8. EL HOMBRE DE LAS GAFAS DE CAREY

El joven abogado provinciano en su novedoso bufete  del pueblo natal, para sus paisanos ya no es Cicerón el hijo de Eduviges, sino “el hombre de las gafas de carey”. Pero, él bien sabe que ese sujeto así, con tal diseño y vestido, ha invadido la sociedad moderna. El, lo ha visto ya  en los cenáculos de abogados jóvenes en la Universidad, en los tertuliaderos de literatos y de periodistas trascendentes; en las reuniones de dignatarios sindicales, en las juntas de planeación y en la alta burocracia ministerial que suelen presentar en los noticieros de TV. Sabe, además, que no es con exclusividad un personaje simpático, sino un hombre misterioso, impactante, triunfador. Gracias a esa aureola, nadie osa faltarle al respeto. Además, tiene la sabiduría del silencio y el pesado ademán de la suficiencia y, si le agregamos las rancias barbas catedralicias: he allí al genio que se diluye en asesores económicos, consejeros palatinos, expertos en computación, por ejemplo.

 

Y es cierto que muchos personajes jóvenes, la mayoría de los que usan este grave artilugio, rigurosamente no lo necesitan. Pero el oculista que se estime, lo formula y recomienda sin vacilaciones. Los buenos especialistas en órganos de los sentidos, que saben su psicología práctica y conocen bien las curiosas ceguedades humanas y que entienden perfectamente que”no hay peor ciego que el que no quiere ver”, no vacilan en imponer a sus pacientes, majestuosos lentes enmarcados en finas y veteadas armaduras, cuyos apéndices sobre las orejas de la clientela, son como cauces por donde fluye la ciencia y el dinero a sus consultorios, como necesarios carriles por donde fluye y refluye con lentitud, pero con eficacia, la personalidad y la inteligencia del genio de la sociedad de consumo.

El joven abogado Cicerón, sabe muy bien de la necesidad de los anteojos en la vida contemporánea. Lo vió y lo palpó observando al joven gafufo, su profesor de derecho comercial. Y es tan urgente en muchas personas, como es indispensable en otras el acto de encender un cigarrillo o, el de manipular la cadena del llavero, como una hélice para impulsarse y poder acercarse a la ventana de la novia o a la ventanilla del jefe de personal. Son los ejemplares que salen imperfectos de las fábricas de la naturaleza, y que la ley de la simulación en la lucha por la vida, los ayuda y los asiste con sutiles y bondadosos recursos. El temor de ser un don Nadie, de pasar inadvertidos por los escenarios, así sean los más pueblerinos, se constituye en la cotidiana tragedia de muchos y muchas.

Cicerón, bien leyó y observó. El joven de las gafas quiere significar siempre algo extracomún. Un filósofo y politólogo, una promesa científica o parlamentaria. Y a la verdad que, sin tal aditamento visual, la exigente tropa “el ignaro vulgo”, nunca puede creer, en la autoridad de ciertos oradores, ni en la inteligencia y seguridad de muy señalados líderes. Aunque también es exacto que el gran público es un abuelito tolerante que, con frecuencia, sabe hacerse el de las gafas.

 

Cicerón vió en el colegio cómo un compañero de pésimas calificaciones y muy malas previas mensuales, resolvió comprarse unos anteojos oscuros, a precio mínimo en el Club de Leones, de tales características los aros y los lentes que, a primera impresión, parecían desproporcionados para el escaso volumen de la cabeza en donde operaban. Pero todos, compañeros y amigos, se acostumbraron a verlo con el nuevo y singular implemento y, algo admirable, los condiscípulos lo encontraban ya más respetable y se olvidaron, al fin, de hacerlo objeto siempre de sus chistes bellacos. Las calificaciones, así mismo, empezaron a subir en las últimas pruebas y en grado tan admirable que “el inteligente muchacho” pudo salvar su curso de un desastre seguro. Milagros de las gafas de carey.

 

En su propia aldea, Cicerón conoció el chiste. Un oficial escribiente sin mayores dones, llegó a ser !quién lo creyera!, jefe de la administración. Dicho señor, movido por un oculto ingenio, sacrificó parte de su escaso sueldo en la consecución de unos severos anteojos. Los adquirió sin prescripción facultativa, pero los resultados fueron sorprendentes y la omisión de consultar al especialista sin gafas, no tuvo para él ninguna consecuencia. El gobernador en su oportunidad, lo vió, lo entrevistó y lo encontró tan aparente e irresistible que de inmediato dispuso que se le extendiera el nombramiento. Meses después en una jumera veredal, el funcionario de los espejuelos encantados, estropeó en forma irreversible su milagroso “ábrete sésamo” y, a poco descendió bruscamente a su antiguo cargo de simple amanuense. Aquel hombre había perdido todo su misterio, su gracia extra, su segunda y subyugante personalidad. Ya no tenía gafas.

Allí en el pueblo, nada menos, don Ruperto, hombre corpulento y cobarde, toleraba un temible y furibundo enemigo en su oficio de rábula. Cuando don Ruperto veía avanzar a tan incómodo adversario, con ligereza de manos se calaba sus antiparras en el horrorizado rostro y… el peligro pasaba de largo. Pero, si éste lo sorprendía sin el instrumento, don Ruperto en un instante perdía su batalla psicológica, se le iba la voz y hasta el conocimiento. Para don Ruperto llevar las gafas a horcajadas sobre la nariz y aseguradas en sus anchas orejas, era más meritorio y eficaz que cargar revólver o mostrar pistola al cinto. Don Ruperto, sin anteojos era una gallina en invierno. Con ellos puestos se sentía un fuhrer.

 

Cicerón, el hijo de Eduviges, a pesar de la mofa pueblerina, está convencido que el uso de las gruesas gafas de carey, puede mejorar la mala situación de togados sin influencia, de politiqueros sin clientela, y son imprescindibles en los jóvenes especialistas. Para conseguir empleo y lograr ascensos de importancia. Son recomendables en el amor y cuando se quiere posar de intelectual o de técnico, ellas solas hacen todo el trabajo. Unas gafas bien llevadas y administradas, le pueden rescatar la buena reputación a un delincuente, dar el éxito a un novel orador parlamentario, el triunfo a un diplomático improvisado, la seguridad en sí mismo a un vendedor de pólizas o a un agente distribuidor de computadores.

 

Cuando habla el de los anteojos gruesos, los peatones paran como lelos, como hechizados. Nadie osa replicar, todos quedan convencidos y vencidos. La mayoría se impresiona y traga saliva. Las señoras aprueban y las otras se callan por fin.

Al hombre de las gafas perilustres, para su gracia, se le suele confundir con un economista joven, con un profesor de existencialismo francés, con un planificador de vivienda popular o con un doctor graduado en Harvard y experto en energía nuclear o, por qué no, con un abogado, el único y joven de Rocaima de los Caballeros.

 

Nosotros, los sin gafas, somos vistos a través de aquellos vidrios tétricos como seres insignificantes. Fáciles de tragar y convencer. Pobres e idiotas. Microcosmos que nos movemos vacilantes y temblorosos. Y es que los que usan gafas sin necesidad, ven el mundo borracho. Los ojos vanidosos y mareados que llevan lentes de fuerte armadura, miran a los paseantes, desdibujados y desleídos como en una mala pantalla de televisión.

Y por la noche, el hombre de las “gafas para una mejor apariencia” se quita su triste cabezal y lo coloca con rabia sobre la mesa de noche, y se echa a descansar como quien se libera de una caja de dientes, nueva e implacable.

 

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