8. TIMO AL MEDIO DIA

Benjamín Flaco Peña, viene de almorzar, baja por la calle 19 y toma la tranquila bis de los banqueros. Ha resuelto retirar el dinero que guarda con sigilo y entregarlo a su hijo Cicerón para lo de la matrícula en la Facultad de Derecho. En la esquina, un caballero vestido con corrección y de muy buenos modales le pregunta una dirección.

-Por favor, señor, usted me puede informar dónde queda por aquí la casa de cambios Abadía?

Mientras Benjamín vacila para responder, él en realidad angustiado desconocido, agrega:

-Vea amigo, yo soy un ciudadano venezolano, llegué de Caracas esta mañana y en el aeropuerto, mientras adquiría una revista me han robado el maletín donde  traía la dirección de la casa de cambios.

Mientras Benjamín Flaco Peña, piensa y mira a la distancia para todas partes, el venezolano, continúa:

-Usted no me lo está preguntando, pero he venido a esta ciudad sólo a cumplir una misión familiar y debo regresarme esta misma noche, pues mis obligaciones en Caracas así me lo exigen. Me vine en un taxi del aeropuerto a esta calle de los banqueros, pues, recuerdo que en la dirección de la casa de cambios está nombrada esta calle.

Después de una rápida presentación personal de los dos, el amable desconocido, muestra a Flaco Peña, un abultado paquete de dólares de alta denominación en el bolsillo interior del saco, quince mil dólares. Y le dice con visible preocupación que necesita cambiarlos o entregarlos a una institución responsable para que se cumpla la misión para la cual ha sido destinado este dinero por su madre.

Cuando Benjamín Peña, pudo hablar después de las minuciosas explicaciones de don Luis Capriles, que así dijo llamarse el venezolano, al mirar a pocos metros de donde estaban vió un despreocupado hombre de edad avanzada en un portón como esperando a alguien y, se le ocurrió sugerirle al cada vez más preocupado recién llegado, que le preguntara al muy distinguido caballero, si él conocía la dirección de la tal casa de cambios.

El gentil y bien acicalado anciano, dijo que sí conocía esa firma, que hasta hacía quince días estaba domiciliada en la esquina, -y señaló la esquina- pero se han mudado todos, según agregó el buen viejo, una cuadra más adelante.

-Y para qué necesitan los servicios de esa casa de cambios, -indagó con visible interés el muy cachaco caballero.

Capriles, el recién llegado venezolano, dió la misma explicación dada a Flaco Peña, y el anciano se horrorizó, cuando Capriles le mostró la cantidad de dólares, que llevaba en el bolsillo derecho interior del saco y que necesitaba asegurar y cambiar de urgencia.

El muy delicado anciano, se presentó tanto a Capriles como a Flaco Peña; me llamo Miguel Prieto, hace quince días vivo en el tercer piso de este edificio, donde una hija y, cuatro cuadras abajo poseo un almacén de zapatos, el ABC, y les recomiendo no mostrar ni a conocidos ni mucho menos a desconocidos ese dinero. Esta ciudad no es muy segura en estos tiempos.

-Todo eso me lo habían dicho en Caracas, agregó Luis Capriles. Me gustaría tomarme un tinto o una bebida aromática con ustedes antes de ir a la casa de cambios. Hace rato que quería hacerlo, pero he tenido mis temores, así solo. Con ustedes estaría muy seguro, pues también me hablaron de lo peligroso que es aquí tomar alguna bebida, si no es en lugar conocido y con personas de confianza.

-Vamos, yo les indico dónde concluyó el buen viejo Miguel Prieto.

Ya en el café, con los tintos y aromática servidos, dijo Capriles.

Ya que he descubierto que tanto el señor Flaco Peña como don Luis Prieto, son personas sin tacha, correctas, lo que para mí al llegar a esta ciudad es un privilegio, quiero contarles lo siguiente: mi familia posee en Caracas varias empresas, entre ellas un buen criadero de caballos de paso en las vecindades de la capital. Mi padre, que es un hombre chapado a la antigua, consiguió como administrador general de los negocios, a un ciudadano español, muy correcto e idóneo. Con el tiempo este administrador general pasó a ser como de la familia recibiendo de todos excesivos votos de confianza. Pero, una noche mi padre descubrió en acto de amores al español con mi hermana menor. De inmediato mi padre liquidó y despidió al tal administrador. Como era avanzada la noche, sólo  le dió plazo hasta la mañana siguiente para abandonar la casa de la hacienda donde estábamos entonces. Al otro día, descubrimos la desaparición sin despedirse del español y, con gran sorpresa y amargura, la fuga también de mi hermana. Ellos vinieron a parar a esta ciudad. Aquí murió mi hermana de un parto en un hospital de caridad, abandonada por el español. Gracias a una monjita de ese hospital que descubrió la hoja de vida de mi hermana en la historia clínica, pudimos saber en Caracas el triste destino de ella. Así, el objetivo de estos quince mil dólares, es hacer una donación a ese hospital o a esa comunidad religiosa, levantar un mausoleo a mi hermana y entregar una suma a una institución de esas que amparan a las madres solteras. Ese es el querer de mi madre, para eso destinó este dinero. De ello nunca podrá saber mi padre, que considera maldita a la hija que, según él, deshonró el nombre preclaro de la familia Capriles. Los últimos cuatro mil dólares, son con destino a la institución o persona que proceda desde hoy a cumplir este mandato sagrado de mi madre.

-Para lograr con seguridad y satisfacción ese cometido, señor Capriles, aclaró de inmediato don Miguel Prieto, no le recomiendo por ninguna circunstancia la casa de cambios Abadía. Estos señores captan dinero, para dedicarlo a empresas de vivienda en terrenos de invasión y, están por ello con mil problemas, lo que explica el hecho de que cambien con frecuencia de domicilio.

Entonces, a ustedes, manifestó Capriles, les agradecería me indicaran una entidad bancaria o persona que se pueda encargar de este asunto, hoy mismo, pues esta noche debo regresar a Caracas; tenemos en el puerto de Maracaibo un grave problema con unas valiosas importaciones que, mi padre, espera que yo se lo resuelva y, él, no sabe de mi ausencia.

 

-Yo, dijo Prieto, le propongo lo siguiente: el señor Flaco Peña y mi persona le podemos hacer esa diligencia. Es preferible esto a recomendarle a otro o a otros que, a la postre, no cumplan con exactitud y, los que vamos a quedar mal somos nosotros. En una notaría hacemos registrar un convenio con sus exigencias y listos.

-Esto me parece muy bien, dijo Capriles, y me da un descanso. Ustedes, según el trabajo que haga cada uno, se reparten con equidad los cuatro mil dólares. A la dirección de alguno de ustedes puedo venir en otra oportunidad, sin tantos afanes y apremios, por los comprobantes que, no pueden enviar a Caracas, porque mi padre nunca podrá enterarse de lo que hemos hecho en memoria de mi querida hermana. O, si ello es posible, nosotros les mandamos unos pasajes para que se trasladen a Caracas y puedan visitarnos como amigos en nuestra hacienda.

-De que somos personas idóneas y solventes, podemos demostrar ante usted y el señor notario, tanto don Benjamín Flaco como yo, alguna prueba, dijo Miguel Prieto.

-Me parece muy delicado de parte de ustedes, consintió Capriles.

-Como las escrituras y chequeras, en cierta forma son papeles de difícil comprobación, dijo Prieto, yo me ofrezco a ir al almacén y traer lo que haya en efectivo y mostrarle al señor Capriles mi solvencia para manejar dineros ajenos. Y con ello, si usted a bien tiene, respondo, así mismo, por el señor Flaco Peña.

Prieto se fue para el almacén de zapatos y a poco regresó con un viejo maletín, donde mostró a Capriles y a Flaco doscientos cincuenta mil pesos en rama.

Entre tanto Flaco Peña pensaba: si yo no demuestro mi solvencia de manera espontánea me voy a ver desalojado de este negocio por Prieto que, exhibe mucha seguridad y habilidad. En este trabajo está sin duda el valor de la matrícula de Cicerón y el pago de otras deudas urgentes y grandes.

-Yo, en este preciso momento iba para mi banco, dijo Flaco Peña, a sacar ciento cincuenta mil pesos que necesito. Si ustedes quieren me esperan mientras hago esta diligencia.

-Yo lo acompaño, señor Flaco,- dijo Prieto.

-No es necesario,- agregó Flaco Peña, pero, al fin se fueron juntos.

En el camino Prieto explicó a Flaco Peña, lo difícil que es con lo malos que están los negocios ganarse en un rato un millón de pesos. En el banco, Prieto esperó con su maletín y con mucha paciencia, que Flaco Peña sacara los ciento cincuenta mil pesos. De regreso por la ya congestionada calle, Prieto entregó a Flaco su maletín para que guardara allí el dinero junto con el otro y así lo mostrara, él mismo, al señor Capriles. A poco y cruzar la congestionada avenida, un ladrón en forma violenta, veloz como la sombra de Capriles, arrojó al suelo a Flaco Peña y le arrebató el maletín, desapareciendo entre la congestión de autos y de gente. El viejo Miguel Prieto, fuera de sí responsabilizó a Flaco de lo ocurrido, aseverándole que debía responderle por los doscientos cincuenta mil pesos y otros valores que iban en el maletín. Flaco solicitó a Prieto ir a la Comisaría a poner el denuncio, lo que fue rechazado por Prieto y, envueltos en una agria discusión de responsabilidades se perdieron los dos, llenos de despecho, por los atajos de la ciudad aleve y la muchedumbre anónima.

 

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