11. EL BANQUETE

Las señoras más ricas y distinguidas del pueblo, jubilosas y detallistas, organizaron aquel día de la visita del señor Obispo, un gran banquete. Allí se sirvió un abundante almuerzo, bajo la enseña discrecional de la más generosa cocina autóctona. Antes de tan dichoso certamen gastronómico con obispo al fondo, Cicerón recuerda muy bien a don Canuto Jara, como improvisado maestro de ceremonias, cuando enseñaba a los principales del pueblo a comportarse correctamente en la mesa ante tan ilustre visitante… Cómo se deben manipular el tenedor y la cuchara, cómo se ha de trinchar, cómo es la buena usanza para servir el agua y tomar el aperitivo,  en fin, cómo… tantas cosas.

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Luégo y después de una larga espera, se procedió a repartir el gran almuerzo. Muchos platos medio barrocos, pertenecientes a  la más valiosa existencia de porcelana de los Jara. Estos fueron colocados con delicada simetría, sobre la bien tendida y larga mesa de cedro tallado.

A la diestra de su eminencia se ubicó don Canuto y su esposa. Todos los concurrentes se les veía sumidos en una no muy cómoda mesura, siempre en dilatado y nervioso silencio, mezcla de respeto y estiramiento aldeanos por lo de estar participando en semejante y nunca vista comilona tan estirada.

A una señal de don Canuto, siempre tan urbano y tan formalista en las actuaciones, quiso tomar agua primero, para mostrar desenvoltura y dominio y romper el hielo paralizante.  Al efecto, agarró con delicadeza por el asa un jarrón de cristal de Bohemia para llenar su vaso y los vasos vecinos, pero con tan desafortunada maniobra, que el gran recipiente se escapó de sus manos y cayó con estrépito sobre un plato con sancocho caliente, salpicando y decorando de manera infame el traje y el rostro ensombrecido de su señora y, a su excelencia, grasa grosera sobre la esclavina y, a otros vecinos, lo bastante para que un oleaje de rubor consternara y sobrecogiera a toda la concurrencia.

Se levantó la encogida señora de don Canuto, sin perder su gravedad litúrgica. Apartó lo suficiente su silla y con una servilleta ritual,  trató de limpiar pero con resultados desastrosos, no sólo su traje albo, sino la sotana de ribetes morados del imperturbable eclesiástico, esta vez, más mudo que de costumbre. La señora procedió de nuevo a sentarse. Y lo hizo  con tan mal insuceso y peor cálculo que, como no tuvieran cuidado, ni ella, ni su esposo de volver a su sitio la silla, la dama se desplomó en el vacío, no sin antes agarrarse horrorizada de un canto del inmenso mantel de la larga mesa, arrastrando tras de ella, tal carga de vajilla y comida, que no quedó en su puesto cosa buena.

 

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Consumose así, a la vista de todos, el peor desastre de etiqueta y de gastronomía parroquiales y municipales de que se tenga noticias en la pacífica historia de este pueblo y de todos los pueblos limítrofes.

Cicerón y don Canuto, nunca podrán liberarse de cierta obsesión esquizofrénica de imágenes revueltas, del almuerzo en aquella malhadada fecha del pueblo y que se sirvió en honor del patriarca. Ni podrán escapar a la convicción segura, de que por culpa de lo ocurrido aquel día, jamás volvió un obispo a su pueblo.

 

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