11. CICERON Y EL “JABALI”

Con no disimulado recelo, los grandes y pequeños propietarios de negocios en Rocaima, miraban la asoladora actividad profesional del abogado Cicerón Flacco Carreño. Esto mismo les ocurría a los dueños de fincas y en general a la gente toda con platica.  Por su parte, los trabajadores rasos de todos los niveles, consideraban al joven jurista de las gafas de carey, como su protector natural y el defensor de sus derechos a lo largo de años conculcados por la mala fe o la simple ignorancia de los patronos. Ello explica, por qué no sólo de la localidad, sino de los municipios circunvecinos, acudía la gente al despacho del doctor Flacco. Y el romance del susodicho con Emita Jara, prosperaba ante la envidia refrenada de no pocos pretendientes que, Emita sin pensarlo ni desearlo, tenía a muchas leguas a la redonda. El novio actuaba en una forma tan cumplida, tan exacta, como lo fué siempre con su desmirriada clientela. Desde las siete de la noche estaba al pie del portón de la casa de la novia para llevarla a la Fuente del “Paraíso” o a los “Abedules”, al templo si quería rezar o al Club Social, si su deseo era bailar.

Y la boda se celebró con no poco exhibicionismo, pese a los Jara, pero Flacco dispuso un tapete azulenco, desde la casa de éstos a dos cuadras de la Iglesia hasta el altar central del Templo. Era el abogado del pueblo quién se casaba, y la novia una niña principal.

En el desayuno que dieron los Jara aquella mañana en honor de los recién casados y de los padrinos, de los padres de Cicerón, Benjamín Flacco y Eduviges Carreño llegados de la capital y del abuelo residente en el pueblo, el antiguo sastre Atilano Flacco, mantuvo la palabra el padre de la novia don Canuto. Se divertía y divertía a los demás, contando añejas historias y anécdotas del pueblo, como su versión muy personal de lo sucedido en el banquete al señor obispo, o sobre la primera manifestación comunista en Rocaima de los caballeros. Ahora, cuenta con cierta burlita dibujada en los ojos, la anécdota sobre el muchacho mandadero de las Carreño, pese a Eduviges su consuegra, allí presente:

-Sucedió un día que llevaron al Hospital, “muy grave”, al muy popular señorito que, desde hace años trabaja en el almacén de modas de las Carreño de la Calle Real.

Muy activo Agostino, que así se llama el cuitado, Agostino Carreño como él mismo firma y afirma. Con él han podido convivir siempre ellas, muy complicaditas por cierto, y discutir y reír todo el año, sin desatar los celos de sus maridos ni las habladurías callejeras, ni menos dar pie, lo que es como un milagro, para las maledicencias de las sombrereras, muy graciosas muchachas, que laboran en un acreditado negocio, el de “Modelos Manhattan”.

Agostino ha sido muy útil a las simpáticas Carreño. Cuando ellas se fueron para la capital, el pueblo dejó de estar “in” por varios meses. Las razones de esa utilidad escuderil son, sin duda, no tan sutiles: muy diligente el muchacho y, sin embargo, sabe sentarse sin afanes a platicar con ellas largo rato. En una palabra las comprende y les sigue la corriente. Para ellas Agostino no representa ningún peligro, muy atento y les sigue los caprichos con habilidad. Además, le nace ser como ellas, caminar como ellas y hablar como ellas: “que fulana la señora del alcalde resultó ser de la familia del Obispo; que zutano el cobrador del Banco es muy mal hablado, que mengano !ay mija! es tan amable y tan gentil ese señor”. Bueno….

Cuando una de las Carreño tiene que salir a la calle, Agostino la acompaña y, siempre marchan en pareja, manipulando y hablando de todo. Y moviendo con tal ritmo su línea equinoccial, que quizá por ello mismo, las muy donosas damas lucen satisfechas del singular acompañante.

Y Agostino siempre sabe dónde se encuentran las Carreño: “Enriqueta en este momento debe estar con su esposo en compañía del señor Notario. Eduviges sufre los horrores de la fresa en la dentistería. Rosario se entretiene comprando flores en la tienda de la veinte; y, Susana, aquí en el Almacén”. Si algo se ofrece con Rosario, él sabe que la puede llamar al teléfono de la floristería. Si una firma necesita de Eduviges, y ella está en el pueblo, no ignora que a la cuadra y media la encuentra donde el doctor Merino. Así, el cristiano ese se ha convertido en prenda valiosa y  necesaria para las buenas señoras.

Con frecuencia Agostino debe salir de paseo con el chiguagua de la Susana. Una muy breve perrilla que por ciertos días se pone terrible si no la llevan a cambiar de vientos. El sabe a conciencia sacar a pasear la tal alimaña, y las Carreño tienen plena confianza en que él, con su inimitable habilidad, defiende a la bestezuela virgen de las seguras arremetidas de los perros vagabundos que, por determinadas épocas, no pierden rastro ni aroma. Y marchan, el hombre y la perrilla, unidos por una coquetona cadena dorada, por las calles con tal contoneo y nerviosismo; aquel y aquella con la mirada siempre alerta, los ojos un poco acuosos y la lengua afuera ésta, mirando de hito en hito con gran curiosidad a los muchachos marrulleros que se cruzan en distintas direcciones.

Aquel día, pues, que lo llevaron al hospital, sala de urgencias, estaban allí, desde luego, todas las Carreño consternadas. El escudero ese, emponzoñado por un ofidio, parece que una “rabodiají”, según lo declaró él mismo, cuando en el jardín de ellas, lo encontraron chillando medio muerto de horror y abrazado a las hortensias.

La confusión subió de punto en el hospital, con los gritos guturales de Agostino que, sintiendo la muerte encima, lloraba y gemía en coro cadencioso con las viejas.

Sobre la mesa de curaciones la enfermera de turno, forcejeaba por quitarle los calzones. Pero, cuando ella los echaba para abajo, el azarado joven halaba para arriba. Al fin, llegó un practicante muy veterano y le habló como un padre y, así, se sosegó un poco, aunque seguía creyendo que se iba a morir, pues, al jardín de las amas, no penetraban reptiles distintos a las culebras horrendas que solían salir de los ranchos de don Pompilio.

El enfermero le desprendió al fin los forrados calzones. Y, antes de colgarlos de un clavo, los sacudió por ver de desarrugarle ciertos sofisticados boleros y, al punto, cayó al suelo medio aturdido un alacrancillo color moho que, el nervioso paciente con repugnancia suma, miró revolcarse y escapar luego por entre la endija del piso.

Se bajó entonces Agostino de la mesa de curaciones. Tomó los calzones y, sin ellos puestos todavía, en un nuevo conato de vértigo, se desplomó en brazos de las Carreño que, dolidas y confusas, se lo llevaron en andas para la casa.-

Terminó al fin su relato don Canuto, riendo con gran efusión, riendo por él y por los Flacco y las Carreño que, con excepción de Cicerón que se levantó de su asiento y fue a felicitarlo, a los demás no les hizo mucha gracia la historia que contó don Canuto.

* * *

Para el recién casado, el abogado Flacco Carreño, la vida siguió su ritmo ascendente. Desde luego, ambicioso y buen estratega, con su cuñado, el “Jabalí”, un hermano de Ema, llamado así en el pueblo por sus dos bien visibles colmillos superiores, Flacco organizó un negocio de compraventa de bienes inmuebles con evidente inclinación por las propiedades rurales. Eran los tiempos de la violencia campesina, un tipo de violencia económica, disfrazada de violencia política en las regiones cafeteras. Cuando ellos, Cicerón y el “Jabalí”, sabían del asesinato de un propietario de finca por razones políticas o problemas personales, el “Jabalí” iba a visitar de inmediato en el pueblo o en la propia finca a la viuda y herederos, y bien aleccionado por Flacco, ofrecía comprar la finca, haciéndoles notar los “inminentes peligros” en que la familia estaba. Ofrecía permutas por ranchos en el pueblo o dinero, en sumas realmente irrisorias y, con frecuencia lograban su cometido. “Es mejor estar seguros en una casita en el pueblo que seguir en peligro en esta finca”, concluía de manera muy paternal el “Jabalí”. Así, hicieron Flaco y su cuñado varios negocios, más de diez en un solo año en distintas partes del departamento, fincas que a poco vendían por los valores comerciales, o dejaban quietas hasta que pasara el chaparrón violento.

Cicerón y, desde luégo, el “Jabalí” en menos de cuatro años de negocios de finca raiz, amasaron una cuantiosa fortuna. Y sus ansias de dinero parecían, cada vez más ilimitadas y desmedidas.

Y, llegaron las elecciones para cuerpos colegiados. Y, los políticos capitalinos, que de todo lo que les interesa viven bien informados, conocedores del dinero y las ambiciones de Cicerón Flacco y de un posible potencial electoral en varios municipios, asegurado por éste a través de su febricitante y sostenida actividad profesional, le ofrecieron un renglón efectivo para la Cámara, previa entrega de unos cuantos millones para la campaña. Triunfante en las elecciones, Cicerón Flacco, decide marcharse a vivir a la Capital. Y se fué un día temprano, no como en viejos tiempos en el bus de las once que viene del Valle y va para la capital, sino en su bien biselado automóvil último modelo, chofer particular, su mujer Emita, la hija consentida de Canuto Jara, y su bebita de dieciocho meses, sobrina del muy avispado y caritativo “Jabalí”.

 

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