atardecer, Euclides Jaramillo Arango, y el poeta Bernardo Pareja de Quimbaya. De Montenegro Luis Carlos Flórez para pulir y mejorar sus “Canciones de Otoño” y Jairo Baena Quintero para acendrar sus doradas romanzas; de Salento el amable músico y prosaico prosista Luis Ramírez y Mario Sirony, éste ya en plan de componer su bella cantata “Ambito del Ruiseñor”. De Caicedonia, Oscar Piedrahíta González indagando por Baudilio y debajo del brazo los originales de “Vigencia de la Angustia”; y de Aguadas, Gilberto Jaramillo Estrada y Noel Estrada Roldán, todos en busca de temas e inspiración. Y de Armenia venía el patriarca liberal don Antonio Londoño Parra, no sólo en busca de votos sino de fuerza lírica. Y Julio Alfonso Cáceres, Samuel Medina Cardona, y hasta Carmelina Soto y Adel López Gómez y un muy notable patricio, cuyo nombre se me escapa que, sus valiosas pero un poco contrahechas prosas, con gran regocijo las hacía traducir al sonoro idioma de los calarqueños. Y Jesús Arango Cano, muy joven todavía, que venía pero a mirar las muchachas y sin falta a la procesión de la Soledad en Semana Santa.

Además, y un poco más adelante ya se podía escuchar a través de las hondas hertzianas de la Voz de Calarcá, la palabra rigurosamente intelectual de Cecilia Latorre y el torrente idiomático de Germán Gómez Ospina. Y ya la sonora y agradable algarabía radial de los aún casi adolescentes locutores “Chola”, “Cuchilla”, Jorge Eliécer Orozco y Ospina Pérez.

Bernardo Palacio Mejía ya había escrito centenares de sonetos de humor y, su dramático poema “Plegaria” convertido en dolorosa canción viajera, que empezaba su peregrinaje por los caminos de América. Y Humberto Jaramillo Angel, entre su vasta y bien trabajada obra cuentística, ya había sido incluido en una gran antología nacional su famoso cuento “Eva”, la historia de una niña pobre que llega a la escuela tarde y con el traje sucio y la maestra la devuelve a la casa. Pero, la niña temerosa de un castigo de sus padres se da a vagar sin rumbo por las calles silenciosas de la aldea hasta que llega la hora justa del medio día para volver a casa. Es este cuento, el precedente más serio de la literatura social posterior que se escribió en el país.

Rodolfo Jaramillo había publicado en el suplemento literario de “El Colombiano” numerosos trabajos, entre ellos su novedoso y muy erudito ensayo sobre Mauricio Barrés. Y cuando alguien le preguntó qué obras había leído de Barrés, aseguró que “ninguna, porque de lo contrario, agregaba, no hubiera podido escribir con tal desenvoltura y originalidad ese ensayo.” Sin embargo, somos testigos, que sus conocimientos sobre Barrés, eran notables. Fernando Arias Ramírez en sus componentes literarios ya había logrado la amalgama entre el hombre y su medio para escribir su libro de cuentos “Tierra” y la Imprenta Departamental de Caldas acababa de publicar en su serie de Autores Caldenses el famoso Tratado de Estética del ya muy estructurado joven maestro Luis Vidales. Ya hacía como diez años que Luis Yagarí, pereirano como Euclides Jaramillo Arango, dictaba clases de literatura con un gran sentido poético a las niñas de Calarcá. Más tarde escribió en sus famosas Jornadas, de “La Patria” tan leídas como las Charlas de Luis Donoso, escribió Yagarí una “jornada” sobre su muerte violenta en Calarcá. Ella, según su crónica ocurrió así: vino en un fin de año por navidades a la casa de su cuñada aquí abajito de la plaza. Un día como llegara del Club a altas horas de la noche con sus buenos tragos, todo mundo se había acostado ya y ocupado todas las camas pues había mucha parentela visitante. Su cuñada con gran gesto y señorío lo organizó en una tarima en la gran pieza de la plancha y no encontró más con qué cobijarlo sino con la bandera nacional. Al otro día, al despertar Yagarí con qué guayabo y verse cubierto con el pabellón de la patria, no pensó otra cosa sino en que estaba muerto, que lo habían matado en la violencia y que lo estaban  velando en el salón de la Sociedad de Mejoras Públicas o en el recinto del H. Concejo Municipal, y miraba al frente en un alto muro la imagen de un sagrado Corazón de Jesús un poco raro y que no era otro, que un viejo e inmenso retrato de tamaño familiar del General Rafael Uribe. En su guayabo y en el cansancio de la tarima, a Yagarí, le preocupaba el chaparrón de discursos calarqueños que tendría que soportar de manera tan incómoda en sus funerales.

 

 

6.-PRIMEROS ORADORES. LA MANIFESTACION COMUNISTA

A la sazón, con frecuencia en las reuniones y en el Club Quindío y en el Club Unión, se escuchaban buenos discursos de gente joven aún, Jesús Aristizábal Fernández, Jorge Jaramillo Arango, Aníbal Londoño Jaramillo, Evelio Arbeláez y desde luego, la grandilocuencia de José María Patiño Sáenz y la teorética de Benjamín Pardo Padilla, los teológicos lances oratorios de Carlos López García y los torrenciales y conceptuales discursos del joven universitario Raúl Gómez Montoya.

Eran los días, y ya van estando lejanos, en los cuales el médico Roberto Botero Arango, levantaba cátedra permanente en su consultorio-farmacia con cargas de erudición sobre los más variados conocimientos humanos, con la fiel audiencia sin lugar a réplicas de Azarías Campuzano, Alfonso González, el médico Alberto Zapata, Luis Orozco y Blas Escobar. Ya hacía varios años atrás que se había verificado en Calarcá la primera manifestación comunista organizada y comandada por Enrique Panesso y el doctor “Toronjo” y planeada con el revoltoso mote de “Marcha del Hambre”, la cual manifestación un domingo y al desembocar en la plaza de mercado fue disuelta inmisericordemente por la furiosa batería de los carniceros, tenderos y especieros diversos, que arrojaron sobre las desmelenadas cabezas  de los idealistas manifestantes, una violenta carga de artículos alimenticios, brutales extremidades de res, feroces yucas de Armenia y plátanos gigantes ya medio podridos, creando así la confusión y el terror, y la desbandada total…. Desde entonces y hasta nuestros días, sin más noticias de ese movimiento, como si se lo hubiera tragado la tierra.

 

 

7.-JEFES POLITICOS. VISITAS DEL PRESIDENTE SUAREZ Y JULIO FLOREZ

Más tarde, encontramos a Joaquín Lopera en el Concejo y en todas parte defendiendo con singular franqueza y como cosa propia los dineros del erario y convirtiéndose en el terror de los peculadores. Carlos Tobón Flórez, ejercía por derecho propio desde Calarcá y a base de desprendimiento y de ausencia de ambiciones curulescas una sólida jefatura sobre su partido con proyecciones sobre el viejo Caldas. Y Juan Gabriel Hurtado era la voz cantante de esa austera concepción política, ya tan caída en desuso. Un poquito más adelante, Azarías un negociante con flores, concejal por la Anapo, pretendía hacer creer a sus colegas del cabildo que había leído de pasta a pasta, varios libros de Sócrates, entre ellos uno que se llamaba “Conócete a ti mismo”. Nadie le creyó en el augusto recinto, porque todos sabían que el viejo Sócrates de Atenas en su vida nunca escribió un libro.

Pero volvamos atrás. Por los años veinte había estado en Calarcá el presidente Marco Fidel Suárez, hospedado en la casa de un distinguido jefe liberal, don Roberto Cano, quién, inmediatamente se marchó, el ya casi “presidente paria”, hizo colocar con gran orgullo patriótico al frente de su casa, una bella placa de mármol recordando el nombre y la fecha de estada de tan ilustre visitante. Julio Flórez, todavía lo recuerdan algunos calarqueños de luengos años, había hecho varios recitales en la ilustre villa y su presencia era recibida con júbilo desde la Cucarronera camino hacia La Líneaen y en forma multitudinaria se desprendían las cabalgatas hasta la plaza de Bolívar, donde le tributaban al poeta del “Idilio Eterno” y “Flores Negras” jubilosas expresiones de admiración.

Tiempo después y por los años treinta y cuarenta era fácil encontrar en la plaza de Calarcá a Darío Echandía, que sabía paladear con delectación unos buenos platos típicos elaborados por los antecesores de Benilda y hallaba con quien conversar sobre premisas del derecho romano y sobre los filósofos helénicos. También y por estas calendas, Gilberto Alzate Avendaño merodeaba con grandes serenatas por los lados de la casa de don Raúl Ortiz, donde su novia Yolanda Ronga venía a pasar parte de sus vacaciones.

Por la década de los cincuenta era muy frecuente la presencia del maestro Juan Bautista Jaramillo Meza y de su ilustre esposa Blanca Isaza. Y el maestro Rafael Maya como el sabio naturalista Enrique Pérez Arbeláez, por aquí se daban sus rodaditas.

Por los años cincuenta ya está consolidado el prestigio literario particularmente de Antócar, de Baudilio Montoya, de Fernando Arias Ramírez, de Jaime Buitrago, de Luis Vidales, de Humberto Jaramillo Angel. Y muchos intelectuales del país venían a Calarcá atraídos por la fama de sus hombres de letras. Más tarde, el médico Fernando Arias Aguirre en Estados Unidos y Renato Arango en Alemania, escriben a sus amigos con evidente nostalgia por las frescas e inspiradoras aguas del río Santodomingo.

Todo esto prestaba especial respeto intelectual a Calarcá y en todo Caldas se aceptaba sin mucha resistencia que el mismo meridiano de la inteligencia que pasaba por el parque Caldas de Manizales, se prolongaba por predios de la Villa del Cacique.

 

8.-SURGEN OTROS VALORES

Y surgían otros valores: el prodigio intelectual de Horacio Gómez Aristizábal, nacido en Córdoba todavía corregimiento de Calarcá; Rogelio Maya López con su “Alba en la Soledad”. Carlos Gómez Cuartas con libros tan evolucionados como “El hombre sí es materia de la estrella”, Evelio Arbeláez con su poemario “Girones del Alma”, donde los versos armoniosos, dúctiles y maleables se hacen fácilmente canción. Ya el armenio de adopción, Julio Alfonso Cáceres, había publicado su hermoso libro de ensayos literarios “Panoramas del hombre y del Estilo” en el cual saludaba así el tomo de cuentos “Temperatura” del calarqueño Humberto Jaramillo Angel y decía:

“Para contrarrestar la angustia caudalosa de su libro “Multitud”, Humberto Jaramillo Angel nos ofrece, ahora, en un nuevo haz de cuentos, un problema distinto, el problema de la soledad.

“Multitud” fue la voz de la barriada, el alarido vertical del hombre, el diálogo ambulante del rencor. Sobre los personajes de este libro cruel, Lautreamont empuja sus neblinas de espanto, recogidas en los abismos fascinantes del epiléptico ruso. El lecho benévolo, la mujer incitante, el pan nutricio; todo esto se observa a través de los cristales elocuentes del odio.

“Y es frecuente a este paisaje de bocas contraídas, de ojos vengativos, de puños amotinados, que Jaramillo Angel desenvuelve ahora los gobelinos de su estilo para hacernos vivir un nuevo drama, el del silencio.” Hasta aquí el maestro Cáceres.

Por otra parte ya se conocía la prosa ensayística de Alfonso Fernández Cardona y los versos estremecidos de Fabio Patiño Norris.

 

9.-FUROR VITAL AL INICIAR LA SEGUNDA MITAD DE SIGLO

Más tarde, y ya en nuestro tiempos contemporáneos, en los primeros años de nuestra segunda centuria, fueron apareciendo los “Picapiedras”. Un grupo de jóvenes progresistas que le dieron un verdadero revolcón material a Calarcá. Me parece verlos y aquí hay algunos, en las horas menos creíbles, alistando sus instrumentales para trabajos de alta cirugía en los andenes que en las calles se le atravesaban impasibles al desarrollo de la ciudad. Por esta misma década, Hernán Valencia Echeverri y otros amigos integramos a Orcinca, organismo calarqueño de integración cívica. Nos reuníamos al bla blá con mucha frecuencia. Alguna vez alguien le preguntó a Rodolfo Jaramillo Angel, muy activo periodista en ese momento, si el sabía que hacía realmente Orcinca, y el respondió que había averiguado mucho y que sus integrantes no realizaban absolutamente nada, que eran, como  medio subversivos. Es decir, como los empresarios de ahora. El presidente de Orcinca era nombrado por orden alfabético, y pienso, que si con elecciones populares y democráticas a veces se cometen errores, por el sistema del orden alfabético son de mayor calado los errores. Cuando íbamos por la letra O me tocó el turno a mi, como presidente.  Otra vez le preguntaron a Rodolfo Jaramillo, si el sabía qué era en realidad, qué significaba Orcinca,… lo pensó un poco…. y luego dijo: Orcinca quiere decir “organismo sin cabeza”. Sobra anotar, que desde el momento en que Rodolfo dijo eso, Orcinca no volvió a levantar cabeza.

Por estos años aparecían en Calarcá, bellas revistas literarias. La lujosa revista “Numen” de Agripina Restrepo de Norris; la revista “Calendario” dirigida por un caballero de gran estatura física que Rodolfo Jaramillo resolvió ponerle el sobrenombre de “Candelabro” y a todo el mundo se le olvidó de inmediato el nombre de pila de dicho gran señor y publicista. La revista “Calarcá” de José Tobías Trejos; la revista “Mensaje” de Humberto Jaramillo Angel; la muy interesante revista “Miscelánea” de los hermanos Gómez Tamayo y mi Semanario “Civilización” financiado con edictos. En la financiación de las revistas siempre aparecían como anunciantes la Licorera de Caldas, el Galpón Calarcá, la Farmacia Blanca de Botrero-Montoya y Cia y la Fuente de Soda El Paraiso.

Bueno. Tiempo después y volviendo a la literatura fue un acontecimiento literario la aparición de los poemarios de Soria Balaguero (Argelia Osorio de Henao) y de la también educadora Dora Tobón de Ocampo. Y el libro “Los Pasos perdidos” del joven Nelson Ocampo Osuna, una bien disciplinada vocación literaria. Su voz invitaba a la alegría de vivir:

Cantemosle a la vida,

cantemosle al azar;

al ruiseñor y al viento,

a las brisas del mar;

al labriego y al campo,

al río y al palmar.

 

Desde luego, que el gran fenómeno literario de estos años lo constituyó Jaime Lopera con su “Perorata” y los “Cuentos del Minotauro”. Singular la prosa lírica de Esperanza Jaramillo y se conoce ya, discretamente en las tertulias la poesía social de Jamid Albén Jaramillo.

Hablemos aquí también de las frustraciones, de la grande frustración de Calarcá, cuando no se le permitió redondear su armonía histórica en este siglo a causa de la muerte trágica y prematura de hombres jóvenes de excepción: Benjamín Ortiz Palacio, de Oscar Tobón Botero y de Nelson Mora Guevara. Nuestra bandera todavía debiera estar a media hasta. Honor a sus memorias!

Una breve página “La muerte del amor” de Nelson Mora y tomada de su libro cenital “Amor y Filosofía” nos puede revelar las dimensiones del hombre de letras, del pensador y del poeta:

Leamos: “A primera vista, puede parecer extraño el tema, sobre todo si resuenan en nuestros oídos, las palabras del Nuevo Testamento, “Dios es amor”, de donde bien puede inferirse, que el amor es inmortal, por ser un atributo de la divinidad.

“Sin embargo, Platón en el Banquete, por boca de Diotima, en forma magistral, mostró que el amor, por no ser un Dios, no podía ser inmortal, y que por lo tanto, era finito.

“El amor como creación del hombre y por referencia a una manera de ser del hombre, es en esencia finito y transitorio.

“El amor es como la flor, se gesta, germina en botón; se florece en deslumbrantes colores, expone sus rojos pétalos al ardiente sol del mediodía, al fresco de la aurora y del orto; a la caída del rocío de la media noche se marchita, perdiendo su viveza y lozanía y finalmente muere”. Hasta aquí Nelson Mora.

 

 

10.-MARCHA FINAL

Bueno. Antes de finalizar esta memoria y para reiterar sobre la vocación artística y el pathos poético de los calarqueños, recordemos de las retretas en el parque de Bolívar que se escuchaban dos veces a la semana con la banda municipal como a finales de la primera mitad de este siglo y primeros años de la década de los cincuenta, dirigida por el maestro Ruiz, o por Anacleto Gallego, o por el maestro Riascos que, realmente, atraían un público de todas las edades afecto a la música, y como motivación para la amistad y para el amor, todo a la sombra acogedora y amable de los mangos ya legendarios y de los gualandayes en flor.

* * *

Gracias por la atención a la lectura de estas deshilvanadas prosas y sobre asuntos de mitad de siglo, y los que aquí nos hemos sentido aludidos no nos hagamos muchas ilusiones de fresca juventud, ¡ajá!. Es apenas esto, parte mínima y casi prehistoria de un gran todo, que es la historia intelectual de esta ciudad. Son mis sinceras páginas memoriosas sobre nuestra Calarcá inmortal. Gracias

 

Parte Segunda.

(Segunda mitad del siglo XX)

Bogotá-Calarcá, Marzo 22 de 1996

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