CERVANTES Y EL BUEN HUMOR

                                         Por Héctor Ocampo Marín

¿Qué es y en que consiste el humor? Buena pregunta, pese a los ingleses, quienes consideran que el sólo hecho de intentar definir el humor, es prueba evidente de absoluta carencia de sentido del humor. Entonces,  recordemos algo contado por don Julio Casares en su libro El Humorismo y otros ensayos. Dice: “Recuérdese la anécdota atribuida a Felipe III, quién, viendo cómo reía a carcajadas cierto estudiante con un libro en la mano, aseguró que ese libro sólo podía ser el Quijote.”

Pero, seamos prácticos, más bien leamos un aparte del Capítulo XVI del Quijote, un suceso nocturno en la venta,  noche después de don Quijote haber sido apaleado, venta que don Quijote creía que era un castillo, venta con la alborotada asturiana Maritornes, que don Quijote creía  que era  nada menos que la  hija del dueño del castillo:

“Había el arriero concertado con ella (con Maritornes) que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado la palabra de que en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase………Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trajo a la imaginación una de las extrañas locuras que buenamente imaginarse pueden: y fue que él se imaginó haber llegado a un famoso castillo y que la hija del ventero, Maritornes, lo era del señor del castillo, la cual vencida de su gentileza se había enamorado del, y prometido que aquella noche a furto de sus padres vendría a yacer con él una buena pieza. Y teniendo toda esta quimera que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a cuidar y pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver.  Y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la misma reina Ginebra con su dueña Qintañona se le pusiesen delante.”

“Pensando pues en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora (que para él fue menguada), de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos entró en el aposento donde los tres se alojaban, en busca del arriero.  Pero apenas llegó a la puerta cuando Don Quijote la sintió, y sentándose en la cama a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella.  La asturiana, que toda recogida y callando iba con las manos delante buscando a su querido, el arriero, topó con los brazos de Don Quijote,

el cual la asió fuertemente de una muñeca, y tirándola hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama.  Tentóle luego la camisa, y aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal.  Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales.  Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mismo sol oscurecía.  Y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático;  y finalmente él la pintó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver al mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos.  Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero.  Antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura.  Y teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja, le comenzó a decir:

-Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes hecho;  pero ha querido la fortuna (que no se cansa de perseguir a los buenos) ponerme en éste lecho, donde yago tan molido y quebrantado, que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible.  Y más que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos;

 que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto.

Maritornes estaba congojadisima y trasudando de verse tan asida de Don Quijote, y sin entender ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba sin hablar palabra desasirse.  El bueno del arriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta la sintió, estuvo atentamente escuchando todo lo que Don Quijote decía, y celoso de que la asturiana le hubiese faltado a la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de Don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones que él desde luego no podía entender.  Pero, como vio que la moza forcejeaba por desasirse, y Don Quijote trabajaba por tenerla, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto, y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero, que le bañó toda la boca en sangre, y no contento con esto, se le subió encima de las costillas, y con los  pies  más que  de  trote  se  las paseó  todas de  cabo  a cabo. 

El lecho que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo  al suelo, a cuyo gran ruido despertose el ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias de Maritornes, porque habiéndola llamado a voces, no respondía.  Con esta sospecha se levantó, y encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza.  La moza, viendo que su amo venía, y que era de condición terrible, toda medrosica y alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acurrucó

y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo: A dónde estás, puta?:  a buen seguro que son tus cosas estas.

En esto despertó Sancho, y sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas, que a su despecho le quitó el sueño;  el cual, viéndose tratar de aquella manera y sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo.  Viendo pues, el arriero a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a Don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario: lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo, sin duda, que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía.  Y así como suele decirse, el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo;  y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y como quedaron a oscuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto, que a doquiera que ponían la mano, no dejaban cosa sana…..”                                                                                        

Otros grandes capítulos de humor en el Quijote son sin duda el del gobierno de Sancho, y aquel relacionado con los galeotes a los cuales el Caballero Andante quiso dar libertad, capítulos estos en los cuales la riqueza idiomática, los giros, los matices y gracia de las palabras hacen derroche de donosura y dan vigor y solvencia a una rica narrativa de estilo y tono, antes desconocidos en el idioma castellano.

 

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