9. VIVIANITA

Vivianita es hija única. Ahora, por el mes de Junio acaba de cumplir nueve añitos. Sus padres Poncho y Carmela, son muy pobres y administran una pequeña propiedad rural de un notario en San Antonio del Chamí. La niña tiene un fuerte cerebro y maneja a los viejos como a ella se le antoja. Los programa y dirige con solo sentir deseos o pensarlo caprichosamente.

Vea usted, esto ocurre muchas veces, lo hacen con facilidad los niños y aún antes de nacer. Vivianita no los deja tener vida. Ella no se siente bien cuando nota que discurren un poco despreocupados de ella, cuando observa que están interesados un tantico más en otro asunto: la enfermedad de un vecino, el viaje del viejo al pueblo sin ella porque es día de escuela, la falta de preparativos para la compra o hechura de su batica nueva de principios de mes, etc. Entonces la niña se las ingenia. Se siente enferma, o le empieza una estiradera y a bostezar largo, a emitir quejidos intermitentes como en vacaciones para poder estar todo el tiempo frente a la TV  y, a mamá Carmela no se le ocurra ponerle oficio.

 

Y lo más grave es cuando Vivianita no quiere comer. Cuando se muestra inapetente. Entonces los viejos mirándose uno al otro con angustia y blanqueando los ojos, la cercan con las viandas caseras, rogándole, suplicándole por el amor de Dios que coma, que tome siquiera unas cucharaditas de caldo, una mordidita de pan, un pedacito de queso o de huevo. Pero la niña no recibe nada. Sólo cuando ellos se descuidan o parpadean, apura con la velocidad de un pez unos tragos de chocolate y una porción de queso y de pan de maíz.

 

Y Vivianita mantiene en ascuas a los compañeros de la escuela, porque es la que más plata lleva y la que más colabora a la maestra con dinero o con especies mas bien caras. Y la única niña que estrena casi sin falta un lindo vestido o un par de zapatos en la primera semana de cada mes. Esto lo logran los padres obligados, presionados por la criatura, socaliñándole al patrón cada que pueden, unas arrobitas de café o unas docenitas de pitahayas maduras para venderlas por intermedio de algún buen amigo de Poncho.

 

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Cuando un día los vecinos vieron pasar por primera vez a Carmela, la madre, rumbo a la escuela con Vivianita a la espalda, todos podían jurar que la muy acicalada escolar era inválida, por lo menos con principio de parálisis infantil o, adolecía de un pie chapín. Nada de eso era exacto. El único mal de Vivianita era de una simpleza conmovedora, el mal de ser hija única.

 

Y la pobre niña vive lamentándose de no tener hermanitos para jugar y, esto aviva en los acomplejados viejos el pesar y una muy adolorida ternura por la hija que no tiene esperanza de ver otro hermanito.

 

Un día las familias avecinadas a lo largo del camino entre la casa de Vivianita y la escuela, conmovidas por el diario cuadro de una mujer enfermiza y casi anciana con la hija rolliza horquetiada a la espalda y el pobre viejo con un paraguas desplegado muy al pie  de las cuitadas para que no les caiga agua en invierno, ni sol en verano, resolvieron los vecinos, seguros e ingeniosos artesanos, fabricar una muy liviana y repulida parihuela con un a manera de kiosco o pagodita al centro, para regalarla a los padres de Vivianita con el fin de que la llevaran en andas a la escuela y no a horcajadas sobre la espalda ya encorvada de la buena vieja.

 

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Viviana gustó mucho de la parihuela, más no de la pagodita e hizo que los padres se la quitaran y, así, ella sentada en una sillita mecedora incorporada a la parihuela, sostenía con sus manos una pintoresca sombrilla con los colores de la bandera que los conmovidos padres le regalaron ahora cuando acaba de cumplir nueve años. Y era de ver a la niña a veces muy oronda agitando con la mano derecha un coquetón abanico y con la otra manipulando la sombrilla. Cuando van para la escuela pendiente arriba, Carmela carga adelante y Poncho, el papá, atrás; cuando bajan Poncho se hace adelante y Carmela atrás, para que Vivianita no se sienta incómoda y de pronto se pueda marear.

Los vecinos, todos artesanos que fabrican con suma delicadeza no sólo parihuelas, sino sillas de mimbre y lindos bolsos de cabuya, pensaron que los demás padres de familia iban a mandar a hacer muchas camillitas para llevar y traer las niñas y los niños a la escuela. Pero, nadie se antojó. Y es muy posible, que ni las niñas ni los niños se iban a dejar llevar en parihuelas a la escuela, como Vivianita, que es hija única.

 

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