2. RUMBO A ROCAIMA

En el bien confortable obnibus intermunicipal rumbo a Rocaima de los Caballeros, ocupan sitio dos jóvenes: Rulfo Konhelo y Cicerón Flaco. Uno es comerciante y letrado, otro, estudiante de derecho. Konhelo es idealista, Cicerón Flaco busca con inquieta ansiedad lo útil y pragmático. En general dos buenos muchachos, que miran con alguna sospecha el futuro. Flaco va de visita donde el abuelo y lleva como invitado a su amigo y vecino Rulfo.

El gran colectivo inicia con ordenado afán la marcha. Ambos parecen personas de pocas palabras. Pero, indagan y luchan con furia por la vida y su disfrute. Rulfo Konhelo con semblante de muchos amigos, escucha las diversas voces de los pasajeros y sus distintos temas e inquietudes. Ama a la gente y le parece lindo todo aquello que al vulgo hace objeto de sus metas y ambiciones. Pese a sus reveses y fracasos, Konhelo, no encuentra lógico culpar de ello a los demás, mucho menos a los suyos, más bien tiene la severa tendencia de culparse a sí mismo. Tiene un casi lacerante sentido autocrítico y, con frecuencia, los reveses pretende convertirlos en acicate de nuevas acciones, en senderos para orientarse a otros campos de éxitos o, por lo menos en transmutar las derrotas en positivas experiencias vitales y espirituales. Rulfo sabe buscar a la gente. Cicerón pretende que ésta lo busque y, sólo le interesa parte exclusiva de ella, cuando la necesita.

 

El obnibus por San Germán ya va saliendo de las calles de la ciudad. En el alto, frente a la “Taberna de Enrique” recoge los últimos pasajeros, empieza el descenso con un poco menos velocidad.

Ahora, el colectivo inicia el ascenso hacia la Pompa. Por todos los lados quedan atrás muchas casitas, casi envueltas en el feraz  frondaje vegetal. Unas acosadas hasta el patio por los sembrados saludadores, los maizales, los yucales y los naranjos que casi se entran a los corredores. Otras, abrumadas por las veraneras, los tangos y las bellísimas. Luego, pastales, y a la derecha antes de culminar la cima, los fecundos e inmensos guaduales de la ruralía de Jesusito Varela que asaltan los predios reservados al ferrocarril. Del alto para allá, el bus aumenta la velocidad. La quinta de los aguacates de la abuela Celia de Angel, al frente la fonda “Tres Esquinas” de Tomás Konhelo Ramírez. Y, en sucesión casi interminable, largos trechos de pasto imperial, alto y fresco, lecherías con amplios potreros en los inmensos planes, refrescados por Frayles y la Víbora, por las aguas de Molinos y Dosquebradas. Y más guaduales y guaduales que parecen hacer calle de honor a los pequeños y grandes arroyos permanentes. El guadual más apretado es el que se alza frente al Club. Diagonal a la derecha la inmensa casona de Adela Jiménez López, una manzana de jardines babilónicos, muy bien encerrados y protegidos, y con simétricos trazados de callecitas por donde desfilan bajo el sol imperial los pavos reales con sus inmensas colas que parecen iluminar más el bosquecillo de copas de oro, colmado y vencido de flores. Allí cerca se pasea Domingo Fajardo, de guantes, bastón y borzalino, y siempre en función de orante de Adelita, la bella, la artista y pintora de rara nariz griega, y, además, la rica heredera de las inmensidades esmeraldinas de su madre María López, la irritable doña Bárbara de la comarca, inmensidades donde a veces aterrizan aviones, se organizan hipódromos o se ven flamear las banderas de un improvisado circo de toros en las celebraciones veredales.

 

Más adelante a la izquierda, la tienda “El último esfuerzo” y en el balcón de la casa, inmarcesible, Julietica Ramírez. Y otros y más guaduales, y el galpón en varias plazas de los Jaramillo de Salento, y más casaquintas envueltas en el recato de jardines polvorientos; y “Balalika” la fonda caminera donde, con frecuencia los domingos se enfrentan los peliadores y peinilleros más cotizados de toda la llanura. Y la fábrica de paños y la de galletas y los supermercados, y la iglesia y el terminal de buses y busetas al frente de un impresionante estribo andino y del “Boquerón” legendario, donde no queda plano sino la heredad de la viudita Carmen Restrepo. Y termina aquí el viaje, estamos en Rocaima, a doscientos metros de la casona del abuelo de Cicerón Flaco Carreño, don Atilano, sastre cortador en uso de buen retiro.

 

Se entra a la casa por un largo pasadizo con suelos de bien gastados adoquines e hileras melancólicas de piedras lisas. El viejo Atilano Flaco está solo en el corredor. Allá en su silla mecedora rumiendo nostalgias. La casa antigua es grande, silenciosa y ventilada. Anchos corredores con barandales de macanas bien pulidas que la cercan por los tres costados con más horizontes. Para seguir adentro es necesario salvar puertas de un solo cuerpo. Tres inmensos salones casi despoblados de moblaje. Cuando Rulfo observó la completa ausencia de cortinas, recordó vagamente y sin interés lo que alguien escribió: “Donde no hay cortinas es que Dios ha pasado ya”. Y, los alrededores de la añosa edificación, superpoblados de dalias reventonas de savia, geranios saludadores, rosales criollos abrumados por las graves cargas de menudas flores.

 

Los muchachos al entrar vanse derecho al extremo donde dormita el abuelo, al pié de una ventana y frente a un inmenso espacio celeste traspasado por las reflexiones del sol mañanero. Rulfo y Cicerón saludan de beso. Y el viejo apenas sonríe. Pero en sus modales da evidencias de agradable sorpresa, y parece deshacerse en ternura. De la cocina sale una mujer como de cuarenta años, Clarita Ovejeros, la sobrina. Está embrujada en un chal con flecos grises y lleva puesta una falda negra como de entierro. Ella acompaña al viejo y le hace las comidas. Rulfo de pié la saluda con una venia. Cicerón se acerca a ella, pero sigue para la huerta. Rulfo se ha sentado frente al abuelo que dejaba ver los pies vestidos con pulcritud, medias nuevas y lindas pantuflas de lana.

-Supongo que también estudias leyes como mi nieto,- preguntó el abuelo, dirigiéndose a Rulfo con aire cariñoso.

-No, respondió el joven Konhelo, soy comerciante y estudio letras y bellas artes. En la Capital soy vecino de la familia de Cicerón.

 

En estas llegó la sobrina con dos tintos y un café con leche. Recibieron con expresivo agrado el café y el tinto y, Clara regresó en busca de Cicerón, que seguía por los flancos de los viejos naranjos, que tan gratos recuerdos suscitan en la memoria del hijo de Benjamín Flaco y Eduviges Carreño, cuando aún vivían en el pueblo y, Cicerón apenas un escolar, no perdía oportunidad para escaparse a la casa de los abuelos.

 

A don Atilano es posible le ha llamado la atención, esa poco común combinación de hombre letrado y comerciante, y quiso escuchar algo más del joven Rulfo Konhelo.

-Bueno, y estudias de día o de noche?

-Yo diría que trabajo de día y estudio de día y de noche, cuando puedo, desde luego, frecuentando para investigar las bibliotecas de la capital y, asistiendo a conferencias sobre diversos asuntos que tienen que ver con la cultura. Trabajo en un almacén de artículos de cuero, que mi padre posee por los lados de San Victorio.

 

-Una linda vida laboriosa esa, así como la llevas -agregó el abuelo- y, poniéndose de pié, toma del brazo a Rulfo y lo invita para ir a la huerta y estar acompañando a Cicerón. En la mente de Rulfo, el viejo Atilano, se crece. Porque él siempre busca y encuentra aspectos superiores y excepcionales en las personas de todas las edades y condiciones.

 

Los dos, el viejo y el joven, cruzan despacio los salones para pasar al patio interior. Hay una gran sala con una larga mesa como único mueble. Al extremo del patio donde se inicia la sementera está Cicerón, muy entretenido, haciendo hoyos con un regatón y sembrando y abonando unos pequeños papayos que descubrió, muy apeñuscados, en algún lugar del huerto. El abuelo sonríe complacido al nieto, pero no hace ningún comentario.

-Los árboles parecen mostrar mucha gratitud, cuando se les hacen beneficios, cuando se les ayuda a vivir, -comentó el joven Konhelo-, sin duda con más conocimientos teóricos que prácticos.

Es notorio, que los jóvenes visitantes allí, se muestren de verdad contentos y, el abuelo Atilano, complacido y reconocido con sus acompañantes.

Todo en aquella propiedad semi-rural confluye a la vivienda y al agrado de sus habitantes y visitantes. Estimulante la frescura y frondosidad de los árboles y de todas las plantas. La abundancia de cítricos y de otros frutos gratos al hombre. Por la mañana, el bramido de la vaca, se escucha en todo el pueblo, con el mismo rumor quejumbroso de las campanas.

 

Ahora, Cicerón y Rulfo se encuentran en la plaza central de Rocaima. Aquel recuerda aún con todos sus detalles el toro bravo que un día de fiesta en corraleja, destruyó sus incipientes instalaciones de sastrería, y lo llevó, como por milagro, a la Facultad de Derecho en la capital. Pero, allí en el parque principal de la aldea amable, los dos jóvenes parece reconciliarse con el mundo. Las casas, muchas de ellas con arquitectura original de la colonización, muestran en sus balcones aireados y florecidos, el abierto espíritu de sus moradores y el alma sin afanes y tranquila de la mujer y de la familia aldeanas.

 

Las gentes de Rocaima, sólo han tenido en su historia dos rasgos de originalidad. El primero por las décadas del sesenta y del setenta, cuando hombres y mujeres, jóvenes y viejos, consideraban que la obesidad era la peor muestra de mala educación que se podía exhibir en la calle o en las reuniones sociales.

Entonces, en todos los huertos caseros se levantaba airosa una mata de coca con su verde claro al aire como una bandera de la virgen. La gente sólo acostumbraba una comida diaria y, lo elegante era mascar hojitas tiernas de coca y tomar aguitas esmeraldinas. A la sazón, no existía en el pueblo sino una tienda grande para mercar. Hoy, existen cuatro supermercados, cuando está en su furor y en pleno consenso el segundo rasgo de originalidad de los moradores raizales de Rocaima. La robustez. Esa, la rosagante gordura, la que en forma alguna, nunca produce desconfianza o sospechas de sida.

 

Rulfo Konhelo, ahora, vuelve a la capital resuelto a enfrentar con sentido positivo como es en él de usanza, las circunstancias de la vida y del amor. Por su parte, Cicerón Flaco Carreño en sus charlas y confidencias con el abuelo ha solucionado los problemas económicos que venía padeciendo en la Universidad. Regresa, pues, muy dispuesto a sacar adelante su idea fija de graduarse en Derecho.

 

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