12. DON CANDIDO MARRON

Cándido Marrón, ha  acumulado en el transcurso de su larga vida madrugadora, una millonaria fortuna. Fortuna limpiamente lograda y representada en abultados saldos bancarios en negro, muchas casas de inquilinato y no sé cuantas fincas cafeteras. Todo esto gracias al milagro de su capacidad de aguante y de la discreta abstinencia en todo sentido de su numerosa prole. No obstante tantos haberes, don Cándido luce como un personaje solitario y mezquino.

Pero, en lo que nunca ha sido avaro el viejo y gracias a una inveterada manía, jamás corregida, consiste en darle plata a los médicos, sin reserva, sin medida, sin razones muy precisas. Esto, desde luego, lo ha convertido en paciente de primera clase, lo que es muy importante para la propia supervivencia. El viejo, pues, fué  malicioso hasta no más, por eso ha podido vivir tantos años.

 

Cuando don Cándido siente alguna dolencia, corre donde los médicos de moda. Y estos se lo pasan unos a otros, con cariño y alegría.

 

Todos  con cierta misteriosa esperanza, como en la cadena milagrosa de la buena suerte.

Un día a esa cadena milagrosa le nacieron nuevos eslabones en la capital. Entonces don Cándido Marrón, fué  a parar allá , para hacer su peregrinaje por los consultorios de máster en medicina moderna a doctor P.H.D., cardiólogo, dermatólogo, vías respiratorias, rinólogo, vías urinarias, especialista en sida, etc.

 

Mas, la estrella de nuestro millonario calentano empezó a ponerse mustia, cuando en la envolvente cadena de médicos profesores, apareció triunfante la figura de un psiquiatra con flamante manicomio particular en las afueras de la populosa urbe sabanera.

Este activísimo especialista, sin necesidad de muchos rodeos, y declarándolo loco de remate, con palabras, esto sí, muy sofisticadas y esotéricas, logró aprehender al rural ricacho e internarlo en el Servicio de Urgencia de su costoso y exclusivo establecimiento de salud mental.

 

Y sólo al cabo de noventa días de continuas averiguaciones, cuando ya los yernos con explicable júbilo, lo habían declarado irremediablemente muerto, los parientes más cercanos y por virtud de sutiles pistas médicas, descubrieron el paradero de don Cándido, en el lugar tal, donde llevaba meses firmando cheques en blanco, sin que la familia pudiera rescatarlo. Menos, entrar a verlo de cerca, ni hacer contactos con él, ni darle consejos financieros, todo por estricta prescripción facultativa.

 

Y era de ver al acaudalado paciente, y era de ver a sus herederos resignados a contemplar de lejos al viejo, vivo todavía, allá en una terraza soleada de la distante y blanca casa de la altiplanicie, como un prisionero de guerra, luciendo gafas oscuras y un pijama a rayas violentas, todo programado por largos meses para recibir el sol mañanero sobre su fatigado occipucio.

 

Pero, allá en su soledad, don Cándido se daba por bien servido. Nunca había sido objeto de una gran cirugía. Aún no había aparecido el cirujano famoso, el que le podría realizar la gran operación de su vida. El cirujano premio Nobel que, lejos del país, le hubiera hecho un exitoso y bien publicitado trasplante de corazón, para poder así, recibir alborozado y vigoroso las fantasías del año dos mil.

 

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