7. LA SIMPLE VOLUNTAD DE SER

Sumiso a sus inclinaciones instintivas, Wolfgang Escalante, nieto de colonizadores, a lo largo de la calle veintiuna deja transcurrir su existencia de manera placentera y fugaz. Nunca él por su propia iniciativa, mucho menos otras personas, lo han programado o impuesto horarios y tareas. Su vida se desliza a la sombra amable de sus veinte años y de las satisfacciones puramente sensuales, en el tranquilo y seguro trajín de todo aquello que se encuentra y se toma, sin esfuerzos ni contrariedades.

Ahora, cuando su pueblo está en invierno y en las calles y caminos no hay seguridad, ni garantías para nadie, así se sea muy fuerte o muy rico, Wolfgang Escalante se ha ido del país. No en un viaje apresurado e incómodo como un exiliado cualquiera, sino en un viaje de conocimiento, de placer y de larga estancia en una ciudad meridional de Europa.

Para alcanzar algo fuera de lo que siempre discurre como costumbre, Wolfgang solo necesita pensar y hablar y todo le llega a pedir de boca dentro de cauces de apacible desidia y de ese gozoso proceso de harturas de sus apetencias primarias.

En realidad, nada de lo que en un momento dado desea Wolfgang, puede estar fuera de su mundo de hombre joven, dichoso y sibarita. Tiene inteligencia para detectar de inmediato los posibles inconvenientes futuros dentro de su rol febril de goces para saborear y actos vitales para realizar con plenitud en su desaforada cabalgata de ser humano que no ha sufrido, ni tiene claras nociones sobre angustias y pesares. Sabe y puede con simples argucias sensuales, esquivar y vencer cualquier obstáculo o dificultad.

Ayer, nada más, su amor a primera vista por la colegiala recién llegada a vacaciones, Vilma Woolf, ha sido un rápido episodio romántico de tarde de verano. Una tarde de aventura amorosa que, para otros de sus amigos y compañeros, significaría toda una larga temporada de idas y venidas, de diálogos y monólogos, de promesas y de cumplimientos, de ausencias y dubitaciones y hasta de lágrimas.

Y aquella otra experiencia amorosa con la prima Marisol, recién venida de provincia, un juego de alcoba de obsequios ingenuos,  sonrisas de encantamiento,  rendidas palabras e inocentes apremios. Así, la vida transcurre para Wolfgang Escalante, dentro de un consorcio maravilloso y único de locuras amables, complacencias instintivas y consentidas acciones. Sin embargo, para él nada aparece fuera de lo común, tal vez lo extraordinario y raro no le satisfaría mucho. Lo que le acontece a mañana, tarde y noche, se lo merece exacto con toda esa exuberancia. Así, lo soñaba. Así lo había intuído y programado. Era su destino y lo que apetecía, por sólo desearlo, por sentirse sortilegio y juguete de su propia juventud.

 

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La vida universitaria le llega, ahora, llena de hitos para alcanzar, de vellocinos para rendir. Lo único que debe entregar con algún recelo es el valor subjetivo de los instantes, de la voluntad de ser, el cuerpo y volumen  de ese tiempo apenas justo para degustar con pasión; el despilfarro de las horas que se diluyen en trofeos, no intelectuales, sino sociales, de elemental cumplimiento, de sorpresas  más bien  desapacibles para los demás, pero lujuriantes y satisfactorias para él.

El facilismo hacia el éxito es lo que él llama triunfos; el éxito de las conquistas sin desvelos, de los buenos cómputos de la suerte, de todas esas cosas que a Wolfgang Escalante le vienen a granel, mientras ama al desgaire y se ríe de todo.

Y vive, así, feliz bajo el influjo de sus genes más próximos, la simple fórmula epicúrea de existir y de gozar que lleva en las venas. Hasta estos veintiún años la existencia le ha sido complaciente, sensual, paradisíaca.

Pero, Wolfgang  fuera del país, lejos de todo dolor y de todo temor, siempre con aire acondicionado, dentro de esa cadena de la felicidad, de sucesos sensoriales gratos, de continuo sucederse de episodios placenteros, de profusos ritos en el altar de los sentidos; a su juventud insaciable y a sus caprichos de niño afortunado y privilegiado, después de cada acto de placer, de rendido tributo  a las fuerzas sensoriales, después de apurar la copa llena de todos las complacencias, después de esto, ha sentido a veces un ligero sabor de ceniza. Intuye que se frustra un poco. Cuando percibe el lento y erosionante paso de los días sobre su piel.

 

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Pero, pero se atora con alguna frecuencia en su espíritu,  una medio lejana sensación de vacío. A veces, en algunos segundos de su vida placentera y para muchos simplista, hace balance. Lejos, desde luego, de toda cuantificación económica. En realidad, los saldos positivos le son en alguna forma adversos y pobres. Pero, de nada se arrepiente. Ningún suceso que signifique dicha material, lo considera ajeno a su destino.  Repetirlo y volver sobre los vapores de su sensualidad, le es mil veces grato y posible.

-De hoy en adelante y para toda mi existencia haré lo que menos me gusta. Voy a apurar esa rara sensación. Quiero llevarme con energía muy firme, la contraria. No más hacer lo que me mandan las fuerzas de mis sentidos. Odio las cinco antenas de mis sentidos, me huelen a mala hierba, a mala herencia. No quiero ser esclavo de nadie, ni de mi mismo.-  Así pensó, casi gritándolo, Wolfgang Escalante, una tarde y en una revolución inusitada de trescientos sesenta grados. Se tornó entonces introvertido y distante, apenas reflexivo.

Fue esta una determinación cruel. En cierta forma caprichosa y alejada de lo normal humano. Aquel hombre joven, que iniciaba apenas una carrera universitaria, se enfrentaba decidido a los mandatos e impulsos de su propia condición; desafiaba lo real imperante en el medio social en que había vivido. Desoía y, así, desobedecía los imperativos de la herencia,  de una sostenida y secreta tradición hedonista.

-Hoy que quiero ir a donde siempre he ido, me iré para los fríos recodos universitarios o para alguna parte donde nunca haya querido ir.- Piensa y dice y obra de ese modo, Wolfgang Escalante. Procede en consecuencia. Siente un gran placer en esta tarea de llevarse la contraria. Hace esto de tan inesperada manera, porque está seguro que opone el alma, su propia alma a los torrentes caprichosos de la sangre. Las contrariedades le son más gratas que las complacencias para sí. Una forma de la locura repentina, quizá.

Wolgandg Escalante ha descubierto otra arista del placer de hacer siempre lo que le viene en gana. Un nuevo intenso vivir: llevarse la contraria a si mismo, con violencia y decisión espartanas. Nadie sabe, ni él mismo, a donde va su corazón. Pero, sí a donde se orientan los pasos y los repliegues de su alma. Es una forma tremendista de peregrinar, de tentarse a sí mismo y sentirse, de domesticar la fiera interior. Lo abandona todo, gracias a un heroísmo sin objetivos próximos, pero, se encamina a los predios de una heredad segura y soberbia.

 

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