4. ASILO ESPECIAL

El viejo Germán Pereira, aquel día desapacible, echaba chispas por todo el cuerpo, por las axilas y los antebrazos en haces relampagueantes que se escapaban por debajo de la camisa beige. Iracundo como un poseso, horas después que la policía logró apresarlo y recluirlo en el Asilo Especial. Era este asilo un refugio para tratamiento de casos fuera de serie: los mayores de ochenta años hiperactivos sexuales, hiperactivos laborales o hiperactivos sentimentales.

Desde luego, este paciente, allí estaba lejos de sentirse cómodo un minuto. Se consideraba aislado, lanzado a un espacio distante de su medio natural, tanto como decir, lejos del planeta tierra con sus ciudades abiertas, sus fábricas, sus multitudes sin rumbo.

Hace ya algunas décadas que las normas laborales, sin el menor inciso para contradecir, situaban a hombres como Germán Pereira,  fuera del tiempo de vida útil, condenados a una especie de prolongado limbo vital. “Ya no está en edad de prestar ningún servicio,” le decían las muchachas, matando el ojo, las bien colocadas y mejor dotadas, con énfasis  las empleadoras y jefes de personal. Esto ocurría en las recepciones de activas empresas, donde el viejo se colaba con gran facilidad, gracias a su lustrosa camisa de tonos beige y su bien rasurado rostro triangular.

 

-Problemas de la cédula don Germán,- le recordaban los empleadores en no pocas factorías donde se presentaba buscando la jefatura de algún departamento.

-Problemas de la cédula, pero no de las células,- les replicaba con rabia, el viejo.

-Esté tranquilito señor Pereira, que es posible que algún día nos sirva de consultor, -concluían como no queriendo decir adelantar más nada.

Las alegres muchachas metropolitanas, sin embargo, mucho demandaban la consejería del viejo en asuntos intrincados de índole sentimental.

-Allá va don Germán, llámenlo que tengo que preguntarle una cosa,- clamaba alguna de ellas, cuando lo veía cruzar afanadísimo por la peatonal de occidente.

En medio de todo esto el viejo estaba en su salsa, tras la ilusión de una labor más estable y productiva, trabajando con obsesivo afán en la búsqueda de un quehacer cotidiano. Conversando con la gente. Convertido en un problema de todo el carajo. Nada le parecía bien hecho. Hacía críticas aquí y diez observaciones más allá. Pretendía planearlo todo y verlo hecho de acuerdo con sus preceptos y patrones de la década de los cuarenta y estamos ahora a fines de siglo, muy próximos a las puertas del año dos mil.

* * *

Todo esto explica con suficiencia las dificultades con don Germán Pereira y el por qué de su reclusión en el Asilo Especial. Iniciativa muy dura patentada por los agentes del orden. El asilo aludido era una casa de salud para la tercera edad, hiperactiva y enfadosa. Pacientes que nunca fueron un gran número, pero si un gran problema para la sociedad organizada. Sociedad puesta en marcha bajo normas estrictas y pautas inmodificables que señalan a cada uno, actividades y ciclos específicos de vida útil.

Desde luego, que para nadie fue un caso extraño, cuando el viejo Germán Pereira, con sigilo y maestría, le metió candela al susodicho Asilo. Era esta la única fórmula para reconquistar la libertad y regarse de nuevo por el ancho mundo. Pero, antes, contemplar con delectación,  desde la glorieta, el furor del incendio y la fuerza de los falos de fuego que violentaban las nubes. Esto, antes de marchar a prisa con las monjitas, y otros dos reclusos hiperactivos. A disfrutar de la vida y de otras muchas cosas que, por la edad les negaba la gente. Vida y cosas que suelen permanecer ociosas e inéditas en la calle o en las fábricas. Ello, por la ceguedad humana. Por la total ausencia de iniciativa y, sobre todo, de imaginación. De esa imaginación que le sobra a los hombres bien hechos y de buena voluntad, como Germán Pereira.

 

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