9. MARCHA DEL HAMBRE

Ocurrió como a principios de siglo. Cuando en la plazoleta frente al hospital San Jorge, quizás por lo sosegado y recoleto del sitio, el camarada Panizos, su amigo el maestro “Toronjo” y el joven Montaña, organizaron y concretaron en día de mercado y en mitad de jornada, una manifestación popular que bautizaron con el bélico nombre de “Marcha del Hambre”.

Gentes procedentes de todos los lugares y recodos considerados más pobres del poblado, acudieron allí con curiosidad unos, e interés los más de participar en el certamen “cívico reivindicatorio”, como con sutil estrategia lo calificara el joven Montaña en la propaganda que activó durante la semana. Muchas pancartas con leyendas tocantes con el asunto: “Pedimos más comida para el pueblo”, “El huevo a peso jamás”, “Tenemos hambre”, etc. todo ello, bien dispuesto como si los ingeniosos líderes aldeanos hubiesen recibido lecciones ultramontanas de adiestramiento para estos embrollos en el manejo de las clases proletarias.

La procesión  se inició varias cuadras atrás de la plaza de mercado. La gente trató de desfilar con cierto orden de formación, pero la creciente grita, no permitía mantener aguzados los sentidos, para guardar las distancias marciales que, la tambora atronante de Panizos pretendía imponer con insolencia militar. Las gentes no participantes llenaban con enfermiza curiosidad y en silencio, las ventanas y los balcones a lo largo de la ruta que seguía la multitud.

Los seis policiales del pueblo apostados en esquinas estratégicas del caserío con sus bolillos listos, parecían mostrara inmodificable decisión de conservar el orden. De reprimir a bolillo limpio cualquier conato de irrespeto a la autoridad. Se les veía como mascando freno bajo el cobijo de los anchos kepis que les enviara por año nuevo el comandante general.

Al llegar a la plaza de mercado, la gritería subió de punto. Esto, cuando la manifestación que desembocaba al gran espacio público, empezó a recibir menuda y despiadada lluvia de extraña carga bélica. Huesos descarnados, extremidades de res y otros desperdicios orgánicos, de los cuales la vanguardia de la plaza, los carniceros más jóvenes, quisieron deshacerse enfadados por la tardanza de la clientela pobre que compra a precio de quema en las últimas horas.

La confusión cundió aún más, entre los sorprendidos manifestantes, cuando entró en actividad la emotiva retaguardia de vivanderas y verduleras. Todas ellas se dieron a vaciar sobre la enmarañadas cabezas de las gentes revolucionarias, formidable carga de frutas descompuestas que, adobadas con palabrotas, caían sin compasión sobre los desconcertados protestantes, a medida que se ponían a golpe de ojo frente a las vegetales trincheras, recibiendo por demás los porrazos inclementes de papas y tomates corrompidos, de tubérculos y de raíces, plátanos pasmados, repollos y otras legumbres y frutales ordinarios que, al atardecer, ya eran considerados mercancía obsoleta. Otros exaltados negociantes de delantal, irrupcionaron por el flanco izquierdo con esferoides acerados y añejos de chocolate cartagÜeño, lo que equivalía a la ferocidad de una pedrea. Todo este desperdicio de comida, pese a que en plena cosecha de café, todo el mundo tiene plata para comprar de todo, a toda hora y con toda clase de rebajas.

Así, la “Marcha del Hambre” se vió obligada a recular para abrirse y esfumarse por las cuatro esquinas de la plaza, calles arriba y carreras abajo. Y con más premura, cuando entró en fiera ofensiva la falange extremista de la batería de la panela quebrada y de los huevos podridos que, dejaban cardenales y vergüenza apestosa, sobre las heroicas espaldas de los últimos y más obstinados manifestantes y de los tres jefes todavía en tiempo de indecisa fuga.

La abundancia agraria y la fecundidad de la tierra dieron, así la batalla definitiva contra el idealismo comunista en su malograda aparición sobre los Andes. Los vivanderos, especieros y verduleras, aquella tarde, defendieron su plaza fuerte y la libertad de vender sus mercaderías al precio que siempre les viene en gana,el precio que impone la ley de la oferta y la demanda. Así, de la organización comunista de Panizos, “Toronjo” y Montaña, nunca más se volvió a tener noticias desde aquella fecha aciaga, y de ello ya van corridos muchos años.

 

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