12. APOCALIPSIS EN EL CAMINO

En los últimos meses de aquel año bisiesto del 2.004, se percibía sobre la tierra una ambientación de oculto terror y sobrecogedora sordidez. En los poblados, como en las ruralías y montañas, pese al brillo del sol, el frío se hacía cada vez más punzante y doloroso. Pero, era un frío extraño que la gente percibía más en sus propias entrañas que en las tersuras del aire. Diariamente morían con los huesos quebrantados por el hielo nocturno y las bajas temperaturas del amanecer, centenares de seres humanos de todas las edades, multitud de animales de las más diversas especies. Sobre todo, se marchitaban los árboles más corpulentos, los bosques de las hondonadas y todos los que bordean los cauces de ríos y riachuelos.

En las ciudades como en los campos, apenas aparecía el sol, la gente se lanzaba a las calles y a los caminos para hacer calistenia y desencalambrarse de urgencia. Este ejercicio de vida o muerte, lo cumplían recogiendo cadáveres humanos para enterrar o incinerar y cantidades de aves y de animales muertos, palomas, pájaros sabaneros, perros y lombrices de tierra que afloraban en la noche en abultados racimos sobre el suelo helado, para morir o acabar de morir antes de la salida del sol.

A las sacudidas sísmicas sucedidas con inusitada frecuencia, sucedió un estado de total rigidez de la tierra. Los volcanes, después de volver hacia dentro el contenido de sus erupciones violentas, apagaron definitivamente el fulgor y luminosidad de sus penachos. Las cosechas fueron cada vez más pobres y en las praderas, el pasto forrajero apenas crecía con lentitud y dificultad. Los jardines demostraban que su colorido ya desdibujado dependía de manera casi exclusiva del calor y de la luz del sol. Los animales montaraces no volvieron a buscar acomodo para los nidos en los entresijos de la tierra. Sucedieron, después, otros graves desajustes ecológicos que nadie alcanzó a registrar.

Qué había sucedido? El fuego central del globo terráqueo se había enfriado en forma casi total. Una compañía petrolera del Medio Oriente,  pocos años atrás había descubierto el más profundo y rico pozo de petróleo de que se tenga noticias en la ya larga historia de los hidrocarburos y de la irracional explotación mundial de este recurso de la naturaleza, pozo éste con conexiones misteriosas y desconocidas con todos los grandes yacimientos petroleros del planeta. Los iraquíes se guardaron con sigilo el secreto sobre tan inusitada riqueza. Pero, iniciaron de inmediato con ansia furiosa su explotación y mercadeo febril de millones de barriles, temerosos del anuncio de la inminente aparición de un sustituto sintético del petróleo, logrado ya en los laboratorios gringos. La prensa occidental registró con reservas, tiempo después, algunos datos estadísticos provenientes del clandestino hecho económico percibido por las computadoras: el aumento desproporcionado en el número de barriles entregados subrepticiamente en los últimos años al mercado internacional y procedentes del Oriente Medio.

 

Así, succionando el petróleo para quemarlo fuera en el seno de las máquinas insaciables del mundo, desangrando el planeta, el hombre moderno de la antigua Mesopotamia, posible cuna de la humanidad, había desencadenado el más catastrófico y definitivo genocidio de todos los siglos.

Ese inconmensurable pozo, sin lugar a dudas constituía, la fuente más poderosa de alimento del gran fuego central de la tierra.  Era el venero que el hombre consideraba inextinguible y que nutrió por miles de centurias una prodigiosa fuerza, la que generó con lentitud segura y preservó con eficacia milenaria, la permanencia de la vida sobre la capa terrestre.

 

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