7. LA BODA DE LUIS ALONSO

La hija de Chepe Arredondo, Margarita, por su fina belleza, inteligencia y espontánea gracia, era sin duda el mejor partido en la ancha provincia de Navarco  y Quimbaya.

La familia Arredondo, estaba formada por cuatro hijos y dos hijas. La mayor casada hacía un buen tiempo con Alvaro Mendieta, funcionario de la Contraloría. Los muchachos, todos trabajaban en oficios elementales del pueblo, pero, trabajaban. Gente limpia, de rígidas costumbres, pobres todos, pero acatados por su positivo y admirable comportamiento social. La familia, además, útil a la comunidad, a la Iglesia, a las instituciones cívicas. Así, dentro de la participación  de Margarita y sus hermanos en las festividades aniversarias de Rocaima, el año anterior, fue donde el médico Gaviria Londoño, la conoció y se prendó de ella de inmediato y con obsesión.

Luis Alonso, tiene ahora consultorio en Rocaima y trabaja como Jefe del Departamento de Medicina Interna del hospital local.

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Entre el centenar de personas que llegaron a Rocaima, para asistir a la boda de Luis Alonso y Margarita, se destacaba por sus evidentes excepcionales calidades, don Ezequiel Gaviria, hombre como de sesenta años de una contagiosa y muy fina simpatía. Vinieron don Ezequiel y su esposa Teresita Londoño desde una lejana y bella aldea del norte. Educador, hombre de leyes, muy sabio en medicinas naturales, (de allí la vocación de Luis Alonso). Fue  Juez, Alcalde, Concejal, en fin, de esos extraordinarios personajes que suele esclarecer en sus crisoles la provincia.

Don Ezequiel, también tenía sus excentricidades. Para repartir entre la gente del pueblo el día del matrimonio de su hijo, trajo desde lejos tres camiones grandes cargados de regalos y muy valiosas mercaderías. En el salón de actos “Fayad” del hospital, en una recepción en honor de Luis Alonso y por cortesía de los médicos y enfermeras, don Ezequiel hizo una disertación de corte académico y suma erudición, sobre la función del hospital moderno y la historia de la medicina. Hubo que admirar la fluidez conceptual del viejo, su rico anecdotario al respecto y la gracia casi musical de la voz.

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Luis Alonso Gaviria, el hijo médico, apareció por la villa en la región de Quebradablanca, muy joven, hace ya de eso varios años, recién graduado. Llegó como un yerbatero misterioso, precedido de millares de hojas volantes. Se enfrentó a recetar en la más ignota y populosa vereda de Rocaima, donde  permaneció dos años y hasta consiguió plata. Atendía en la casa principal de la finca de un amigo suyo, Santiago Londoño, médico también y compañero de estudios.

Gaviria, se cansó de luchar en la capital por una oportunidad oficial en los hospitales del gobierno o en los Seguros Sociales.

Una lucha de casi un año, pasando hojas de vida aquí, llevando recomendaciones allá, y hasta haciendo colas de más de dos horas para una entrevista, pero sin asesoramiento de ningún político. Y cuando las deudas y los desengaños del recién graduado, alcanzaron su máxima angustia, desesperado y resentido, se vino a la vereda de Quebradablanca a trabajar como mediquillo y medio brujo.

Y hubo días, como los sábados, en que la cola esperando consultar al tegÜa venido de la gran Capital, alcanzaba hasta dos cuadras. Eran jornadas en que Gaviria se veía en la necesidad de  atender consulta catorce horas diarias, entrando a descansar por las lindes de las ocho o nueve de la noche. Venían enfermos de varios municipios, porque al cabo de un año la fama arrolladora del “curandero de Quebradablanca”, ya era, así mismo, una queja permanente ante el gobierno central y el Ministerio de Salud. Nadie iba donde los médicos de muchos municipios vecinos, pocos se acercaban a los hospitales, todos viajaban hasta Quebradablanca haciendo increíbles sacrificios en buses, camperos, bicicletas y a lomo de mulas y caballos viejos.

Gaviria, fresco y bien rasurado, luciendo traje negro muy semejante al de un alto dignatario indú, atendía desde las seis de la mañana. En las hojas volantes que repartía, solicitaba a los pacientes llevar las fórmulas y los exámenes más nuevos de laboratorio que por alguna razón poseyeran referentes a sus dolencias. Examinaba con suma atención ese material informativo y, al enfermo con minucioso cuidado. Y formulaba drogas fáciles de adquirir y de probada eficacia. Prohibía en forma dramática el cigarrillo y el licor.

 

Todo lo hacía Gaviria con gran énfasis. Y esto era bien recibido por las gentes humildes. Y, por ese muy paternal procedimiento, la clientela no sólo le creía y crecía, sino que lo quedaba queriendo casi con fanatismo. Pero, el secreto se escondía en realidad en los continuos y evidentes aciertos médicos. El “tegua” de Quebradablanca, así, se impuso de manera rotunda. La gente enferma no pensaba en otro. Se le obedecía ciegamente.

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Cuando un día, sábado para ser precisos, llegó a Quebradablanca la policía de la capital con una orden de arresto para Gaviria, la multitud por poco lincha a los representantes de la autoridad.

Los policiales que insistían en cumplir la orden del alcalde, que no resistía más las intrigas muy razonables del cuerpo médico, sólo desistieron de su intento, cuando Gaviria, sacó de un viejo baúl que tenía al pie de su tosca mesa de trabajo, su todavía reluciente diploma de médico-cirujano de la Universidad Nacional, y lo enseñó a las autoridades que lo acusaban de “tegua inescrupuloso” y de ejercer “ilegalmente la medicina”.

Cuando los centenares de pacientes, efectivos y en potencia, supieron que se trataba de un médico graduado, se sintieron en cierta forma engañados, y la consulta disminuyó de manera irracional en un cincuenta por ciento. Como consecuencia de este incidente, el doctor Luis Alonso Gaviria, se instaló al fin en Rocaima y esperó, ya con menos penurias económicas, que el tiempo cambiara, y su ya sólido prestigio de acertado médico, le ayudara un poco más y los colegas lo apoyaran para trabajar y ejercer su profesión con tranquila libertad.Fue cuando Gaviria pudo realizar su boda con Margarita Arredondo, la más bella de toda la provincia de Navarco y Quimbaya.

 

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